¡María, de verdad no vas a cambiar de planes? Faltan cuatro horas para Año Nuevo, aún puedes llegar insiste Lidia por teléfono.
No, Lidia, en serio. Ya te dije que quiero estar sola. No es aburrido, es una tradición mía contesto María.
Qué costumbre más extraña, tres años seguidos celebras sola comenta Lidia.
Pero así puedo ver mis películas favoritas, preparar mis bocadillos y no correr a ningún lado. Me resulta muy reconfortante. Quiero pasar la Nochevieja a mi ritmo.
María sonríe mientras contempla el árbol de Navidad lleno de luces. Le encantan esas veladas tranquilas, sin gente de paso ni largas sobremesas. Solo ella, una manta cálida y sus comedias navideñas preferidas.
En la cocina ya espera el pato asado con manzanas, el capricho gastronómico que María prepara una vez al año, precisamente en Nochevieja. Al lado reposa la ensalada de langostinos y piña, otra de sus tradiciones.
Vale, entonces mañana te espero en casa. ¡No te atrevas a decir que no! dice Lidia.
Lo prometo, llevo el pastel tradicional de almendras responde María.
Cuelga y mira el reloj: son ocho y media. Es hora de iniciar su noche perfecta.
Enciende las guirnaldas, dispone los aperitivos sobre la mesa y se acomoda frente al televisor. Los créditos de Amor en tiempos de huelga comienzan a rodar; sin esa película María no imagina la celebración.
Fuera, la nieve gruesa cubre la ciudad de Madrid, girando bajo la luz de las farolas y creando una auténtica atmósfera de cuento. De fondo estallan los petardos de los vecinos preparándose para la fiesta.
Absorbida por la trama, María apenas percibe el sonido extraño que se origina en la puerta. Al principio es un susurro casi inaudible y, poco a poco, se vuelve más fuerte. ¿Un maullido?
Apaga el televisor y presta atención. Efectivamente, alguien maúlla tímidamente detrás de la puerta. Con cautela, la abre.
En el vestíbulo, pegado a la pared, está un pequeño gatito negro del tamaño de una palma, tembloroso y maullando con voz quebrada. Al verla, intenta alejarse, pero le falta fuerza.
¿De quién eres? pregunta María, agachándose. ¿Cómo has llegado aquí en una noche como esta?
El gatito vuelve a maullar, un sonido muy leve y suplicante, con sus ojos verdes llenos de miedo pero también de esperanza.
María se pregunta si algún vecino habrá perdido al animal, pero el pasillo está vacío; todos los vecinos están detrás de sus puertas celebrando. Solo se oye música a lo lejos.
No hay nadie murmura, mirando el corredor. ¿Qué hago contigo?
El gatito parece entender la pregunta y se esfuerza por ponerse en pie, aunque sus patitas tiemblan por el frío. María le quita la bufanda que llevaba puesta y lo envuelve delicadamente.
Vamos a calentarnos. Un gato negro en la puerta en Nochevieja siempre trae buena suerte.
Dentro del apartamento, el gatito se queda atento, mirando a su alrededor. María le sirve un tazón con leche tibia y lo coloca en el suelo.
Ven, no tengas miedo. Necesitas calor.
El pequeño se acerca, huele la leche y la bebe con avidez. María observa que su pelaje es brillante y limpio, claramente de casa y no callejero.
Seguro se escapó de algún vecino y la puerta se cerró reflexiona en voz alta. Mañana averiguaremos a quién pertenece.
Después de terminar la leche, el gatito se anima y empieza a recorrer el piso, lanzando miradas curiosas a María con sus ojos esmeralda.
Qué bonito eres dice ella, acariciándolo. Pareces una pequeña pantera.
Al otro lado de la ventana estalla el espectáculo de fuegos artificiales. El gatito salta y se aferra a sus piernas.
No te asustes, pequeñín. Es sólo la fiesta.
María lo recoge en brazos; el felino se aferra al suéter con sus garras y ronronea fuertemente.
Te voy a llamar Mora, que significa la que canta en árabe le propone. Suena a princesa oriental, ¿no?
Mora responde con un maullido más fuerte, como aprobando el nombre.
Queda menos de una hora para la medianoche. María se sienta en el sofá y Mora se enrolla en su regazo. En la tele la película Solo en casa ocupa el último espacio, mientras el pato reposa enfriándose sobre la mesa.
Al fin tengo compañía comenta María, acariciando el suave pelaje. Ojalá sea buen augurio.
Al sonar las campanadas, pide un deseo: Que este año sea feliz. Mora levanta la cabeza y la mira a los ojos, como confirmando que así será.
A la mañana siguiente, María recorre el edificio mostrando la foto de Mora a los vecinos, pero nadie reconoce al gatito. Coloca carteles en el portal y publica avisos en los grupos del barrio; ninguna respuesta.
Parece que ahora eres mía le dice a Mora una semana después, mientras quita el último cartel. Así será el destino.
Mora crece rápidamente. En un mes se convierte en una gata elegante, de pelaje negro como la noche y mirada verde penetrante, que parece percibir el humor de su dueña.
A mediados de enero, María tiene una presentación crucial en la agencia de publicidad donde trabaja. Lleva dos semanas preparándose, a menudo quedándose hasta tarde. La noche antes del gran día, Mora actúa de forma extraña.
Primero derriba del escritorio el despertador. Luego maúlla insistentemente hasta que María se levanta, una hora antes de la cita programada.
¿Qué ocurre? Siempre me dejas dormir se queja.
Al abrir su portátil, descubre un correo del cliente que ha adelantado la reunión una hora. Si no fuera por Mora, habría llegado tarde.
Eres mi pequeño amuleto dice, rascándole la oreja.
La presentación triunfa. Le asignan la dirección del proyecto completo, lo que implica un ascenso y un aumento significativo en su salario.
Mora la recibe en la puerta, orgullosa, con la cola en alto, como diciendo ¡Lo sabía!.
Desde entonces, María nota un patrón: antes de cada evento importante, Mora se comporta de manera inusual, ya sea despertándola temprano, trayendo papeles entre los dientes o distrayéndola justo a tiempo.
En otoño, María acumula suficiente dinero para buscar una vivienda. Al navegar por portales inmobiliarios, encuentra un piso en un nuevo edificio a solo tres paradas de metro de su oficina.
Mora, ¿crees que vale la pena arriesgarse? pregunta, mientras acaricia al gato bajo el mentón.
Entonces lo haremos responde, dando un pequeño zarpazo al folleto.
Firma una hipoteca con una entidad que ha lanzado una oferta de tasa reducida para Año Nuevo.
En diciembre comienza la reforma. Decide celebrar la inauguración el propio Año Nuevo, y sus amigos abrazan la idea con entusiasmo.
Por fin no pasarás la fiesta sola exclama Lidia, ayudando a colgar las luces en el nuevo hogar.
El día anterior llegan los muebles. Entre risas y cajas, Mora observa desde el alféizar, maullando de vez en cuando.
Tranquila, mañana todo estará listo le asegura María.
Al anochecer, baja al coche por la última caja. La calle está helada, la nieve cae como el año pasado, cuando encontró a Mora.
Al volver, la casa está vacía. Busca al gato por todas partes: armarios, cuadros, bajo las mesas, pero Mora no aparece.
¡Lidia! ¿Has visto a Mora? grita.
Creo que estaba en el alféizar cuando salí responde.
María se da cuenta de que la ventana está entreabierta para ventilar.
Sale al balcón. La nieve cubre todo, pero sobre la nieve blanca se ven pequeñas huellas que conducen al edificio contiguo.
Tenemos que buscarla dice, ajustándose la chaqueta. Lidia, ¿vienes?
Claro, llamo a los vecinos para que se unan.
En media hora, un pequeño equipo está en el patio, siguiendo las huellas que se interrumpen cerca del parque infantil. Otros amigos se dispersan por los patios vecinos.
¡Mora! llama María, mirando la oscuridad entre los edificios.
Miau, miau, miau resuena desde todas partes.
En el parque, María se topa con un desconocido que también busca.
Disculpe, ¿ha visto un gato negro? pregunta.
No, pero le echo una mano contesta el hombre, llamado Andrés, que vive en el edificio vecino. Revisemos los garajes, a los gatos les gusta esconderse allí.
Revisan cada rincón, bajo cada coche, sin suerte.
Cuénteme más sobre su gato pide Andrés cuando regresan al patio.
María le relata que la encontró exactamente hace un año, en Nochevieja, bajo la puerta de su viejo piso, y que desde entonces su vida ha dado giros inesperados: ascensos, nueva vivienda…
¿Cree en los milagros de Año Nuevo? pregunta Andrés.
Antes no mucho, pero después de Mora sí responde.
La búsqueda continúa mientras se acerca la medianoche. La nieve cubre las huellas restantes.
Quizá haya vuelto a casa sola sugiere Andrés. Los gatos suelen orientarse bien.
Lidia se quedó dentro por si Mora aparecía, llamaría dice María.
El frío la cala, pero no se detiene. Andrés y ella siguen caminando, conversando.
¿Por qué sale a pasear en Nochevieja? pregunta.
Me gusta despejar la mente antes de los planes del año nuevo.
¿Solo?
Sí, es una tradición. Llevo tres años celebrando así.
María se sorprende.
Yo también siempre he celebrado sola, hasta hoy, cuando iba a mudarme con amigos.
Qué coincidencia sonríe Andrés. Yo diría que es el destino.
El móvil de María vibra: mensaje de Lidia: Revisamos todos los patios, nada. Vuelve, ya casi son las doce.
No volveré sin Mora dice firmemente, guardando el teléfono.
Revisemos su propio patio otra vez propone Andrés. A veces están justo al lado.
Caminan despacio por la acera nevada, inspeccionando cada arbusto. Quedan quince minutos para el Año Nuevo.
Sabe, dicen que en Nochevieja ocurren milagros, sobre todo si uno cree comenta Andrés.
Yo creo responde María, casi susurrando. Mucho.
Suben al tercer piso. En la puerta los recibe Lidia, emocionada.
¿Qué pasa?
María niega con la cabeza.
Los amigos se reúnen en el salón, con cava y tabla de quesos. Lidia anuncia:
Tres minutos para el Año Nuevo. María, pide tu deseo.
María cierra los ojos y dice: Solo quiero que Mora aparezca.
En ese instante, un leve maullido rompe el silencio. Es el mismo sonido de hace un año. María corre hacia la puerta y abre.
En el patio del edificio contiguo está Mora, idéntica a la que vio por primera vez: una elegante gata negra con ojos de esmeralda.
¡Mora! la agarra. ¿Dónde estabas?
La gata ronronea y se acurruca contra su mejilla.
¡Feliz Año Nuevo! exclaman los presentes, con copas en alto.
María mira a su alrededor: amigos con copas de cava, Andrés sonriendo, Lidia aliviada.
Parece que tu amuleto de suerte ha vuelto a aparecer comenta Andrés.
Es una señal responde María, acariciando a Mora. Este año también será especial.
La fiesta se extiende hasta el amanecer. Entre risas y bailes, Mora se posa en el alféizar favorito, vigilando la alegría. De vez en cuando mira a María y a Andrés, como aprobando su compañía.
Sabes, quizá deberíamos romper la tradición de pasar la Nochevieja solos dice Andrés al despedirse.
María observa a Mora, que parpadea con sus verdes ojos como diciendo claro.
Creo que sí responde, sonriendo.
Un mes después, María recibe otro ascenso por un proyecto exitoso. Con Andrés comienza a frecuentar una cafetería del centro.
Todas las noches, al regresar a casa, encuentra a Mora en el alféizar, saludándola, ronroneando y frotándose contra sus piernas. Cada vez que lo hace, recuerda aquella Nochevieja en que un pequeño gatito negro cambió su vida.
De veras traes buena suerte le dice, acariciándole la oreja.
Mora responde con un misterioso parpadeo, como diciendo yo lo sé.







