Mira, te tengo que contar una historia que parece sacada de una de esas novelas de sobremesa, pero esta vez le pasó a Lucía, una chica de aquí de Segovia. Han pasado ya como cuatro años desde que falleció su madre, pero Lucía aún guarda ese nudo en la garganta al recordarla, especialmente aquella noche después del entierro. Su padre, Andrés, estaba completamente destrozado, con la mirada perdida y sin fuerzas para nada, y Lucía ya no podía llorar más. Fíjate, en ese caserón tan bonito y grande donde siempre había alegría, solo se oía el silencio más triste.
Lucía tenía dieciséis años y, aunque era joven, sabía que tanto a su padre como a ella les costaba respirar sin su madre. Antes, los tres eran una piña, felices con cualquier tontería. Recuerda cómo Andrés se acercó, la rodeó con un brazo y con esa voz cansada le dijo:
Mi niña, vamos a tener que aprender a vivir así poco a poco, hija.
El tiempo pasó. Lucía estudió para ser auxiliar de enfermería y, no hace mucho, empezó a currar en el ambulatorio de su pueblo, San Ildefonso. Vivía sola en la casa familiar, porque el año anterior su padre se casó de nuevo y ahora vivía en un pueblecito vecino con su nueva mujer. Lucía, la verdad, no le guardaba rencor. Simplemente, la vida sigue y, bueno, el hombre tampoco era tan mayor y se merece ser feliz. Ella también tenía claro que algún día le tocaría enamorarse y hacer su vida.
Ese día en concreto, Lucía bajó del autobús con un vestido chulísimo y unos tacones que ya los quisiera yo. Era el cumpleaños de Andrés y, aunque él era su única familia de verdad, quería que fuera especial.
¡Felicidades, papá! le dijo con esa sonrisa suya mientras se abrazaban fuerte en el patio de casa y le entregaba su regalo.
Gracias, hija mía, venga, que la mesa ya está puesta le contestó él.
Nada más entrar, salió la otra, Silvia, la mujer de Andrés.
¡Anda, Lucía, ya era hora! Mis niños están muertos de hambre y soltó la carcajada como si no fuera con ella.
Silvia tenía dos hijos de un matrimonio anterior: Rita, una cría de trece años, y un chavalillo de diez. Rita era un bicho, vamos, una pieza de mucho cuidado, y encima a la madre le daba igual lo que hiciera la niña. Lucía apenas iba por esa casa; de hecho, era solo la segunda vez en todo el año. Siempre evitaba los comentarios salados de Rita, y Silvia ni se inmutaba.
Después de los brindis y las preguntas de rigor, Silvia empezó a meter baza:
Oye, Lucía, ¿tienes novio?
Sí, bueno, algo hay respondió Lucía, algo cortada por lo directa que era Silvia.
¿Y ya estáis pensando en boda, entonces?
Lucía se hizo un poco la loca.
Ya se verá, ya se verá respondió con una sonrisa vaga.
Y ahí, Silvia sacó el tema a cuchillo, ¡menuda era!
Mira, Lucía, tu padre y yo hemos hablado y ya no te va a poder ayudar más. Bastante hemos hecho, pero ahora tiene otra familia y hay que priorizar. Lo suyo es que te busques la vida, que para eso eres mayor y trabajas ¡Normal!
Espera, Silvia intentó cortar Andrés, encima ni la miraba. Yo ya le he dado menos a Lucía que a vosotros.
Pero Silvia no le dejó ni abrir la boca.
¡Eres el cajero automático para tu hija y nosotros siempre los últimos! le gritó, y de ahí la cosa empezó a tensarse.
A Lucía se le cayó el alma a los pies. Se levantó, salió directa al patio y se sentó en el banco de piedra para calmarse. Ese cumpleaños estaba arruinado. Entonces llegó Rita, la niñata, y se sentó a su lado.
Eres guapa le soltó de sopetón. Lucía solo asintió, sin ganas de hablar. Y no te lo tomes a mal con mi madre, es que está embarazada y se le va la olla rió la cría de manera borde. Tú no conoces a mi madre todavía, pero tranqui, ya la conocerás y se largó para dentro tan ancha.
Lucía, ya harta, recogió y se fue. Miró hacia atrás y vio a su padre mirándola desde el porche. Tres días después, de repente aparecen Andrés y Silvia en la puerta de Lucía.
¡Vaya, qué sorpresa! Pasad, pongo un té les dijo, haciéndoles pasar.
Silvia, ni corta ni perezosa, empezó a fisgar por la casa.
Muy buena casa, oye, aquí en el pueblo pocas así
Mi padre tiene manos de oro, la construyó con el tío Felipe, ¿verdad, papá?
Nada, hija, de oro nada, la hice para nosotros.
Y Silvia, con esa voz de falsa alegría, suelta:
Ya, ya, y por eso hemos venido, para hablar de la casa.
A Lucía se le encendió la alarma, y mirando a ambos a los ojos, contestó firme:
Mi parte no se vende, aquí crecí, le tengo mucho cariño a esta casa.
Silvia casi escupía veneno de la rabia.
Mira que espabilada nos ha salido la nena y miró de reojo a Andrés. ¿Y tú qué, no dices nada?
Hija, que hay que arreglar esto. Mi familia ha crecido, la casa se queda pequeña y hay otro niño en camino si vendemos, puedes comprarte algo más pequeño y si falta, te ayudo con el préstamo le soltó su padre medio rogando, sin mirarla.
Papá, ¿pero tú me estás oyendo?
Ya está bien, tu padre ya no es solo tuyo saltó Silvia. Ni casa ni nada, aquí vives sola en una casa enorme. Toca moverse y nadie te va a pedir permiso.
A mí no me levantes la voz. Y por favor, salid de mi casa.
Se quedaron sus palabras flotando en el aire y Lucía, rota, vio cómo sus invitados se iban indignados. Sí, el padre tiene derecho a rehacer su vida, pero no así, no echándola de la casa donde vivió su madre. Esa casa era parte de ella y no pensaba venderla por nada del mundo.
Luego llegó Sergio, su chico. Nada más verla, se dio cuenta de que Lucía no tenía buena cara.
¿Qué te pasa, mi niña? Cuéntamelo todo.
Ella se tiró a sus brazos y lloró como nunca. Después de mojarle la camiseta y de coger aire, le explicó lo que había pasado del tirón. Sergio, que era guardia civil, la consoló con toda la calma del mundo.
Tu padre no haría eso si no le apretase Silvia, es ella la que le tiene atado de pies y manos. Espera y verás, no aceptes nada y si hace falta, traigo abogados de Segovia. Ni se te ocurra firmar.
Mientras tanto, Andrés, tras volver a casa, no paraba de darle vueltas a todo. Al principio creía haber hecho bien casándose con Silvia, pero ahora ella cada vez tenía más mal humor y solo pensaba en vender la casa, ampliar espacio y pedir más dinero. Aun así, acababa de anunciarle que estaba embarazada, así que aguantaba. Un día, sin buscarlo, pilló a Silvia hablando por teléfono:
Que no quiere, nada, dice que no y ya está. Habrá que apretar por otro lado hablaré otra vez con él, y si no, buscaré la manera de arreglarlo oyó decir a Silvia con un tono que le puso los pelos de punta.
Cuando Andrés preguntó, Silvia puso cara de no pasa nada, diciendo que era una amiga que conocía un agente inmobiliario y que la casa valdría un pastón. Lo de arreglarlo, según ella, era por el garaje. Andrés, medio confundido, al menos se quedó más tranquilo.
Eso sí, Lucía volvía tarde del centro de salud y ahora en otoño ya cae pronto la noche. Aunque Sergio quería recogerla, justo ese día le tocó un aviso y le fue imposible. Total, que ella iba con prisas hacia casa cuando, de pronto, se para un coche. Baja un tipo enorme, la agarra y la mete en el asiento de atrás. Arrancan sin decir nada. Lucía se puso a llorar de los nervios.
¿Quiénes sois? ¿Por qué hacéis esto? ¡Seguro que os confundís!
Pero los matones solo se reían.
Aquí no creemos en casualidades le soltó el hombre. Si firmas lo que te mandamos, no os pasará nada ni a ti ni a tu padre.
¿Y qué pinta él en esto?
O firmas los papeles de venta, te damos el dinero y te largas. Los compradores están esperando.
¡Esto es ilegal! No pienso firmar nada, iré a la guardia civil, nunca venderé la casa
Justo ahí, uno le dio una bofetada y le supo la boca a sangre.
No nos asusta la poli ni tu novio el guardia, así que o firmas o ya sabes
De repente, ven luces y sirenas. Patrullas de la Guardia Civil al fondo. Los secuestradores intentan salir pitando, pero el conductor, de los nervios, acaba en la cuneta.
Resulta que Sergio le había pedido a su amigo, Maxi, que vigilara por si pasaba algo raro cuando Lucía volvía a casa. Cuando Maxi vio el secuestro, avisó a Sergio, y así, en minutos, la Benemérita lo tenía todo controlado.
Luego salió a la luz que el tipo del coche era el amante de Silvia y que era él quien iba a ser padre. Lo tenían todo planeado para quedarse con la casa de Andrés y sacarle un dineral. Lo de Lucía era solo un estorbo para ellos y, después, el propio Andrés tampoco les preocupaba mucho.
Tras todo este jaleo, las cosas volvieron a su sitio. Andrés se divorció y volvió a su casa. Él seguía con su pequeño negocio de recambios de coches, y ahora en la mesa se sentaban los tres: Andrés, Lucía y Sergio. Para Andrés, esas cuatro paredes significan el doble que antes.
No te preocupes, papá, nunca vas a estar solo le decía Lucía con una sonrisa.
Cuéntame la verdad, hija, ¿vas a casarte?
Le he pedido matrimonio a Lucía y ha dicho que sí saltó Sergio, guiñándole el ojo. Hasta hemos echado los papeles y la boda es dentro de poco
Aunque me mude con Sergio, vendremos todas las semanas a verte, que la familia siempre es la familia y así tienes compañía.
Hija mía, perdóname todo, la he fastidiado mucho. Perdóname dijo Andrés, mirando la foto de su difunta mujer, con los ojos llorosos.
Papá, para ya, ya está todo bien. Y te prometo que cada día será aún mejor.
De verdad, gracias por aguantarme y por escuchar esta historia. Espero que nunca te falten momentos así de esperanza. ¡Un abrazo enorme y cuídate mucho!






