Mi hijo no quiere traer a su madre a vivir con nosotros porque en casa solo puede haber una señora, ¡y esa soy yo!

Mi hijo no quiere llevarse a su madre a vivir con él porque en casa sólo puede haber una señora, y esa soy yo.

¡No es así! ¡Pero si es su madre! ¡Podría haber hecho espacio para ella en su propio hogar!. Estas palabras las he escuchado más de una vez de los parientes de mi marido. Sé que también mis conocidos piensan igual, aunque nadie se atreve a decírmelo a la cara. Todo esto viene por la situación con mi suegra.

Mercedes tiene ya 83 años y pesa más de cien kilos; las enfermedades no dejan de visitarla. Hace unos años, una prima me preguntó: ¿Por qué no lleváis a Mercedes con vosotros? Está bien que le ayudéis en lo ordinario, pero si le ocurre algo de noche, ¿qué será de ella? Se le hace durísimo estar sola. Recuerda que tu Juan es su único apoyo.

A todos les parecía lógico que la abuela fuera cuidada por su único hijo, por su única nuera y su único nieto. En los últimos cinco años, Mercedes no había cruzado el umbral de su piso. El dolor de las piernas y el peso le hacían imposible moverse. Todo comenzó hace ya tres décadas, cuando Mercedes era una mujer enérgica, joven, saludable y con fuerte carácter.

¿A quién me has traído? protestó la madre de mi entonces prometido, Juan. ¿Para eso he sacrificado toda mi vida por ti?

Tras escuchar aquello, salí en silencio y tomé el autobús. En aquella época, la madre de mi marido vivía en una urbanización prestigiosa a las afueras de Madrid, en una casa grande y hermosa. Su marido ocupaba un gran cargo, con lo que Mercedes disfrutaba de buena vida aún después de enviudar. Aquella jornada, Juan me alcanzó y volvió conmigo. Por suerte, mi esposo nunca obedece ciegamente a su madre. No obstante, respeta mucho a los mayores, y trataba de tranquilizarme, diciendo que así era el carácter de su madre.

Tras la boda, empezamos a ahorrar pensando en nuestra propia vivienda. Juan se marchó por trabajo y estuvo medio año fuera. Finalmente, tras unos años conseguimos hacernos con un chalet, y acabamos de arreglarlo. No visitábamos a Mercedes con frecuencia. Entretanto, ya había corrido con cuentos ante todos: que su nuera no le dejaba ayudar a su madre, que era injusta conmigo, y lo demás que todos ya suponían.

Quiso mudarse al centro de Madrid, pero el dinero que sacó por su casa no le alcanzaba. Nos pidió que aportáramos la diferencia y prometió que la vivienda sería a nombre de nuestro hijo, su nieto. Pero frente al notario cambió de idea: el piso debía quedar a su nombre, pues por consejo de una amiga, así evitaría que le dejaran en la calle con el tiempo. Más tarde incluso anunció que pensaba dejar el piso a quien le cuidara en la vejez. Quería mantener su posición de matriarca. Nos acusaba de querer engañarla y dejarla sin techo.

Pasaron casi veinte años desde aquel episodio. Todos en la notaría fueron testigos de su escándalo, mientras Juan y yo sentíamos vergüenza. Decidimos dejarlo estar. Se mudó de inmediato y ni siquiera permitió que le hiciéramos algún pequeño arreglo. Vivió allí un mes escaso hasta que empezó a quejarse de que todo estaba viejo y se rompía. Me culpaba a mí: ¡que si le había buscado un piso inadecuado, que si la quería engañar!

A Mercedes le encantaban los hijos de su prima, pero ignoraba a su propio nieto. Incluso fingía olvidar su cumpleaños. Hace varios años enfermó y engordó tanto que apenas podía ya moverse por casa. Le llevaba yo la comida indicada por su médico. Pero Mercedes protestaba y decía que sólo su prima sabía alimentarla, y que yo la tenía a régimen casi de hambre.

El año pasado, Juan empezó a insistirme en que la lleváramos a vivir a casa. Según él, su madre ya había entendido la necesidad de seguir los consejos del médico.

Bien, acepto le respondí, si se cumplen mis condiciones: la cocina está exclusivamente a mi cargo, yo decido los menús y nada de visitas de sus primas aquí.

Mercedes se indignó y rehusó venir, convencida de que al llegar impondría su voluntad como señora de la casa. Pero en nuestro hogar sólo hay una dueña legítima: ¡yo! Así seguí visitándola, limpiando, cocinando, incluso quedándome a dormir si hacía falta, mientras su prima tan solo llamaba por teléfono para expresar su preocupación.

Por teléfono también me acusaba de matarla de hambre porque no le daba dulces ni chorizo. Pidió a su prima que le trajera un pastel. Pero ésta, alegando estar liadísima, no apareció salvo una vez al mes, cada vez trayendo alguna golosina, mientras yo me hacía cargo de Mercedes día tras día.

Un buen día, Mercedes llamó a su prima para quejarse: había perdido un collar y una cruz de oro. Explicó que aquel día tanto su prima como yo habíamos estado de visita, pero daba por hecho de que yo era la culpable.

Sin mediar palabra, le dejé la comida en la mesa y recogí del suelo la cadena y la cruz, caídas tras la mesilla. Ya en casa, le conté todo a Juan y tomé la decisión de no volver. Le propuse llevarla a una residencia. Y Juan estuvo de acuerdo.

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