Sofía, ¿por qué te quedas ahí plantada en la entrada? ¡Venga, mujer, pasa sin miedo! Mira, te presento a Manolo, mi compañero de la mili, del que tanto te he contado. ¿Te acuerdas de la anécdota del camión blindado? Pues aquí lo tienes, en persona.
Sofía permanece en el umbral de su propio recibidor, apretando las bolsas del supermercado, mientras nota cómo algo se resquebraja por dentro. El piso, que por la mañana olía a suavizante y a hogar, ahora está impregnado de un olor denso a tabaco barato, alcohol y calcetines ajenos.
En mitad del pasillo, bloqueando el paso al perchero, se planta un hombre corpulento, con una camiseta desbocada y un chándal con las rodillas cedidas. Sonríe mostrando un hueco en la dentadura y le extiende una mano enorme.
¡Buenas, jefa! ruge con voz grave. Ya me han hablado de ti. Paco no deja de presumir de la pedazo de mujer que tiene. Encantado, Manolo.
Sofía asiente sin mirarle, esquiva la mano y se cuela en la cocina. Su marido, Paco, la sigue con una sonrisa entre culpable y nerviosa.
Sofi, no te enfades, no me ha dado tiempo a avisarte susurra en cuanto cierran la puerta. Verás, a Manolo lo ha echado su mujer de casa. Una arpía, después de todo lo que ha hecho por ella No tiene dónde ir. Le he dicho que se quede aquí una semanita, hasta que encuentre piso o arregle las cosas.
Sofía deja las bolsas sobre la mesa y lo mira agotada.
¿Una semana, Paco? Vivimos en un piso de una habitación. ¿Dónde va a dormir, en la alfombra del recibidor?
No seas así se ofende Paco. Somos personas. Ponemos la cama plegable en la cocina, o yo duermo en el suelo y él en el sofá. Es un invitado, está pasando un mal momento, necesita apoyo.
Y yo voy a tener ansiedad por tener a un desconocido en mi casa responde Sofía, firme pero en voz baja. Trabajo de ocho a seis, llego y quiero descansar, no tropezar con tu Manolo.
No seas tan dura, Sofi Paco levanta las manos. ¡Es mi hermano de armas! No puedo dejarlo tirado. Solo será una semana, te lo prometo. Ni lo notarás, es muy discreto.
En ese instante, una carcajada estruendosa y la televisión a todo volumen retumban desde el salón.
¿Discreto, dices? Sofía arquea una ceja.
Está nervioso, se está relajando se apresura Paco. Por favor, hazlo por mí. Sabes que siempre lo hago todo por ti. Aguanta solo una semana.
Sofía suspira. Quiere a su marido, aunque a veces sea demasiado blando y dependiente de los demás. Y nunca sabe negarle ayuda a quien la necesita.
Vale cede. Pero solo siete días. El lunes que viene no quiero verlo aquí. Y, Paco, ni una juerga. Mañana madrugo.
¡Eres un sol! Paco la besa en la mejilla y sale disparado al salón.
Sofía se queda en la cocina, sacando la compra. Había planeado preparar una ensalada ligera y pollo al horno para que sobrara para el día siguiente. Pero con dos hombres hambrientos, eso no bastará. Toca pelar patatas y freír carne.
Al cabo de una hora, llama a cenar. Manolo entra en la cocina como si fuera suya, arrastra una silla y se sirve pan sin esperar.
¡Vaya, pollo! gruñe satisfecho. Así sí. Mi ex, la Pilar, solo me daba purés y ensaladas. Que si dieta, que si salud ¡A un hombre le hace falta carne!
Agarra el trozo más grande con la mano y empieza a devorarlo, dejando migas por toda la mesa. Sofía frunce el ceño, pero no dice nada.
¿No hay nada para brindar? pregunta Manolo con la boca llena. Por el reencuentro, por la anfitriona.
Manolo, aquí no solemos beber entre semana intenta Paco, mirando de reojo a su mujer.
¡Anda ya! No seas calzonazos ríe Manolo, dándole una palmada que casi le tira el plato. Seguro que la jefa entiende. ¡Un hombre necesita consuelo!
Sofía, en silencio, saca del frigorífico una botella de orujo empezada desde Nochevieja y la deja sobre la mesa con un golpe seco.
Es lo único que hay dice helada. Y no habrá más.
La cena transcurre entre historias de cuartel y quejas sobre mujeres, en un ambiente donde Sofía no encuentra sitio. Paco ríe y asiente, fascinado por su amigo. Sofía come rápido y se refugia en el baño, buscando algo de paz.
La noche resulta un suplicio. Manolo ocupa el sofá, como prometió Paco, y la pareja duerme en un colchón en el suelo. Sofía no logra conciliar el sueño, mientras el ronquido de Manolo hace vibrar las paredes.
Paco susurra en la oscuridad. Haz algo, no puedo dormir.
¿Qué quieres que haga? No voy a despertarlo Date la vuelta, te acostumbrarás.
Sofía no se acostumbra. Amanece con dolor de cabeza y el cuerpo molido. En la cocina la espera una montaña de platos sucios, migas y la sartén vacía. Todo el pollo y las patatas, pensados para dos días, han desaparecido.
Se levantaron de noche, les entró hambre explica Paco, adormilado. Son hombres grandes, necesitan energía. No te enfades, hoy compro empanadillas.
Paco, llego tarde al trabajo, no tengo tiempo de limpiar esto dice Sofía, conteniendo las lágrimas. Limpiadlo vosotros.
¡Por supuesto! asegura Paco con entusiasmo.
Esa tarde, Sofía vuelve a casa con el ánimo por los suelos. Espera encontrar la casa recogida, pero al abrir la puerta sabe que es en vano.
Hay más zapatos en el recibidor. Voces desconocidas salen del salón, donde huele a cebolla frita y cerveza barata.
En la mesa baja, Paco, Manolo y dos hombres más rodean latas de cerveza, bolsas de patatas y pescado seco. Escamas por el suelo, la tele a todo volumen con un partido de fútbol.
¡Mira quién llega! Paco se levanta, tambaleante. Estamos viendo el fútbol. Manolo ha traído a unos colegas del barrio, son buena gente.
Sofía los observa. Buena gente que parece sacada de la tasca de la esquina.
Todos fuera dice en voz baja.
El bullicio baja, pero nadie se mueve. Manolo se recuesta en el sofá su sofá, cubierto con su manta favorita, ahora manchada de grasa.
¿Por qué tan estricta, Sofía? se burla. No dejas a los hombres relajarse. Paco, deberías poner orden, que aquí manda mucho.
Paco se sonroja, mira a su amigo y luego a su mujer, deseando quedar bien ante los nuevos.
Sofi, no montes un numerito delante de la gente. Vete a la cocina, haz algo de cenar, que ya acabamos y nos vamos. No me dejes mal.
Sofía siente que el suelo se abre bajo sus pies. Su marido, siempre atento y cariñoso, se convierte en un extraño por agradar a un patán.
He dicho que todos fuera repite, más alto. Este es mi piso. No voy a tolerar un antro aquí.
¿Tu piso, mi piso? ¡Somos familia! protesta Paco, con un deje histérico. Manolo es mi invitado, tengo derecho.
Manolo se levanta, tambaleante, imponente.
Baja el tono, jefa. Si el hombre dice que a la cocina, a la cocina. No molestes.
Sofía no se amedrenta. Saca el móvil.
Tenéis un minuto para iros. Si no, llamo a la policía.
Los vecinos, más listos, recogen sus cosas y salen murmurando excusas. Manolo escupe en la alfombra (¡su alfombra!) y mira a Paco.
Eres un calzonazos, Paco. Te maneja como quiere. Yo a una así la ponía en su sitio. Vamos a fumar fuera, esto apesta.
Salen dando un portazo. Sofía queda sola en el caos. Mira las escamas en la alfombra, las manchas de cerveza, la pila de platos que ha crecido. Se pone a limpiar con rabia, abriendo todas las ventanas para ventilar. Cuando todo vuelve a la normalidad, ya es de madrugada. Su marido y Manolo no regresan.
Aparecen al amanecer, borrachos y desafiantes.
¡Mira, la reina duerme! grita Manolo entrando. ¡Nos hemos ido de juerga!
Paco ríe, tropezando con los cordones.
Sofía sale en bata.
Id a dormir dice cansada. Hablamos mañana.
¡Igual no quiero dormir! brama Manolo. ¡Quiero fiesta! Paco, ¿dónde tienes la música?
Va a encender el equipo.
Ni se te ocurra advierte Sofía. Son las tres de la mañana. Los vecinos llamarán a la policía.
¡Me da igual! ¡Soy libre! Manolo, tambaleante, se encara con Sofía. ¡No me mandes!
Paco, apoyado en la pared, sonríe bobalicón.
Manolo, tiene carácter balbucea. ¡Es de armas tomar!
Manolo agarra a Sofía del hombro.
¿Carácter? Ahora se lo quito yo
Sofía se zafa y lo empuja. Él cae al suelo, tirando el perchero.
¡Fuera! ¡Los dos, fuera! grita.
¿Qué haces, Sofía? Paco deja de sonreír. ¿A quién echas? ¿A mí?
Ya no tengo marido. Solo un compañero de borracheras. ¡Largo!
¡Vete a paseo! Manolo se levanta, frotándose el costado. Paco, vámonos. Aquí no nos quieren. Tengo una idea, vamos a casa de Marisa, ella sí es buena gente.
Paco, tambaleante, mira a su mujer. En sus ojos hay duda.
¿Hablas en serio, Sofía? Es de noche
Me da igual. A casa de Marisa, de Carmen, a la estación. Deja las llaves.
¡Pues me voy! ¡Ya volverás suplicando! Paco, envalentonado por su amigo, sale dando un portazo. Manolo, en su chándal, detrás. Sofía cierra con doble vuelta y se deja caer, llorando.
Los tres días siguientes transcurren en silencio. Sofía pide días libres para recomponerse. Mete las cosas de Paco en maletas y las deja en el pasillo. Espera. Sabe que volverán.
El jueves por la tarde, llaman. Sofía mira por la mirilla: Paco, desaliñado, con un ojo morado; Manolo, tembloroso.
Sofía abre, pero deja la cadena puesta.
Sofía, déjanos pasar, tenemos que hablar suplicó Paco.
Habla desde ahí.
Sofi, ya basta. Hemos dormido en la calle, en la estación. No tenemos dinero, ni móvil. Manolo perdió la tarjeta. Déjanos ducharnos, comer algo. Venimos por las cosas y yo, por casa.
Que Manolo vaya con su mujer. O con Marisa. Y tú
Sofía, Manolo no va sin mí, necesita ayuda. ¡Somos amigos!
¿Amigos? Sofía sonríe con amargura. Ese amigo tuyo ha destruido tu familia en tres días. Me ha insultado, ha convertido nuestro hogar en un vertedero, te ha arrastrado a la bebida. Y tú, en vez de defenderme, le seguías el juego. Así que vete con él. Sed amigos en la estación.
¡No lo entiendes! ¡Es amistad de verdad!
Y esto es dignidad. Y mi casa. Mañana cambio la cerradura. Tus cosas están aquí, ahora te las saco.
Cierra la puerta, quita la cadena y empuja las maletas al rellano, cerrando de nuevo.
¡No puedes hacer esto! ¡Es de los dos! grita Paco, golpeando la puerta.
El piso es de mi abuela, Paco. Solo estabas empadronado. Te daré de baja por el juzgado. ¡Adiós!
Escucha cómo discuten en la escalera. Manolo le grita a Paco que es un pringado, que no sabe domar a su mujer. Paco se justifica. Al final, se marchan.
Una semana después, Sofía sabe por una amiga que Manolo ha vuelto con su mujer, prometiendo cambiar, y ella lo tiene bajo vigilancia. Paco vive con su madre.
Paco regresa varias veces, sobrio, con flores, pidiendo perdón. Dice que ha sido un idiota, que Manolo le ha liado, que nunca más
Pero Sofía no abre. Recuerda su mirada de desprecio en la mesa, cómo permitió que otro la empujara, cómo eligió la hombría antes que a su familia.
Una tarde, mientras Paco la espera bajo la ventana, Sofía sale al balcón.
Paco, vete. He pedido el divorcio.
¿Por esto? ¿Por una pelea? ¡Cinco años juntos!
No es por una pelea. Es porque trajiste la suciedad a casa y, cuando te pedí que la sacaras, te pusiste de su parte. No puedo vivir con alguien que valora más la opinión de un borracho que la paz de su mujer.
¡No es un fracasado! ¡Es mi amigo!
Un amigo no destruye la familia de un amigo. No humilla a su mujer. Eso no es amistad, Paco. Es un parásito. Y tú fuiste el huésped perfecto.
Sofía vuelve a su salón y cierra el balcón. La casa está tranquila y limpia. Huele a café y vainilla. Se sienta con un libro y, por primera vez en mucho tiempo, se siente en casa. La soledad es dulce, porque es suya. Nadie ronca, nadie devora su comida, nadie le dice cómo vivir.
Paco y Manolo siguen lamentándose en la calle, bebiendo cerveza barata. Manolo insiste en que todas son unas brujas y que a Sofía le falta un hombre de verdad. Paco asiente, pero, mirando las paredes desconchadas y la cara hinchada de su mejor amigo, comprende que ha perdido el paraíso por una amistad tóxica. Pero no se atreve a admitirlo.
A veces, la vida te enseña que el hogar es un refugio que hay que proteger, incluso de quienes más quieres. Porque la dignidad y la paz no se negocian, ni siquiera por amistad.







