El marido regresó a casa y, sin quitarse los zapatos ni el abrigo, proclamó: «Tenemos que hablar seriamente»

Querido diario,
Hoy la tarde ha empezado de la forma más extraña. Gonzalo ha entrado por la puerta sin siquiera quitarse los zapatos o el abrigo, y con voz grave me ha soltado:
Carmen, tenemos que hablar muy en serio
Y sin detenerse ni un segundo, con los ojos todavía más abiertos de lo normal, ha proclamado:
¡Me he enamorado!
Vaya, pensé ha llegado oficialmente la crisis de la mediana edad a nuestro hogar. Bienvenido seas, aunque lo único que hice fue mirarle con curiosidad, algo que no suelo hacer desde hace, ¿cuántos años? ¿cinco, seis…? ¿O quizás ya sean ocho?
Se dice que antes de morir ves toda tu vida pasar ante tus ojos, pero a mí me ha pasado lo mismo, aunque sólo con mi vida junto a Gonzalo. Nos conocimos de una manera sencilla: por internet. Yo bueno, Carmen me quité tres años al declararme y él se sumó tres centímetros de estatura al suyo. Así, haciendo malabares con los criterios de búsqueda, conseguimos encontrarnos.
Ya ni recuerdo quién escribió primero, pero sí sé que el correo de Gonzalo no tenía nada de vulgar y desprendía una auto ironía ligera que me encantó. Yo tenía treinta y tres entonces y, siendo realista, era consciente de mi posición en el mercado masculino. Tenía claro que ni de lejos era la más codiciada, pero tampoco la última. Decidí no deslumbrar en la primera cita: me puse unas gafas de montura rosada, lencería bonita y en el bolso escondí unas galletas que horneé por la mañana y una novela de Galdós.
La primera cita fluyó con naturalidad (¡bendito acierto con el vestuario!) y nuestro romance avanzó con un entusiasmo inesperado. Nos lo pasábamos bien juntos, y tras medio año de encuentros regulares y la presión constante de nuestros padres, convencidos de que no llegarían a conocer nietos en vida, Gonzalo se lanzó y me pidió matrimonio. Presentamos rápidamente a las familias y, dados nuestros temores de que alguien se arrepintiera, elegimos la primera fecha disponible para la boda, que celebramos en un círculo familiar íntimo, muy a la española.
Vivimos, o al menos así lo sentía yo, bastante bien. Nuestra rutina tenía la calidez de un clima tropical; sin grandes altibajos de pasión, pero con harmonía y respeto ¿no es eso la felicidad?.
Gonzalo, típico español, sencillo y honesto, dejó caer el disfraz de romántico sensible y manitas unas semanas después de la boda y se convirtió en el hombre trabajador y atento de siempre, cómodo en sus pantalones de chándal viejos.
En mi caso, el corsé de ama de casa intelectual, invisible pero insinuante empezó a aflojarse en silencio, pero fue el embarazo lo que terminó de liberarme. En un año, sin resistirme demasiado, dije adiós a la imagen y me instalé, feliz, en mi cómodo batín de casa.
Lo cierto es que, pese al mutuo abandono de los personajes, ninguno salió corriendo ni reclamó nada. Eso terminó de convencerme de que nuestra decisión había sido acertada y reforzó mi fe en nuestra unión. El trajín del día a día y la llegada, uno tras otro, de nuestros hijos tambaleaban a veces nuestro pequeño barco familiar, pero nunca naufragó. Pasada la tormenta, todo volvía a su cauce y navegábamos de nuevo en calma. Los abuelos ayudaban siempre que podían, en el trabajo progresábamos poco a poco, no faltaban nuestros propios hobbies, alguna escapada a Málaga o Santander, y sobre todo, tiempo para nosotros, sin destacar mucho entre la media nacional.
Ya llevábamos doce años de matrimonio. En todo este tiempo, jamás tuve motivo de celos; a Gonzalo nunca se le había visto flirtear, ni siquiera en broma, lo cual, siendo yo poco celosa, significaba que tenía barra libre en ese sentido: ningún drama a la vista. Sólo de pensarle flirteando me salía la risa. Imposible no imaginarlo: tras unos intentos ridículos durante el noviazgo, optó por otra estrategia ahora sólo me lanza cumplidos en silencio, abriendo los ojos de par en par como si fuera un cuervo negro. Aprendí a leer en el tamaño de sus ojos todo su repertorio emocional: fascinación, aprobación, sorpresa, confusión, hasta indignación.
¡Y me lo imaginé lanzando cumplidos a una rata! Cuanto más lo pensaba, más cómico me resultaba…
Se me secó la garganta y, sin poder evitar una sonrisa nerviosa, le solté:
¿Y cómo se llama tu rata…?
Gonzalo puso los ojos más aún en blanco, titubeando y casi atragantándose, me contestó:
¿Cómo cómo lo has adivinado? Sí, Carmen, me he enamorado de… una rata. Es que no pude evitarlo, la vi y me quedé asombrado ¡Mírala! Es preciosa, tan suave, tan mona Me recuerda a ti
Y sacó del bolsillo un pequeño ratoncito de pelaje gris marrón, con orejitas rosadas y transparentes, naricita rosa y ojos como botoncitos negros.
No escuché nada más. Me quedé mirando a Gonzalo, a su nueva amiga, a sus abrazos, y fui feliz de que, de todas las criaturas del mundo, se hubiera enamorado de esta ratita tan parecida a mí.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

12 − eleven =

El marido regresó a casa y, sin quitarse los zapatos ni el abrigo, proclamó: «Tenemos que hablar seriamente»
Le regalé a mi hija un piso como regalo de bodas. Solo más tarde comprendí que había cometido un grave error