Tuve una esposa maravillosa: guapa, cariñosa, inteligente. Compartimos veintitrés años juntos y no puedo evitar pensar que fueron los mejores de mi vida. Por desgracia, hace poco una enfermedad cruel se la ha llevado. Juntos criamos a nuestra hija.
Cuando todavía estaba con vida, mi mujer propuso comprar un segundo piso para alquilarlo y así disponer de algún ingreso extra. Mi pensión es ridícula, apenas da para lo justo. Ella siempre decía que alquilando el piso tendríamos ese dinero que gotea, y si llegaban tiempos complicados, siempre podríamos venderlo. El ladrillo nunca falla, decía. Mi hija, Lucía, ya es perfectamente capaz de gestionar su propia vivienda.
Cuando Lucía aceptó la propuesta de matrimonio de su novio, les regalé ese segundo piso en Madrid como regalo de bodas, para que no tuvieran que estar de alquiler. Sin embargo, pronto me di cuenta de que había cometido un grave error. Siempre creí que Lucía era sensata, pero lo que hizo me descolocó por completo.
En cuanto el piso estuvo a su nombre, Lucía lo vendió y con ese dinero se compró un Mercedes completamente nuevo.
¿Y dónde vais a vivir, Lucía? le pregunté preocupado.
Ay, papá, ya ahorraremos rápido para otro piso y, mientras tanto, vivimos de alquiler. Mi marido y yo siempre hemos soñado con tener un buen coche. Además, nos han sobrado unos cuantos miles de euros, así que Benjamín y yo hemos decidido irnos unos días a Mallorca. Hace mucho que no nos pegamos unas vacaciones como Dios manda.
Decir que me quedé de piedra sería quedarme corto. ¿Pensáis que disfrutaron ese coche mucho tiempo? Pues sí pero no tanto: a los tres meses mi yerno tuvo un accidente y el coche quedó para el desguace. Afortunadamente, Lucía no salió herida. Pero no tardó mucho en descubrir que Benjamín le era infiel y la había dejado por otra.
Al final, no le quedó más remedio que volver a casa conmigo, después de perder el marido, el piso y el coche.






