Las mujeres felices siempre se ven estupendas
Lourdes está atravesando un dolor profundo tras la traición de su marido. A sus cuarenta años, se queda sola; su hija estudia en la universidad en Salamanca. Hace dos meses, Iván llegó de trabajar y le soltó de golpe:
Me voy de casa, me he enamorado.
¿Cómo? ¿De quién? preguntó ella, aturdida.
Pues así, como se van los hombres de sus mujeres. Me he enamorado de otra, estoy muy bien con ella, y cuando estoy con ella, ni me acuerdo de ti. Así que ni me pidas explicaciones, lo tengo todo decidido respondió Iván con tranquilidad, casi como si nada.
Recogió rápidamente sus cosas y se fue. Lourdes, pensándolo después, se da cuenta de que él llevaba tiempo preparándolo: iba sacando sus cosas poco a poco. Ese día, las metió todas en la maleta y cerró la puerta sin mirar atrás.
Lourdes lloraba cada día y sentía que jamás iba a ocurrirle nada bueno. Todo parecía acabado, detenido. No quería ver ni oír a nadie, ni hablar por teléfono, aunque sonara insistentemente; era su hija, era su amiga. Lourdes respondía rápido y cortaba. En el trabajo, tampoco quería conversar; sus compañeros la miraban diferentes: unos con compasión y otros, con cierta malicia.
Incluso fantaseaba:
Igual a Iván le cansa esa chica y vuelve, y entonces lo perdono, porque lo quiero.
Un domingo, Lourdes se despierta temprano como siempre, pero no quiere levantarse; total, ¿para qué? Finalmente lo hace. Cerca de las once, suena el móvil.
¿Quién llama tan temprano? No tengo ganas de hablar con nadie piensa y no contesta, aunque mira la pantalla: es un número desconocido. ¿Y si es Iván? ¿Habrá perdido el móvil o le han robado y ha cambiado de número? ¿Y si quiere volver? Tendría que contestar
Mientras piensa, vuelve a sonar.
¿Sí, hola? dice Lourdes con voz alta.
¡Hola! le contesta una voz femenina, alegre.
¿Quién es? responde Lourdes, verdaderamente molesta.
¿Pero no me reconoces, Lourdes? ¡No está bien olvidar a tus buenas amigas! Soy Asunción.
Lourdes se decepciona; esperaba la voz de Iván.
¿Y qué?
Lourdes, ¿de verdad eres tú? ¿Cómo estás, qué te pasa?
No estoy bien responde y cuelga. Las lágrimas le resbalan otra vez.
Se sienta en el sofá, intentando calmarse. Al rato llama alguien al timbre. Lourdes se sobresalta, se levanta, ese absurdo atisbo de esperanza
¿Y si Iván se ha arrepentido? piensa mientras abre.
¡Hola! saluda una mujer preciosa, tan arreglada que Lourdes casi no reconoce a su antigua amiga y compañera de clase, Asunción.
Va muy bien arreglada, con labios rojos, ropa a la moda y desprende un perfume maravilloso que obliga a Lourdes a reaccionar. Desde que Asunción se fue a estudiar a la universidad en Madrid, apenas se han visto una vez, hace quince años. En el colegio, salían juntas, iban a la discoteca, hablaban de chicos y compartían secretos.
¡Madre mía, Asunción, qué guapa estás! se le escapa a Lourdes.
Hola, amiga. Siempre he sido así; en cambio tú escudriñándola de arriba abajo, bueno, ¿me dejas pasar o me quedo en el rellano?
Pasa, anda cede Lourdes, y la deja entrar.
Asunción trae una bolsa con una botella de vino tinto de Rioja, tarta y unas naranjas.
Saca las copas, que lo celebramos. Ya ni recuerdo la última vez que hablamos. Hace una eternidad charla sin pausa mientras Lourdes prepara la mesa, corta la tarta, deja las copas.
Sin más preguntas, Asunción abre el vino, sirve las copas y brinda.
Por el reencuentro y bebe. Lourdes la imita.
El segundo brindis es por nosotras. Tras la segunda copa, Lourdes se desahoga; Asunción la escucha en silencio, y cuando acaba, encoge los hombros:
Virgen Santa, Lourdes; pues yo pensaba que tenías un drama más gordo.
¿No te parece un drama? Tú no lo entenderías responde Lourdes tristemente , tu marido no te ha dejado.
Todo lo contrario. Fui yo quien lo dejó, cuando descubrí su aventura con una veinteañera. Pedí el divorcio y él se quedó helado, seguro pensaba que podría ponerse a jugar y yo ni me enteraría
No sé, tú igual no lo querías.
Lo quería mucho insiste Asunción , pero detesto que me humillen. Cuando te engañan, eso ya no es amor.
Jo, Asunción, parece que para ti todo es sencillo.
Sí. Tú haces complicado lo simple, siempre fuiste igual. ¿Y tu hija?
Está estudiando fuera, en Salamanca, vive en casa de mi tía.
Ajá. Así que tu ex te dejó a ti y a su hija, y todavía lo echas de menos.
Todavía le amo.
Ya basta, Lourdes, necesito darte un tratamiento intensivo. Estás de bajón.
¿Qué tratamiento? No van a servirme los medicamentos.
Medicamentos no; lo clásico funciona mejor: cambio de imagen, compras, y una nueva ilusión.
Asunción, por Dios
Nada de excusas. ¡Nos vamos ahora mismo al centro comercial! ¿Tienes dinero guardado?
¿Dinero? Bueno, sí, estábamos ahorrando para un coche nuevo para Iván
Que se apañe con su viejo coche. Tienes que pedir el divorcio y olvidarlo. Ni se te ocurra perdonarlo. ¿O quieres que reclamemos la mitad por el coche?
Mejor que se atragante con el coche, que le aproveche responde Lourdes, por primera vez con decisión. Asunción, ¿te has mudado de Madrid para siempre? No has dicho nada.
Sí, me he vuelto, no aguanto más la capital. Anda, quítate esa bata, nos vamos de tiendas. Por cierto, Rita Fernández me llamó: reunión de antiguos alumnos la semana que viene. Vamos juntas, claro. Vendrán casi todos, y algunos chicos ahora están solteros. ¿Te acuerdas cómo Víctor iba detrás de ti desde séptimo?
Pero Asunción, ¿quién me va a querer ahora, hecha polvo?
No digas tonterías, Lourdes. Hay que saber quererse y mimarse. Te convertiremos en una yegua joven en dos días se ríe Asunción saliendo juntas. Por cierto, ¿recuerdas a mi tía Mercedes, la que vive cerca de tu madre? Pues se casa por quinta vez y ni sabe a cuál de los dos pretendientes elegir.
En poco tiempo, Lourdes apenas se reconoce ante el espejo.
Increíble el cambio se sorprende. Llevo otro color de pelo, un corte cortísimo, jamás imaginé que me quedaría bien. Parezco otra: más joven, más bonita. Gracias Asunción, contigo todo fue posible; si no, me habría marchitado aquí.
La noche de la reunión, en una cafetería, casi todos los compañeros están allí, menos los que no han podido viajar. Muchos no reconocen a Lourdes, y Víctor, ahora un hombre elegante, no aparta la mirada de ella.
Lourdes, al principio ni te reconocía. Estás guapísima; ¡más que en el cole! Siempre me gustaste, pero elegiste a Iván ¿Dónde está él?
Ya no está, me dejó Lourdes sonríe sin dificultad.
¿Que te dejó? Ni me lo creo, ¿cómo se puede dejar a una mujer así?
Sí, pero mira, ha sido para bien.
Yo también estoy divorciado desde hace dos años. Tenía una buena relación con mi ex, un negocio, un hijo adulto Pero me fue mal en el trabajo, mi mujer me mandó a paseo y se fue con otro más joven. En un año, remonté y ahora mi empresa va mejor que nunca.
Un día, paseando por la Ribera del Manzanares de la mano con Víctor tras salir del teatro, Lourdes ve a Iván, más delgado, caminando solo. Apenas la reconoce.
Se nota que con ella no come bien piensa Lourdes.
Pasando de largo, cruzan las miradas: duda si es ella.
¿Lourdes?
Ella gira lentamente, sonríe y dice:
Ah, hola, eres tú… Mira, te presento este es Víctor, mi antiguo compañero, mi futuro marido.
Encantado. No te reconocí responde Víctor, yo seré el futuro esposo de Lourdes.
La cara de Iván es todo un poema; Lourdes está sorprendida, porque Víctor aún no le ha propuesto nada.
¿Qué tal? le pregunta Lourdes, alegre.
Bien todo bien. ¡Estás diferente! Te ves fantástica.
Lourdes sonríe de nuevo, coge a Víctor del brazo y dice:
Las mujeres felices siempre se ven estupendas.
Así que te va bien musita Iván.
Por supuesto. Y me irá aún mejor responde Lourdes, y se va con Víctor, erguiendo la cabeza y sintiendo la mirada ardiente de su ex clavada en la espalda.







