La abuela intentaba hacerle tanto daño a nuestro padre como le era posible, y con esa actitud siempre acabábamos heridos nosotros.
Cuando mi hermano y yo nos quedábamos a solas con ella, durante los fines de semana o en los veranos en su casa, escuchábamos sin descanso los cotilleos que lanzaba sobre sus vecinos, las historias de tiempos pasados y, por supuesto, lo inútil que le parecía su yerno, nuestro padre. Para ella, papá ya no era el mismo hombre de antaño.
¡Con apenas cuarenta años y ya tan calvo!decía. ¡Y esa barriga que le está saliendo! ¿Cómo puedes siquiera mirarle? ¡Virgen del Pilar, ojalá que no acabéis como él!
Pero no era solo el aspecto lo que le molestaba. Abuela detestaba que papá trabajara tanto y que no nos dejara a mamá y a nosotros hacer lo que quisiéramos. Tampoco le gustaba que no fuésemos todos los años a la costa; para ella, eso era señal de que papá no se preocupaba lo suficiente por la familia. En cambio, mamá, que a veces no trabajaba o se apuntaba a cursos extraños, para la abuela siempre hacía todo bien, y que además papá tuviera que darle dinero para esos cursos era el colmo. Pero de mamá no se hablaba, el centro de sus quejas era siempre papá.
Mi padre es un buen padre. Tenemos todo lo que necesitamos, una vida cómoda, y aun así la abuela encontraba algún motivo impreciso para enfadarse con él. Ahora que tengo dieciséis años comprendo perfectamente a qué se refiere, pero mi hermano solo tiene ocho y lo que escucha lo entiende de manera literal. No sé si esas palabras lograrán que de mayor tenga rencor hacia papá.
¿Qué tiene éste que admirar?decía la abuela. Tu padre no movió un dedo para comprar el piso en el que vivís. Si no hubiese sido por el abuelo y por mí, seguiríais de alquiler. Deberíais estar agradecidos por todo lo que os ayudamos. ¿Y sabes lo que pasa con los abuelos paternos? Se divorciaron y cada uno está con sus cosas, lejos de aquí. Yo soy la única abuela a la que podéis acudirse lamentaba abuela, incansable.
Papá ya había escuchado muchas de esas quejas de su suegra, pero cuando éramos pequeños, mi hermano y yo siempre íbamos a consolarle, y lo seguimos haciendo todavía hoy. La abuela, con toda su insistencia, pretendía minar la autoestima de papá y hacer que nos pareciera menos importante, pero mi hermano y yo siempre tomábamos partido por él. Por eso, cada vez que podíamos elegir visitar a la abuela o quedarnos en casa, optábamos por quedarnos.
A la abuela le sentaba mal y se quejaba a mamá de nuestra actitud, porque no comprendía por qué no hacíamos por mantener el contacto con ella.
A veces me pregunto si llegará a comprender que, al herir a nuestro padre, en realidad también nos hiere a nosotros.







