21 de febrero
El autobús dio un brusco tirón y tuve que agarrarme con ambas manos a la barra de plástico áspera, sintiendo bajo los dedos cómo cedía un poco. La bolsa de la compra golpeó con fuerza mis rodillas y las manzanas rodaron, apagadas. Me mantuve junto a la puerta, contando mentalmente las paradas que faltaban para llegar a mi casa.
En la oreja susurraban los auriculares, aunque mi nieta me había insistido: «Abuela, por si te llamo, no los apagues». El móvil estaba en el bolsillo exterior del bolso, tan pesado como una piedra. Aun así, comprobé dos veces que la cremallera seguía cerrada.
Ya me imaginaba cruzando el portal, apoyando la compra en el taburete de la entrada, cambiándome de zapatos, colgando con cuidado el abrigo y doblando la bufanda para dejarla sobre la repisa. Luego iría colocando lo comprado: la zanahoria junto a las demás verduras, el pollo en la nevera, el pan en la panera. Y después, a poner agua en la olla para el cocido. Por la tarde vendría mi hijo a recoger los tuppers; está de turno, apenas tiene tiempo de cocinar.
Cuando el autobús frenó y se abrieron las puertas, bajé los escalones con cautela, sujetándome bien del pasamanos, hasta salir a la plaza de mi barrio. Varios chiquillos corrían detrás de un balón; una niña en patinete casi me rozó, pero giró en el último momento. Junto al portal olía a pienso de gato y a humo de tabaco.
Ya dentro, coloqué la bolsa, me descalcé empujando los zapatos hacia la pared y colgué el abrigo en su gancho habitual. La bufanda, bien doblada, en la estantería. En la cocina, fui ordenando todo antes de llegar al agua de la olla, calculando la cantidad hasta tapar el fondo con la mano.
Sentada, el móvil empezó a vibrar sobre la mesa. Lo acerqué, secándome rápido las manos en el paño.
Sí, Sergio contesté, inclinándome como si así pudiera escuchar mejor a mi hijo.
Hola, mamá. ¿Qué tal? su voz iba rápido y al fondo alguien le preguntaba algo.
Bien, aquí, haciendo el cocido. ¿Vas a pasarte luego?
Sí, sobre las siete estaré por allí. Oye, mamá, en la guarde de Lucía han pedido dinero otra vez, para arreglar la clase. ¿Podrías… ya sabes, como la otra vez?
Ya tenía la mano en el cajón de los papeles, donde guardo mi libretita gris de gastos.
¿Cuánto hace falta? pregunté.
Si puedes, ciento ochenta euros. Todos ponemos, pero ya sabes… suspiró. Las cosas están difíciles.
Ya, hijo, te entiendo. No te preocupes, te lo doy.
Gracias, mamá. De verdad. Eres un sol. Esta noche paso a por ello. Y dame también de tu cocido.
Cuando colgué, el agua ya estaba en ebullición. Eché el pollo, añadí sal y laurel. Me senté y abrí la libreta. En la columna de pensión la suma estaba escrita con esfero azul, muy derecha. Debajo, los gastos: luz, agua, farmacia, nietos, imprevistos. Añadí la palabra guardería y la cifra, dudando un instante. Las cuentas se movieron, como si alguien las empujara de abajo. No sobraba casi nada, pero tampoco iba a ser el fin del mundo. Ya apañaré, pensé, cerrando la libreta.
En la nevera tengo un imán con un mini-calendario. Abajo, la publicidad: Teatro Municipal. Abonos para la temporada. Clásica, jazz, teatro. Descuentos a jubilados. Ese imán me lo trajo Maruja, la vecina del 5º, cuando me trajo una empanada para mi cumpleaños.
Más de una vez me sorprendo leyendo la frase de los abonos mientras espero a que hierva la tetera. Hoy mis ojos se quedaron otra vez en esa palabra. Recordé cómo, de joven, antes de casarme, mi amiga Carmela y yo hacíamos horas de cola para ver a la orquesta del auditorio. Entonces las entradas costaban pesetas y unos minutos de pies helados, pero nos reíamos y nos sentíamos elegantes: yo llevaba el pelo recogido y mi único par de tacones.
Ahora imaginé otro teatro, otra platea que no visitaba desde hacía siglos. Los nietos me arrastran a sus funciones de fin de curso, pero aquello no es lo mismo: ruido, confeti, gritos. Aquí era distinto… Ni siquiera sabía qué conciertos darían ahora, ni quién iría.
Le di la vuelta al imán. Detrás venía una web y un número de teléfono. La web me sonaba a chino, pero el teléfono… Volví a poner el imán, pero la idea no se fue.
Tonterías, me dije. Mejor guardo para la cazadora de la niña. Crecen tan deprisa, todo está carísimo.
Me acerqué a bajar el fuego. Después fui al cajón del dinero por si acaso, revuelto en un sobre arrugado. Allí estaban los billetes separados poco a poco en estos meses. Pocos, pero suficientes si no surgía una desgracia. Para cuando fallara la lavadora o para otro análisis.
Fui contando mientras pensaba en la dichosa publicidad.
Por la tarde llegó Sergio. Colgó la cazadora en la silla, sacó los tuppers del bolso de Carrefour.
Uy, cocido, mamá. ¡Qué arte tienes! ¿Ya has cenado tú?
Sí, sí, tú sírvete. El dinero está listo. Le di el sobre; conté ciento ochenta euros.
Mamá, deberías apuntar cuánto te queda dijo, metiéndose los billetes en la cartera. Por si luego falta.
Apunto todo contesté. Todo está en orden.
Menuda economista. Por cierto, ¿puedes el sábado quedarte con los niños otra vez? A Natalia y a mí nos toca hacer compra.
Claro, ¿qué otra cosa tengo yo?
Habló un rato de su trabajo, el jefe, las nuevas normas. Al calzarse, se volvió.
¿Te compras algo para ti, al menos? Todo es para los nietos y nosotros.
No necesito nada.
Sacudió la mano:
En fin, tú sabrás. Mañana te llamo.
Cuando se fue y la casa quedó en silencio, me entretuve fregando y recogiendo. Otra vez miré el imán. Oí la pregunta de Sergio resonando: ¿Te compras algo para ti?.
A la mañana siguiente, tardé en levantarme, mirando el techo. Los nietos en la escuela y la guardería, Sergio en el trabajo. No esperaba visitas. El día parecía libre, pero cargado de tareas pequeñas: regar las plantas, limpiar un poco el suelo, plegar los periódicos viejos.
Me estiré como me enseñó el médico; brazos arriba, giro suave de cuello. Puse el agua del té, la infusión en la taza, y mientras la tetera silbaba, volví a quitar el imán.
Teatro Municipal. Abonos…
Marqué el número, el corazón algo más deprisa de lo normal. Sonó dos veces y respondió una voz de mujer:
Taquilla del Teatro, dígame.
Sí, verás… sentí la boca seca. Preguntaba por los abonos.
Por supuesto. ¿De qué tipo? ¿Sinfonía? ¿Música de cámara, veladas de zarzuela, infantiles?
No sé… ¿Cuáles tienen?
La señora los fue enumerando con paciencia: ciclo de orquesta sinfónica, cámara, románticas, infantiles.
A los jubilados les hacemos descuento añadió. Pero un abono para cuatro conciertos sigue saliendo por unos ciento ochenta euros.
¿Y por separado?
Por separado sube más. El abono compensa.
Vi mis cuentas en la libreta, el sobre en el cajón. Pregunté el precio, y la cifra retumbó. Podía, pero significaba dejar mi reserva en los huesos.
Piénselo, que se acaban pronto.
Gracias dije, colgando.
La tetera ya pitaba. Preparé el té y abrí la libreta. Escribí en una hoja limpia: Abono teatro. Y al lado: 180 y 4 conciertos. Calculé a cuánto salía al mes. No era tanto, si apuraba dulces y recortaba en peluquería.
Se me vinieron a la cabeza las caras de los niños. Marcos quería un Lego nuevo, Lucía, unas deportivas de baile. Sergio y Natalia no paran de hablar de la hipoteca. Y de pronto, este deseo mío, que me parecía algo casi indecente, como si quisiese colarme a hurtadillas en otro mundo.
Cerré la libreta sin decidir nada. Me puse a limpiar el suelo; después las sábanas y las colgué. El pensamiento seguía ahí.
Después de comer apareció Maruja, la vecina, con un bote de pepinillos.
Toma, que no tengo sitio entró, dejando el bolso y sacando el ganchillo. ¿Qué tal?
Pues viviendo sonreí, aquí pensando…
Me dió vergüenza decirlo.
¿En qué?
En los conciertos, que venden abonos en el teatro. De joven iba mucho… Ahora me lo planteo, pero son caros.
Maruja levantó una ceja.
No tienes que preguntarme a mí. Si lo quieres, hazlo.
Es el dinero…
Dinero, dinero… puso cara de fastidio. Has estado toda la vida ayudando a todos. Le das a Sergio, le compras de todo a los nietos… ¿Y para ti nunca? Sigues con ese chal viejo, el mismo abrigo de siempre. Por una vez, gástalo en ti.
Antes sí iba protesté.
Sí, cuando una bocadillo costaba veinte pesetas rió. Ahora es distinto. ¡No les pides dinero para esto! Es tuyo.
Me dirían que es una tontería dije bajito. Que mejor lo guarde para los pequeños.
No se lo digas se encogió de hombros. Di que has ido al centro médico. O es más, ¿por qué tienes que dar explicaciones? Ya no eres una niña.
La expresión me mosqueó; a la vez, me dio vergüenza.
Médico voy de sobra… Pero me da miedo. Y si no llego, o hay escaleras… o me falla el corazón.
Hay ascensor, mujer. Y sillas, ni que fueras a bailar. Mira yo, fui al teatro el mes pasado, y estoy bien. Plantada de pie, sí, pero qué gusto.
Charlamos un poco del precio de las medicinas y de la tele. Cuando se fue, cogí otra vez el teléfono. Llamé sin pensarlo mucho, antes de que me acobardase otra vez.
Quiero un abono para noches de románticas.
Me dijeron que tenía que ir en persona con el DNI. Apunté la dirección y el horario de taquilla, pegándolo al frigorífico con el imán. El corazón, un galopar tonto.
Por la tarde me llamó Natalia.
Señora Julia, ¿segura que viene el sábado? Tenemos que ir al Carrefour, que hay rebajas.
Sí, tranquila.
¡Muchísimas gracias! Ya le traeremos algo. ¿Un té? ¿Unos paños?
No hace falta, de verdad. No necesito nada.
Al colgar, miré el papel del frigorífico. La taquilla abría hasta las seis. Tendría que salir pronto, sin apuros.
Esa noche soñé con el teatro: butacas, luces, gente elegante. Yo sentada en el centro, con el programa y con miedo de molestar si me movía.
Me desperté con el pecho pesado. ¿Para qué me metía en líos? ¡Cuántas preocupaciones!
Pero el papel seguía ahí. Desayuné, saqué el abrigo bueno, le quité pelusas, revisé los botones. Elegí la bufanda que calienta más, los zapatos de cordones. En el bolso, el DNI, la cartera, las gafas, medicinas, y una botellita de agua.
Sentada en el taburete antes de salir, escuché mi cuerpo: ni mareo ni flojera. Voy bien, me dije, y salí.
Hasta la parada no hay apenas distancia, pero fui despacio, contando mis pasos. El autobús llegó puntual. Iba lleno, pero un muchacho cedió su asiento. Sonreí y me senté junto a la ventana, abrazando el bolso.
El Teatro Municipal quedaba a un par de paradas del centro. Fachada con columnas, carteles enormes de colores. Junto a la puerta, dos señoras charlaban animadamente. Dentro olía a madera vieja y a dulces del bar.
La taquilla estaba a la derecha y la señora tras la ventanilla tenía la misma voz amable. Le di el DNI, dije qué ciclo quería.
Hay descuento, sí. Y aún quedan sitios buenos justo en el centro.
Me señaló el tablón con cuadraditos y filas que yo no entendí muy bien, así que solo asentí.
Cuando ella dijo la cantidad, me tembló la mano. Conté el dinero de la cartera. Por un segundo, casi retrocedí, pero aguanté la respiración y puse el dinero en la ventanilla.
Aquí tiene su abono me dio una tarjeta resistente con las fechas impresas. El primer concierto es en dos semanas. ¡No se retrase, para encontrar bien su sitio!
Era precioso: en la portada, una foto del escenario; dentro, la programación. Lo guardé con cuidado entre el DNI y mi mini libreta de recetas que siempre llevo.
Al salir, sentí debilidad en las piernas y me senté en el banco. Bebí agua. Cerca hablaban dos chavales de música moderna que no entendía. Me descubrí escuchando, como si fuera otro idioma.
Ya está, pensé. Comprado. No hay marcha atrás.
Las dos semanas pasaron entre jarabes y termómetros. Los niños se pusieron malos, yo les hací compotas y vigilé la fiebre. Sergio trajo comida, recogió cacharros. Muchas veces estuve a punto de contarle lo del abono, pero me frenaba.
El día del concierto amanecí inquieta, como si tuviera examen. Dejé hecho todo para la cena, por si acaso. Llamé a mi hijo:
Esta noche no estaré en casa. Si necesitáis algo, llamad antes.
¿Dónde vas tú ahora?
Al teatro dije, dudosa.
¿A qué viene eso? Con toda la gente joven, el follón…
No es discoteca. Es un ciclo de románticas.
¿Y quién va contigo?
Nadie. Yo he comprado el abono.
Silencio al otro lado.
¿En serio, mamá? Ya sabes que están las cosas mal. Ese dinero podrías…
Ya lo sé. Le interrumpí. Pero es mío.
Soné más firme de lo que pensaba. Estreché el móvil en la mano, esperando.
Vale suspiró. No te digo nada. Solo no te quejes si luego te falta. Y abrígate.
A mi edad una puede ir a escuchar música. No voy a subir el Everest.
Llama luego para decir que llegas bien.
Lo haré.
Me quedé sentada largo rato mirando el abono. Me temblaban las manos, como si hubiera cometido una imprudencia. Pero no quería dar marcha atrás.
Al anochecer me arreglé: el vestido azul, cuello planchado, medias nuevas, zapatos cómodos. Me cepillé el pelo hasta que quedó liso. Cuando salí, ya era oscuridad, las luces de las tiendas reflejadas en los charcos. Apoyé el bolso en el pecho, abono y todo dentro.
El autobús iba a rebosar. Me pisaron, me pidieron disculpas. Conté las paradas con atención. Bajé y caminé hacia el teatro entre un público variopinto: había parejas mayores, señoras, algún joven con vaqueros. Me tranquilizó comprobar que no era la mayor.
Entregué el abrigo en el guardarropa y me dieron la ficha. Un poco perdida, seguí la flecha de Sala. Dentro, penumbra y lucecitas sobre los asientos. La taquillera revisó mi abono.
Sexta fila, asiento nueve. Por allí.
Me deslicé, pidiendo perdón al pasar. Por fin, sentada. El corazón golpeaba, pero era expectación, no nervios.
Miré la programación: reconocía apenas los títulos de las piezas, pero vi el nombre de un compositor que oía de joven en la radio. Se apagó la luz y salió una presentadora. La voz me llegaba lejana; lo importante era estar allí, en esa sala, no en mi cocina.
Comenzó el concierto. El timbre grave de la mezzo, ronco pero cálido, cantó a amores lejanos y despedidas. Eso ya lo conocía de mi propia vida. Recordé otro teatro, otra ciudad, otra juventud; al lado, la imagen de aquel que ya se fue.
Sentí los ojos empañados, pero no lloré. Solo escuché, acariciando la tela del bolso, respirando hondo. Por un momento, la música desbordó todo lo demás, y mi vida dejó de ser una suma de ahorros y faenas.
Durante el descanso, salí al vestíbulo. Me dolían las piernas, pero en el bar compré una tableta de chocolate. Le di un mordisco, saboreándolo, sin pensar en calorías.
Está rico murmuré.
A mi lado, una señora delgada de pelo corto se volvió.
Precioso concierto, ¿verdad?
Llevaba años sin venir asentí.
Yo igual sonrió. Siempre que si los nietos, la casa, nunca toca. Pero pensé: o ahora o nunca.
Charlamos un poco; al segundo aviso, volvimos a sentarnos.
La segunda mitad se pasó volando. Ya no me preocupé por el gasto, solo disfruté. Aplaudimos hasta doler las palmas.
Al salir, el aire era fresco y me sentí ligera pese al cansancio. Caminé hasta la parada, sabiendo que algo había cambiado.
Al llegar, llamé a Sergio.
Ya he vuelto. Estoy bien.
¿Te gustó? ¿No pasaste frío?
No, fue… muy bonito.
Bueno, mientras lo disfrutes. Pero no te vayas a emocionar, que hay que ahorrar para arreglos.
Ya lo sé. Pero quedan tres conciertos. Ya está pagado.
¿Tres? Bueno… Haz lo que quieras, pero con cuidado.
Colgué el abrigo y coloqué el bolso en su sitio. Preparé mi infusión, sentada ante el abono ya ligeramente doblado. Fui copiando las fechas en el calendario y las rodeé.
Al sábado siguiente, cuando Sergio pidió otra ayuda, abrí la libreta y la miré un rato antes de contestar.
Solo puedo dar la mitad. Necesito salvar algo para mí.
¿Para qué?
Le miré. Parecía cansado, mayor.
Para mí respondí, serena.
Quiso refunfuñar, pero lo dejó.
Aquella noche, repasando fotos en el viejo álbum, encontré una de mí misma, joven, de vestido claro, sonriendo delante de un auditorio de otra ciudad, con un programa en la mano.
Me quedé largo rato mirando, buscando en ese rostro rastros de esta mujer del espejo. Cerré el álbum y lo guardé.
Junto al imán puse otra nota: Próximo concierto: 15. Abajo anoté: Salir con tiempo.
Mi vida no dio la vuelta. Cociné, lavé, fui a la consulta, cuidé a los nietos. Sergio seguía pidiendo, y yo ayudaba en lo posible. Pero algo pequeño había cambiado: tenía mis tardes de música, mi plan sin disculpas.
Muchas veces, al pasar por el frigorífico, toco la nota del concierto y me invade una tozuda alegría: sigo viva, sigo teniendo derecho a desear cosas.
Un día, hojeando el diario, leí sobre clases gratuitas de inglés para jubilados en la biblioteca municipal. Había que apuntarse con tiempo.
Recorté el anuncio y lo guardé junto al abono. Luego me serví una manzanilla, preguntándome si no era demasiado atrevido.
Primero terminaré los conciertos me dije. Ya veremos.
Puse el recorte en la libreta. Pero la idea de poder todavía aprender algo me llenó de una esperanza dulce. Antes de acostarme, entorné la cortina y miré la calle: farolas encendidas, chavales en chándal, un balón rebotando.
Apoyé la mano en el alféizar, notando el silencio y el calor sereno, como si algo dentro se apaciguara por fin. La vida seguía como siempre, con sus prisas y apuros, pero entre medias había un hueco para esas cuatro noches y, tal vez, para palabras nuevas en otro idioma.
Apagué la luz de la cocina y me fui a la cama, las mantas bien estiradas. Mañana tocará lo de siempre: mercado, llamadas, comida. Pero ya hay un círculo rojo en mi calendario; invisible para los demás, pero que a mí me sostiene un poco más.







