Se encontraba de pie en la entrada de su piso, indeciso entre coger la cazadora gruesa con capucha o aquella más ligera, la que solía utilizar en sus «viajes de trabajo». Desde la cocina, la voz de su esposa llegó flotando, cargada de rutina y cierta calidez doméstica:
¿A qué hora sales hoy?
El tren es a las nueve respondió, aunque sabía el horario de memoria. Mañana estaré de vuelta al atardecer.
Ella entró al pasillo, secándose las manos en el delantal, y le observó con una atención un poco más inquisitiva de la que él desearía.
¿Otra vez a la misma empresa?
Sí, hay una presentación, luego reunión.
Le molestaba lo fácil que esas frases resbalaban por su lengua. Hubo tiempos en que de verdad viajaba por trabajo, enredándose en los planos de metro de distintas ciudades, durmiendo en pensiones anodinas llenas de nombres extraños. Pero tras el recorte de su antiguo departamento, acabó en una empresa menor, con viajes muy esporádicos. Sin embargo, la costumbre del relato había perdurado; igual que su inclinación a pedir siempre, medio a escondidas, la misma habitación en un hotel modesto a las afueras de Madrid.
¿Otra vez ese hotel? Dijiste que era ruidoso
Encogió los hombros.
Ya me he acostumbrado. Y es barato.
Ella asintió, pero sus ojos se detuvieron en él un momento más.
La próxima vez podría ir contigo. Así veo la ciudad Hace siglos que no salgo de aquí.
Un nudo le apretó el estómago. Bajó la cabeza y fingió atarse los cordones, aunque ya estaban firmes.
No merece la pena. Es todo polígonos industriales. El hotel está en la carretera. No hay mucho que ver.
Apareció entonces su hija desde la sala.
Papá, ¿no te olvidas del pendrive? Alzó la mano y él le pasó la pequeña memoria.
¿Vas a terminar el trabajo?
Sí. Dijiste que por la noche tendrías tiempo y podrías ver cómo me ha quedado la presentación.
Él asintió. De alguna manera era cierto: en ese hotel sobraba el tiempo por la tarde.
¿Cuándo te vas? preguntó ella, ya de camino al cuarto.
En una hora.
Pues suerte con tus cosas importantes dijo, sin girarse.
Él se detuvo bajo el marco de la puerta, pensó en decir algo, pero se limitó a ajustarse la bandolera antes de salir.
El hotel quedaba oculto entre una tienda de materiales de construcción y un taller. Sabía el trayecto de memoria: metro hasta Príncipe Pío, luego un paseo por una acera solitaria, cruzando hacia unos chalets y garajes. En recepción había una chica nueva; no la conocía. La recepcionista de siempre le saludaba como si formase parte del mobiliario. Ahora todo era más frío.
Buenas tardes. ¿Quedan habitaciones libres? preguntó, aunque ya había reservado por internet.
La chica revisó el ordenador.
Sí, una estándar. ¿Una noche?
Una, sí.
Dijo su apellido: Angulo. Ella asintió.
Está confirmada. Cuarta planta, habitación cuatrocientos seis.
Sabía que sería esa. Siempre solicitaba, cuando era posible, la misma. No por nostalgia, sino por eficiencia. Ahí ya conocía todo: dónde enchufar el móvil, cómo se abría la ventana, el ruido de la cisterna. Y porque ese era el lugar donde desde hacía tres años se tejía esa doble vida.
Subió por las escaleras; nunca confiaba en aquel ascensor que funcionaba a trompicones. Contó los peldaños, como siempre, hasta el rellano del cuarto piso. Sacó el móvil y escribió: “Ya estoy, ¿en una hora como acordamos?” La respuesta llegó enseguida: “Sí, salgo ya.”
El olor a ambientador barato lo recibió al entrar, mezclado con un aroma doméstico, familiar. Todo seguía igual: cama estrecha y dura, mesilla con el teléfono, escritorio, lámpara, un televisor que apenas encendían. Dejó la maleta sobre la silla, se quitó la cazadora. Fue entonces cuando notó sobre la mesa una libreta negra, desgastada por los bordes.
No era la típica que dejan en los hoteles, sino de tapas blandas, cuadriculada. Alguien la había olvidado junto al mando de la tele. La abrió al azar. No tenía nombre ni teléfono. Las primeras páginas estaban vacías. Más adelante, en medio de una página, una frase atrapó su atención: “Hoy he vuelto a mentir a mi mujer sobre el viaje.”
Se quedó quieto, con la libreta abierta. La letra era desigual, inclinada; corriente, sin ornamento. Leyó otra frase: “Le dije que iba a una formación, pero en realidad vuelvo al mismo cuarto de siempre.”
Esbozó una sonrisa amarga. Cerró la libreta, la dejó en su sitio. Puso la tele y bajó el volumen al mínimo. Colgó la cazadora, abrió el portátil por inercia, para revisar el correo. Esa frase giraba en su cabeza: “he vuelto a mentir”.
Cuarenta minutos después llamaron a la puerta. Reconoció el ritmo. Abrió y la dejó pasar.
Ella entró deprisa, dejó el bolso y se quitó el abrigo. Se saludaron con un beso, torpemente al principio, hasta que la costumbre venció la timidez de las semanas.
¿Mucho tráfico? preguntó.
Lo de siempre, un atasco tras otro.
Vio la libreta.
¿Es tuya?
No, alguien la olvidó.
Quizás la mujer de la limpieza
No lo creo. Hay notas escritas.
Ella encogió los hombros y entró al baño. Él la miró desaparecer y recordó el vértigo de sus primeros encuentros, cuando ella parecía casi una chiquilla y él, acabando de cumplir cuarenta y dos, se sentía invisible en casa. El trabajo seguía su rutina: oficina, compra, alguna serie torpe de sobremesa. Con su mujer apenas discutía, y tampoco conversaban ya sobre mucho. Su hija iba emancipándose. Un día apareció ella en la oficina nueva y el resto fue previsible.
Pasó un tiempo autoconvenciéndose de que aquello no cambiaba nada. Que su lugar estaba en casa, que jamás rompería nada. Que sólo era un paréntesis, un rincón donde sentirse deseado, necesario. Se repetía ese mantra, sobre todo de camino de regreso, maquillando las horas solas del hotel.
Aquella vez, ella se fue antes, con alguna excusa de trabajo. Él se quedó solo. Encendió la lámpara y regresó a la libreta, leyó desde la mitad.
“No sé en qué momento todo empezó a enredarse. Al principio parecía un juego. Decía que nadie sufría. Volvía a casa, traía regalos, estaba de mejor humor. Sentía culpa y la compensaba con detalles. ¿Es eso malo?”
Se dejó caer en la silla, perturbado por el eco de sus propios pensamientos. Recordó cómo, al inicio, llevaba flores sin motivo, ayudaba a su hija, acompañaba a su esposa a la casa de campo aunque odiaba el huerto. Entonces pensaba que incluso era mejor persona.
Pasó otra página.
“Me siento como dos personas distintas. Una, en la cocina, bromea sobre el jefe y planea las vacaciones familiares. La otra, aquí, alquila una habitación a escondidas y vive otro ritmo. Me he habituado. Espanta pensar que esas fronteras puedan diluirse.”
Cerró la libreta, comprobó la puerta, la cadena de seguridad. Oyó el grifo del lavabo en otra habitación. No; ninguna frontera se desvanecía. Seguía en control.
El móvil vibró: “¿Llegaste bien? ¿Todo bien?” Escribió: “Sí, ya he llegado. Mañana tengo llamada de proyecto, voy repasando.” Los dedos mecanizaban las palabras.
Abrió la libreta casi al final. Las fechas saltaban de semana en semana, una era de hacía tres meses:
“Hoy ella dijo que está cansada de esto. Que no quiere seguir ocultándose, esperando mis mensajes, adaptándose a mis horarios. Me preguntó si veo su vida más allá de estos encuentros. Le dije que la quiero, pero tengo familia, hijos, compromisos. Que no puedo dejarlo todo. Ella dijo: ‘Sólo tienes miedo’.”
Recordó la última vez que le hicieron esa pregunta. Esquivó, habló de la edad, de lo que pensarían los demás. La similitud le incomodó.
Dejó la libreta en el escritorio y se aproximó al espejo: un hombre de cuarenta y tantos, cabello comenzando a encanecer, camisa apretada en el vientre. No era el que había soñado ser a los veinticinco.
El móvil volvió a vibrar. Esta vez era su hija: “Papá, ¿puedes ver mi presentación mañana? Añadí un par de diapositivas.” Respondió: “Sí, la reviso luego.”
Quiso escribir algo más, preguntar cómo le iba. Cerró el chat. Se sentó y volvió a la libreta.
La siguiente anotación estaba escrita con más ansiedad.
“Hoy mi mujer preguntó por qué viajo tanto a esta ciudad. Dijo que nota cómo me preparo con especial cuidado. Hice una broma sobre un buen cliente, un contrato ventajoso. Me miró como si no me conociera. Sentí las manos sudar. Luego pareció olvidarse, pero creo que ya no me cree.”
Rememoró la mañana: ese ofrecimiento de acompañarle. Aquella mirada fija. Ninguna escena, todo contenido bajo la superficie. Pero la tensión crecía, y él se esforzaba por no verla.
Pasó otras páginas. El anónimo autor describía un incómodo encuentro casual con la amante y su familia en un centro comercial, cómo se ignoraron mutuamente, cómo la culpa le desveló toda la noche.
Se sobresaltó al notar cuánto tiempo llevaba leyendo. Sus pensamientos y los del diario se mezclaban. Cerró la libreta, pero la dejó bien visible, como un recordatorio.
La noche fue larga. Ruidos de risas en otra habitación, portazos. Imaginó al autor: hombre de su edad, con su mismo ritual, deshaciendo la maleta, escribiendo mientras esperaba. Mintiendo en casa con “viajes de negocios”.
Por la mañana preparó café soluble y releyó una anotación:
“Intenté contar cuántas veces mentí. Cuántos mensajes borré antes de que ella los viera. Cuántas veces les dije a los niños que estaba liado en el trabajo, cuando sólo esperaba aquí. Perdí la cuenta después de cien. Son solo palabras, pero a veces siento que levantan un muro con ellos. Y temo que algún día me sea imposible derribarlo.”
Recordó cuando pospuso un plan con su hija porque coincidía con una cita. Inventó una urgencia, ella sólo encogió los hombros: ya se acostumbraba a su ausencia.
Dejó la libreta en el cajón. Así no la vería. Recogió sus cosas, revisó si llevaba el cargador y la documentación. Al salir, vaciló, miró la cubierta negra. Dejarla, llevarla consigo: ambos gestos le parecían artificiales. Acabó por desplazarla junto a la pared, como si eso la hiciera invisible.
En casa todo volvió a la normalidad. Su mujer preguntó por la reunión falsa, el cliente inventado, la cena ficticia. Ella escuchaba, asentía, preguntaba detalles. En un momento dijo:
Estás cansado. Duerme un poco.
Su hija asomó con el portátil.
¿Te importa mirar esto? Le mostró la presentación y se sentó a su lado. Él leyó títulos, corrigió letras y estructura. Ella asentía, tomaba notas. De pronto preguntó:
Papá, ¿no te aburre viajar tanto? Siempre decías que soñabas con un trabajo tranquilo, sin ir de un lado a otro.
Vaciló.
El trabajo es lo que es.
Mamá se preocupa. Dice que bueno, nada, olvídalo.
Sintió el enojo crecerle por dentro, no hacia ella, sino hacia sí mismo y la energía que requería mantener su mentira.
Esa noche se desveló al sentir cómo su esposa le daba la espalda y se arropaba hasta la barbilla. La contempló largo rato. Hacía años sabía ubicar cada lunar en su piel. Ahora ni recordaba cuándo la observó sin pensar en nada más.
¿La traicionaba? No se había ido. Seguía ahí, ayudando, apoyando. Sólo Las palabras que usaba para justificarse le parecieron ajenas, tan extrañas como la letra en la libreta.
Dos semanas después, volvió a preparar la mochila. Esta vez, su esposa se limitó a preguntar:
¿Por cuánto tiempo?
Un día sólo.
Entiendo.
En su tono no había reproche ni curiosidad. Esa calma le inquietaba más que los celos.
Llegó al hotel al anochecer. La misma recepcionista.
Buenas noches. Habitación confirmada a nombre de Angulo. Cuarta planta, cuatrocientos seis.
Subió, abrió la puerta; la libreta seguía en el mismo sitio. Había una hendidura reciente en la tapa, como si alguien la hubiera golpeado. La abrió por la última página. Una anotación nueva.
“Creía controlar la situación. Sostenerlo todo en equilibrio. Pero hoy nada salió como esperaba. Mi mujer descubrió parte de los mensajes. Me dejó hablar solo, escuchó mis excusas. Me miró como a un desconocido. Le dije que fue un error, que pasó hace tiempo, que no era importante. Me di cuenta de que no se lo decía a ella, sino a mí. Se fue al dormitorio y cerró la puerta. Los niños en la cocina fingiéndolo todo. Yo sentado en el pasillo, pensando en cómo llegué aquí.”
Sintió el frío recorrerle la espalda. Ya no era una historia ajena; se convirtió en una advertencia demasiado cercana. Recordó aquella vez que casi olvida borrar un mensaje; su mujer cogió el móvil, pero parecía no atar cabos. ¿O solo lo fingía?
Pasó la página. La fecha era de ayer.
“He vuelto aquí porque ya no sé dónde estar. La casa saturada de ese silencio. Ella no gritó, ni lloró. Dijo: ‘No sé quién eres’. Yo tampoco lo sé. Estoy en este cuarto donde fui feliz y sólo siento vacío. Pensé que lo importante era no cruzar ciertas líneas. No irme de casa, no abandonar a los niños. Pero la línea se cruzó hace tiempo, y no quise verlo.”
Cerró el diario, lo dejó en la mesa y se sentó en la cama. Cuántos años conviviendo con esa certeza de que, mientras no tomara ninguna decisión drástica, todo estaba bajo control. Que la vida podía dividirse en compartimentos: aquí la familia, allí el trabajo, aquí el cuarto de hotel perdido en un tiempo apartado.
Llamaron a la puerta y dio un respingo.
Soy yo escuchó la voz conocida.
Le abrió. Se quitó el abrigo y le miró, como si pudiera leerle el alma.
Estás raro. ¿Va todo bien?
Sí. Sólo cansado.
Ella señaló la libreta.
¿Aún no la has tirado?
No sé de quién es. Quizá alguien vuelva a por ella.
Poco probable. Si alguien la olvidó ya es historia.
Se sentó en la cama y le atrajo con un gesto.
¿De veras estás bien?
Él asintió, aunque sentía que se asomaba al borde de algo que le aterraba nombrar. Hicieron el amor, entre risas y promesas para la próxima vez. Ella volvió a preguntar si pensaba cambiar algo, él volvió a evadirse.
Cuando se fue, él se quedó solo. Volvió a la última página:
“No sé qué hacer ahora. Podría negar, decir que todo es un malentendido, prometer que cambiaré. O irme y empezar de cero. Pero, ¿y si caigo en lo mismo? Quizá lo único que puedo hacer es dejar de mentirme siquiera a mí mismo. Admitir que esto no es ‘una aventura’, no es ‘una vía de escape’, sino el sistema en el que vivo. Y si no estoy listo para romperlo, entonces lo elijo. Con lo que eso implique.”
Cerró la libreta, la sostuvo un rato en silencio. Luego abrió el chat con su esposa. Escribió: “¿Cómo estáis?” y borró. Escribió: “Creo que deberíamos hablar cuando vuelva” y también lo eliminó. Finalmente mandó: “¿Qué tal el día?” Ella respondió escueta: “Bien. Todo según lo previsto”.
Se levantó y fue hacia la ventana. Afuera, la carretera brillaba con los faros de los coches. En una ventana del edificio de enfrente ardía una luz cálida. Imaginó a alguien en otro cuarto, escribiendo una historia parecida. Se sorprendió justificando mentalmente a ese desconocido: la vida es compleja, todos tienen motivos. Como hacía consigo mismo.
Regresó y hojeó las primeras páginas. Las anotaciones eran más tranquilas.
“Decidí escribir aquí para no enloquecer. Para ser honesto en algún sitio. Si no puedo con los míos, que al menos aquí esté la verdad. Quizá me engaño. Pero siento que así pierdo menos de mí mismo.”
Cerró la libreta. No quería dejarla, pero tampoco apropiársela. Llevarla era asumir la historia; abandonarla, fingir que no le concernía.
Abrió la cartera donde guardaba documentos. Metió la libreta. Luego la sacó otra vez, la dejó sobre la cama y se sentó junto a ella.
Le vibró el móvil: “Papá, mañana es la defensa. ¿Llegarás a las tres?” Echó cuentas. Su excusa era llegar por la tarde, pero si salía por la mañana, llegaría a tiempo.
“Llegaré”, escribió. “Anularé trabajo”. Ella contestó con un emoji y un “guay”.
Apagó el móvil, se tumbó y miró el techo. Las palabras de la libreta le martilleaban: “dejar de mentirse aunque sea uno mismo”. ¿Qué significaba? Asumir que no era víctima, ni alguien perdido, sino quien había elegido esto.
Se imaginó confesando la verdad a su esposa; cómo la miraría, cómo afectaría a su hija. No pudo acabar de visualizarlo; el corazón se le disparó.
Se levantó, fue al escritorio, hojeó las últimas páginas una vez más. En un margen, encontró una frase breve: “Siempre aplazo la conversación porque temo menos perderlos que mostrarles quién soy de verdad”.
Metió la libreta al fin en la cartera, cerró la cremallera, y sacó un bolígrafo. En la contraportada escribió su número de móvil. Sin nombre, sólo los números.
No sabía bien por qué. Quiza esperaba que algún día el autor lo encontrara. O que otro lector entendiera que no era el único. Tal vez era su modo de admitir que formaba parte de esa historia, no un espectador.
Antes de dormir escribió a su esposa: “Mañana llegaré antes. Quiero ir a la defensa. Luego hablamos, ¿vale?” Dudó mucho antes de enviar el mensaje.
La respuesta llegó al cabo de un rato: “De acuerdo”.
A la mañana siguiente salió del hotel con la maleta y la cartera dentro. En recepción se detuvo un momento.
Perdone. Había una libreta de otra persona en mi cuarto. Me la he llevado. Si preguntan, aquí está mi teléfono y le tendió un papelito con el número.
De acuerdo, lo apunto respondió la recepcionista, sin especial interés.
Salió al exterior. El aire era frío pero soportable, la ruta a la parada idéntica que siempre, pero sus pisadas llevaban otro ritmo. Esta vez iba más lento.
Sabía que aún podía echarse atrás. Volver a casa y postergar la conversación. Decir que exageraba, que fue un error. Guardar la libreta en un cajón y volver a fingir.
Pero también sabía que podía no hacerlo. Sentarse en la cocina, esperar a que su mujer sirviera el café y confesar lo que llevaba años ocultando. Sin garantías de nada.
Llegó el autobús. Subió y se sentó junto a la ventana. Madrid quedaba tras los cristales: aceras, escaparates, gente apresurada con bolsas. Sacó la libreta, la mantuvo en las rodillas sin abrirla.
El vibrar del móvil detuvo sus pensamientos: “Papá, estoy nerviosa”. Teclaró: “Estaré allí. Todo saldrá bien”.
El autobús avanzaba. Miró su reflejo en el cristal, la libreta oscura en el regazo. Por delante, casa, la defensa de su hija, la charla prometida. A su espalda, la habitación donde el tiempo podía posponerse, el mundo quedarse en pausa.
No sabía aún qué vida elegiría. Pero sentía, más que nunca, que sería más difícil seguir mintiéndose.
Apretó la libreta entre las manos y apartó la mirada del cristal: no quería verse a sí mismo. El autobús giró por calles conocidas, que hoy le parecían, al mismo tiempo, las de siempre y un poco distintas.







