Lo sé todo de ella
¿Quién ha llamado?
Máximo se sobresaltó, a punto de dejar caer el móvil.
Nadie. Basura… llamadas falsas musitó.
Isabel siguió cortando el pepino para la ensalada sin levantar la vista. Era el tercer número extraño de la tarde. Un dato curioso para alguien que se quejaba siempre de que solo le llamaban su madre y repartidores de comida.
Máximo metió el móvil en el bolsillo del vaquero y se acercó al frigorífico, sin saber realmente qué buscaba allí. Se quedó quieto delante de la puerta abierta, contemplando los estantes con una expresión de quien intenta comprender enigmas universales en el fondo de una botella de leche. Cerró, sin sacar nada.
La cena en veinte minutos avisó Isabel.
Vale.
Él se fue al salón y, enseguida, el televisor comenzó a rugir. Más alto de lo aceptable en su modesta casa de Madrid. Isabel sonrió de lado y siguió con la cena.
Las jornadas interminables empezaron una semana después de aquellas llamadas insólitas. Primero una tarde, luego dos. Al acabar el mes, Máximo venía a casa a las nueve, casi cada día.
Hay un proyecto nuevo, van deprisa explicó, quitándose los zapatos a la entrada. El cliente está nervioso, el jefe se descompone.
Entiendo.
Isabel colocaba la cena recalentada delante de él y se sentaba enfrente, con una novela abierta en las manos. Ni una sola pregunta. No intentaba averiguar qué proyecto, ni por qué tantas horas extra. Máximo parecía esperarlaslas preguntasy las respuestas ensayadas se le quedaban colgadas en la boca, arrugadas como billetes olvidados.
¿No te molesta? preguntó una noche, pinchando la albóndiga con el tenedor.
¿Qué cosa?
Que llegue tan tarde.
Isabel pasó la página.
El trabajo es trabajo.
Máximo asintió, incómodo ante tanta serenidad. Es difícil mentirle a quien cree en ti sin condiciones.
Los regalos comenzaron en diciembre. Unos pendientes primerosin fecha, sin motivo. Luego un pañuelo de seda de aquella tienda cara del centro en la que nunca habían entrado juntos.
Me pareció que te iría bien con tu abrigo camel le dijo Máximo, sonriendo con una intensidad casi culpable.
Isabel acarició la tela suave.
Bonito.
¿Te gusta de verdad?
Por supuesto.
Guardó el pañuelo en el armario, junto a las cosas que rara vez se ponía. Máximo sonreía con esa alegría incómoda de quien agradece un perdón no pedido.
El dinero se evaporaba fácil, a la deriva. Una televisión nueva sin que la antigua fallara. Una cafetera carísima, de esas italianas de diseño, porque Isabel lo mencionó de pasada alguna tarde. Dos entradas de palco para el teatro.
Isabel aceptaba todo con una sonrisilla y un gracias. Su cabeza, mientras, ensamblaba pacientemente el rompecabezas: perfume de otra en el cuello de la camisa, WhatsApps que Máximo leía en el baño con el grifo abierto, la nueva manía de dejar el móvil boca abajo.
La cena de empresa fue en un restaurante de la Gran Vía, con ventanales y faroles reflejando la ciudad. Isabel lucía el pañuelo de seda y el abrigo beige. A Máximo le brillaron los ojos.
Los compañeros de él se arremolinaban en torno al bufé, alguien ya brindaba.
Ana llegó en cuanto Máximo fue por bebidas.
¿Puedo hablarte un momento?
Isabel asintió y la siguió a una esquina acristalada, lejos del bullicio.
Prácticamente no nos conocemos balbuceó Ana, frotando el asa del bolso. Mi marido trabaja con Máximo en el mismo departamento.
Sí, claro.
Es que… sacó el móvil, abrió la galería. Hace una semana, en la Plaza Mayor… Vi algo sin querer. No sabía si debía…
En la pantalla: Máximo, abrazado a una mujer morena. En la foto siguiente se besaban bajo la luz mortecina de un portal.
Isabel miró las fotos sin pestañear.
Supongo que debería callarme apresuró Ana, pero sentía que debías saberlo.
Gracias.
¿Estás bien?
Sí.
Ana asintió, incómoda.
No se lo diré a nadie, lo prometo. Ni a mi marido siquiera.
Te lo agradezco.
Máximo volvió con dos copas de cava. Isabel sonrió como siempre. Él no advirtió nada, embelesado mirando la bandeja de canapés.
El camino de vuelta fue de silencio. Máximo ponía la radio y tarareaba bajito. Isabel, apoyada en la ventanilla, pensaba en lo extraños que son los humanos: temen ser pillados, pero salpican de huellas cada paso.
Ha estado bien, ¿verdad? dijo él al aparcar. ¿Te ha gustado?
Mucho.
La vida siguió su cauce. Desayunos, cenas, conversaciones de nada. Máximo llegaba tarde. Isabel no preguntaba.
Los regalos arreciaban: pulsera de oro por Reyes, bono de spa, permiso para gastar cuanto quisiera en reformar la cocina.
Isabel aceptaba.
Las transferencias empezaron en enero. Pequeñas cantidades: ciento cincuenta euros para masajes, doscientos para estética, trescientos para botas nuevas.
Mamá, te he hecho la transferencia decía Isabel al teléfono.
Ya la veo, hija contestaba Valentina, la voz tranquila. Todo saldrá bien.
Lo sé.
Isabel contaba a Máximo gastos inventados en centros de belleza, boutiques y clínicas. Él asentía distraído, sin mirar cifras. Como si la paz de su conciencia tuviera precio fijo.
Bonito bolso comentó un día, viendo la bolsa en la entrada.
Cuero italiano.
Muy elegante.
El bolso era de rebajas, treinta euros. Los otros cuatrocientos setenta iban a su madre. Máximo jamás notó la diferencia. Solo prestaba atención a su móvil y las reuniones interminables.
Valentina guardaba el dinero en una cuenta aparte, a su nombre. Sabía, con instinto materno, que se avecinaba tormenta.
¿Vienes a pasar el fin de semana? preguntaba a veces.
Todavía no. Pronto.
Isabel vaciaba pacientemente los ahorros familiares: cursos de inglés a los que no se apuntó, cuota de gimnasio que no existía, dentista carísimo e innecesario.
Máximo aceptaba cada gasto con el alivio de quien paga su deuda por adelantado. Cada transferencia, una nueva indulgencia para su muro de calma.
¿Necesitas algo? preguntaba por las noches.
Mañana pido la ropa de cama en esa tienda, tienen rebajas.
Perfecto.
Nunca preguntaba cuál tienda ni cuál rebaja. Isabel sonreía para sí, notando lo fácil que es engañar a quien vive en la mentira.
A finales de febrero en la cuenta común quedaban setenta y dos euros. Isabel revisó el saldo una mañana, mientras Máximo se duchaba. Cerró la app.
Esa noche cocinó sus albóndigas favoritas y puso la mesa en el salón, no en la cocina.
¿Qué celebramos? preguntó él.
Siéntate.
Se sentó. Isabel permaneció de pie.
Sé lo de ella.
Máximo se quedó inmóvil, el tenedor suspendido en el aire. Su rostro mutó de rosa a gris en segundos.
¿De quién hablas?
No finjas, Máximo.
El tenedor tintineó en la vajilla.
¿Cómo lo has…?
Eso da igual.
Intentó levantarse, pero las piernas no obedecían. Isabel lo observó como si asistiera a una función ensayada mil veces y ahora solo sintiera cansancio.
Isabel, puedo explicarlo…
No hace falta.
Ha sido un error, yo…
Mañana mismo pido el divorcio.
Máximo se aferró a la mesa.
Espera. Podemos hablarlo. Intentarlo…
No.
Isabel se fue a la habitación a preparar sus cosas. Máximo quedó detrás, frente a las albóndigas frías. La partida había terminado. Y había perdido.
Valentina abrió la puerta antes de que Isabel llamara.
Hay cocido en la mesa. La habitación lista.
Isabel abrazó a su madre en el umbral. Por primera vez en meses, sus hombros se relajaron.
Gracias, mamá.
Come. Ya hablaremos.
El divorcio fue rápido y sigiloso. Máximo no peleó, ni pidió nada. En la cuenta común no quedaba nada; el piso era suyo; nada que dividir.
Isabel firmó sin pesar ni rencor. Solo alivio.
Seis meses pasaron volando en casa materna. Trabajo, libros, largos paseos por su barrio de infancia. Hasta que un día la llamó una agente inmobiliaria.
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Isabel sí quería.
El banco aprobó la hipoteca en una semana. Buen historial, salario estable, entrada ahorradade esa cuenta común vaciada con tanto cálculo.
Recogió las llaves un mediodía de finales de agosto. El llavero pesaba agradablemente en el bolsillo.
La primera noche la pasó en colchón inflable en el centro del salón sin amueblar. La mudanza llegaría mañana, pero ella quería dormir ya allí.
Mirando el techo blanco pensó en todo el camino recorrido.
Sin lamentos, sin y si…. Solo el silencio fresco a cemento y esperanza nueva.
Isabel sonrió en la penumbra…
Por la mañana prepararía café en su nueva cafetera y lo tomaría junto a la ventana. Luego empezaría a colocar cada cosa: sin prisas, piedra a piedra, igual que armó su huida de la mentira.
Paciencia y cálculo. Esas virtudes la llevaron hasta aquí. Y la llevarán más lejos.







