Lo sé todo sobre ella – ¿Quién ha llamado? Max se sobresaltó, a punto de dejar caer el móvil. – Nadie. Bah, gentuza… Victoria siguió cortando el pepino para la ensalada sin levantar la vista. Tercer “gentuza” de la noche. Una estadística interesante para alguien que antes se quejaba de que nunca le llamaba nadie, salvo su madre y repartidores. Max guardó el móvil en el bolsillo del vaquero y se fue hacia la nevera, aunque no parecía tener claro para qué. Se quedó un rato parado con la puerta abierta, mirando las baldas como si buscase respuestas universales. Finalmente la cerró sin coger nada. – La cena está en veinte minutos –dijo Victoria. – Mmhm. Se marchó al salón y, en cuanto llegó, encendió la tele. Alto, demasiado para su piso pequeño. Victoria sonrió para sí mientras seguía picando. … Empezó a llegar tarde del trabajo justo una semana después de las llamadas raras. Primero una noche, luego dos seguidas. Al final del mes, Max volvía a casa a las nueve casi a diario. – Hay un proyecto nuevo y tal… –explicaba quitándose los zapatos en el recibidor–. El cliente no para de exigir, el jefe está como loco. – Ya. Victoria le ponía la cena recalentada y se sentaba enfrente con un libro. No pedía detalles, ni qué proyecto ni por qué tantas horas extra. Max parecía esperar preguntas —incluso las repensaba de camino a casa—, pero no llegaban, y eso le desconcertaba aún más. – ¿No te molesta? –preguntó él una noche mientras desmenuzaba una albóndiga con el tenedor. – ¿El qué? – No sé… que llegue tan tarde. Victoria pasó página. – El trabajo es el trabajo. Max asintió, insatisfecho ante tanta tranquilidad. A los que mienten les incomoda que les crean sin condiciones. Los regalos empezaron en diciembre. Unos pendientes, sin venir a cuento. Luego un pañuelo de seda de aquella boutique por la que siempre pasaban sin que a Victoria le llamase la atención. – Te va a gustar –dijo Max, ofreciéndole la caja–. Pensé que iría bien con tu abrigo beige. Victoria desdobló el papel y acarició la tela suave. – Es bonito. – ¿De verdad te gusta? – Claro. Guardó el pañuelo en el armario, con las cosas que no solía ponerse. Max parecía feliz, ese tipo de felicidad enfermiza de quien siente que le han concedido el perdón antes siquiera de confesar su pecado. El dinero salía fácil, casi sin pensar. Una tele nueva —aunque la antigua funcionaba bien—, una cafetera cara que Victoria solo mencionó de pasada, entradas para el teatro en primera fila. Victoria recibía todo con una sonrisa suave y agradecida. Por dentro, iba encajando piezas: el rastro de perfume ajeno en el cuello de la camisa, los mensajes que Max leía en el baño con el grifo abierto, la costumbre reciente de dejar el móvil boca abajo. … La cena de empresa fue en un restaurante junto al Manzanares. Victoria llevó el abrigo beige y el pañuelo: Max la miró brillar al verla. Los compañeros iban de aquí para allá, brindando. Ana se acercó cuando Max fue a por bebidas. – ¿Puedo hablar un momento contigo? Se apartaron hacia una ventana, lejos del barullo. – Apenas nos conocemos –empezó Ana, jugando con la correa de su bolso–. Mi marido trabaja con Max, en el mismo departamento. – Lo recuerdo. – Mira… –sacó el móvil y abrió la galería–. La semana pasada estaba en el centro, vi esto sin querer, y… perdón. No sabía si debía enseñártelo. En la pantalla, Max abrazaba a una mujer morena. En la siguiente foto, se besaban en la puerta de un restaurante. Victoria miró las imágenes, el rostro imperturbable. – Sé que parece que me estoy metiendo donde no me llaman –añadió Ana, nerviosa–, pero pensé… que tenías que saberlo. – Gracias. – ¿Estás bien? – Sí. Ana asintió con torpeza. – No se lo enseñaré a nadie. Lo prometo. Ni a mi marido. – Te lo agradezco. Max volvió con dos copas de cava. Victoria aceptó la suya y sonrió como siempre. Él no notó nada, demasiado ocupado buscando a un camarero con bandeja. El camino a casa fue en silencio. Max puso la radio y tarareaba. Victoria contemplaba la ciudad y se preguntaba por qué los humanos temen tanto a ser descubiertos y, sin embargo, dejan pistas a cada paso. – Ha estado bien la fiesta, ¿no? –dijo Max, aparcando en su calle– ¿Te lo has pasado bien? – Mucho. No tenía prisa. Las semanas siguientes pasaron sin cambios: desayunos, cenas, conversaciones intrascendentes. Max seguía llegando tarde al trabajo. Victoria seguía sin hacer preguntas. Los regalos no cesaban. Pulsera de oro por Reyes, spa, carta blanca para reformar la cocina a su gusto. Victoria aceptaba todo. Las transferencias comenzaron en enero. Pequeñas sumas, nada llamativo: ciento cincuenta para “masaje”, doscientos para “estética”, trescientos para “botas nuevas”. – Mamá, te he hecho una transferencia. – Lo veo, hija –respondía Valentina sin preguntar. La voz de Victoria lo decía todo–. Todo irá bien. – Lo sé. Victoria le contaba a Max gastos en salones de belleza, boutiques, clínicas. Él asentía distraído, sin mirar las cifras. ¿Qué importa lo que cueste otra sesión si puede comprar la tranquilidad con cualquier suma? – Bonito bolso –dijo una vez, viendo la bolsa de marca en el recibidor. – Piel italiana. – Precioso. El bolso era de rebajas, treinta euros. Los otros cuatrocientos setenta habían ido para su madre. Max no notó la diferencia: había dejado de notar cualquier cosa salvo el móvil y sus eternas “reuniones”. Valentina iba ahorrando en una cuenta a su nombre. Su hija no daba explicaciones, pero el corazón de madre lo entendía: se avecinaba algo gordo. – ¿Por qué no vienes el fin de semana? –sugería a menudo. – Aún no, pero pronto. Victoria vaciaba metódicamente los ahorros familiares. Cursos de inglés en los que no se apuntó, cuota de gimnasio inexistente, dentista caro e innecesario. Max aceptaba todo como un alivio más, otra indulgencia anticipada, otro ladrillo en el muro de su tranquilidad. – ¿Te hace falta algo? –preguntaba él por las noches. – Mañana pido a domicilio sábanas nuevas, que están en oferta en tal tienda. – Claro. Ni preguntaba la tienda ni la oferta. Fácil engañar a quien se engaña a sí mismo. A finales de febrero, quedaban ochocientos cuarenta y tres euros en la cuenta común. Victoria comprobó el saldo por la mañana, mientras Max se duchaba. Cerró la app en silencio. Por la noche preparó sus albóndigas favoritas y puso la mesa en el salón. – ¿Pero hoy qué celebramos? –preguntó Max. – Siéntate. Se sentó. Victoria permaneció de pie. – Lo sé todo sobre ella. Max se quedó helado, el tenedor en el aire. En un segundo, la cara pasó del rosa al gris. – ¿Sobre quién? – No hace falta que sigas, Max. El tenedor tintineó sobre el plato. – ¿De dónde… cómo…? – Da igual. Intentó incorporarse, pero no le respondían las piernas. Victoria le observaba tranquila, casi indiferente. Había estado meses preparándose para eso; ahora solo sentía cansancio. – Vicky, puedo explicarlo… – No hace falta. – Ha sido una equivocación, yo… – Mañana presento los papeles del divorcio. Max se agarró a la mesa. – Espera. Hablemos, podemos… – No. Victoria dio media vuelta y se puso a hacer la maleta. Max se quedó frente a sus albóndigas frías, mirando al vacío. El juego se terminó y él perdió. Valentina abrió la puerta antes de que Victoria llamara. – Hay cocido en la cocina. La habitación está lista. Victoria abrazó a su madre. Por primera vez en meses, los hombros relajados, la tensión fuera. – Gracias, mamá. – Anda, ven a cenar. Ya charlaremos. El divorcio fue rápido y discreto. Max no protestó ni negoció. La cuenta común vacía, el piso era suyo, no había nada que repartir. Victoria firmó con alivio. Nada de venganza ni rencor; solo la calma. … Medio año en casa de su madre pasó volando. Trabajo, libros, largos paseos por las calles de siempre. Hasta que la gestora inmobiliaria llamó con buenas noticias. – Un piso nuevo, de un dormitorio, encaja en su presupuesto. ¿Quiere verlo? Victoria quería. El banco aprobó la hipoteca en una semana: buen historial, nómina fija, entrada ahorrada —los mismos euros retirados de la cuenta común. Las llaves llegaron en un día soleado de agosto. El fajo pesaba agradablemente en el bolsillo. Victoria durmió la primera noche sobre un colchón inflable en la habitación vacía. Mañana traerían los muebles, pero ella no quiso esperar. Tumbada, mirando al techo, pensaba en todo lo que había recorrido ese año. Ningún remordimiento. Ningún “y si…”. Solo silencio con olor a yeso fresco y comienzos nuevos. Victoria sonrió en la oscuridad… Por la mañana prepararía café en su nueva cafetera y lo tomaría junto a su ventana. Luego empezaría a montar su hogar, poco a poco, igual de metódica que organizó su huida de un matrimonio de mentiras. Paciencia y cabeza fría. Eso la llevó hasta aquí. Y así seguirá avanzando.

Lo sé todo de ella

¿Quién ha llamado?

Máximo se sobresaltó, a punto de dejar caer el móvil.

Nadie. Basura… llamadas falsas musitó.

Isabel siguió cortando el pepino para la ensalada sin levantar la vista. Era el tercer número extraño de la tarde. Un dato curioso para alguien que se quejaba siempre de que solo le llamaban su madre y repartidores de comida.

Máximo metió el móvil en el bolsillo del vaquero y se acercó al frigorífico, sin saber realmente qué buscaba allí. Se quedó quieto delante de la puerta abierta, contemplando los estantes con una expresión de quien intenta comprender enigmas universales en el fondo de una botella de leche. Cerró, sin sacar nada.

La cena en veinte minutos avisó Isabel.
Vale.

Él se fue al salón y, enseguida, el televisor comenzó a rugir. Más alto de lo aceptable en su modesta casa de Madrid. Isabel sonrió de lado y siguió con la cena.

Las jornadas interminables empezaron una semana después de aquellas llamadas insólitas. Primero una tarde, luego dos. Al acabar el mes, Máximo venía a casa a las nueve, casi cada día.

Hay un proyecto nuevo, van deprisa explicó, quitándose los zapatos a la entrada. El cliente está nervioso, el jefe se descompone.
Entiendo.

Isabel colocaba la cena recalentada delante de él y se sentaba enfrente, con una novela abierta en las manos. Ni una sola pregunta. No intentaba averiguar qué proyecto, ni por qué tantas horas extra. Máximo parecía esperarlaslas preguntasy las respuestas ensayadas se le quedaban colgadas en la boca, arrugadas como billetes olvidados.

¿No te molesta? preguntó una noche, pinchando la albóndiga con el tenedor.
¿Qué cosa?
Que llegue tan tarde.

Isabel pasó la página.

El trabajo es trabajo.

Máximo asintió, incómodo ante tanta serenidad. Es difícil mentirle a quien cree en ti sin condiciones.

Los regalos comenzaron en diciembre. Unos pendientes primerosin fecha, sin motivo. Luego un pañuelo de seda de aquella tienda cara del centro en la que nunca habían entrado juntos.

Me pareció que te iría bien con tu abrigo camel le dijo Máximo, sonriendo con una intensidad casi culpable.

Isabel acarició la tela suave.

Bonito.
¿Te gusta de verdad?
Por supuesto.

Guardó el pañuelo en el armario, junto a las cosas que rara vez se ponía. Máximo sonreía con esa alegría incómoda de quien agradece un perdón no pedido.

El dinero se evaporaba fácil, a la deriva. Una televisión nueva sin que la antigua fallara. Una cafetera carísima, de esas italianas de diseño, porque Isabel lo mencionó de pasada alguna tarde. Dos entradas de palco para el teatro.

Isabel aceptaba todo con una sonrisilla y un gracias. Su cabeza, mientras, ensamblaba pacientemente el rompecabezas: perfume de otra en el cuello de la camisa, WhatsApps que Máximo leía en el baño con el grifo abierto, la nueva manía de dejar el móvil boca abajo.

La cena de empresa fue en un restaurante de la Gran Vía, con ventanales y faroles reflejando la ciudad. Isabel lucía el pañuelo de seda y el abrigo beige. A Máximo le brillaron los ojos.

Los compañeros de él se arremolinaban en torno al bufé, alguien ya brindaba.

Ana llegó en cuanto Máximo fue por bebidas.

¿Puedo hablarte un momento?

Isabel asintió y la siguió a una esquina acristalada, lejos del bullicio.

Prácticamente no nos conocemos balbuceó Ana, frotando el asa del bolso. Mi marido trabaja con Máximo en el mismo departamento.
Sí, claro.
Es que… sacó el móvil, abrió la galería. Hace una semana, en la Plaza Mayor… Vi algo sin querer. No sabía si debía…

En la pantalla: Máximo, abrazado a una mujer morena. En la foto siguiente se besaban bajo la luz mortecina de un portal.

Isabel miró las fotos sin pestañear.

Supongo que debería callarme apresuró Ana, pero sentía que debías saberlo.
Gracias.
¿Estás bien?
Sí.

Ana asintió, incómoda.

No se lo diré a nadie, lo prometo. Ni a mi marido siquiera.
Te lo agradezco.

Máximo volvió con dos copas de cava. Isabel sonrió como siempre. Él no advirtió nada, embelesado mirando la bandeja de canapés.

El camino de vuelta fue de silencio. Máximo ponía la radio y tarareaba bajito. Isabel, apoyada en la ventanilla, pensaba en lo extraños que son los humanos: temen ser pillados, pero salpican de huellas cada paso.

Ha estado bien, ¿verdad? dijo él al aparcar. ¿Te ha gustado?
Mucho.

La vida siguió su cauce. Desayunos, cenas, conversaciones de nada. Máximo llegaba tarde. Isabel no preguntaba.

Los regalos arreciaban: pulsera de oro por Reyes, bono de spa, permiso para gastar cuanto quisiera en reformar la cocina.
Isabel aceptaba.

Las transferencias empezaron en enero. Pequeñas cantidades: ciento cincuenta euros para masajes, doscientos para estética, trescientos para botas nuevas.

Mamá, te he hecho la transferencia decía Isabel al teléfono.
Ya la veo, hija contestaba Valentina, la voz tranquila. Todo saldrá bien.
Lo sé.

Isabel contaba a Máximo gastos inventados en centros de belleza, boutiques y clínicas. Él asentía distraído, sin mirar cifras. Como si la paz de su conciencia tuviera precio fijo.

Bonito bolso comentó un día, viendo la bolsa en la entrada.
Cuero italiano.
Muy elegante.

El bolso era de rebajas, treinta euros. Los otros cuatrocientos setenta iban a su madre. Máximo jamás notó la diferencia. Solo prestaba atención a su móvil y las reuniones interminables.

Valentina guardaba el dinero en una cuenta aparte, a su nombre. Sabía, con instinto materno, que se avecinaba tormenta.

¿Vienes a pasar el fin de semana? preguntaba a veces.
Todavía no. Pronto.

Isabel vaciaba pacientemente los ahorros familiares: cursos de inglés a los que no se apuntó, cuota de gimnasio que no existía, dentista carísimo e innecesario.

Máximo aceptaba cada gasto con el alivio de quien paga su deuda por adelantado. Cada transferencia, una nueva indulgencia para su muro de calma.

¿Necesitas algo? preguntaba por las noches.
Mañana pido la ropa de cama en esa tienda, tienen rebajas.
Perfecto.

Nunca preguntaba cuál tienda ni cuál rebaja. Isabel sonreía para sí, notando lo fácil que es engañar a quien vive en la mentira.

A finales de febrero en la cuenta común quedaban setenta y dos euros. Isabel revisó el saldo una mañana, mientras Máximo se duchaba. Cerró la app.

Esa noche cocinó sus albóndigas favoritas y puso la mesa en el salón, no en la cocina.

¿Qué celebramos? preguntó él.
Siéntate.

Se sentó. Isabel permaneció de pie.

Sé lo de ella.

Máximo se quedó inmóvil, el tenedor suspendido en el aire. Su rostro mutó de rosa a gris en segundos.

¿De quién hablas?
No finjas, Máximo.

El tenedor tintineó en la vajilla.

¿Cómo lo has…?
Eso da igual.

Intentó levantarse, pero las piernas no obedecían. Isabel lo observó como si asistiera a una función ensayada mil veces y ahora solo sintiera cansancio.

Isabel, puedo explicarlo…
No hace falta.
Ha sido un error, yo…
Mañana mismo pido el divorcio.

Máximo se aferró a la mesa.

Espera. Podemos hablarlo. Intentarlo…
No.

Isabel se fue a la habitación a preparar sus cosas. Máximo quedó detrás, frente a las albóndigas frías. La partida había terminado. Y había perdido.

Valentina abrió la puerta antes de que Isabel llamara.

Hay cocido en la mesa. La habitación lista.

Isabel abrazó a su madre en el umbral. Por primera vez en meses, sus hombros se relajaron.

Gracias, mamá.
Come. Ya hablaremos.

El divorcio fue rápido y sigiloso. Máximo no peleó, ni pidió nada. En la cuenta común no quedaba nada; el piso era suyo; nada que dividir.

Isabel firmó sin pesar ni rencor. Solo alivio.

Seis meses pasaron volando en casa materna. Trabajo, libros, largos paseos por su barrio de infancia. Hasta que un día la llamó una agente inmobiliaria.

Hay un estudio perfecto en Arganzuela. Entra en tu presupuesto. ¿Quieres verlo?

Isabel sí quería.

El banco aprobó la hipoteca en una semana. Buen historial, salario estable, entrada ahorradade esa cuenta común vaciada con tanto cálculo.

Recogió las llaves un mediodía de finales de agosto. El llavero pesaba agradablemente en el bolsillo.

La primera noche la pasó en colchón inflable en el centro del salón sin amueblar. La mudanza llegaría mañana, pero ella quería dormir ya allí.
Mirando el techo blanco pensó en todo el camino recorrido.

Sin lamentos, sin y si…. Solo el silencio fresco a cemento y esperanza nueva.

Isabel sonrió en la penumbra…

Por la mañana prepararía café en su nueva cafetera y lo tomaría junto a la ventana. Luego empezaría a colocar cada cosa: sin prisas, piedra a piedra, igual que armó su huida de la mentira.

Paciencia y cálculo. Esas virtudes la llevaron hasta aquí. Y la llevarán más lejos.

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Lo sé todo sobre ella – ¿Quién ha llamado? Max se sobresaltó, a punto de dejar caer el móvil. – Nadie. Bah, gentuza… Victoria siguió cortando el pepino para la ensalada sin levantar la vista. Tercer “gentuza” de la noche. Una estadística interesante para alguien que antes se quejaba de que nunca le llamaba nadie, salvo su madre y repartidores. Max guardó el móvil en el bolsillo del vaquero y se fue hacia la nevera, aunque no parecía tener claro para qué. Se quedó un rato parado con la puerta abierta, mirando las baldas como si buscase respuestas universales. Finalmente la cerró sin coger nada. – La cena está en veinte minutos –dijo Victoria. – Mmhm. Se marchó al salón y, en cuanto llegó, encendió la tele. Alto, demasiado para su piso pequeño. Victoria sonrió para sí mientras seguía picando. … Empezó a llegar tarde del trabajo justo una semana después de las llamadas raras. Primero una noche, luego dos seguidas. Al final del mes, Max volvía a casa a las nueve casi a diario. – Hay un proyecto nuevo y tal… –explicaba quitándose los zapatos en el recibidor–. El cliente no para de exigir, el jefe está como loco. – Ya. Victoria le ponía la cena recalentada y se sentaba enfrente con un libro. No pedía detalles, ni qué proyecto ni por qué tantas horas extra. Max parecía esperar preguntas —incluso las repensaba de camino a casa—, pero no llegaban, y eso le desconcertaba aún más. – ¿No te molesta? –preguntó él una noche mientras desmenuzaba una albóndiga con el tenedor. – ¿El qué? – No sé… que llegue tan tarde. Victoria pasó página. – El trabajo es el trabajo. Max asintió, insatisfecho ante tanta tranquilidad. A los que mienten les incomoda que les crean sin condiciones. Los regalos empezaron en diciembre. Unos pendientes, sin venir a cuento. Luego un pañuelo de seda de aquella boutique por la que siempre pasaban sin que a Victoria le llamase la atención. – Te va a gustar –dijo Max, ofreciéndole la caja–. Pensé que iría bien con tu abrigo beige. Victoria desdobló el papel y acarició la tela suave. – Es bonito. – ¿De verdad te gusta? – Claro. Guardó el pañuelo en el armario, con las cosas que no solía ponerse. Max parecía feliz, ese tipo de felicidad enfermiza de quien siente que le han concedido el perdón antes siquiera de confesar su pecado. El dinero salía fácil, casi sin pensar. Una tele nueva —aunque la antigua funcionaba bien—, una cafetera cara que Victoria solo mencionó de pasada, entradas para el teatro en primera fila. Victoria recibía todo con una sonrisa suave y agradecida. Por dentro, iba encajando piezas: el rastro de perfume ajeno en el cuello de la camisa, los mensajes que Max leía en el baño con el grifo abierto, la costumbre reciente de dejar el móvil boca abajo. … La cena de empresa fue en un restaurante junto al Manzanares. Victoria llevó el abrigo beige y el pañuelo: Max la miró brillar al verla. Los compañeros iban de aquí para allá, brindando. Ana se acercó cuando Max fue a por bebidas. – ¿Puedo hablar un momento contigo? Se apartaron hacia una ventana, lejos del barullo. – Apenas nos conocemos –empezó Ana, jugando con la correa de su bolso–. Mi marido trabaja con Max, en el mismo departamento. – Lo recuerdo. – Mira… –sacó el móvil y abrió la galería–. La semana pasada estaba en el centro, vi esto sin querer, y… perdón. No sabía si debía enseñártelo. En la pantalla, Max abrazaba a una mujer morena. En la siguiente foto, se besaban en la puerta de un restaurante. Victoria miró las imágenes, el rostro imperturbable. – Sé que parece que me estoy metiendo donde no me llaman –añadió Ana, nerviosa–, pero pensé… que tenías que saberlo. – Gracias. – ¿Estás bien? – Sí. Ana asintió con torpeza. – No se lo enseñaré a nadie. Lo prometo. Ni a mi marido. – Te lo agradezco. Max volvió con dos copas de cava. Victoria aceptó la suya y sonrió como siempre. Él no notó nada, demasiado ocupado buscando a un camarero con bandeja. El camino a casa fue en silencio. Max puso la radio y tarareaba. Victoria contemplaba la ciudad y se preguntaba por qué los humanos temen tanto a ser descubiertos y, sin embargo, dejan pistas a cada paso. – Ha estado bien la fiesta, ¿no? –dijo Max, aparcando en su calle– ¿Te lo has pasado bien? – Mucho. No tenía prisa. Las semanas siguientes pasaron sin cambios: desayunos, cenas, conversaciones intrascendentes. Max seguía llegando tarde al trabajo. Victoria seguía sin hacer preguntas. Los regalos no cesaban. Pulsera de oro por Reyes, spa, carta blanca para reformar la cocina a su gusto. Victoria aceptaba todo. Las transferencias comenzaron en enero. Pequeñas sumas, nada llamativo: ciento cincuenta para “masaje”, doscientos para “estética”, trescientos para “botas nuevas”. – Mamá, te he hecho una transferencia. – Lo veo, hija –respondía Valentina sin preguntar. La voz de Victoria lo decía todo–. Todo irá bien. – Lo sé. Victoria le contaba a Max gastos en salones de belleza, boutiques, clínicas. Él asentía distraído, sin mirar las cifras. ¿Qué importa lo que cueste otra sesión si puede comprar la tranquilidad con cualquier suma? – Bonito bolso –dijo una vez, viendo la bolsa de marca en el recibidor. – Piel italiana. – Precioso. El bolso era de rebajas, treinta euros. Los otros cuatrocientos setenta habían ido para su madre. Max no notó la diferencia: había dejado de notar cualquier cosa salvo el móvil y sus eternas “reuniones”. Valentina iba ahorrando en una cuenta a su nombre. Su hija no daba explicaciones, pero el corazón de madre lo entendía: se avecinaba algo gordo. – ¿Por qué no vienes el fin de semana? –sugería a menudo. – Aún no, pero pronto. Victoria vaciaba metódicamente los ahorros familiares. Cursos de inglés en los que no se apuntó, cuota de gimnasio inexistente, dentista caro e innecesario. Max aceptaba todo como un alivio más, otra indulgencia anticipada, otro ladrillo en el muro de su tranquilidad. – ¿Te hace falta algo? –preguntaba él por las noches. – Mañana pido a domicilio sábanas nuevas, que están en oferta en tal tienda. – Claro. Ni preguntaba la tienda ni la oferta. Fácil engañar a quien se engaña a sí mismo. A finales de febrero, quedaban ochocientos cuarenta y tres euros en la cuenta común. Victoria comprobó el saldo por la mañana, mientras Max se duchaba. Cerró la app en silencio. Por la noche preparó sus albóndigas favoritas y puso la mesa en el salón. – ¿Pero hoy qué celebramos? –preguntó Max. – Siéntate. Se sentó. Victoria permaneció de pie. – Lo sé todo sobre ella. Max se quedó helado, el tenedor en el aire. En un segundo, la cara pasó del rosa al gris. – ¿Sobre quién? – No hace falta que sigas, Max. El tenedor tintineó sobre el plato. – ¿De dónde… cómo…? – Da igual. Intentó incorporarse, pero no le respondían las piernas. Victoria le observaba tranquila, casi indiferente. Había estado meses preparándose para eso; ahora solo sentía cansancio. – Vicky, puedo explicarlo… – No hace falta. – Ha sido una equivocación, yo… – Mañana presento los papeles del divorcio. Max se agarró a la mesa. – Espera. Hablemos, podemos… – No. Victoria dio media vuelta y se puso a hacer la maleta. Max se quedó frente a sus albóndigas frías, mirando al vacío. El juego se terminó y él perdió. Valentina abrió la puerta antes de que Victoria llamara. – Hay cocido en la cocina. La habitación está lista. Victoria abrazó a su madre. Por primera vez en meses, los hombros relajados, la tensión fuera. – Gracias, mamá. – Anda, ven a cenar. Ya charlaremos. El divorcio fue rápido y discreto. Max no protestó ni negoció. La cuenta común vacía, el piso era suyo, no había nada que repartir. Victoria firmó con alivio. Nada de venganza ni rencor; solo la calma. … Medio año en casa de su madre pasó volando. Trabajo, libros, largos paseos por las calles de siempre. Hasta que la gestora inmobiliaria llamó con buenas noticias. – Un piso nuevo, de un dormitorio, encaja en su presupuesto. ¿Quiere verlo? Victoria quería. El banco aprobó la hipoteca en una semana: buen historial, nómina fija, entrada ahorrada —los mismos euros retirados de la cuenta común. Las llaves llegaron en un día soleado de agosto. El fajo pesaba agradablemente en el bolsillo. Victoria durmió la primera noche sobre un colchón inflable en la habitación vacía. Mañana traerían los muebles, pero ella no quiso esperar. Tumbada, mirando al techo, pensaba en todo lo que había recorrido ese año. Ningún remordimiento. Ningún “y si…”. Solo silencio con olor a yeso fresco y comienzos nuevos. Victoria sonrió en la oscuridad… Por la mañana prepararía café en su nueva cafetera y lo tomaría junto a su ventana. Luego empezaría a montar su hogar, poco a poco, igual de metódica que organizó su huida de un matrimonio de mentiras. Paciencia y cabeza fría. Eso la llevó hasta aquí. Y así seguirá avanzando.
La felicidad ajena Ana estaba trabajando en su huerto; esta primavera había llegado temprano. Aunque sólo era finales de marzo, la nieve ya se había derretido por completo. Sabía que aún volvería el frío, pero mientras el sol calentaba, Ana salía al patio y sentía ganas de hacer algo: apuntalar la valla caída, reparar el cobertizo de la leña… Tendría que comprar unas gallinas y un cerdito, incluso un perrito y un gato. Ya está bien, se regañó Ana a sí misma con una sonrisa, ya es suficiente. Sentía ganas de arar la huerta cuanto antes, de arreglar los bancales, de respirar el aroma de la tierra natal, como en la infancia; descalzarse y correr descalza por el huerto recién arado, hundiendo los tobillos en esa tierra húmeda y tibia, suave como el algodón. —Aún nos queda vida por delante, —dijo Ana en voz alta, como hablando a alguien invisible. —Hola. Ana dio un respingo. Junto a la verja estaba una chica, adolescente, prácticamente una niña. Llevaba un abrigo gris, de esos que Ana conocía por ser repartidos en las escuelas de formación profesional; zapatos endebles y medias de color carne. Todavía no era tiempo de vestirse así—pensó Ana—es demasiado joven para exponerse, va a resfriarse, esos zapatos son pura basura, con suela de cartón… lo advirtió rápidamente. La niña movía nerviosamente sus delgadas piernas. —Hola —dijo Ana, seca. —Perdón, ¿puedo usar su baño? —Vaya, pues adelante. Todo recto y luego giras la esquina. Ana observó con interés cómo la chica se iba corriendo. —Gracias, me ha salvado. Estoy buscando alquiler, ¿no tendrá una habitación, por casualidad? —No pensaba alquilar, ¿y tú para qué la quieres? —Quiero alquilar una, no quiero vivir en la residencia, allí beben y fuman todo el rato. Chicos entrando y saliendo… —¿Ah sí? ¿Y cuánto piensas pagar? —Cinco rublos… no tengo más. —Bueno, pasa, anda, entra en casa. —Ay, ¿puedo usar otra vez el baño? —Ve, ve… —¿Cómo te llamas? —preguntó Ana mientras entraban en casa. —Olia —musitó la niña, casi como un ratoncito.— Olia, entonces. Bueno… ¿Olia, a qué has venido? —Ana la miró de frente. —Yo… busco habitación… —No me mientas… Olia… ¿A qué has venido, dime? —Ay, ¿puedo ir otra vez al baño…? —¿Pero qué te pasa, niña? —No lo sé —respondió la chica entre lágrimas—, no aguanto más. —Corre, ve… Ana salió tras la chica. —¿Estás yendo al baño porque sí, o es algo más? —No, de verdad, sólo orinar, me duele mucho… —Luego lo veremos, ahora dime, ¿por qué has venido? Silencio. La chica reunía fuerzas. —¿Bueno?… Te escucho. Si vienes a robar, aquí no hay nada. Dime, ¿quién te ha mandado? —Nadie, yo sola. ¿Usted… usted es Samoilova Ana Pavlovna? —¿Yo? Pues sí… —No me reconoce… ¿mamá? Soy yo, Olia… tu hija. Ana se quedó recta como un palo, ni un músculo se movió en su cara endurecida por los vientos y el frío. —Olia… —musitó la mujer— hija… Olyushka… —Sí, sí, mamita… soy yo… No me daban tu dirección en el orfanato, imagínate, decían que no se podía, mamá… Pero convencí a una profesora que es muy buena, en la escuela-taller, Anastasia Serguéievna, me ayudó, hicimos una solicitud y así supimos tu nombre, tus apellidos y patronímico, después conseguimos la dirección… y aquí estoy. Ana no se movía, pero las lágrimas corrían por sus mejillas. —Olia, Olyushka… hijita… —Mami, mamita —gimió la chica abrazando a la mujer—, cuánto te he buscado, mamá. Escribía cartas, y se reían, decían que me habías abandonado, que me habías regalado como si fuera una cosa… Pero yo creía, mamá… Yo te creía… Ana abrazó tímidamente a la chica llorosa, sus manos duras, llenas de callos, se aferraban al grueso suéter de lana de Olia, su hija… su hijita, Olyushka… Quedaron abrazadas, sin ganas ni de hablar, todo estaba claro. Después, recordando las enseñanzas de la abuela, y su amarga experiencia, Ana fue y vino, calentó agua, preparó infusión de eneldo y cuidó con esmero a su hija, su bella Olyushka. Olenka, hijita, sentido de vida. Ahora hay motivos para vivir, Dios se apiadó, no todo está perdido… El huerto, el cerdito, hay que arreglarle el abrigo. Aún le queda un dinerillo guardado. Ella, tan inocente, ya se preparaba a morir, y ahora llegó su Olyushka… *** —Mami, —¿Sí? —Mamita… —¿Qué pasa, zalamera? Olechka coge una empanadilla de la mesa, se le han redondeado ya las mejillas, mamá la viste como una muñeca, y ella misma parece rejuvenecer… —Mamusitaaa… —¿Qué pasa, hija? —Mamá, me he enamorado. —¡Vaya! —Sí. Mamá, es tan bueno. Se llama Iván. Quiere conocerte… —No sé… Pero pensó que los días felices se estaban acabando. Él da, él quita. —Mamá, ¿qué te pasa, mamá…? —Nada, hija, nada, cariño. Has crecido tan rápido, no he tenido tiempo de disfrutarlo, ni de saborearlo… Perdóname, Olyushka… —Mamá, mamita, no digas eso. ¿Cómo puedes? Ni se te ocurra. Si tú… si tú supieras, mi querida… Si vieras cuánto te amo, cuánto tiempo te busqué… ¡Nada de eso! Mamita mía… La presentación fue bien. Iván, chico del pueblo, trabajador, sensato, le gustó a Ana, por ese sí daba la hija. Eran tiempos duros, algunos no tenían que comer y otros alimentaban mejor a los perros que a la gente. Ana, Olechka y Vania no pasaban hambre; Ana cosía bien y cuando cerraron la fábrica se fue a una cooperativa, allí le pagaban bien, vistió a su niña y a su yerno con ropa de calidad. Vania no paraba, hizo una valla nueva, renovó la casa con sus hermanos, arreglaron el baño ruso, el gallinero… La casita cobraba vida, más aún desde que apareció Olyushka, su querida, buena y bella. El corazón de Ana se derritió, revivió. Le habían entrado las ganas de vivir con fuerza, por lo que le quedaba, por todo lo pasado, por lo que intenta olvidar. Y sólo a veces por la noche, como una ola, la abrumaba la pena, hasta el punto que no podía reprimir un gemido… —Mamita, ¿qué tienes? ¿Te duele algo? —No, hijita, duerme, duerme, mi niña… —Mamá, ¿puedo dormir contigo? —Claro —Ana se arrima a la pared y deja espacio a su hija. Mi pequeña, niña mía, qué amor más grande hay que el de una madre. Gracias, Dios mío, por permitirme sentirlo. Celebraron la boda; los jóvenes se quedaron en casa con Ana; ella florecía como una amapola. Hasta en el trabajo lo notaban, siempre tan seria, Ana Pavlovna no podía ocultar la sonrisa y tenía las mejillas encendidas. —Voy a tener nieto o nieta —susurró en el descanso a sus compañeras—. ¡Ay qué nervios! Qué suerte tiene la hija de Ana Pavlovna, dicen las chicas, con el amor con que la cuida. ¡Un nieto! ¡Antón! … En honor a mi madre, la abuela de Olyushka, que fue estricta pero justa —dice Ana alegre—, qué bonito es, ay no aguanto, chicas… Nunca había tenido así a un bebé en brazos… Bueno, después de Olyushka, nunca; había pasado tanto tiempo. Lo tengo y el corazón me late en la cabeza, esto es la felicidad. Ahora todos los pensamientos son para Antonchik. El mejor, el más guapo. Y él, el nieto de la abuela, pegadito a ella. Vania se embarcó en una reforma, construyó una casa enorme, y Ana tenía su espacio, ¿cómo no? Ni se les pasaba por la mente vivir sin mamá. Los chicos triunfaron; Vania y sus hermanos montaron una empresa de construcción, abrieron una tienda de materiales de obra, vivían tranquilos… Y otra buena noticia: vendrá una niña, una nietecita. Cuántos vestidos cosió Ana para su nietecita, qué conjuntos le preparó. Marinita, niña preciosa. La risa de los niños nunca deja de sonar en la casa. Todo iba bien para Ana, pero empezó a sentir un ardor constante en el pecho, qué dolor… —Mamá, mi querida, ¿por qué no decías nada? ¿Te duele? ¿Dónde? —Todo está bien, hija, todo va bien… ***. … Es tarde, no podemos hacer nada. —Doctor, doctor, ¿cómo es posible? Ella… ella… ¡es mi madre! —Lo siento, comprendo… *** —Hijita, Olyushka… ya me toca, perdóname, ya he vivido mucho. Hace tiempo que se olvidaron de mí, pero tú me salvaste, viniste, mi querida… —No digas eso, mamá… —Hija, déjame decirte, no me interrumpas… Yo no soy tu verdadera madre, Olia… perdóname… —¡Mamá! ¡Mamita, nunca digas eso a nadie! Eres mía, ni quiero oírlo, eres mi madre… mi mamita. ¿Entendido? —Sí, sí… hija… Lo entiendo, mi corazón… En la libreta, mi diario… Perdóname, Olenka. Te quiero mucho, hija. —Y yo a ti, mamita… Mamá… Mamá… *** —Olia, deberías comer algo… —Sí, Vania. Ahora… ve tú… Olia estaba en la habitación de su madre, leyendo la libreta, su “diario”. Allí estaba la vida de Ana. Despiadada, tortuosa, rota y alegre. Otro carácter: madre severa, Antonia Karpovna; el padre murió en la guerra. Anushka, Anyutka, Ana-florecilla. Se enamoró de un ladrón, ¡vaya vida salvaje! Diversión, peligro, la sangre bulle. Se fue con el ladrón… Y todo se desmorona… Un pozo que la arrastró durante años, y luego la vejez, de golpe. La cigarra saltó y saltó. El ladrón desapareció en prisión, y ya nadie queda… Si hubiera tenido un hijo, pero lo perdió en la nieve, ayudando a su ladrón a huir, juventud, estupidez… Lo perdió todo, todo lo de mujer… Ni hijo, ni cachorro, sólo la casa de su madre quedó; se asentó, se fue descongelando, aguantó un poco más. Los médicos le decían que esperase, que quizás sí, quizás no. Fue a la iglesia, rezó por perdón, le costó… Y entonces Él le envió esa alegría inesperada y no pudo dejar pasar la oportunidad. Pensaba que al menos un poco sería madre, al menos sabría cómo era, lo sentiría… Hija, Olenka, la luz de mi vida. Ana nunca pensó vivir tanto —escribe en tercera persona—, felicidad, felicidad, como todo el mundo, vivo, trabajo. Tengo hija, mi alma, mi corazón. Y hasta la enfermedad parecía ceder. Perdóname, Dios mío, por pedir esto: déjame vivir más, cuidar de mis nietos, ayudar a mi hija… Se relajó, primero tenía miedo. Miedo de que la verdad saliera a la luz, que no era madre, sólo tocaya, o que algo se había confundido. Luego dejó de temer, comenzó a vivir una vida sencilla, humana. Por fin creyó ser digna… Perdóname, hija, perdona que te robé a tu madre verdadera. Así es mi felicidad robada… —Mamita —llora Olyushka—, mi querida mamá. Espero de todo corazón que me oigas. Lo sabía, casi enseguida lo supe. Cuando vivía contigo, vi que los datos no coincidían, era Ana Ivanovna, la busqué, por curiosidad. Ella fue la que me rechazó, se casó y yo le molestaba, mamá… Vive, tiene familia, nunca le importé, mamá. Tenía miedo, tenía miedo de que nos vieran juntas. Que supieran de mí, me daba dinero, mamá… Me fui, corrí, mamá. ¿Recuerdas que enfermé mucho aquella vez? Tuve fiebre, ¿recuerdas, mamita? Mi querida, doy gracias a Dios que nos juntó. Tanto tiempo te busqué. Tú eres mi mamá… Qué bien que se equivocaron entonces, o quizás no fue un error, allá arriba saben a quién mandar y a dónde. ¿Cómo podré vivir otra vez sin ti, mamá…? —Olia, Olechka… —Vania, déjala llorar, acaba de enterrar a su madre… *** —Abuela, ¿la abuela Ana era buena? —Mucho, hija. —¿Y era guapa? —La más guapa, Anechka. —¿Y quién le puso ese nombre? —No sé, quizás su padre, o su madre… —¿Tu abuelo, o tu abuela? —Sí, mi abuelo o mi abuela. —¿Y a mí me llamaste como a la bisabuela? ¿Como a tu mamá? —Sí, yo y tu padre. Él quería mucho a su abuela. —¿Ella puede verme? —Claro que te ve, te cuida y siempre te va a ayudar. —Te quiero, bisabuela Anechka —dice la niña, dejando una corona de dientes de león en la tumba de su bisabuela. —Y yo a ti, hija —susurra el abedul—, y nosotros también, responde el viento.