Hoy me levanté temprano, como cada día, para montar mi puesto de churros en la esquina de la calle Mayor con la plaza del Ayuntamiento, aquí en Salamanca. Mientras acomodaba la bandeja con los churros recién hechos y el azúcar glas, se me acercaron dos hombres. Se notaba enseguida que no eran del barrio: llevaban traje, corbata y portafolios de cuero. De esos que, aunque se vistan bien, no terminan de mirarte a los ojos.
Buenos días, señora dijo el primero, con la sonrisa falsa de vendedor que sabe que va a engañarte y aún así te desea lo mejor. ¿Es usted la dueña de este puesto?
Así es, hijo. ¿Le pongo unos churros? Están recién hechos, calentitos.
No, no venimos por eso. Su puesto está en una zona de alto interés comercial y necesitaría regularizar la documentación.
Ahí ya sospeché, pero decidí poner cara de abuela despistada.
Ay, hijo mío, regularizar… Si yo apenas logro regularizarme el azúcar en la sangre. Que tengo diabetes, hipertensión, y el otro día me dijeron que el colesterol lo tengo por las nubes ¿Usted tiene colesterol? Porque yo sí, y le puedo contar los medicamentos que me mandó el médico…
Señora, sólo tendría que firmar aquí intentó cortarme.
No tenga prisa, que interrumpir a una persona mayor no es de buena educación. Como le iba diciendo, estos medicamentos me han hinchado toda, como un globo en las ferias. Y mi hija, pobre, en pleno divorcio El marido, otra joya, igual que mi difunto primer esposo, que en paz descanse aunque en vida también era de armas tomar
El segundo ya se estaba poniendo nervioso. Sacó unos papeles con cara de pocos amigos.
Señora, hablamos de una multa de cinco mil euros y…
¿Cinco mil euros? Ay, hijo, si yo apenas junto para el alquiler. ¿Sabe usted lo que cuesta la bombona de butano? ¿Y la luz? Mi nieto, el pequeño ese que aún estudia pero dice que será veterinario, me dice: Abuela, no pongas tanto el termo. ¡Pero a mi edad, sin agua caliente, los huesos me matan!
Por favor, escúchenos
No, escúchenme ustedes a mí. ¿Saben lo que es vender churros con sesenta y ocho años? La pensión no me da ni para las pastillas. Tengo artritis, me duelen las rodillas, las manos, el cuello Hay noches que ni dormir puedo. Y aquí estoy cada día llueva, truene o con sol. Si no vengo, no como. ¿Y ahora tengo que pagar cinco mil euros? Antes me caigo aquí mismo y les monto el lío en la acera.
Los dos se miraron, ya sudando y apurados.
Quizápodríamos hacer un pago a plazos
¿A plazos? Ya tengo a plazos con el banco, la farmacia, el supermercado. Hasta con la vecina para el dentista. ¿Sabe usted lo que cuesta una muela? ¡Tres mil euros! Y eso en la Seguridad Social
El uno ya guardaba los papeles deprisa.
Pero espere, que no he acabado. Mi hermana está en diálisis. ¿Sabe usted lo que es eso? Tres veces por semana, cuatro horas con la máquina. Un calvario. No lo cubre todo la seguridad social. Nos juntamos los hermanos, pero yo de los churros doy cien euros al mes. ¿Y ahora una multa? ¿Por qué motivo? Yo tengo todos mis papeles en regla. Permiso del ayuntamiento, estoy registrada, pago mis impuestos pocos, porque poco gano. Hasta cartilla sanitaria tengo. ¿Quiere que se la enseñe?
Saqué el monedero, repleto de papeles.
¡Aquí! El permiso vale hasta el año que viene. Firmado, sellado. ¿Y ustedes de qué departamento dijeron que eran?
Empezaron a retroceder.
¿No lo dijeron? Qué raro. Porque yo seré jubilada, pero no tonta. Antes de vender churros pasé treinta y cinco años trabajando en el ayuntamiento precisamente en licencias y permisos. Así que sé muy bien quién puede pedirme papeles y que un inspector de verdad no viene con traje barato ni pide dinero en mano sin recibo.
Y otra cosa añadí, en la esquina hay una cámara. Y mi yerno es guardia civil. Él me consiguió este sitio, porque es seguro. ¿Quiere que le llame? Está a tres calles.
Salieron corriendo casi sin mirar atrás.
No, señora, habrá habido un error
¡Lleven unos churros para el camino! grité detrás de ellos. ¡Para que vean que no soy rencorosa!
Mi clienta habitual, doña Eugenia, se reía tanto que lloraba.
Media hora los has tenido ahí pegados oyéndote.
Y que sepas, Eugenia, que la mitad era mentira. No tengo diabetes, mi hija está de maravilla, y mi hermana está más sana que yo. Pero estos estafadores creen que porque una es mayor y pobre, es también ingenua.
¿Y lo del yerno guardia civil?
Eso sí es verdad. Y la cámara también. Y los papeles, sobre todo. Porque ser pobre es una cosa y ser boba es otra. Vendo churros porque la pensión es ridícula, no porque no sepa contar.
Preparé mis churros de siempre, con un poco más de azúcar, y seguí con mi día.
Al final, uno se da cuenta de que la pobreza no te hace débil; lo que más vale es el ingenio y la experiencia que dan los años. ¿No crees tú?







