Educación financiera y salud
022
Las mujeres felices siempre lucen radiantes Lidia sufrió profundamente la traición de su marido. A los cuarenta años, se quedó sola; su hija estudiaba en la universidad en otra ciudad. E Igor, hace dos meses, apareció después del trabajo y anunció: —Me voy, estoy enamorado. —¿Cómo? ¿De quién? —balbuceó su esposa, desconcertada. —Como suelen hacer los hombres. Me enamoré de otra, me siento bien con ella, y a tu lado ya ni me acuerdo de ti. Así que no insistas, lo tengo decidido —contestó Igor con aparente normalidad, como si no estuviera ocurriendo nada fuera de lo común. Rápidamente se fue. Más tarde, al analizar la situación, Lidia comprendió que no había sido una decisión de un solo día: Igor venía preparando sus cosas poco a poco, pero ese día llenó la maleta de prisa y salió cerrando la puerta tras de sí. Lidia lloraba, sufría, convencida de que ya nunca le pasaría nada bueno. Sentía que su vida había terminado o simplemente se había detenido. No quería ver ni escuchar a nadie. Evitaba hablar con cualquiera y el teléfono no dejaba de sonar: llamaba su hija, su mejor amiga, respondía de mala gana y colgaba rápido. En el trabajo tampoco tenía ganas de socializar. Algunos compañeros la miraban con compasión, otros con cierta malicia. Lidia incluso tenía la esperanza: —Quizá Igor se canse de la que se lo llevó y vuelva, yo lo perdonaría y lo aceptaría porque lo sigo amando. Un sábado, se despertó temprano como de costumbre, pero se quedó en la cama, sin ganas de levantarse ni de darse prisa. Alrededor de las once de la mañana, sonó el teléfono. —¿Quién será tan pesado para llamar tan temprano? No quiero hablar con nadie —pensó y no respondió, aunque por inercia miró la pantalla. Era un número desconocido. “¿Y si es Igor? Quizá perdió el móvil, le robaron el suyo, cambió de número… Tal vez quiere volver, debería haber respondido”, pensó por un momento. Mientras dudaba, el teléfono volvió a sonar. —¿Hola? ¿Hola? —contestó en voz alta. —¡Hola! —escuchó una voz femenina, alegre y entusiasta. —¿Quién eres? —preguntó Lidia, visiblemente molesta. —¡Lidi, eres tú! ¿Qué te pasa? ¿No reconoces a tu vieja amiga? Soy yo, ¡Cris! Lidia se sintió decepcionada. Por alguna razón, esperaba la voz de Igor. —Bueno… —¿Lidia, estás bien? ¿Qué te pasa? —No estoy bien —respondió, y colgó mientras las lágrimas corrían por sus mejillas. Se sentó en el sofá para intentar calmarse. Poco después, alguien llamó al timbre. Lidia se animó de golpe; esa esperanza insana de nuevo. —¿Y si Igor ha recapacitado? —pensó mientras se levantaba para abrir la puerta. —¡Hola! —exclamó una atractiva mujer en la que Lidia apenas reconoció a su antigua amiga y compañera de colegio Cristina. Cris estaba impecable, con labios rojos, vestida con estilo y envuelta en un elegante aroma a perfume. Después de bachillerato, se fue a la universidad en Madrid y desde entonces sólo se habían visto una vez, hace quince años. En el instituto eran inseparables: iban juntas a las discotecas, salían con chicos y compartían secretos. —¡Cris, qué guapa estás! —se le escapó a Lidia. —Hola, amiga. Siempre he sido así, y tú… —dijo mirándola crítica de arriba abajo; —¿Vas a dejarme entrar o me quedo en la puerta? —Pasa… —cedió Lidia, a regañadientes. Cristina vino cargada de cosas. Enseguida fue a la cocina y sacó del bolso una botella de vino español, una tarta y unas naranjas. —¡Saca las copas! Hay que celebrar este reencuentro, hacía siglos que no hablábamos… —trajinaba Cris, mientras Lidia, en silencio, ponía dos copas en la mesa y cortaba la tarta. Cristina no preguntó más, abrió el vino, sirvió las copas y propuso: —¡Por nosotras! —bebió. Lidia la imitó y vació su copa también. La segunda copa fue a por ellas mismas. Y entonces, tras el segundo trago, Lidia se desahogó, lo necesitaba. Cristina escuchó sin interrumpirla y, cuando terminó, se encogió de hombros. —Virgen santa, Lidia, ¡pensaba que tenías una tragedia de verdad! —¿No es una tragedia? Es que tú no lo entiendes, nunca te ha dejado el marido —dijo Lidia con tristeza. —¡Pues no! Mi marido nunca me dejó, fui yo quien le dejó a él, le golpeé primero cuando descubrí que tenía una amante joven. Me divorcié de inmediato y él se quedó atónito, pensaba que yo no me enteraría… —Quizá no lo amabas… —¡Claro que le amaba! —insistió Cristina—, pero no tolero que me humillen. Hay que liberarse de ese tipo de amor; si te traicionan, eso no es amor de verdad. —Ay, Cris, ¡qué sencillo lo ves! —Claro. Tú siempre le das vueltas a todo, siempre has sido así. ¿Dónde anda tu hija? —Está estudiando en otra ciudad, vive con mi tía. —Comprendo. Ese perro te dejó sola a ti y a su hija y aún sufres por él. —Pero le amo… —¡Ya basta, Lidia! Te voy a curar la depresión. —¿Y cómo? Las pastillas no me harán nada. —¿Pastillas? Ni hablar. Lo que necesitas son remedios tradicionales: cambio de imagen, compras y un nuevo amor. —Ufff, Cristina… —murmuró Lidia. —¡Venga, preparemos nuestras cosas, vamos al centro comercial! Y de paso a la peluquería, ¡sin excusas! Por cierto, ¿tienes algo de ahorros? —¿Ahorros? Bueno, sí, Igor y yo ahorramos para comprarle un coche nuevo. —Que se fastidie Igor, que se quede con el viejo. Debes pedir el divorcio y no esperar más. Y ni pienses en perdonarle… Podemos reclamar hasta la mitad del coche. —¡Que lo disfrute! —respondió Lidia de repente y se soltó. —Cristina, ¿te has vuelto a Madrid para quedarte? No has dicho nada. —Para siempre, no quiero volver allí. ¡Ale, cámbiate ahora mismo, nos vamos de compras! Por cierto, Rita Poveda me llamó: dentro de una semana tenemos reunión de antiguos alumnos, así que nos apuntamos. Vendrán muchos, y algunos de nuestros chicos están divorciados. Hay que abrir los ojos; ¿recuerdas cómo Víctor te perseguía desde séptimo? —Madre mía, Cris, ¿quién va a quererme ahora, ya soy una vieja? —Qué dices, Lidi, no puedes pensar así, tienes que quererte y mimarte. ¡Te pondremos estupenda, como una potra joven! —rió Cristina, saliendo del piso. —Por cierto, ¿sabes mi tía Carmen, la que vive cerca de tu madre? Se va a casar por quinta vez, pero está indecisa entre dos pretendientes… Al poco rato, Lidia no se reconocía frente al espejo. —¡Vaya cambio! —se sorprendía—, el color de pelo diferente, corte moderno, nunca habría imaginado que me quedaría tan bien. ¡Más joven y guapa! Cristina sí que sabe, me ha rescatado. La noche de la reunión estaba llena de reencuentros en el café. Incluso algunos no reconocieron a Lidia, y Víctor, ahora un hombre exitoso y seguro de sí mismo, no le apartó los ojos. —Lidia, apenas te reconocí. ¡Estás guapísima! Más incluso que en el instituto. Siempre me gustaste, pero preferiste a Igor, el del paralelo… ¿dónde está él, por cierto? —Ya no está, me dejó —dijo Lidia con una sonrisa ligera. —¿Dejó? No digas eso, ¿cómo van a dejar a una mujer como tú? —se asombró Víctor. —Pues sí, resulta que sí, pero todo ha salido mejor que nunca. —No lo dudo, Lidia. Yo también estoy divorciado, ya hace dos años. Aunque la relación era buena, tengo empresa propia, un hijo ya hecho y derecho… pero cuando vinieron los problemas con el negocio, mi ex me dejó por otro, más joven, supongo que más próspero. Y mírame ahora, he recuperado todo y va incluso mejor. Tiempo después, caminando de la mano con Víctor por el paseo, saliendo del teatro, decidieron darse una vuelta por la ciudad. De repente… Lidia vio a Igor viniendo hacia ellos, parecía más delgado. Probablemente también daba un paseo, pero solo. El ex marido al principio no la reconoció. —¿La nueva le alimenta mal o qué? —pensó Lidia. Cuando Igor pasó a su lado, sus miradas se cruzaron y en sus ojos solo una pregunta: ¿es ella o no? Pasaron de largo, pero de improviso escuchó: —¿Lidia? Giró despacio, sonrió y dijo: —Ah, hola, así que eres tú. Te presento a Víctor, mi futuro marido, ¿le has reconocido? —dijo mirando a Víctor. —Hola, no te había reconocido —respondió Víctor—. Yo soy el futuro esposo de Lidia. A Igor se le desencajó la cara, y Lidia también se sorprendió, porque Víctor aún no le había propuesto nada. —¿Cómo te va? —preguntó Lidia alegremente a su ex. —Bien, todo… normal —respondió él—, ¡estás increíble! Te ves estupenda. Lidia volvió a sonreír y, pasándole el brazo a Víctor, declaró: —Las mujeres felices siempre lucen radiantes. —O sea, que te va bien —murmuró Igor. —Por supuesto. Y cada día irá mejor —dijo, dándose la vuelta, marchándose con Víctor del brazo y sintiendo la mirada ardiente de su ex clavada en la espalda.
Las mujeres felices siempre se ven estupendas Lourdes está atravesando un dolor profundo tras la traición
Aquella noche eché a mi hijo y a su mujer de casa y les quité las llaves: llegó el momento en que entendí — basta ya.
Aquella noche pedí a mi hijo y a su mujer que se marcharan de casa y les quité las llaves: llegó ese
Educación financiera y salud
033
Reiniciar (la vida) después de los cuarenta: La historia de Ana, una mujer madrileña atrapada entre la rutina laboral, las exigencias familiares y el anhelo de reencontrarse con su pasión artística, que se atreve a buscarse a sí misma cuando todo parece ir en contra
Reinicio después de los cuarenta En los días laborables, Carmen se despertaba siempre antes de que sonara
Educación financiera y salud
05
¿TÚ ERES MI FELICIDAD? La verdad, nunca pensé en casarme. Si no fuera por el empeño de mi futuro esposo, seguiría siendo como un pájaro libre. Artem, como una polilla loca, revoloteaba a mi alrededor, no me perdía de vista y buscaba complacerme en todo, cuidando cada detalle… Al final, me rendí. Nos casamos. Artem rápidamente se volvió alguien casero, cercano y familiar. Todo era fácil y cómodo con él, como estar en zapatillas de andar por casa. Al año nació nuestro hijo, Sviatoslav. Mi marido trabajaba en otra ciudad y solo venía a casa una vez a la semana, siempre trayendo dulces para Sviatik y para mí. Durante una de sus visitas, al revisar sus bolsillos antes de hacer la colada (ya era costumbre, después de dejar secar sus carnés de conducir una vez), encontré un papel doblado en cuatro. Lo desdoblé y leí una larga lista de material escolar (era agosto). Al final, con letra infantil, ponía: “Papá, ven rápido.” ¡Vaya manera de entretenerse la de mi marido! ¡Polígamo! No monté una escena; cogí el bolso, a mi hijo (Sviatik apenas tenía tres años) de la mano y nos fuimos a casa de mi madre. Por un tiempo largo. Mi madre nos dio una habitación: -Vivid aquí hasta que os reconciliéis. Me empezó a rondar la idea de vengarme de mi desagradecido marido. Me acordé de mi antiguo compañero de clase, Román. Con él sí que iba a montar “una aventura”. Siempre había estado detrás de mí desde el colegio. Le llamé. -¡Hola, Román! ¿Aún no te has casado? – empecé con sutileza. -¡Nadia! ¡Hola! Eso da igual, casado-divorciado… ¿Nos vemos? – se animó Román. Mi aventura no planeada duró medio año. Artem cada mes daba la pensión a nuestro hijo. Se la entregaba en mano a mi madre y se marchaba en silencio. Sabía que mi marido vivía con Katia Evseeva. Ella tenía una hija de un primer matrimonio y le obligó a la niña a llamar a Artem “papá”. Todos vivían en el piso de Artem. Cuando Katia se enteró de que me había ido, se mudó enseguida con la niña desde otra ciudad. Katia adoraba a Artem: le tejía calcetines y jerséis, cocinaba rico y abundante. Todo esto lo supe después. Toda la vida reprocharé a mi marido lo de Katia Evseeva. Pero en aquel entonces pensaba que nuestro matrimonio ya estaba terminado, que había fracasado. …Sin embargo, al quedar para un café (a punto de firmar el divorcio), a mí y a Artem nos invadieron los recuerdos hermosos. Artem me confesó su amor eterno y pidió perdón. Decía no saber cómo librarse de la insistente Katia. Me dio pena. Nos reconciliamos. Por cierto, mi marido nunca supo lo de Román. Katia, con su hija, se fue para siempre de nuestra ciudad. …Pasaron siete años de feliz vida familiar. Entonces Artem tuvo un accidente de tráfico; varias operaciones, rehabilitación, caminar con bastón. La recuperación llevó dos años. Todo eso le dejó agotado y empezó a beber en exceso. Se volvió otra persona, y nos hacía sufrir mucho a mí y a nuestro hijo. No aceptaba ayuda de nadie. En mi trabajo apareció un “paño de lágrimas”, Pablo. Me escuchaba en la sala de descanso, paseaba conmigo después del trabajo, me consolaba y animaba. Pablo era casado y su esposa esperaba su segundo hijo. Ni yo misma entiendo cómo acabamos en la cama. Absurdo. Era una cabeza más bajo que yo, menudo, y para nada mi tipo. ¡Y así empezó! Pablo me llevaba a exposiciones, conciertos, ballets… Cuando nació su hija, puso freno a las salidas. Se marchó de la empresa y encontró otro trabajo. Quizás pensó: “Ojos que no ven, corazón que no siente”. No reclamé nada y le dejé volver a su familia con facilidad. Sólo me ayudó a superar mi dolor. No iba a entrometerme en el amor de otros. Mi marido seguía perdido por el alcohol. …Pasados cinco años, Pablo y yo nos encontramos y me propuso matrimonio en serio. Me dio la risa. Artem logró recomponerse brevemente y se fue a trabajar a la República Checa. Yo, mientras tanto, fui una esposa ejemplar y madre atenta, dedicada por completo a mi familia. Artem regresó al medio año. Reformamos el piso, compramos electrodomésticos. Por fin arregló su coche. Todo era para disfrutar y ser felices. ¡Pero no! Mi marido recayó y volvió a beber. Fueron años de auténtico infierno. Los amigos lo llevaban a casa, incapaz de andar solo. Muchas veces yo recorría el barrio buscándolo, lo encontraba tirado en algún banco, con los bolsillos vacíos, y lo arrastraba a casa. Me las vi de todos los colores. …Y así, una primavera, estaba yo melancólica en la parada de autobús. Las aves cantaban, el sol brillaba y yo no podía alegrarme de esa fiesta de abril. De pronto, alguien me susurra al oído: -A lo mejor puedo ayudarle con su tristeza. Me giré. ¡Madre mía! ¡Qué atractivo y perfumado! Y yo, ya con 45… ¿Seré una “fruta madura” otra vez? Me puse tímida como una jovencita. Por suerte, llegó el autobús y subí deprisa. Mejor, lejos de la tentación. El hombre me saludó con la mano y esa jornada sólo podía pensar en él. Me hice la dura un par de semanas… Pero Egor (así se llamaba) era implacable, como un tanque, derrumbando mi resistencia. Me esperaba todas las mañanas en la parada. Iba mirando de lejos si mi “galán” estaba. Al verme, me lanzaba besos con una sonrisa. Un día trajo un ramo de tulipanes rojos. -¿Y qué hago yo con flores a primera hora en la oficina? Las chicas me delatan enseguida, seré culpable sin motivo. Egor sonrió: -Uy, no pensé en esos “terribles” efectos. Regaló el ramo a una abuela que lo miraba todo con atención. ¡La señora rejuveneció! “Gracias, hijo, te deseo una amante apasionada!” Me puse colorada por sus palabras. Menos mal que no me deseó una amante jovencita, ¡me habría hundido! Egor continuó, mirándome: -¿Y si nos dejamos llevar, Nadia? No te arrepentirás. La propuesta era tentadora y oportuna. De mi marido, en ese periodo, ni hablar; yacía como un tronco inerte en la cama, atrapado por la bebida. Egor era no fumador, abstemio, ex deportista (57 años), y gran conversador. Divorciado. Tenía un magnetismo especial. Me lancé de cabeza a esa aventura pasional, que fue un remolino de deseo. Tres años viviendo a salto entre mi casa y Egor. Mi alma se extravió. No tenía fuerzas ni deseos de parar. Cuando por fin quise terminar, no pude. Como dice el refrán: “La muchacha echa al mozo, pero el mozo no se va.” Egor ganó mi cuerpo y mi alma. Es bien sabido, “el producto se ama, la razón se marcha.” Cuando Egor estaba cerca, me faltaba la respiración. Me olvidaba de todo. Pero sabía que esa pasión no me traería nada bueno. No era amor lo que sentía por Egor. Llegaba agotada a casa (tras el amante fogoso) y solo quería abrazar fuerte a mi marido. Aunque estuviera borracho perdido, oliera mal, pero era tan mío, tan puro… ¡Mi trozo de pan me sacia más que los pasteles ajenos! Sentía que esa era la verdad de la vida. Y que “pasión” viene de “sufrir”. Ya sólo quería terminar de sufrir por Egor y volver a mi familia en paz, no seguir distraída en placeres. Pensaba así mi mente, pero mi cuerpo quería el abismo dulce. Aún estaba atrapada en esa llama que todo lo consumía. No conseguí controlarme. Mi hijo sabía como era todo lo de Egor. Nos vio juntos en un restaurante, cuando fue con su novia. Tuve que presentarles. Se dieron la mano, y ya está. Por la noche, Sviatoslav me miró y esperó una explicación. Yo me hice la graciosa: que era un colega que me invitó a hablar de un nuevo proyecto. “Sí, claro… en un restaurante,” – asintió el hijo. No me juzgó. Solo pedía que no me divorciara de papá. Aunque todo apuntaba a que sí. Tal vez, pensaba, papá recupere la razón. Me sentía una oveja perdida, desorientada. Mi amiga, divorciada y experimentada, me decía: “¡Manda al diablo a esos amantes y tranquilízate!” Le escuché. Ella ya estaba con su tercer marido. Pero fue sólo con la lógica; paré realmente cuando Egor intentó levantarme la mano. Ahí estaba el límite. No en vano mi amiga avisó: -“El mar está tranquilo mientras pisas la orilla…” Se me cayeron las vendas de los ojos, ¡por fin veía color! Tres años de tormento. ¡Uf! ¡Libre! Llegó por fin la ansiada paz. Egor aún me perseguiría un tiempo, aguardando en todos lados, pidiéndome perdón de rodillas… Yo me mantuve firme. Mi amiga me abrazó y me dio una taza que ponía: “¡Eres una mujer sensata!” En cuanto a Artem, él sabía todo sobre mis aventuras. Egor le llamaba y le contaba. Mi amante estaba convencido de que yo me iría de casa. Artem me confesó: -Cuando escuchaba los cuentos de tu galán, quería morirme en silencio. Al fin y al cabo, todo es culpa mía. ¡Yo perdí a mi mujer! Elegí el vino antes que a ti. Idiota. ¿Qué podría decirte? …Desde entonces, han pasado diez años. Artem y yo tenemos dos nietas. Un día estamos juntos tomando café. Miro por la ventana. Artem me toma suavemente la mano y dice: -Nadia, no mires a otro lado. Yo soy tu felicidad, ¿lo sabes? -Claro que lo sé, mi único…
¿ERES MI FELICIDAD? La verdad, nunca pensé en casarme. Y si no fuera por el empeño incansable de mi futuro
Educación financiera y salud
09
El síndrome de la vida eternamente postergada… Confesiones de una mujer de 60 años Elena: Este año he cumplido 60, y ningún familiar se ha acordado de felicitarme por teléfono en mi cumpleaños. Tengo hija e hijo, nieto y nieta, y también ahí anda mi exmarido. Mi hija tiene 40, mi hijo 35. Ambos viven en Madrid, los dos terminaron universidades madrileñas bastante prestigiosas. Son inteligentes, exitosos. Mi hija está casada con un alto cargo, mi hijo con la hija de un importante empresario madrileño. Los dos tienen una carrera brillante, varias propiedades, y además de sus puestos públicos, cada uno lleva su propio negocio. Todo estable. Mi exmarido se fue cuando nuestro hijo terminó la universidad. Dijo que estaba cansado de ese ritmo de vida. Aunque él trabajaba tranquilo en el mismo puesto, pasaba los fines de semana con sus amigos, o en el sofá, y en vacaciones se iba todo el mes con sus parientes al sur. Yo nunca tomaba vacaciones, trabajaba a la vez en tres sitios—ingeniera en una fábrica, limpiadora en la oficina de la misma fábrica, y los findes, envasando productos en un supermercado cercano de 8 a 20, y aparte limpiando zonas de servicio y almacenes. Todo lo que ganaba, iba para los hijos—Madrid es cara, y estudiar en universidades de prestigio exige buena ropa, alimentación y ocio. Aprendí a vestir ropa antigua, a remendar cosas, a arreglar zapatos. Siempre iba limpia y arreglada. Me bastaba. Mis únicos momentos de diversión eran los sueños—alguna vez me veía feliz, joven y riendo. Mi marido, en cuanto se fue, se cambió el coche y se compró uno caro y flamante. Lo ahorrado no era poco, parece. Nuestra vida juntos fue rara—todos los gastos corrían de mi cuenta, salvo el alquiler. Ese lo pagaba él, y ahí acababa su aportación familiar. La educación de los hijos la pagué yo… El piso donde vivíamos me lo dejó mi abuela. Bueno y cuidado, una finca antigua con techos altos. Dos habitaciones reformadas en tres. Había un trastero de 8,5 m² con ventana, que arreglé, con cama, mesa, armario, estantes. Allí dormía mi hija. Mi hijo y yo compartíamos habitación, aunque yo solo iba a dormir. Mi marido en el salón. Cuando mi hija se mudó a Madrid, ocupé su trastero. La separación fue sin peleas, sin disputas, sin reproches. Él quería VIVIR de verdad, yo tan agotada que lo tomé aliviada… No tenía que cocinar tres platos y postre, ni lavar sus cosas, ni planchar ni ordenar, podía usar ese tiempo para descansar. Ya para entonces tenía muchas enfermedades—columna, articulaciones, diabetes, tiroides, agotamiento nervioso. Por primera vez tomé vacaciones en mi trabajo principal y me dediqué a curarme. No dejé las otras faenas. Me recupere algo. Contraté un buen profesional y con su ayudante me hicieron una reforma estupenda en el baño en dos semanas. Para mí fue una alegría—MI ALEGRÍA PERSONAL, felicidad para mí. Todo ese tiempo enviaba dinero a mis hijos en lugar de regalos en sus cumpleaños, en Navidades, el Día de la Mujer, el Día del Padre. Después, también a los nietos. Así que no podía dejar los trabajos extras. Nunca me quedaba dinero para mí. Me felicitaban raras veces, y casi siempre si yo lo hacía primero. Nunca me regalaron nada. Lo más doloroso era que ni hija ni hijo me invitaron a sus bodas. Mi hija me dijo sinceramente: “Mamá, no vas a encajar en la fiesta. Va gente del Gobierno.” De la boda del hijo me enteré después por la hija… Menos mal que no me pidieron dinero para la boda… Ninguno viene nunca, aunque siempre les invito. Mi hija dice que no tiene nada que hacer en nuestro “pueblo” (una ciudad de provincia con un millón de habitantes). Mi hijo siempre responde: “¡Pero mamá, es que no tengo tiempo!” ¡Hay 7 vuelos diarios a Madrid! Dos horas exactas en avión… ¿Cómo llamaría yo ese periodo de mi vida? Seguramente, la vida de las emociones reprimidas… Entonces vivía como Scarlett O’Hara—“ya lo pensaré mañana”… Reprimía lágrimas y dolor, todos los sentimientos, desde la extrañeza hasta la desesperación. Vivía como un robot programado para trabajar. Después compraron la fábrica unos madrileños, reorganizaron todo y nos despidieron a los mayores; perdí dos trabajos de golpe, pero así pude jubilarme anticipadamente. Me dieron una pensión de 1.000 euros… y a vivir con eso. Tuve suerte—aquí, en mi bloque de cinco plantas y cuatro portales, quedó libre el puesto de limpiadora… Lo cogí—otros 1.000 euros de ingreso. No dejé de envasar y limpiar en el súper los fines de semana, pagaban bien—30 euros por turno. Lo duro era estar todo el día de pie. Poco a poco empecé a arreglar la cocina. Lo hice yo sola, encargué el mobiliario a un vecino, lo hizo bien, rápido y a buen precio. Y otra vez empecé a ahorrar. Quería renovar habitaciones, algo de muebles. O sea, tenía planes… pero en los planes no estaba YO. ¿En qué gastaba en mí? Solo en comida, la más sencilla, que tampoco comía mucho. Y en medicinas, que era mucho. El alquiler tampoco ayudaba, subía cada año. Mi ex siempre decía que vendiera el piso, zona buena, darían buen dinero, podría comprarme algo más pequeño. Pero es que me da pena. Es el recuerdo de mi abuela. No recuerdo a mis padres. Ella me crió. El piso donde ha transcurrido toda mi vida es muy especial para mí. Con el ex conservo trato cordial, hablamos a veces como viejos conocidos. Está bien. De su vida privada nunca dice nada. Una vez al mes viene y trae algunas cosas: patatas, verduras, arroz, agua potable. Lo que pesa. Nunca acepta dinero. Dice que si pido por internet me mandarán todo malo. Y le doy la razón. Dentro de mí todo parece detenido—todo recogido en un nudo. Vivo y vivo. Trabajo mucho. No sueño con nada. No quiero nada para mí. A mi hija y nietos solo los veo en su Instagram. La vida de mi hijo la sigo por el Instagram de mi nuera. Me alegro de que estén bien. Que tengan salud. Que viajen a sitios bonitos y vayan a restaurantes caros. Tal vez no les di suficiente amor, por eso no tienen amor para mí. Mi hija a veces pregunta cómo estoy. Siempre respondo que bien. Nunca me quejo. Mi hijo a veces envía audios por WhatsApp: “Hola, mamá, espero que todo te vaya bien.” Un día mi hijo me dijo que no quería oír hablar de problemas familiares, que le afecta el negativismo. Así que dejé de contarle nada, solo le digo: “Sí, hijo, todo bien.” Me gustaría abrazar a los nietos, pero sospecho que ni saben que tienen una abuela viva—una jubilada limpiadora. Seguro que, según dice la leyenda, la abuela ya está en el otro mundo… Ni recuerdo cuándo me he comprado algo para mí, salvo a veces ropa interior y calcetines, lo más barato. No recuerdo haber ido a una peluquería de verdad a hacerme una manicura, pedicura… Una vez al mes me corto el pelo en el local de la esquina. Me tiño yo. Lo que me alegra es que sigo usando la misma talla que de joven: 46/48. El armario no hace falta renovarlo. Y me da miedo, mucho miedo, que algún día no pueda levantarme de la cama—los dolores de espalda no me dejan en paz. Temo quedarme sin poder moverme. Quizá no debí vivir así, sin descanso, sin pequeños placeres, siempre trabajando y siempre dejando todo “para luego”… ¿Y dónde está ese “luego”? Ya no existe… Mi alma está vacía… mi corazón, totalmente indiferente… Y alrededor, también vacío… No culpo a nadie. Pero tampoco puedo culparme a mí. Trabajé siempre y sigo trabajando. Me hago un pequeño colchón por si no puedo seguir. Pequeño, pero algo es. Aunque, para qué engañar, sé bien que si me quedo postrada, no querré vivir… No quiero ser un problema para nadie. ¿Sabéis lo más triste? Nunca en mi vida nadie me ha regalado flores… NUNCA… Sería de risa que alguien me trajera flores frescas… a la tumba. Para morirse de la risa, de verdad…
Síndrome de la vida eternamente postergada Confesión de una mujer de 60 años Isabel: Este año he cumplido 60.
Educación financiera y salud
027
De ella se susurraba En su portal todo se sabía: el banco al lado del portal primero, donde por las mañanas se comentaban precios y achaques; el arenero con la seta torcida, los columpios de hierro que chirriaban hasta en calma chicha. Entre los bloques, una callejuela por la que los coches, al dar marcha atrás, siempre pitaban, como pidiendo disculpas. Algunos dejaban las bolsas de basura al lado de la papelera, a dos pasos de la diana, y el barrendero rezongaba, pero igual las recogía. Y luego estaba ella —la mujer del portal tres, de unos sesenta años, pelo corto y siempre con prisa, como si tuviera que llegar antes de que la llamasen. Se llamaba Valentina Serrano. Pero en el barrio rara vez usaban su nombre. Decían simplemente: “la del tercero”, “ahí va esa”, “siempre con sus bolsas”. Y es verdad, casi siempre llevaba alguna bolsa: un saco de patatas, una caja de la farmacia, otra con comida para gatos. Saludaba con un gesto, nunca paraba, no se sentaba. Por eso la tacharon de “rara”, como se apunta en la libreta lo que no se quiere examinar. Valentina Serrano sabía que hablaban de ella. No porque nadie se lo dijera, sino porque en el barrio hasta el silencio murmura. Las frases llegaban por retazos desde ventanas abiertas: “no se relaciona”, “va a lo suyo”, “mira siempre de reojo”. En el chat de la comunidad, donde se comentaba el portero o las goteras, salía su nombre cada vez que desaparecía un felpudo o aparecían cajas en el portal. Nadie la acusaba, pero nadie la defendía. Ella leía los mensajes en silencio, y nunca contestaba. No por orgullo, sino por cautela. Aprendió hace mucho: toda palabra dicha en alto se hace ajena. Vivía sola en un piso en el tercer piso. Las ventanas al patio, y por las noches, cuando apagaba la luz, el patio se reflejaba en los cristales: la farola, los columpios, siluetas de gente. Le gustaba el silencio de casa. En ese silencio se oían los clics del interruptor del portal, cómo su vecino de arriba arrastraba una silla, el portazo que venía de abajo. Esos ruidos la anclaban al presente, como una cuerda fina. Los vecinos sabían poco de ella. Algunos recordaban que había trabajado en el ambulatorio: “en recepción, o algo así”. Otros, que tuvo marido, “pero se perdió en la bebida”. Otros decían que era “la de los gatos”. En realidad, fue enfermera muchos años; luego, jubilada, hacía de cuidadora para conocidos. No le gustaba recordar a su marido, porque los recuerdos se le quedaban atravesados en la garganta. Lo de los gatos era cierto, aunque no “siempre”: uno apareció, luego otro, ella los cuidaba, alimentaba, encontraba casa si podía. Si no, hacía lo que podía. Salía siempre temprano, antes de que la banqueta se llenara. Cruzaba junto al arenero y miraba si había cristales en el suelo. A veces, junto a los cubos de basura estaba una gata naranja malherida, y Valentina le dejaba en un tapercito algo de pienso. Después lo retiraba, para que no se quejasen. No le gustaba molestar, ni dar pie a enfados por su culpa. Un día de mayo, cuando el patio olía a tierra y pintura fresca de los bordillos, vio cerca del portal a un niño de unos cuatro años, en calcetines, con un coche de juguete en la mano, mirando la puerta como si fuera a abrirse sola. No lloraba, pero tenía los labios temblando. —¿Y tú de quién eres? —preguntó Valentina, en cuclillas. El niño se encogió de hombros. —Mi mamá está ahí —y señaló hacia el patio. Valentina miró alrededor: nadie en el banco, ni en el arenero, puerta cerrada. No se puso nerviosa: el pánico es para cuando tienes relevo. Cogió al niño en brazos. Era ligero, caliente, olía a crema. —Vamos, —le dijo. —Buscamos a mamá. Dieron la vuelta al edificio. En la esquina, una mujer con chándal se afanaba mirando bajo los coches, llamando con voz rota. Al ver a Valentina con el niño, se paró de golpe. —¡Virgen Santa…! —susurró y abrazó al niño tan fuerte que chirrió. —Estaba en el portal. ¿Cerraste la puerta? —dijo Valentina calmada. —Yo… Bajé la basura —la mujer balbuceaba—. Pensé que estaba conmigo, miré un segundo… Valentina asintió. No sermoneó. Vio que le temblaban las manos. —Que la puerta siempre quede cerrada —dijo—. Y el pestillo, cuando estéis arriba. Los niños corren rápido. La mujer la miró como a alguien de fuera, pero de confianza. —Gracias… ¿Cómo se llama usted? —Valentina Serrano. —Se lo contaré al grupo del chat —dijo la mujer, abrazando todavía al niño. —No hace falta —respondió Valentina, y se marchó. No quería que hablaran de su nombre. Porque todo en su patio se convertía muy rápido en etiqueta. Pocos días después, el chat de la comunidad lanzó un mensaje: “Gracias a la vecina del tercero por ayudar con el niño”. Sin nombrarla. Y enseguida alguien remató: “Algo útil haría, digo yo”. Valentina lo leyó y apagó el móvil: no sintió rabia, sino vacío. Sabía que la gente no era cruel, sino propensa a poner barreras con una broma. En otra ocasión, volviendo de la farmacia, vio junto al portal dos a una niña de unos diez años, llorando en silencio. A su lado un gato gris jadeaba, boca entreabierta. La niña lo acariciaba y repetía: “Levántate, venga”. —¿Qué pasa? —preguntó Valentina. —Una coche le ha dado… Lo saqué de debajo de la rueda. Mi madre trabaja, mi abuela no sabe. Valentina se agachó, miró al gato. Respiraba difícil. No era veterinaria, pero intuyó que había que darse prisa. —¿Tienes transportín? —No. —Buscamos una caja. Y una toalla. Fue a su casa, preparó corriendo una caja vieja con una toalla, volvió. La niña la miraba como a una adulta de las que sirven. Cogió al gato y llamó un taxi. El conductor protestó, pero ella explicó: el gato envuelto; no ensuciaría. Cedió. En la clínica, Valentina firmó papeles y dejó su teléfono. La niña llamó a la abuela, dijo que estaban “con la señora Valentina”. Al oír el nombre “la tía Valen”, Valentina sintió una calidez extraña: su nombre se hacía más fácil, más cercano. Atendieron al gato; había que operarlo. La niña apretaba el asa de la mochila. —No tenemos dinero… —empezó. —Eso ya lo arregláis, —dijo Valentina—. Ahora, que viva. Pagó la revisión y la radiografía: no era poco, pero llevaba años reservando “por si acaso”. Ahora era ese caso. Regresaron de noche. En el banco dos mujeres comentaban quién había dejado el carro en el rellano. Miraron a Valentina y la niña. —¿Dónde ibais? —preguntó una. —A la clínica —contestó Valentina. —¿Con el gato? —sorprendidas. —Con el gato. Se miraron entre sí. El recelo se volvió desconcierto. Y poco a poco, en el barrio, detalles que nunca se unían cobraron sentido. A una vecina le desaparecieron pastillas para el corazón y después las encontró junto a la puerta, con nota: “Revisa fecha de caducidad”. A otro se le rompió el pomo del portal y apareció apañado, solución antes que la administración. Una anciana del primero tenía de repente una bolsa de la compra, y no bajaba nunca. “Será de servicios sociales”, decían, o “Serán los hijos”. Nadie pensaba que fuese Valentina, porque su idea de la ayuda era otra: la ayuda debía ser ruidosa. En el cuarto portal vivía Pedro Nicolás, unos cuarenta y cinco, robusto, voz de sargento. Trabajaba en un almacén, llegaba tarde, se fumaba un piti en el portal. Hablaba de Valentina con sorna: “Otra vez la del tercero, parece un fantasma”. En el chat, podía soltar: “Cuidad vuestros gatos, luego tendremos pulgas”. No era malo: solo necesitaba sentir el control que a ella parecía no importarle. A mediados de junio pasó algo que aún se recuerda. Calor bochornoso, asfalto ardiendo. Los niños jugando, música de coche. Valentina volvía del mercado cuando oyó gritos. —¡Ayudad! —vociferaban. Corrió. En el portal cuarto, Pedro Nicolás encanecido, labios prietos, apenas respiraba. Su mujer, teléfono en mano, fuera de sí. —No… no puede respirar —le dijo al verla—. Llamé a la ambulancia, pero… Valentina dejó las bolsas, se agachó. Pedro temblaba: quería hablar, no podía. —¿Han venido ya? —Dicen que están en camino. Valentina le puso la mano en el hombro. —Mírame —ordenó—. Respira conmigo. Suave. Nariz, boca. Él lo intentó, pero jadeaba. —¿Te duele el pecho? Asintió. Valentina miró a la mujer. —¿Teníais nitroglicerina? ¿O en el primero, con doña Carmen? Decidle que es urgente. Si hay agua, traedla templada. La mujer echó a correr. Valentina marcó de nuevo a urgencias, explicó deprisa, con precisión: dirección, síntomas, dolor. El tono eficaz surte efecto; la operadora toma nota y afirma que la ambulancia ya está cerca. A su alrededor, vecinos empezaron a congregarse. Niños en silencio. Valentina sentía todas las miradas, no se distrajo. —No te tumbes, —le dijo a Pedro—. Mejor sentado, apóyate. Aquí. Le puso de respaldo la bolsa. Pedro la miraba, sin burla ni enfado: solo miedo. La mujer volvió, jadeante, con agua y el blíster de pastillas. Valentina comprobó la caja, le puso una bajo la lengua. Mientras esperaban, alguien murmuró: —¿No fue ella quien devolvió al niño el otro día? —Y la del gato herido —contestaron. —A mí me trajo medicamentos en enero —dijo la anciana del primero—. Ni las gracias le di. Las frases tejían por fin los puntos sueltos. Valentina las oía de fondo, sentía en su interior una vergüenza callada. No quería ser protagonista de nada, ni para bien. Llegó la ambulancia: el sanitario la miró. —¿Es usted sanitaria? —Lo fui. —Gracias por no perder la calma. Pedro se fue con ellos. Su mujer le siguió. El barrio quedó en silencio. Valentina levantó sus bolsas. Le temblaban las manos, y le enfurecía ese temblor; no por miedo, sino por tensión contenida. —Valentina —llamó la del banco, la que siempre hablaba de carros y trastos—. Espere, por favor. Valentina paró. —Perdónanos —dijo la mujer—. Aquí se habla de todo. —Se habla —confirmó alguien, y en la palabra había más vergüenza que disculpa. Sintió ganas de responder “Ya está bien”, pero supo que eso sería facilitarles las cosas a los otros. —Os he oído —contestó bajito—. No necesito que me queráis. Solo que no os dejéis solos entre vosotros. Lo dijo y hasta se sorprendió de oírlo. No era la intención confesarse así. Pero el día exprimía todo lo guardado. Al día siguiente, en el chat, una petición: “Pedro Nicolás ingresado, su mujer necesita ayuda con los niños por la tarde”. Y enseguida respuestas: quien ofrece comida, quien recoge niños, quien envía cosas al hospital. Valentina lo leía: no se metía, pero anotaba el cambio de tono en la gente. Ya no solo hablaban de la puerta del portal. Dos días después, llamaron a su puerta. Era la niña del gato, con una bolsa. —Esto es para usted —dijo—. Mi abuela dice que hay que devolver: es dinero por el gato. Y además… el gato vive. Lo han operado, ya está en casa. Valentina cogió la bolsa sin mirar. —Gracias. —¿Podríamos…? —la niña dudó—. ¿Podemos acudir a usted a veces… si pasa algo? Valentina pensó en responder: “Llama al médico”. Pero vio que en la niña no era petición de héroe, sino de tener cerca a alguien que no rechazara. —Acude, —dijo—. Pero solo si hace falta. La niña asintió y salió corriendo. Valentina cerró la puerta y apoyó la espalda. Olía a pintura, alguien había remozado la barandilla. Pensó que quizás lo hizo un vecino. Antes no lo habría percibido. A fin de semana, los vecinos propusieron un día de limpieza en el patio. No porque lo mandase la comunidad, sino “porque tocaba”. Quedada a las diez, guantes, bolsas; después, té entre todos. Valentina lo leyó y dudó en ir. Le molestaban esas reuniones; demasiado hablar y demasiadas miradas. Pero el sábado salió. Guantes viejos, bolsa de basura. Allí estaba la gente: con rastrillos, palas, los niños como “obreros” improvisados. Hasta sacaron mesa plegable. Pedro aún estaba en el hospital, pero su mujer salió un minuto, dio las gracias y se puso a limpiar, como si la tarea aliviara el pensar. Se acercó a Valentina. —No sé cómo agradecerle —dijo. Valentina miró la escoba en sus manos. —No agradezca, —dijo—. Solo, cuando esté de vuelta, no finjan que no pasó nada. Vigiladlo, que tome sus medicinas. La mujer asintió: un acuerdo sin palabras. Durante la limpieza, Valentina callaba. Recogía basura, destapaba tapones, plásticos entre los arbustos. Al principio, sentía las miradas de soslayo; después, dejaron de fijarse. Sentía cómo el ambiente se aflojaba, como si el patio aprendiese a compartir espacio sin ese muro invisible. Al terminar, abrieron termos de té, galletas, limón, empanadas caseras. Valentina quería irse, pero la llamaron. —Valentina, venga, —invitó la anciana del primero—. Siéntese un minuto. Se sentó en el borde del banco. Las tablas calientes al sol. Le pasaron un vaso de té. Lo sostuvo, sintiendo el calor en los dedos. Las conversaciones giraban a lo de siempre: veraneo, nietos, la luz y el gas. Pero había algo distinto: la gente se escuchaba más; no interrumpían, no se burlaban de la desgracia ajena. Valentina miraba el patio: los niños tranquilos en el arenero, los portales de gente que entraba y salía, la mesa del té. Aún se sentía un poco fuera, de esas personas que siempre aguardan junto a la pared. Pero ahora esa pared ya no era fría, solo familiar. Bebió un sorbo de té. Alguien cerca dijo: —Ahora sí sabemos a qué puerta llamar. Valentina no contestó: solo apretó un momento el vaso, para que no le temblaran las manos, y miró a sus vecinos. Ya no la miraban como “la extraña”. La miraban como una más. Y eso no era felicidad, sino un respaldo, una compañía discreta y sin palabras.
Te imaginas, en nuestro patio de vecinos de Madrid, todo estaba siempre a la vista: el banco junto al
Educación financiera y salud
07
Un año más juntos… Últimamente, Arcadio Ibáñez no salía solo a la calle. No lo hacía desde aquel día en que fue a la consulta médica, olvidó dónde vivía y hasta su nombre. Caminó hacia otra dirección por su barrio, dando vueltas y vueltas, hasta que una fábrica de relojes le pareció extrañamente familiar. Luego supo que era la fábrica en la que trabajó casi cincuenta años. Contemplando el edificio, sentía que lo conocía bien, pero no recordaba por qué, ni quién era él mismo, hasta que una mano le tocó el hombro por detrás: —¡Ibáñez! Tío Arcadio, ¿has venido a saludarnos? Hace poco hablábamos de ti, del gran maestro y mentor que fuiste. ¿No me reconoces? ¡Soy Jorge Álvarez, el mismo al que ayudaste a ser persona! En la cabeza de Arcadio algo pareció hacer clic y todos sus recuerdos volvieron de golpe, gracias a Dios… Jorge le abrazó emocionado: —¿Me reconoces ahora? Me afeité el bigote, por eso estoy distinto. ¿Por qué no pasas, los chicos estarían felices de verte? —Será en otra ocasión, Jorge, estoy cansado —confesó Arcadio. —Tengo el coche aquí, te llevo a casa, recuerdo tu dirección —respondió alegremente Jorge. Lo llevó hasta su portal, y desde entonces, Natalia León, su esposa, no volvió a dejarle salir solo, aunque su memoria mejoró. Iban juntos al parque, a la consulta y a la tienda. Pero un día Arcadio cayó enfermo, fiebre y tos fuerte. Su esposa salió sola a la farmacia y al supermercado, aunque tampoco se encontraba del todo bien. Adquirió medicinas y víveres; no era mucho, pero sentía una debilidad extraña y le faltaba el aire. El bolso con la compra se le antojaba pesadísimo. Paró a recuperar el aliento y siguió adelante. Avanzó unos pasos más, dejó la bolsa sobre la nieve recién caída y luego, suavemente, se desplomó en el camino a casa. Su último pensamiento fue: “¿Para qué compré tanto?, ¡ya no tengo cabeza!” Afortunadamente, los vecinos salieron del portal, vieron a la señora en la nieve, acudieron y pidieron una ambulancia… A Natalia León la llevaron al hospital; los vecinos recogieron la bolsa y llamaron a su puerta: —Su marido Arcadio debe estar en casa, no se le ve hace días, quizás está enfermo —sugirió María Nieves, la vecina—. Dormirá, Natalia decía que no se encontraba bien el pobre. La vejez no es alegría… luego volveré. Arcadio escuchó el timbre, pero la tos y la fiebre le impedían moverse, casi cae al levantarse… Cayó en un sueño extraño, como de vigilia. ¿Y dónde estaba Natalia, por qué tardaba tanto? Durmió mucho rato, hasta que oyó pasos suaves. Y entonces entró su esposa, Natalia, ¡qué alivio! —Arcadio, dame la mano, agárrate, levántate —le dijo. Él se levantó, sosteniéndose en aquella mano fría y débil. —Abre la puerta ahora, rápido —le susurró Natalia. —¿Para qué? —preguntó, abriendo, y entraron la vecina María Nieves y Jorge, su joven compañero: —Ibáñez, ¿por qué no abres? ¡Llamábamos y aporreábamos! —¿Y Natalia? Si estaba aquí conmigo… —preguntó confuso Arcadio. —Pero si está ingresada en la UCI —dijo extrañada María Nieves. —Creo que delira… —supuso Jorge, justo para sujetar al anciano que se desmayaba. Llamaron la ambulancia: era un desmayo por la fiebre… Dos semanas después, dieron el alta a Natalia León. Jorge la llevó en coche a casa; él y la vecina habían ayudado a Arcadio, que también mejoró. Lo importante: siguen juntos. Cuando por fin quedaron solos, apenas podían contener las lágrimas. —Menos mal que todavía queda buena gente, Arcadio. María Nieves es una mujer noble, ¿recuerdas cuando sus niños venían tras clase? Les dábamos de comer, les ayudábamos con la tarea, luego ella los recogía —dijo Natalia. —No todos lo agradecen, pero ella no ha endurecido el corazón, eso reconforta —admitió Arcadio. —Y Jorge, aquel muchacho joven al que ayudé… Los jóvenes se olvidan rápido de los mayores, pero mira, él no me ha abandonado. —En unos días es Nochevieja, Arcadio, qué alegría seguir juntos —dijo abrazada a él Natalia. —Dime, Natalia, ¿cómo viniste a mí desde el hospital para que abriera la puerta a quienes me salvaron? Sin ti, hubiera muerto aquí… —se atrevió Arcadio a preguntar. Temía que ella pensase que deliraba; pero Natalia le miró sorprendida: —¿Entonces fue verdad? En el hospital dijeron que tuve una muerte clínica, y yo, como en un sueño, vine hasta ti, recuerdo verme en la UCI y luego ir hacia ti… —Qué misterios nos trae la vejez. Te amo igual que siempre, más aún quizás —Arcadio tomó sus manos y permanecieron, silenciosos, mirándose, temiendo ser separados otra vez… La víspera de Año Nuevo llegó Jorge, llevando dulces caseros de su esposa. Luego la vecina apareció, tomaron té, comieron dulces, se sentían cálidos y reconfortados. El Año Nuevo lo recibieron juntos Natalia León y Arcadio Ibáñez. —¿Sabes? He pensado que si celebramos este Año Nuevo juntos, será nuestro año. Y viviremos un año más —le dijo Natalia a Arcadio. Y los dos se rieron alegres por ese pensamiento. Un año más juntos, toda una vida; eso es verdadero felicidad.
Un año más juntos Hace tiempo que Arcadio Fernández no salía solo a la calle. No lo hacía desde aquella
Educación financiera y salud
01.2k.
¿Me estás echando? ¿De mi propia casa? — No me lo esperaba, marido — Haz las maletas, Eugenio. Y vete. Él se quedó petrificado. — ¿Me estás echando? ¿De mi propia casa? — El piso está hipotecado. Lo pago yo. Tú, en los últimos seis meses, no has puesto ni un euro. — ¡Pero antes sí pagaba! — Eugenio, vete. Hablo en serio. No quiero seguir viviendo así.
¿Me estás echando? ¿De mi propia casa? no se lo esperaba mi marido. Haz la maleta, Eugenio.
Educación financiera y salud
011
Al filo del mundo: La historia de Rita y su decisión de vivir en un pueblo castellano, entre la nieve, los desafíos, su rechazo a la boda con Goyo, la lucha por enseñar en una escuela rural, el vínculo con sus alumnos singulares y el encuentro con Vladimir y su hija, mientras la Navidad se acerca y la vida le obliga a elegir entre el amor auténtico y la seguridad de lo conocido.
Al borde del mundo. La nieve se había metido en mis zapatos, quemando mi piel. Me pregunté si tenía sentido
Educación financiera y salud
0214
Más vale no llevarle la contraria a la mujer La suegra bramó por teléfono: — Si no puedes manejar a tu marido, ¡pide el divorcio! Por fin se cumplirá mi sueño. Me libraré de ti… Vera casi rompe a llorar: — ¡Tamara Palomares, ¿pero qué clase de persona es usted?! Nuestra familia se está desmoronando, intento salvar a mi marido, sacarle de este pozo… ¿Y usted, en vez de ayudarme, me aconseja divorciarme? Vera llevaba siete años sin hablar con su suegra. Y no lo echaba de menos—vivir sin la madre de su marido era mucho más fácil. Aunque Tamara Palomares opinaba muy diferente. Siguió, implacable, atosigando a su nuera con llamadas y mensajes. Como hoy, que ya había llamado por cuarta vez en una hora. El marido, por supuesto, lo percibió. — Será por la finca—murmuró Mateo—empieza la temporada. Otra vez esas tres mil metros—seguro que necesita ayuda… — Son tus tres mil metros—corrigió Vera—O de ella. Pero míos seguro que no. Así que no tengo obligación de ayudar a nadie allí. ¿Queda claro? Mateo no contestó. Por un lado, tenía razón. Pero por otro… Su madre, Tamara Palomares, una mujer enérgica y ruidosa, era la dueña de un terreno que más bien parecía un minifundio feudal. Y lo mandaba igual: con mano de hierro. Para ella la palabra “por favor” no existía; sólo daba órdenes: “trae”, “llévame”, “ara”, “recoge”. Nada de “si puedes” o “cuando tengas tiempo”. Hijos y nietos sólo eran mano de obra gratuita. Vera recordaba el día en que se cruzó la raya definitiva. Fue hace unos siete años. Era otoño, y ella y Mateo, por entonces ingenuos y obedientes, se dejaron la vida trasladando, literalmente, toneladas de patatas. No podían ni enderezar la espalda—la columna ya parecía desmigajada en las botas de goma, que por cierto le quedaban enormes a Vera. Mateo, tras terminar, bajó al sótano de su madre. —Mamá, ya nos vamos. ¿Nos llenas un saco de patatas? El invierno era largo y tenían niños—ahorrar siempre venía bien. Tamara Palomares entornó los ojos. Siempre vendía sus verduras en el mercado, y cada tomate era, ante todo, un ingreso. —Ay hijo—se encogió de hombros—Ya están todas encargadas. Este verano cerré trato con los mayoristas. —¿Toda?—se desconcertó Mateo—¿Ni un saco para nosotros? Si las plantamos y recogimos nosotros. —Yo os ofrecí una malla hace tres años y la rechazasteis. Así que no la queríais—zanjó. Mi pensión es una miseria, y cada céntimo cuenta. ¿Quieres patatas? Cómpamelas. Te hago precio de familia—con descuento. ¡Pero gratis, no! Mateo no replicó. Cogió de la mano a Vera y la sacó al coche. De camino a casa le dijo: —No volvemos a pedirle nada. Y ni loco vuelvo a plantar tanto. Desde entonces, las tres mil metros se redujeron para ellos a un par de huertas “por entretenimiento”. La suegra perdió a sus esclavos gratuitos. La patata la compraban en el súper—por principios. No iban a rogar por lo que era suyo. Pero el “asunto huerta” se zanjó; el carácter podrido de Tamara Palomares, no. Que su nuera la ignorase, no lo asumía ni entendía. El teléfono volvió a sonar. Vera dejó el cuchillo y miró a su marido. —¿Vas a ir? —Tengo que, Vera. Se ha torcido la valla. —A los niños no los llevas—cortó Vera. —Ni aunque quisiera, no quieren ir. Los nietos le temían. Para ellos no era la abuela buena, de rosquillas: era la mandona, siempre gruñona, capaz de soltarles un tortazo sin motivo. Tampoco soportaban cómo insultaba a su madre. —Vuestra madre no me respeta, os pone contra mí—vociferaba la “cariñosa abuela”—.¡Mírala, reina! No quiere ni trabajar en la finca. Decidle a vuestra madre que es una desagradecida. Siempre volvían desquiciados, y Vera zanjó el tema. —Bueno—Matías dio un golpecito en la mesa—. Voy y vuelvo rápido. Se fue, y Vera, tras cocinar, se sentó a descansar. El recuerdo trajo otra escena, la que le hizo ver que su suegra no era sólo “complicada”, sino enemiga. *** Hace tres años, Mateo “se perdió” de repente. Al principio, sólo un par de horas de ordenador tras el trabajo, para relajarse. “Tanquecitos”, ejércitos, batallitas online. A Vera no le preocupó—¡que juegue! Así desconecta él. Pero las “horitas” se extendían hasta bien de noche. Volvía del trabajo, cenaba a toda prisa y se soltaba en el sillón. Ojos vidriosos, decía que sí a todo y no veía ni hijos ni mujer. Los fines de semana, se pasaba la vida ante la pantalla. Vera estaba desesperada. ¿Qué hacer? ¿Cómo salvarle? Habló con él mil veces, en vano. —Mateo, tenemos que hablar—le rogaba Vera—¡mírame al menos! —Déjame, estoy liado. Es batalla de clanes. —¡La única batalla que importa es nuestra familia! Viendo que no funcionaba, Vera pasó a la acción: escondía cargadores, se llevó el portátil a casa de sus padres, vendió el fijo casi regalado. No funcionó—su marido le gritó y en el mismo día se compró uno nuevo. Era una adicción, de las graves. El hombre al que amaba estaba dejando de ser él—hasta el trabajo peligraba ya. Vera, desesperada, llamó a la suegra. Pensó: ¡es su madre, la querrá aunque sea como es! Seguro que le ayuda, le abre los ojos, le dice unas cuantas verdades… Marcó el número, tragando lágrimas. —Tamara Palomares, necesito ayuda. Mateo ha desconectado de la vida. Estos juegos… No ve que se destruye la familia. Hable con él, de madre a hijo, de adulta a adulto. No me oye. ¡La familia se hunde! Al otro lado, silencio. Vera esperaba apoyo, promesas de intervenir. Pero Tamara contestó tranquila, casi con una satisfacción fría: —No puedes seguir—divorciaos. —¿Cómo?—Vera no daba crédito. —Lo que oyes. No le amargues. Que recoja y se venga conmigo. Aquí le busco faena. Tengo huerta, el tejado se cae. Aquí me hace más falta que a ti. Y que descanse de tus histerias. A Vera se le cayó el mundo. En esa respuesta estaba todo: celos, deseo de recuperar “su propiedad”. Recordó entonces el cumpleaños de Tamara, años antes. Mesa llena, invitados, hasta los padres de Vera. Tamara Palomares, roja tras varios chupitos de licor casero, soltó en voz alta, mirando fijo a los padres de Vera: —Yo sigo esperando a que vuelva. Mi casa es grande, y siempre tendrá sitio aquí. Las mujeres vienen y se van. Madres sólo hay una. Ya lo verán—volverá. Los padres de Vera se quedaron cortados por tal grosería. Y Vera pensó: lo que el borracho dice, el sobrio lo calla. *** La ayuda llegó de donde menos esperaba. El exmarido de su hermana, Pablo, también se perdió en el alcohol, perdió su piso, su trabajo, su mujer. La hermana de Vera se lo llevó todo y no volvió. Eso fue el golpe que Pablo necesitaba. Lo dejó. Se hizo otro hombre—duro, parco, pero recto. Intentó recuperar a su familia, pero era tarde. —Lo roto no se arregla—dijo su hermana. Pablo vivía con culpa, pero no volvió a beber. Vera buscó su número y llamó. —Pablo, soy Vera. Necesito tu ayuda. Pablo llegó en una hora. Cruzó la cocina donde Mateo mascaba un bocadillo, pegado al móvil. —Saludos, jugón—soltó Pablo, sentándose. Mateo se sobresaltó. —¿Tú aquí? —Vengo a ver a quién tira su vida al váter. Yo bebía; tú te metes en tus guerritas. En el fondo, es lo mismo. La charla fue larga. Vera escuchaba en la otra habitación. Primero Mateo replicaba, gritaba que trabajaba y tenía derecho a descansar. Pablo no le gritó ni una vez—hablaba sin inmutarse. —¿Crees que lo controlas? Yo también pensaba eso. Era sólo una copa. Y un día llegué y no había nadie. La cuna se fue. Un silencio… un eco frío. Y nada remedia ese vacío. Vera te dejará, Mateo. Es paciente, pero no de hierro. Se llevará a los niños y se irá. Y tú te quedarás con tu portátil en la finca de mamá. ¿Eso quieres? Mateo murmuraba ya bajo. —Daría todo por volver al día en que mi mujer hacía las maletas—continuó Pablo—por pararla, rogarle perdón. Pero tarde. Tú aún tienes opción… Cuando Pablo se fue, Mateo se quedó a oscuras largo rato. Después entró en el dormitorio. Vera fingía dormir, de cara a la pared. Se tumbó y la abrazó. —Perdona—susurró—lo he borrado todo. Vero, ya lo entiendo. Tú y los niños sois todo. Cumplió—el portátil, sólo para el trabajo. Las primeras semanas lo pasó fatal—irritable, inquieto—pero Vera le mantuvo ocupado: recados, paseos, charlas. Juntos salieron adelante. *** Mateo regresó casi de noche. —¿Y qué tal?—preguntó Vera, poniendo la mesa—¿Qué arreglaste? —La valla, la puerta del cobertizo y el porche. —¿Y tu madre? —Como siempre. Preguntó por los niños. —¿Y qué dijiste? —Que tenían extraescolares. No le conté la verdad. —Error. —Vero, es una señora mayor, enferma… —No, Mateo, es podrida—le cortó Vera—Sabes lo que dice de mí y de nosotros. Que soy mala madre, que no os quiero, que no respeto a tu padre. ¿Para qué esa porquería a los niños? —Vero, es su abuela—replicó Mateo, molesto—y tiene derecho a ver a sus nietos. Les prometí que el finde los llevo. —No. Si quieres ve tú. ¡Pero los niños no! Nadie me pone condiciones. Mateo se calló al instante—sabía bien el carácter de su esposa. Si dijo que se divorcia, lo haría. Que lo entienda tu madre: a los niños no los llevará. Más vale no llevarle la contraria a la mujer.
Mejor no llevarle la contraria a una mujer Mi suegra gruñó por teléfono: Si no sabes controlar a tu marido