El director quiso ayudar en secreto a la limpiadora con dinero, pero al abrir su bolso descubrió algo inesperado: un antiguo crucifijo vinculado a una tragedia de su pasado.
El jefe quiso ayudar a la limpiadora con dinero, pero en su bolso halló algo inesperado.En un majestuoso
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León nunca quiso creer que Ira era su hija. Su esposa, Vera, trabajaba en una tienda y se rumoreaba que solía encerrarse en el almacén con hombres desconocidos, por eso León desconfiaba y rechazaba a la pequeña Ira. Sólo el abuelo Matías la adoraba y le dejó la casa en herencia Sólo el abuelo quería a Irina De niña, Irina enfermaba a menudo, era frágil y muy menuda. “Ni en mi familia ni en la tuya hay alguien tan pequeño”, decía León. “Esa niña es más baja que un taburete”. Con el tiempo, la falta de cariño de su padre contagió a su madre. Quien realmente amaba a Irina era su abuelo, Matías. Vivía al borde del pueblo, junto al bosque. Matías fue guardabosques toda su vida, y hasta jubilado, no dejaba de ir al bosque: recogía bayas, hierbas medicinales y en invierno alimentaba a los animales. Decían que Matías era algo excéntrico, incluso le temían; a veces predecía cosas y se cumplían. Sin embargo, venían a él por hierbas y remedios. Matías perdió a su esposa hace mucho; su consuelo era el bosque y su nieta. Cuando Irina empezó el colegio, vivía más con su abuelo que en casa. Matías le enseñaba sobre plantas y raíces, Irina aprendía con facilidad. Siempre que le preguntaban qué quería ser, respondía: “Quiero curar a la gente”. Su madre, en cambio, decía que no tenía dinero para su educación. El abuelo la consolaba: “Yo no soy pobre, te ayudaré; si hace falta, se vende la vaca”. Le dejó la casa y auguró que sería feliz Vera pocas veces visitaba a su padre, pero apareció cuando su hijo perdió una fortuna jugando a las cartas en Madrid. Golpearon gravemente a Andrés y le exigieron que consiguiera dinero como fuera. “Así que sólo pisas mi puerta cuando te aprieta la necesidad”, le reprochó Matías. “Años sin venir, y ahora pides ayuda. No voy a pagar las deudas de Andrés. Yo tengo que ayudar a mi nieta”. Vera se enfureció: “No quiero veros a ninguno, ya no tengo padre ni hija”, gritó y se marchó. Cuando Irina ingresó en la facultad de medicina, sus padres no le dieron ni un céntimo. Solo Matías la ayudó. También le servía la beca que conseguía por sus buenas notas. Antes de que terminase la carrera, Matías enfermó. Presintiendo su final, le dijo a Irina que le había dejado la casa en herencia. Le aconsejó buscar trabajo en la ciudad, pero no olvidar la casa: “La casa vive mientras sienta el alma humana”. Le pidió que conservara el calor de hogar, encendiendo la chimenea en invierno. “No temas quedarte sola aquí, tu destino te encontrará; serás feliz, pequeña”, le profetizó Matías, sabiendo algo. La profecía de Matías se cumplió Matías murió en otoño. Irina trabajaba como enfermera en el hospital comarcal. Los fines de semana los pasaba en la casa del abuelo, encendía la chimenea con la leña que él dejó preparada. El mal tiempo se acercaba y ella no quería permanecer en su alquiler de Madrid, en casa de unos familiares mayores de una compañera de facultad. Llegó al pueblo por la tarde, y esa noche empezó la ventisca. Por la mañana sufría aún el temporal cuando llamaron a la puerta. Era un joven desconocido: “Buenos días, necesitaría una pala para sacar mi coche. Me he quedado atrapado frente a su casa, ¿tiene una?”, preguntó. “Está junto a la escalera, úsela si quiere. ¿Quiere ayuda?”, respondió Irina. Él la miró irónico y dijo: “No hace falta, no vaya a ser que se quede usted también atrapada”. El hombre se las apañaba bien con la pala, arrancó el coche pero enseguida volvió a quedarse atascado. Irina lo invitó a entrar para tomar un té caliente y esperar a que amainara la tormenta y la carretera se despejara. El joven, que se presentó como Esteban, dudó un instante y aceptó seguirla. “¿No le asusta vivir sola al borde del bosque?”, preguntó. Irina explicó que solo venía los fines de semana y que trabajaba en Madrid; dudaba cómo regresar si fallaba el autobús. Esteban ofreció ayudarla, ya que él también debía ir al centro. Irina accedió. Después del trabajo, Irina decidió volver andando y allí, para su sorpresa, encontró a Esteban. “Debe de tener magia ese té de hierbas”, bromeó. “Tenía muchas ganas de volver a verla… ¿me invita otra vez a su té?”. Nunca hubo boda. Irina no quiso. Esteban insistió al principio y luego cedió. Pero sí compartieron un amor profundo. Irina comprobó por fin que no solo en los libros los hombres llevan en brazos a sus esposas. Cuando nació su primer hijo, en la maternidad se sorprendieron de que una mujer tan frágil diera a luz a un niño tan fuerte. Cuando preguntaban por el nombre, Irina decía: “Se llamará Matías, por alguien muy especial”.
Mira, te cuento la historia de Irene, que nunca tuvo una infancia fácil en su pueblo de Segovia.
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La línea hasta el pueblo El autobús no llegó a su hora, sino a su propio ritmo, como siempre. Ella aguardaba junto a la marquesina, abrazando la bolsa con medicinas y calcetines de lana para su tía, mientras observaba al conductor rubricar el parte de viaje, sin mirar a nadie, apoyando el papel en la rodilla. La nieve junto a la acera era gris, pisoteada, mezclada con arena. Soplaba el aire desde los campos, y ella se sorprendió contando de nuevo los pasos hasta casa, como en la infancia: de la parada al cruce, del cruce a la tienda, de la tienda al portal de la tía. Se fue del pueblo hacía ya años, cuando pensaba que la ciudad era más promesa que destino. En la ciudad, todo iba sobre raíles: trabajo en el departamento de compras, informes, correos, fechas límite, la rutina del metro y charlas cortas con el hombre que vivía con ella desde hacía dos años y que cada vez le preguntaba más cuándo dejaría de “vivir a caballo entre dos mundos”. Ahora aquel “otro” mundo se había convertido en el principal. Su tía ya no se valía, y la llamada de la vecina sonó tan cotidiana que le costó segundos entender el mensaje: “Tu tía está muy mal. Sola no puedo con ella”. En casa de la tía hacía calor, olía a leña de la estufa desde por la mañana, había una palangana de patatas en la cocina; sobre la mesa, pastillas en una caja de cartón recortada. La tía yacía en la sala, donde colgaba la alfombra en la pared y bajo la ventana reposaba la vieja silla cubierta de un jersey. Reconoció la voz de su sobrina, pero no abrió los ojos, como si la luz estorbase los pensamientos. — Has venido —dijo la tía, exhalando, como quien acaba una labor. Se sentó en el borde de la cama, tomó la mano de la tía. La piel, seca y fina, pulsaba cálida y extrañamente le infundía esperanza, aunque la médica del centro de salud comarcal ya le advirtió: corazón, vasos, la edad… “Observe cómo evoluciona”. Al día siguiente fue al consultorio de la aldea a por recetas. La puerta estaba abierta, olía a lejía y cansancio. El enfermero —un hombre de unos cincuenta, con manos agrietadas— estaba encorvado sobre el registro y sin mirarla preguntó: — ¿A quién buscas? — A ti. Vengo por mi tía… —dijo el apellido. Él la miró y asintió, como si hubiera esperado justo ese nombre. — Paso esta tarde a verla. Pero, ojo… —calló y jugó con el bolígrafo—. Se comenta que aquí hay optimización. Que el consultorio no es rentable. Me mandan al centro de salud de la cabecera si eso. “Si eso” sonó más a “cuando eso pase”. Ella repasó la mesa, los impresos cuidadosamente apilados, el termómetro en un vaso, el pequeño frigorífico de vacunas. Todo parecía no ya un centro de salud, sino el débil hilo que mantenía al pueblo en el mapa. — ¿Y la gente? —preguntó. — Pues nada, la gente irá al centro. Si hay autobús. Oyó hablar del autobús ese mismo día en la tienda. Dos mujeres discutían quién iría a por pan, “por si acaso vuelven a no traer”. La dependienta, sin dejar de cobrar, comentó: — Se dice que quitan la línea, que apenas hay pasajeros. Han recortado la subvención. Reconoció en sí el viejo fastidio urbanita: ¿cómo pueden hablar así, como si fuera cosa del tiempo? Luego el fastidio se tornó miedo. Sin bus, no podría llevar a su tía a análisis, a consulta ni al hospital. Sin consultorio, ni siquiera medirle la tensión más que la vecina con un aparato que ya falla. Por la noche halló entre papeles viejos una hoja con el sello del Ayuntamiento. Secamente se avisaba de una “próxima reorganización de la atención primaria” y de la “optimización de la red de rutas”. Las fechas eran inminentes, demasiado. Releyó varias veces, como si así fuera a cambiar el texto. La tía, al oír papel, preguntó: — ¿Qué pasa ahí? Entró y se sentó al lado. — Aquí dice que pueden cerrar el consultorio. Y el autobús… La tía miró el techo mucho rato, en silencio. — Lo cerrarán —susurró al fin—. Todo lo cierran ya. ¿Tú qué…? ¿Te crees que puedes parar esto? Aquello le dolió más de lo esperado. No había ido para salvar el pueblo. Había ido para cuidar. Cumplir lo debido y volver a la ciudad, donde todo era claro y su ausencia ya se empezaba a notar. Al tercer día la llamaron del trabajo. La jefa, correcta pero seca, soltó el mismo tono de los mails: — Te esperamos. Ya sabes, tenemos entrega, documentación. Si no estás la semana que viene, tendré que buscar otra solución. Miró desde la ventana al patio, donde un crío arrastraba un trineo vacío sobre la nieve. “Otra solución”, “tendré que”… sonaban igual que “optimización”. — Haré lo posible —musitó—. Pero aquí… — Aquí tienes a la familia, sí —interrumpió la jefa—. Pero el trabajo tampoco es una ONG. Por la noche, el hombre de la ciudad escribió escueto: “¿Cuándo vuelves?” Ella respondió: “No lo sé”. Y notó cómo ese “no lo sé” abría un hueco entre ambos. Al día siguiente acudió al despacho del alcalde. El edificio consistorial tenía en la pared anuncios de la recogida de basuras y el horario de atención. El alcalde —bajo, de pelo cortado a cepillo— le ofreció silla y la miró por encima de las gafas. — Vengo por el consultorio y el autobús —dijo, mostrando la carta—. Fechas y todo. ¿Qué significa esto? Suspiró, hastiado como quien repite el mismo diálogo. — Significa que la Junta cuenta gastos. Ya sabe, mantener esto… El pueblo es pequeño. — Pero la gente vive. Mi tía está encamada. ¿Cómo la llevo al centro? — Está la ambulancia —replicó, encogiéndose apenas de hombros—. Se llama y ya está. — No vienen para poner una inyección o medir la tensión. Y el bus no es solo para el médico. Es trabajo, escuela, compra. La miró más fijo. — ¿Usted es de la ciudad? Cree que si escribe, se arregla todo. Pero aquí hay un sistema. No me opongo a que escriba. Piénselo bien, a ver en qué acaba. A la gente de aquí no le gustan los follones. Salió con la sensación de haber sido ubicada en silencio. Pero sintió también otra cosa: si ahora regresaba a casa y fingía que el problema no era suyo, sería parte del silencio. Empezó una recogida de firmas. Al principio le costaba, pedir el DNI a los vecinos. Escuchaban, asentían, algunos bajaban la mirada. — No me niego, pero no ponga mi apellido —dijo un hombre—. Mi hijo está a jornal en el ayuntamiento. — ¿Y si luego es peor? —se inquietaba una mujer con pañuelo—. Harán lo que quieren, y los perjudicados… nosotros. No era cobardía, pensó, sino la costumbre de vivir sin llamar la atención, porque aquí resaltar significaba quedarse solo. La primera en firmar fue la tendera. Le temblaba el pulso, pero dijo: — Ya no pienso callar. Si quitan el bus, cierro la tienda. ¿Cómo traigo género? El enfermero también firmó, deprisa, como un parte más. — No mencione mi nombre —le pidió—. Me queda carrera. Reunió treinta firmas en dos días. Para el pueblo era mucho, para la comarca, insignificante. Escaneó y mandó los papeles a la administración, al consejero de salud, a la fiscalía. Escribía de noche, en la cocina, mientras la tía respiraba entrecortada tras la puerta. Cada carta no la aliviaba, sino al contrario, hacía la carga más pesada. Como si en vez de liberar un grito, lo atrajese a casa. Una semana después, el correo del ayuntamiento contestó: “Su escrito ha sido revisado. Las medidas de optimización siguen los criterios…”. El texto repetía “accesibilidad”, pero no decía cómo llegaría la tía al médico si suprimían el autobús. En el pueblo empezaron a hablar de ella. La vecina del lecheo dejó de pasar. Por la calle, la gente saludaba, pero no seguía la conversación. Una tarde se presentó un pariente lejano de la tía, hombre serio. Se sentó sin quitarse la gorra. — ¿Qué has liado aquí? —espetó. — No he liado nada. Trato de… — Tratas de ayudar pero a costa nuestra. El alcalde dice que por tus papeles les manda la Junta una inspección. Si a él le dan un rapapolvo, luego vienen a por nosotros. ¿Tú crees que te vas y ya? Pero aquí vivimos nosotros. Sintió una punzada de rabia; respiró hondo. — ¿Y cómo vivís sin bus ni consultorio? — Como siempre. Haciendo dedo, usando coche propio. El que pueda, se va. — No todos pueden —le recordó, mirando la puerta de la tía—. Ni todos tienen por qué marcharse. Él se puso en pie. — Te has vuelto de ciudad. Allí todo es por la justicia. Aquí es distinto. Cuando se fue, la tía la llamó con voz baja. — No te pelees con ellos —le rogó—. Son los nuestros. — Los nuestros no deben aceptar que nos borren —respondió, y notó que hablaba más de sí que de la tía y el pueblo. De años de aceptar decisiones ajenas para evitar líos. El viernes llegó la inspección: dos del área y una mujer de la Junta. Pasaron por el consultorio, revisaron libros, preguntaron al enfermero. Luego convocaron a los vecinos en el salón social. Estaba helador; gente con abrigo sentada en bancos, la alcaldesa precavida con las frases, la funcionaria sonriendo sin sonreír. — Comprendemos su inquietud —dijo—. Pero hay normativas y déficit de personal. El consultorio puede suplirse con una unidad móvil. — ¿Y el autobús? —preguntó alguien. — Es competencia de Transportes —respondió uno del ámbito comarcal—. La ruta da pérdidas. Levantó la mano, la atendieron sin prisa. — Dicen “da pérdidas”, pero, ¿han contado cuánta gente quedará sin médico? ¿Cuántos niños irán sin bus al colegio? ¿La unidad móvil viene cada semana? ¿Y si a alguien le pasa algo de noche? La delegada ladeó la cabeza. — No podemos mantener un consultorio para tres pacientes. — No son tres —respondió, la voz le temblaba—. Es vida. Y ustedes nos piden que aceptemos. Se oyó un murmullo: “Tiene razón”, pero la mayoría callaba. La alcaldesa le echó una mirada como si hubiese roto un acuerdo tácito. — Sin dramatizar, por favor. Queremos una reunión constructiva. Abrió la carpeta. — Tengo firmas. Y respuestas que son humo. Seguiré escribiendo: a la Junta, a Madrid, a quien haga falta. Y a la fiscalía, sobre el derecho a la atención médica. Sintió a alguien murmurar: “¿No se pasa?”, y comprendió el precio: ya no podía echarse atrás y fingir que nada pasó. Incluso si se iba, el pueblo la recordaría como la que alzó la voz. Tras la reunión, la alcaldesa se le acercó a la puerta, casi a oscuras. — ¿Te crees heroína? —susurró. — Creo que tú también vives aquí —le devolvió—. Y también necesitas el autobús. La alcaldesa sonrió amargamente. — Yo necesito dinero. Y que no me larguen del cargo por escándalos. ¿Quieres que me enfrente yo y luego te marches? Fue el golpe certero. Ella sí podía irse; tenía piso, trabajo, costumbres. Allí sólo estaba la tía y una memoria. Ahora, además, la responsabilidad, sin haberla buscado. Esa noche la tía empeoró. Le faltaba el aire, los labios azulados. Llamó a la ambulancia; el operador dijo que estaba al otro extremo de la comarca, que a esperar. Se sentó junto a la tía, escuchó su respiración forzada. — No merece… la pena armar jaleo por mí —susurró la tía, al notar que el aire volvía. — No es sólo por ti —contestó ella—. Es por nosotros. La ambulancia llegó pasadas las doce. El médico era joven, exhausto. Tras la inyección, dijo que hospitalizarla no ayudaría, pero había que vigilarla. Cuando se fueron, en la casa reinó un silencio tan hondo como el vacío. Al alba, la jefa le escribió: “Si no te reincorporas el lunes, cubriremos la plaza”. Era cortés, pero era una amenaza, sólo más pulida. Volvió a la parada para dejar una bolsa al chófer para una amiga. Esperó mirando la carretera, repasando mentalmente dos listas: qué pasa si me voy, qué pasa si me quedo. En ambas, había pérdidas. Por fin el bus llegó. Iban pocos pasajeros. El conductor, cogiendo la bolsa, comentó: — Dicen que este es mi último mes. Luego, se acabó. — ¿Y usted… qué hará? —preguntó ella. Él encogió los hombros. — Lo de siempre, buscarme la vida. Y tú, ¿sigues peleando? — Porque, si no, desaparecemos —respondió. Le sorprendió lo simple que sonó. Ese día venció su miedo: grabó un vídeo junto al consultorio. Sin gritar, sin consignas: enseñó el edificio, habló de su tía, del autobús, de las firmas. Pidió apoyo a quienes se fueron del pueblo. Mandó el vídeo a una periodista de la capital que conocía de pasada. La periodista tardó en contestar. Finalmente, escribió: “Puedo hacer una pieza. Pero espera bronca institucional. ¿Estás segura?” En la cocina, oyendo a su tía toser en el fondo, sintió que segura no estaba, pero ya no podía cruzar atrás la línea. — Adelante —tecleó. Al día siguiente, dejaron de sonreírle abiertamente en el pueblo. La tendera se le acercó: — El alcalde anda diciendo que por tu culpa nos recortan fondos. Yo no me creo nada, pero la gente… El enfermero la llamó esa noche. — ¿Ves que ya seguro que me echan ahora? —le dijo. Había fatiga en su voz, no enfado. — No quiero que te echen —dijo ella—. Sólo quiero que el consultorio siga. — No basta con querer. Pero bueno, pasaré a ver a tu tía. Días después llegó una carta: “El asunto está bajo seguimiento”. Era vago, sí, pero no lo de siempre. El alcalde escogía ahora las palabras con más cautela. En la tienda, una mujer levantó la voz: “Si hay que firmar otra vez, se firma”. A la vez, la ciudad traía consecuencias: la jefa la llamó para decirle que ya había reemplazo y, si no volvía, era “por acuerdo”. Notó en la voz cierta piedad, pero no cambiaba el fondo. Por la tarde, el hombre de la ciudad apareció sin aviso. Entró, colgó el abrigo, la miró largo rato. — ¿Te das cuenta? ¿Vas a perder tu trabajo por un autobús? — Estoy dispuesta, si es la única forma de que mi tía y otros no se queden sin ayuda —respondió. — ¿Y nosotros? —inquirió él—. Teníamos una vida. Sintió un nudo, no sorprendida, pero sí herida. No era elegir entre él y el pueblo, pero la elección estaba allí, abierta como una carpeta. — No te pido que te quedes —le dijo—. Sólo que entiendas. Silencio largo. — Yo no sé vivir así. Luchando siempre. Ella asintió. Dolía, sí. Pero ya no era nuevo. Se marchó por la mañana, dejando en la mesa las llaves de su piso. Ella las guardó junto a los papeles, como otro trozo de su nueva realidad. Una semana después, el horario del bus apareció de nuevo en la parada. Ahora decía “provisional”. El consultorio resistía, aunque el enfermero seguía con el traslado sobre la mesa. El pueblo seguía igual, salvo que en las conversaciones había una tensión nueva; como si ya no sólo fuese cuestión de esperar. De pie junto al consultorio, la funcionaria de la Junta la miró esta vez sin sonreír. — ¿Ya estás contenta? — No sé si aquí alguien puede estar contento —replicó—. Sólo quiero que quede algo. La mujer la evaluó. — Tienes energía. Pero los recursos son limitados. Hay que elegir. — Yo ya he elegido —dijo—. Sólo que no igual que usted. Por la noche, comprobó a su tía, colocó el edredón, recogió nuevas hojas de firmas y una ristra de respuestas institucionales. Abrió el calendario: el lunes de la ciudad ya había pasado sin ella. Al día siguiente acudió otra vez a la parada. El bus tardaba. La gente callaba, bolsas de la compra o medicinas en la mano. Observó la carretera y sintió algo nuevo: ya no esperaba que viniese otro a resolverlo. Esperaba el autobús como parte de la tarea que había asumido. Cuando se asomó por la curva, ella se acercó y levantó la mano. Luego la bajó, sacó el boli y una hoja en blanco. A su lado, la mujer del pañuelo, la que temía antes. — ¿Firmarás otra vez? —le preguntó en voz baja. La mujer la miró, miró al bus, la carretera que conecta y separa, y asintió. Cogió el boli y, decidida, estampó su apellido.
Línea hasta el pueblo El autobús no llegó a su hora sino según su propio criterio de tiempo.
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Diez años trabajando como cocinera en casa de mi hijo, ¡sin una pizca de agradecimiento! La historia de una maestra jubilada que, tras retirarse a los 55 años, se mudó durante diez años al hogar familiar de su hijo en España, cuidando al nieto y ocupándose de todas las tareas domésticas, y cómo finalmente recuperó su libertad y alegría de vivir a los 65 años, a pesar de la ingratitud de su familia.
Hoy, al releer este diario, siento que es momento de dejar constancia de estos años intensos que marcaron
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Chat al Límite: Una madre castellanoleonesa en el vórtice del grupo de WhatsApp escolar – cuando las discusiones de padres amenazan con romper la convivencia en el cole, entre propuestas de taquillas, quejas, bandos y el peso de no querer tomar partido
Diario de Lucía González, martes 14 de febrero Hoy he sentido el peso invisible pero real de ese grupo
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No lo esperábamos Nuestro padre, que se llamaba Javier, se marchó a buscar trabajo por España y desapareció cuando yo iba a quinto de primaria y mi hermana a primero; es decir, se esfumó del todo. Antes de eso solía irse durante meses, y nunca se casó con mi madre, era más bien un espíritu libre. Viajaba de aquí para allá por el país, regresaba cuando le apetecía, siempre con dinero y regalos. Mi madre lo aguantaba porque lo amaba con locura. — Javi, vuelve pronto —le suplicaba ella. — Bah, no te pongas dramática. Ya volveré con regalos —respondía él, dándole un beso rápido antes de desaparecer. Mientras no estaba, su hermano, el tío Paco, nos cuidaba. Creo que a Paco le gustaba mi madre —nunca lo dijo, ni le prestó atención especial, pero siempre podíamos contar con él. — ¿Qué tal, Tais? —decía el tío Paco al entrar—. ¿Cómo están los peques? — ¡Bien, tío Paco! —gritaba yo y corría a abrazarle. — Hola, Diego —me apretaba él brevemente. Para mí, mejor que él fuera mi padre. Los fines de semana nos llevaba con mi hermana María de paseo, mientras mi madre descansaba. A veces venía, a veces prefería quedarse pensando en su destino de mujer. Cuando crecí, el tío Paco trajo una espaldera y la montó en el pasillo. Mi padre llevaba más de medio año sin aparecer. Yo ayudé a montar los aparatos mientras María observaba con su sabiduría precoz. — Tío Paco, ¿por qué no te casas? Con esas manos de oro, cualquiera te querría —comentó María, con voz de niña pero con cabeza de mujer, influida por las charlas de mi madre. — No me gusta nadie, María. Si me gusta, me caso. — ¿Y no quieres hijos propios? —preguntó ella con gracia infantil. Paco dejó las herramientas y dijo serio: — Por ahora me bastáis vosotros. ¿Me quieres echar? —bromeó él. — Yo no, tío Paco. Siempre eres bienvenido. De noche pregunté a María: — ¿Por qué le pinchas? Se lo toma mal y deja de venir. — Es que papá trae regalos… Pronto volverá —susurró soñadora. — Qué ridícula eres. ¿Sabes lo que vale todo esto de aquí? — Yo no quiero aparatos, quiero vestidos y muñecas. No soy un mono para tus espalderas. Ese año mi hermana esperó en vano a papá. No vino. Un día el tío Paco se encerró con mi madre, intentaba explicarle algo mientras ella lloraba desconsolada. — Tais, no llores. No os dejaré. Ya lo sabes, él siempre busca lo fácil. Mamá lloró a gritos, luego mucho rato más. Paco siguió viniendo a ayudarnos y pasear. Finalmente se atrevió y habló de sus sentimientos con mi madre; yo escuchaba detrás de la puerta: — Paco, no me necesitas, eres demasiado bueno. Mereces ser feliz. — Ya sé a quién quiero —contestó Paco—. — ¿Y si él vuelve? Paco no respondió. — Yo seguiré esperándolo. Lo amo, Paco. No puedo evitarlo. Si quieres estar con alguien sin corazón… Me alejé, furioso con mi madre por amar a quien no debía. Empezamos una nueva etapa. María era igual a mi padre, siempre donde mejor la trataban. Aunque ella también comprendió que no merecía esperar ni regalos. Paco se esforzaba por la familia. Mi madre tuvo un hijo, Alonso. Paco era feliz sin límite; se casaron y la rutina volvió. Terminé el instituto sin suspensos y entré en la universidad pública. Mi madre brillaba como una lámpara. — ¡Ya tenemos un sabio en casa, ¿eh Paco?! — Nosotros tampoco somos tontos, mujer. — ¡Venga ya! Yo no soy sabio —me sonrojé—. Dame mejor un poco de cava. — Vamos, si ya lo has probado —se reía María, y yo la miraba severo. Alonso trepaba por todos lados, hasta por la mesa. Paco lo sentó en sus rodillas. — Anda, hijo, compórtate. Ya no eres un bebé. Alonso cogió una cuchara, se la puso en la nariz y bizqueó. Todos reímos. — ¿Llaman a la puerta? —preguntó María. Mi madre abrió y retrocedió. En el marco apareció mi padre. Silencio total. Observó la escena: — ¿Qué pasa? Seguid celebrando. Nadie dijo nada. Alonso fue hacia él. Mi padre lo ignoró y mi madre lo cogió en brazos, como escudo. Paco se levantó, inseguro. — ¿Adónde vas? —preguntó mi madre, con voz extraña. — Necesito aire —salió apartando a Paco. Yo me levanté para seguirle, María también. — Hija, te he traído ropa moderna —dijo mi padre. Pero mi hermana ni le miró. Salió detrás de Paco y me susurró: — Yo lo sigo. Tú quédate y escucha. — Pero… — Diego, tú eres mejor espía. Tenía razón. Esperé, pensando que mi madre había logrado lo que quería: que regresara el amor de su vida. ¿Qué pasaría ahora? — Tais, ¿qué? ¿Te has casado con Paco? —preguntó mi padre, sarcástico. Mamá calló. — Bueno, ya está. Yo he vuelto. Se oyó ruido, una bofetada y el llanto de Alonso. — Vete de aquí, Javier… vete lejos. — Tais, ¿qué te pasa? — Digo que te vayas. Nadie te esperaba aquí. — Mientes. Te veo en los ojos. Tus ojos no mienten. — Lo que he dicho, está dicho —zanjó mi madre. Mi padre salió, me vio en el pasillo: — ¿Escuchas, eh? Llegarás lejos. Pero me daba igual lo que pensara. Entré y vi a mi madre consolando a Alonso y repitiendo tareas como César. — Uf, casi nos estropea la fiesta, ¿no? —sonrió de medio lado—. ¿Dónde están todos? Alonso, ya contento, movía la silla. Salí al parque. María y Paco estaban sentados en un banco; ella agarraba su brazo y apoyaba la cabeza, como si temiera perderle. Me acerqué por detrás y al ver su cara, le dije lo que llevaba tiempo guardando: — Anda, papá, deja de estar aquí. Vamos a casa, mamá te llama. A Paco le temblaban las manos. María puso las suyas encima. Le miró y preguntó: — ¿De verdad vienes, papá? Nos fuimos. Total, era nuestra fiesta. Yo había acabado el instituto.
No lo esperábamos Nuestro padre, el padre de Marisol y mío, se marchó a trabajar no sé dónde y se perdió
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En la cuerda floja: Domingo gris en Madrid, una familia cualquiera frente al reto de la herencia genética y el miedo a saber
Diario de un domingo en diciembre Esta mañana la casa estaba inusualmente silenciosa. Era domingo, ya
Educación financiera y salud
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Mamá, ¡me caso! — exclamó Víctor con alegría. — Me alegro… — respondió Sofía, sin entusiasmo. — Pero, mamá, ¿qué te pasa? — preguntó sorprendido Víctor. — Nada… ¿Dónde pensáis vivir? — inquirió su madre, entrecerrando los ojos. — Aquí, contigo. ¿No te importa? — contestó el hijo. — El piso tiene tres habitaciones, cabemos de sobra, ¿no? — ¿Acaso tengo opción? — replicó la madre. — ¿Y alquilar piso? — preguntó el hijo, desanimado. — Entiendo, no me queda elección — dijo Sofía, resignada. — Mamá, ¡con los precios de los alquileres ahora, no llegaríamos ni a fin de mes! — explicó Víctor. — Solo será por un tiempo, trabajaremos y ahorraremos para comprar nuestro propio piso. Así será mucho más rápido. Sofía encogió los hombros. — Ojalá… — admitió ella. — Está bien, podéis instalaros y quedaros el tiempo que necesitéis, pero tengo dos condiciones: los gastos de la casa se reparten entre tres y yo, aquí, no soy la criada. — Vale, mamá, como digas — accedió Víctor enseguida. Los jóvenes celebraron una boda sencilla y empezaron a convivir los tres en el mismo piso: Sofía, Víctor y la nuera, Irene. Desde el primer día, Sofía empezó a tener muchísimas actividades. Los recién casados volvían de trabajar y la madre no estaba en casa, las cazuelas vacías y la casa patas arriba, tal y como se la habían dejado por la mañana, todo seguía igual, desordenado. — Mamá, ¿y tú dónde estabas? — preguntaba Víctor, sorprendido, al llegar por la tarde. — Pues mira, hijo, desde el Centro Cultural me han llamado para unirme al Coro de música tradicional. Ya sabes que tengo buena voz… — ¿De verdad? — se asombró el hijo. — ¡Claro! Se te había olvidado, pero te lo conté hace tiempo. Allí se reúnen jubilados como yo y cantamos juntos. Lo pasé bomba, mañana repito — exclamó Sofía, con chispa. — ¿Y mañana también es el coro? — preguntó él. — No, mañana tenemos tertulia literaria, vamos a leer a Bécquer — dijo Sofía. — Ya sabes cuánto me gusta Bécquer. — ¿Ah, sí? — volvió a sorprenderse el hijo. — ¡Por supuesto! ¡Tienes que estar más atento a tu madre! — le reprochó ella con una sonrisa. La nuera asistía al diálogo sin decir palabra. Desde la boda del hijo, a Sofía le salió una segunda juventud: asistía a talleres para pensionistas, sumó nuevas amigas a las de siempre, que venían en alegre grupo a casa y ocupaban la cocina hasta la madrugada, tomando té con galletas que traían de camino, jugaban al bingo, salían a pasear, o se quedaba pegada a algún culebrón, tan absorta que ni escuchaba a los chicos saludándola al volver del trabajo. A las tareas domésticas, Sofía no se acercaba ni por asomo y la faena quedó en manos de la pareja. Al principio, no protestaban. Luego Irene empezó a fruncir el ceño. Más tarde, los dos comenzaron a cuchichear, y luego Víctor suspiraba bien alto. Sofía no prestó atención a ninguno de estos detalles, y siguió con su ritmo activo para su edad. Un día volvió a casa muy feliz, tarareando “La Zarzamora”, entró en la cocina donde los jóvenes cenaban sopa, con aire abatido, y anunció: — Hijos, ¡podéis felicitarme! He conocido a un hombre estupendo y mañana nos vamos juntos al balneario. ¡Qué buena noticia, ¿a que sí?! — Sí… — respondieron Víctor e Irene a la vez. — ¿Y lo vuestro va en serio? — preguntó Víctor, temiendo que la familia aumentase. — De momento no lo sé, espero aclararme después del viaje — dijo Sofía, se sirvió sopa y la devoró con ganas, luego repitió. Tras el viaje, Sofía volvió decepcionada. Dijo que Alejandro no era de su nivel y terminaron, pero añadió que todavía quedaban muchas cosas por delante. Siguió con los talleres, los paseos y las reuniones. Al final, una tarde, los jóvenes llegaron a la casa desordenada y con la nevera vacía, e Irene, harta, pegó un portazo y protestó: — ¡Sofía! ¿No podría ayudar también con las tareas de casa? ¡Esto es un caos! ¡La nevera vacía! ¿Por qué tenemos que hacerlo todo nosotros? — Pero, ¿qué humor tenéis hoy? — replicó Sofía, sorprendida. — Si vivierais solos, ¿quién se encargaría de la casa? — ¡Pero usted está aquí! — replicó Irene. — Yo aquí no soy Doña Manolita, la sirvienta. Ya he hecho mi parte, bastante he trabajado. Además, se lo dejé claro a Víctor desde el principio: no soy la asistenta. Si él no te avisó, no es culpa mía — insistió Sofía. — Pensé que lo decías de broma — murmuró Víctor, atolondrado. — ¿Queréis vivir tranquilos y además que yo os recoja y os cocine cada día? ¡No! Lo dije y lo mantengo. Y si no os convence, podéis vivir por vuestra cuenta — dijo Sofía, y se retiró a su cuarto. A la mañana siguiente, como si nada, tarareando “Ay, no era de noche, no era de noche, dormía poco de niña…”, se puso una blusa bonita, se pintó los labios de rojo y se fue al Centro Cultural, donde la esperaba el Coro de música tradicional…
¡Mamá, me caso! exclamó Raúl con una chispa alegre en la voz, mientras entraba al salón. Me alegro respondió
Educación financiera y salud
0173
El esposo la echó de casa
¡Traidora! ¡Fuera de aquí! Yo ¡No quiero oír tus mentiras! Ya sé todo sobre ti. Mírame. ¿En quién te
Educación financiera y salud
0199
“Reencuentros, sacrificios y segundas oportunidades: la historia de una abuela, su nieta y un lazo irrompible en medio de adversidades”
Sí. No tengo a dónde llevarla. No tengo con qué mantenernos. Si no te haces cargo, firmaré los papeles