Educación financiera y salud
013
Cuando volví de mi viaje, encontré mis cosas tiradas en el jardín y una nota: “Si quieres quedarte, vive en el sótano”. Soy Zoya, tengo 29 años, y hace dos años mi mundo cambió radicalmente. Vivía en un piso de alquiler en Madrid, trabajaba como desarrolladora informática, tenía un buen sueldo y disfrutaba de la independencia. Entonces, recibí la llamada de mis padres que ninguno quiere recibir jamás.
Cuando regresé de mi viaje, mis cosas estaban esparcidas por el césped junto a una nota que decía: Si
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05
El poder sanador de la casa de campo: cómo un pequeño terreno en el pueblo lo cambió todo
¿Pero tú estás loca? Le dije a Maruja que vendrías tú, ¡me aseguré de que te guardara el mejor trozo!
Educación financiera y salud
04
¿Otra vez con ella? —¿De nuevo vas con ella? Marina hizo la pregunta sabiendo ya la respuesta. Dimitri asintió sin mirarla. Se puso la cazadora, revisó los bolsillos: llaves, móvil, cartera. Todo estaba en orden. Podía irse. Marina aguardaba. Una palabra al menos. Un “perdón” o un “vuelvo pronto”. Pero Dimitri solo abrió la puerta y salió. La cerradura emitió un clic suave, casi delicado. Como si pidiera disculpas por su dueño. Marina se acercó a la ventana. El patio bajo la luz tenue de las farolas le permitió identificar fácilmente la figura conocida. Dimitri caminaba rápido, decidido. Como quien sabe exactamente adónde va. Hacia ella. Hacia Ana. Hacia su hija Sonia, de siete años. Marina apoyó la frente contra el cristal frío. …Ya sabía. Desde el principio sabía lo que aceptaba. Cuando se conocieron, Dimitri aún estaba casado. Formalmente: un sello en el libro de familia, piso compartido, hija. Pero ya no vivía con Ana: alquilaba una habitación, solo iba por la niña. —Me fue infiel —dijo entonces Dimitri—. No he podido perdonar. He pedido el divorcio. Marina le creyó. Dios, qué fácil le resultó creerle. Porque quería creer. Porque se enamoró como a los diecisiete, tonta y desesperada. Citas en cafeterías, largas charlas de teléfono, el primer beso bajo la lluvia, junto al portal. Dimitri la miraba como si fuese la única mujer en el universo. El divorcio. Su boda. Nuevo piso, planes comunes, conversaciones sobre el futuro. Y entonces empezó. Primero, llamadas. “Dimi, trae medicinas para Sonia, está enferma”. “Dimi, se ha roto un grifo, no sé qué hacer”. “Dimi, la niña llora, quiere verte, ven ahora mismo”. Dimitri dejaba todo y se iba. Siempre. Marina intentaba comprender. Los hijos son sagrados. La niña no tiene culpa de la separación. Claro que debe estar cerca, ayudar, participar. A veces Dimitri la escuchaba, trataba de poner límites con la exmujer. Pero Ana cambiaba de táctica. —No vengas el fin de semana. Sonia no quiere verte. —No llames, la alteras. —Me preguntó por qué su papá nos abandonó. No supe qué decir. Y Dimitri se derrumbaba. Siempre. Cuando intentaba negarse ante otra “urgencia”, Ana tocaba la herida. Pronto Sonia repetía palabras de su madre: “No nos quieres. Has escogido a otra. No quiero verte”. Una niña de siete no piensa así por sí sola. Dimitri regresaba destruido, culpable, los ojos apagados. Y volvía a salir disparado al mínimo silbido, solo para no ver a su hija mirarle con ojos ajenos y fríos. Marina lo entendía. De verdad. Pero se agotó. La figura de Dimitri se perdió tras la esquina. Marina apartó la frente del cristal, se frotó la piel, quedó marcada de rojo. El piso vacío pesaba. Los relojes decían casi medianoche cuando la llave giró en la puerta. Marina estaba en la cocina, delante de una taza de té olvidada y fría. Ni la tocó, sólo miraba el velo oscuro extendiéndose en la superficie. Tres horas. Tres horas esperando, atenta a cualquier ruido en el rellano. Dimitri entró despacio, se quitó la chaqueta, la colgó. Se movía con cuidado, como quien quiere pasar desapercibido. —¿Qué ha pasado esta vez? Marina se sorprendió de lo tranquila que sonó la pregunta. Tres horas ensayando la frase; a medianoche, no quedaba emoción, todo se había consumido. Dimitri dudó un segundo. —Se ha roto el calentador. Había que arreglarlo. Marina levantó la mirada despacio. Él estaba en el umbral, sin decidirse a entrar. Miraba por la ventana oscura tras ella. —No sabes arreglar calentadores. —Llamé al técnico. —¿Y tenías que esperar tú? —Marina apartó la taza—. ¿No podías hacerlo por teléfono desde aquí? Dimitri frunció el ceño y cruzó los brazos. El silencio se hizo espeso, desagradable. —¿Todavía la quieres? Ahora sí, la miró. Brusco, dolido, con rabia. —¿Qué tontería es esa? Todo lo hago por mi hija. Por Sonia. ¿Qué pinta Ana en esto? Cruzó la cocina, y Marina se retiró instintivamente junto con la silla. —Sabías, cuando te metiste conmigo, que tendría que ir allí. Que tengo una hija. ¿Y ahora qué? ¿Vas a montar una escena cada vez que vea a mi hija? La voz se le cortó. Marina quiso responder con dignidad, pero los ojos se le llenaron, rodó la primera lágrima por su mejilla. —Pensé… —se le atragantó el nudo— Pensé que al menos fingirías que me quieres. Que harías el esfuerzo. —Marina, basta ya… —¡Estoy harta! —gritó, y su propio grito le asustó—. ¡Harta de ni siquiera ser la segunda! ¡Soy la tercera! Tras tu ex, tras sus caprichos, tras calentadores rotos a medianoche. Dimitri golpeó el marco con la palma. —¿Qué pretendes? ¿Que abandone a mi hija? ¿Que deje de ir? —¡Quiero que al menos una vez me escojas a mí! —Marina se levantó, la taza tembló y el té se derramó sobre la mesa—. ¡Que una vez digas “no”! ¡No a ella! ¡A Ana! —¡Estoy harto de tus escenas! Dimitri se dio la vuelta, cogió la chaqueta del perchero. —¿A dónde vas? En vez de respuesta, un portazo. Marina se quedó en la cocina, el té goteando sobre el linóleo, el zumbido aún en los oídos. Coge el móvil, marca su número. Tonos, nada. “No disponible”. Otra vez. Y otra. Silencio. Marina se dejó caer en la silla, el teléfono contra su pecho. ¿Adónde iba? ¿A ella? ¿Otra vez a ella? ¿O simplemente vagaba por las calles, enfadado? No lo sabía. Y la ignorancia era peor. La noche se hizo eterna. Sentada en la cama, teléfono en la mano, pantalla apagada y encendida. Marcar, escuchar tonos, colgar. Escribir: “¿Dónde estás?”. Luego: “Por favor, contesta”. Y luego: “Tengo miedo”. Enviar y ver sólo una triste marca gris. No entregado. O entregado pero no leído. Al final da igual. A las cuatro de la mañana, Marina dejó de llorar. Las lágrimas se habían acabado, se secaron por dentro, dejaron el vacío resonante. Encendió la luz, abrió el armario. Basta. Ya era suficiente. El maleta apareció encima del altillo; polvorienta, la etiqueta arrancada de algún viaje antiguo. La lanzó a la cama y empezó a meter cosas: jerséis, vaqueros, ropa interior. Sin orden, sin pensar—sólo lo que alcanzaba. Si a él le da igual, a ella también. Que vuelva y encuentre el piso vacío. Que la busque y llame y mande mensajes que ella no leerá. Que sepa lo que es. A las seis, Marina en el recibidor. Dos maletas, bolsa al hombro, chaqueta mal abrochada. Miró el llavero. Debía quitar una llave y dejarla en la entrada. Los dedos no respondían. Tiraba del aro, intentaba con la uña, pero la llave no cedía, y las manos temblaban, y los ojos se llenaban otra vez aunque ya no sabía de dónde salían más lágrimas… —¡A la mierda! El llavero cayó al suelo, tintineó sobre las baldosas. Marina lo miró un segundo, dos—y después se dejó caer sobre la maleta, se abrazó y rompió a llorar. Fuerte, feo, con sollozos y bocanadas, como cuando de niña rompió el jarrón favorito de mamá y pensó que el mundo se acababa. No oyó la puerta abrirse. —Marina… Dimitri cayó de rodillas frente a ella, sobre la fría baldosa del recibidor. Olía a humo y a noche de ciudad. —Marina, perdón. Por favor, perdóname. Ella levantó la cabeza. Cara mojada, hinchada, el rímel hecho manchas negras. Dimitri le tomó las manos con delicadeza. —Estuve con mi madre toda la noche. Me puso firme… —sonrió torcido—. Me puso las pilas, vamos. Marina guardó silencio. Le miraba, incapaz de saber si debía creerle. —Voy a denunciar a Ana. Exigiré un horario de visitas para Sonia, oficial, por vía legal. Ya no podrá manipularme, ni poner a mi hija en mi contra. Sus dedos apretaron las manos de Marina. —Te elijo a ti, Marina. ¿Me oyes? A ti. Tú eres mi familia. En su pecho algo tembló. Un brote de esperanza, tonto y terco, que llevaba toda la noche intentando arrancar. —¿De verdad? —De verdad. Marina cerró los ojos. Volvería a creerle. Por última vez. Y luego, que pase lo que tenga que pasar…
¿Otra vez con ella? ¿Te vas otra vez con ella? María hizo la pregunta, aunque ya sabía cuál era la respuesta.
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05
Voy cada día al colegio de mi nieto. No soy profesor ni trabajador del centro—sólo un abuelo con bastón y un corazón que no sabe quedarse quieto cuando su nieto necesita apoyo. Me llamo Roberto y hago esto por Matías—mi orgullo, mi alegría, la razón de mi vivir. La primera vez que le vi solo, estaba sentado en un banco bajo la sombra de una jacaranda. Los demás niños corrían, reían y jugaban al fútbol. Él sólo miraba, con las manos sobre las rodillas y ese gesto de quien quiere pertenecer, pero no sabe cómo. Cuando fui a recogerle aquel día, le pregunté: —¿Por qué no juegas con tus compañeros? Encogió los hombros. —No quieren, abuelo. Dicen que soy lento y que no entiendo las reglas. Aquella noche apenas dormí. Al día siguiente, fui a hablar con la directora. —Señora Mónica, quisiera pedir una autorización especial. Quiero acompañar a Matías durante el recreo. Me miró con ternura. —Señor Roberto, entiendo su preocupación, pero… —No hay “pero”. Ese niño es mi vida. Si el colegio no puede hacerle sentir incluido, yo lo haré. Desde entonces, todos los días a las diez y media cruzo el portón azul del patio. Al principio, los niños me miraban con curiosidad—un abuelo con sombrero de paja y bastón entre ellos. Matías se avergonzaba. —Abuelo, no hace falta que vengas. —¿Avergonzarte de qué? ¿De que tu abuelo te quiera? Empezamos poco a poco. Traje un dominó, luego un tablero de damas. Matías se reía cuando fingía no ver sus pequeñas trampas. Un día, un niño se acercó. —¿A qué jugáis? —preguntó. —A damas chinas—respondí. ¿Quieres jugar con nosotros? Se llamaba Diego. Tenía seis años y le faltaban los dientes de delante, pero su sonrisa iluminaba el patio. Matías le explicó las reglas con paciencia. Al día siguiente, Diego volvió, trayendo con él a una amiga, Lucía. A partir de entonces, nuestro banco se volvió punto de encuentro, lleno de risas y amistad. Traje una cuerda para saltar y acabamos organizando pequeñas competiciones. Matías no podía saltar muy rápido, pero los demás ajustaban el ritmo. —¡Vamos, Mati, tú puedes! —gritaba Lucía. —¡Cinco saltos! ¡Nuevo récord! —celebraba Diego. Yo les observaba con ojos húmedos y el corazón rebosante de alegría. Una tarde, la profesora de Educación Física se acercó. —Señor Roberto, lo que hace es extraordinario. —Sólo soy un abuelo que quiere a su nieto—respondí. —No—dijo ella sonriendo—está enseñando algo que a veces olvidamos: que todos merecen un lugar, sin importar la velocidad que tengan. Han pasado tres meses. Sigo viniendo. Pero ya no porque Matías esté solo. Vengo porque ahora hay ocho o nueve niños que me esperan, gritando “¡Abuelo Rober!” cuando entro por la puerta. Porque mi nieto ahora tiene amigos que le invitan, le defienden y le comprenden. Esta mañana, mientras jugábamos al escondite, Matías me abrazó fuerte. —Gracias, abuelo. —¿Por qué, campeón? —Por no dejarme solo. Por enseñarme que ser diferente está bien. Me arrodillé ante él y le dije: —Matías, has sido tú quien me ha enseñado. Me has enseñado que el amor no se agota, que nunca es tarde para marcar la diferencia, y que el verdadero valor es estar presente cuando alguien nos necesita. Sonó la campana. Los niños corrieron a hacer fila. Matías ya no camina cabizbajo. Mañana volveré. Y pasado mañana también. Porque ser abuelo no es sólo cuidar— es construir puentes y recordar al mundo que nadie, absolutamente nadie, debe estar solo en el recreo de la vida.
Voy cada día al colegio de mi nieto. No soy profesor, ni empleado allí; solo soy un abuelo con bastón
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03
YO NO QUIERO UNA NIÑA PARALIZADA… – dijo la nuera y se marchó… Pero ni se imaginaba lo que pasaría después… En un pequeño pueblo castellano vivía un anciano llamado Don Dionisio, sencillo y afable, que los fines de semana se permitía un trago de vino. Soñaba con tener un perro, pero no cualquiera, sino un mastín puro, y estaba dispuesto a viajar hasta los confines de La Mancha para conseguirlo. Don Dionisio ya había perdido a su esposa, Clotilde, hacía años. Ella, enferma del corazón, ignoró las recomendaciones médicas y quiso darle un hijo. Tras el parto ya apenas podía levantarse, pero Dionisio la cuidó, ocupándose de todo el hogar y del niño sin importarle el qué dirán. Las vecinas envidiaban a Clotilde, y ella se iba de la vida con una sonrisa. El hijo creció, se casó joven y se quedó a vivir en otra provincia tras la mili. Dionisio aguardaba siempre a su familia, sobre todo a su nieta, a la que solo conocía por fotos; pero por trabajo, tiempo o motivos varios, nunca venían de visita. Un día, el anciano empezó a andar sombrío y ausente. Cuando le preguntaron, confesó que había recibido un telegrama: su nuera le contó que tuvieron un accidente de tráfico, su hijo murió y su nieta, con quince años, estaba grave en el hospital. No había consuelo suficiente. La nuera dejó de escribir; no respondía ni a llamadas ni cartas. Dionisio quería saber cómo estaba su nieta, a quien amaba aunque nunca la vio en persona. Cuando por fin decidió viajar al pueblo donde vivía su hijo, una tarde antes de marcharse, llegó un coche. Bajaron a la niña en una camilla, seguida por la nuera que, sin apenas saludar, dijo: —Está paralizada de pies a cabeza. No quiero una hija así. Aún puedo casarme de nuevo y tener un hijo sano. Yo no voy a cuidar de ella, busque una asistenta o entiérrela si quiere, yo no pienso desperdiciar mi vida. —¡Pero yo no soy médico! —alcanzó a decir Don Dionisio. —No hace falta, tampoco pueden ayudarla. ¡Yo no soy su cuidadora! —respondió la mujer, y se marchó dando un portazo. Don Dionisio y la nieta quedaron solos. Él no temía cuidar a alguien con dependencia; al contrario, por fin sentía que su vida tenía sentido. Los médicos renunciaron y la dieron de alta; decían que sus heridas eran incompatibles con la vida. Solo quedaban remedios caseros y curanderas, y la más cercana vivía muy lejos. Dionisio viajaba cada semana, traía hierbas y ungüentos, y así la trataba. Pasaron más de doce meses, pero la niña seguía inmóvil, como un tronco bajo la manta, sin poder hablar. A veces Don Dionisio veía lágrimas rodar por su mejilla, creyendo que añoraba a sus padres. Pero en realidad lloraba por otro motivo. Una noche, estando él en la habitación, entró una cuadrilla de jóvenes borrachos tras una fiesta porque Dionisio había olvidado cerrar la puerta. Sabían que allí vivía una chica paralizada y, embriagados, quisieron abusar de su indefensión. Cuando el cabecilla se acercó, Dionisio pidió permiso para lavarse los dientes, salió corriendo a la cocina, abrió la trampilla de la bodega y gritó: —¡A por ellos! De allí saltó el mastín Muxtar, uno de esos perros de presa manchegos gigantes, que atacó a los maleantes hasta que huyeron por el pueblo, perdiendo hasta los pantalones. La gente reía, y Muxtar los persiguió hasta la salida del pueblo. Cuando Dionisio volvió a la habitación, la nieta, por primera vez, se sentaba en la cama y gritaba por la ventana: —¡Muxtar! ¡Muxtar! Agárralo, abuelo, ¡que no se escape! El anciano se echó a llorar. Desde ese día la niña comenzó a mejorar, poco a poco volvió a andar y hablar. No se sabe si fueron las hierbas de la curandera o el shock de aquel día, pero recuperó el habla y la alegría. ¿Y de dónde vino el perro? Muxtar había sido del hijo de Dionisio; tras la tragedia, la nuera lo abandonó también, y él lo acogió. El mastín fue su fiel compañero. Así quedaron los tres: Don Dionisio, su nieta y Muxtar, reconstruyendo su vida en el pequeño pueblo. De la madre, nunca más supieron nada.
¡No quiero una hija paralizada! dijo la nuera con voz lejana, y se marchó desvaneciéndose en la niebla
Ancianos dejados de lado en la antigua finca castellana… pero cuando descubren el secreto de la abuela, todo cambia para siempre
En plena meseta castellana, entre trigales dorados y llanuras sin fin, se erguía la antigua finca de
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012
La segunda esposa de mi padre apareció una tarde en nuestra puerta, trayendo una caja de dulces y dos caniches diminutos que la seguían moviendo el rabito. Mi hermana y yo nos quedamos paralizadas. Habíamos escuchado mil historias sobre madrastras crueles, frías, incapaces de amar—ni siquiera pudimos darle la bienvenida. Pero ella no se ofendió. Sonrió, siempre con esa calidez y serenidad que nunca abandonaba su rostro. Era una mujer preciosa; pelo negro largo, mirada suave. Mi padre la presentó sin muchos rodeos: “Ella será vuestra nueva madre.” Yo era demasiado pequeña para entender lo duro que fue pronunciar esas palabras. Nosotras la recibimos en silencio. Celebraron una boda sencilla. Pronto se mudó con nosotros—a una casa aún a la sombra del duelo. Nosotras ya nos habíamos acostumbrado a la oscuridad. La primera mañana abrió todas las ventanas, dejó entrar el sol y encendió la radio. Recuerdo la cara de mi hermana—expresaba molestia ante la luz y la música; nuestro silencio había sido roto. Limpiaba la casa con tal esmero que parecía querer eliminar no solo el polvo, sino también el dolor. Cuando pasó frente al retrato de mi madre, contuve la respiración—pensé que lo quitaría. Pero solo lo desempolvó y lo colocó en el centro de la pared. En ese momento la acepté—sin darme cuenta. Era una maga en la cocina; preparó platos nunca antes probados, llenó la casa de aromas y así conquistó el corazón de mi padre—y poco a poco también el nuestro. Pasó un año. Ya no había oscuridad. El dolor seguía allí, pero se había suavizado. La fotografía de mi madre seguía mirándonos desde la sala, pero ya no nos ardían los ojos. Jamás la llamamos “mamá”, ni ella lo quiso nunca. Ganó nuestra confianza con paciencia, nos aconsejó, nos protegió y guardó nuestros secretos. Pero un día papá no volvió del trabajo. Al principio no se inquietó, pero la preocupación creció con las horas. Luego llegó la llamada: habían encontrado su coche al pie de un acantilado. Murió en el acto. Aquello fue la segunda muerte de nuestra infancia—aquel día comprendimos que nada es eterno. Tras el funeral temíamos que nos separaran. Pero ella no se marchó. Se quedó. Consiguió trabajo a media jornada en un restaurante y dedicó el resto del tiempo a nosotras: paseos, música, baile con los perros, risas… Nosotras la mirábamos con distancia. Pero ella nunca se rindió. Una mañana pregunté: “¿Dónde está mi pelota?” La encontró de inmediato y me la entregó con una sonrisa. “Si no quieres jugar sola, puedo acompañarte,” dijo. “Vale,” respondí, encogiéndome de hombros. Bajó al jardín descalza, río como una niña y jugó torpemente, rodeada por los perros. Aquel día, comencé a quererla de verdad. Mi hermana se dio cuenta y empezó a confiar en ella poco a poco. Al terminar el año, nuestras vidas giraban alrededor de ella. Pensé que nunca iría a la universidad, pero en secreto había ahorrado y me matriculó. Lloré de felicidad al descubrirlo. Mi hermana se hizo enfermera. Ella no era nuestra madre, pero eligió quedarse. Cuando murió papá, pudo irse. No lo hizo. Y se convirtió en una madre que jamás esperamos encontrar. Los años pasaron. Yo soy abogada y nunca me alejé de su lado. Cuando cumplí treinta y tres años, enfermó. Me mudé con ella para cuidarla. Sabía que le quedaba poco, pero seguía sonriendo. “Quiero que sigas riendo,” decía. “No llores.” La enterramos un lunes de verano, bajo los árboles. No quiso descansar junto a mi padre. “Ese sitio es de vuestra madre,” dijo. Ahora los visitamos a los tres. A mamá, rosas rojas. A papá, bromas—le encantaba reír. Y a ella, caramelos—como siempre quiso. No toda segunda oportunidad termina bien. Pero a veces, llega alguien a tu vida que… nunca se va de tu corazón. Aunque ya no esté.
La segunda esposa de mi padre se presenta en nuestra puerta una tarde, con una caja llena de caramelos
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075
¿Otra vez vas a verla? —¿Vas otra vez a verla? Marina formuló la pregunta ya sabiendo la respuesta. Dmitri asintió sin levantar la mirada, se puso la chaqueta y comprobó sus bolsillos: llaves, móvil, cartera. Todo en orden. Ya podía irse. Marina aguardó. Una palabra, al menos. Un “perdona” o un “vuelvo pronto”. Pero Dmitri simplemente abrió la puerta y salió. El cerrojo sonó suave, casi discreto. Como si pidiera disculpas por su dueño. Marina se acercó a la ventana. El patio, abajo, estaba bañado por la tenue luz de las farolas, y no le costó reconocer la figura conocida. Dmitri caminaba deprisa, decidido. Como quien sabe exactamente adónde va. A ella. A Ana. A su hija Sonia, de siete años. Marina apoyó la frente en el cristal frío. …Siempre lo supo. Desde el principio sabía a lo que se arriesgaba. Cuando lo conoció, Dmitri seguía casado. Formalmente. El sello en el DNI, el piso compartido, la niña. Pero ya no convivía con Ana: alquilaba una habitación, sólo iba por su hija. “Me fue infiel”, le confesó Dmitri entonces. “No pude perdonar. Pedí el divorcio”. Y Marina le creyó. Dios, qué fácil fue creerle. Porque quería creerle. Porque se enamoró —absurdamente, como con diecisiete años—. Citas en cafeterías, largas llamadas, el primer beso bajo la lluvia ante su portal. Dmitri la miraba como si fuese la única mujer en el mundo. El divorcio. Su boda. Piso nuevo, proyectos juntos, sueños de futuro. Y entonces empezó todo. Primero las llamadas. “Dima, tráeme el medicamento para Sonia, se ha puesto mala”. “Dima, se ha roto el grifo, no sé qué hacer”. “Dima, la niña llora, quiere verte, ven ya”. Dmitri salía corriendo. Siempre. Marina intentaba entender. La niña, al fin y al cabo, no tiene culpa. Claro que debe estar presente, ayudar, participar. A veces Dmitri la escuchaba, intentaba marcar límites con la exmujer. Pero Ana cambiaba de táctica. “No vengas el fin de semana. Sonia no quiere verte”. “No llames, la alteras”. “Me preguntó por qué su padre nos abandonó. No supe qué decirle”. Y Dmitri cedía. Cada vez. Cuando intentaba negarse a otra petición “urgente”, Ana atacaba donde más dolía. En una semana Sonia repetía palabra por palabra lo que decía su madre: “Ya no nos quieres. Elegiste a otra tía. No quiero verte”. Una niña de siete años no inventa eso sola. Dmitri volvía destrozado, culpable, con la mirada apagada. Y ante el menor pretexto, corría de nuevo donde la ex —con tal de que la niña no le tuviese rechazo, con tal de no ver esos ojos fríos y ajenos. Marina lo entendía. De verdad. Pero estaba agotada. La silueta de Dmitri desapareció por la esquina. Marina se despegó de la ventana, se frotó la frente: quedó una marca rojiza por el cristal. La casa vacía la oprimía. El reloj marcaba casi medianoche cuando el sonido de la llave la devolvió al presente. Marina estaba en la cocina, con una taza de té fría frente a ella, sin haberla tocado —miraba cómo la capa oscura se extendía por la superficie. Tres horas. Tres horas esperando, atenta a cada ruido en el rellano. Dmitri entró sin hacer ruido, se quitó la chaqueta, la colgó. Se movía con cautela, como quien espera no ser visto. —¿Y ahora qué ha pasado? Marina se sorprendió al oír lo tranquila que sonaba la pregunta. Llevaba tres horas ensayando esa frase y, llegada la medianoche, las emociones parecían calcinadas por dentro. Dmitri guardó silencio un segundo. —Se ha roto el calentador. Tenía que arreglarlo. Marina levantó la mirada despacio. Él se quedó en el marco de la cocina, sin decidirse a entrar, mirando por encima de ella, a la ventana oscura. —Tú no sabes arreglar calentadores. —He llamado al técnico. —¿Y tenías que esperarle? —Marina apartó la taza—. ¿No podías llamarlo desde aquí? ¿Por teléfono? Dmitri frunció el ceño, cruzó los brazos. El silencio se volvió denso y turbio. —¿Acaso todavía la quieres? Ahora sí la miró, bruscamente, con rabia, con reproche. —¿Qué tontería dices? ¡Todo lo hago por mi hija! ¡Por Sonia! ¿Qué tiene que ver Ana? Dio un paso en la cocina y Marina, casi sin darse cuenta, retrocedió junto con la silla. —Sabías cuando te metiste conmigo que tenía que ir allí. Sabías que tengo una hija. ¿Y ahora qué? ¿Montarás un drama cada vez que vaya por la niña? La garganta se le cerró. Marina quería contestar con dignidad, pero en vez de eso, los ojos le escocieron y rodó por la mejilla la primera lágrima. —Pensé… —tragó saliva—. Pensé que al menos fingirías que me amas. Aunque fuera mentira. —Marina, ya basta… —¡Estoy harta! —gritó, asustada del propio tono—. ¡Harta de no ser ni la segunda! ¡La tercera! ¡Después de tu ex, de sus caprichos, de calentadores rotos a medianoche! Dmitri golpeó el marco con la palma. —¿Qué quieres de mí? ¿Que abandone a mi hija? ¿Que no vaya a verla? —Quiero que me elijas a mí, aunque sea una vez —Marina se levantó, la taza tembló y el té cayó sobre la mesa—. ¡Que alguna vez digas “no”! No a mí —a ella. ¡A Ana! —¡Estoy harto de tus dramas! Dmitri se dio la vuelta, agarró la chaqueta. —¿Dónde vas? La puerta se cerró de un portazo. Marina permaneció en la cocina, el té goteaba sobre el linóleo, y el eco aún le resonaba. Cogió el móvil, marcó su número. Una señal, dos, tres. “El abonado no responde”. Otra vez. Y otra. Silencio. Marina se dejó caer en la silla, con el móvil apretado en el pecho. ¿Adónde ha ido? ¿A verla? ¿Otra vez con ella? ¿O simplemente vaga por la ciudad de madrugada, enfadado y herido? No lo sabía. Y el no saber le dolía más. La noche se hizo interminable. Marina sentada en la cama, el móvil visto y apagado. Marcar, escuchar el tono, colgar. Escribir: “¿Dónde estás?”. Luego otro mensaje: “Contéstame, por favor”. Más: “Tengo miedo”. Enviarlos y contemplar la solitaria marca gris. No entregado. O entregado, sin leer. ¿Qué más da? A las cuatro de la mañana dejó de llorar. Las lágrimas se agotaron, se secaron por dentro, dejándola en una extraña y afilada soledad. Se levantó, encendió la luz y abrió el armario. Basta. Ya basta. Encontró la maleta polvorienta en la estantería, con la etiqueta rota de algún viaje antiguo. La lanzó a la cama y empezó a meter cosas: jerseys, vaqueros, ropa interior. Sin orden, sin discriminar: lo que alcanzaba, lo metía. Si a él le da igual, a ella también. Que vuelva y encuentre la casa vacía. Que la busque, que llame y escriba mensajes que ella no leerá. Que aprenda lo que es. A las seis de la mañana Marina estaba en el recibidor, dos maletas, el bolso al hombro, la chaqueta abrochada mal. Observó el llavero, tenía que sacar su llave y dejarla en la mesa. Los dedos no respondían. Tiró del aro, lo intentó con la uña, pero la llave no cedía y las manos temblaban, y los ojos escocían aunque no sabía de dónde sacaría más lágrimas… —¡Maldita sea! El llavero se estrelló contra el suelo, tintineando en el gres. Marina lo miró un instante y luego se hundió sobre la maleta, abrazándose y sollozando fuerte, feo, con hipos y bocanadas, como cuando de niña rompió el jarrón favorito de su madre y pensó que el mundo se venía abajo. No oyó que se abría la puerta. —Marina… Dmitri se arrodilló frente a ella, sobre el frío azulejo del pasillo. Y olía a humo y a noche. —Marina, perdona. Perdóname, por favor. Ella levantó la cabeza. El rostro empapado, hinchado, la máscara de rímel negra. Dmitri le tomó las manos con cuidado. —He estado toda la noche en casa de mi madre. Me ha dado una buena: me ha puesto las pilas. Marina guardó silencio. Le miraba y no sabía si creerle. —Voy a llevar a Ana a juicio. Voy a exigir un régimen de visitas claro, oficial, como debe ser. Y ella no podrá… no podrá manipular así, ni poner a Sonia en mi contra. Apretó sus manos más fuerte. —Te elijo a ti, Marina. ¿Lo entiendes? A ti. Tú eres mi familia. En su pecho algo se movió. Un brote pequeño, terco, de esperanza, el mismo que había intentado arrancar toda la noche. —¿De verdad? —De verdad. Marina cerró los ojos. Le iba a creer. Por última vez. Y después… que sea lo que tenga que ser.
¿Otra vez con ella? ¿Otra vez te vas con ella? Carmen preguntó, aunque ya sabía la respuesta.
Educación financiera y salud
039
NO QUIERO UNA PARALIZADA… – dijo la nuera y se marchó… Pero no imaginaba lo que podría suceder después… En un pequeño pueblo vivía un anciano llamado Denis, gente sencilla le llamaba Denis o Don Denis; por los fines de semana se tomaba un poco de vino blanco. Tenía un sueño: conseguir un perro, pero no uno cualquiera, sino un alano puro. Estaba dispuesto a viajar hasta Extremadura o incluso más lejos solo para ello. Denis había enviudado hacía tiempo. Su esposa, Clotilde, tenía problemas de corazón, los médicos le prohibieron tener hijos, pero ella deseaba uno con todo su ser. Dio a Denis un hijo, pero quedó aún más enferma. Él se encargaba de todo y no le dejaba siquiera cargar la leche desde la tienda. “¡No debes!”, decía él, “los médicos te lo prohibieron”. Clotilde se avergonzaba: “Ya podías no hacerme quedar mal… las demás mujeres me critican, que no hago nada en casa y todo lo asumes tú”. Pero las vecinas le envidiaban: “¡Ay, Cloti, si nos prestaras a tu Denis, quisiera yo vivir aunque sea un día tu vida…”. Ella sonreía y así, sonriente, se fue al otro mundo. Desde entonces Denis se quedó solo y consoló a su hijo. El chico tenía entonces 14 años, la edad difícil. Después del servicio militar se casó joven y se quedó a vivir donde servía. Denis esperaba a su familia en casa, sobre todo desde que nació su nieta, pero nunca venían, siempre alguna excusa. Solo la veía en fotos. Un día, los vecinos se dieron cuenta de que Denis estaba apagado, sin sonrisa ni ganas de charlar como antes. Descubrieron que había recibido un telegrama: la nuera le avisaba que tuvieron un accidente de coche, la nieta estaba grave en el hospital, y su hijo, fallecido. Toda la aldea compadecía al anciano; ¿qué palabras pueden consolar? Nada le aliviaba. Lamentaba la muerte del hijo y aún más la gravísima situación de su nieta, apenas quinceañera y en coma. Lo peor, la nuera dejó de dar señales, no respondía ni cartas, ni llamadas. ¿Cómo saber el estado de la niña? Denis no la conocía en persona, pero la quería como a su difunta Clotilde. Decidió viajar a la ciudad, pero justo antes de partir, llegó una mujer en coche con una camilla: era la nuera, que de un modo brusco abandonó a su hija en el sofá. – Está paralítica de pies a cabeza. Yo no quiero una hija así. Aún tengo tiempo de casarme otra vez y tener un hijo sano – dijo la nuera con frialdad. – ¡Pero yo no soy médico! – alcanzó a responder Denis. – No hace falta médico, no hay nada que hacer. Si no la queréis, enterradla viva, yo no voy a destruir mi vida por ella. ¡Yo no soy cuidadora! – dijo y se fue dando un portazo. – Menuda madre, tú no eres… – gritó Denis, impotente. Por fin, comprendió por qué su hijo nunca traía a la familia de visita. ¿Cómo pudo casarse con una mujer así? Ahora ya no podía preguntarlo. Denis se quedó solo con su nieta, completamente paralizada. Pero él estaba acostumbrado a cuidar y, por fin, halló propósito: curar a la niña. Los médicos se rindieron, pero Denis acudía cada semana a una curandera y seguía fielmente sus remedios. Un año pasó sin mejoría. La nieta ni hablaba ni se movía, solo lloraba silenciosamente, añorando algo que el abuelo no comprendía. Una noche ocurrió lo inesperado: unos jóvenes borrachos, volviendo de fiesta, entraron en casa, sabiendo que vivía allí una chica inválida. Propusieron divertirse a costa de su indefensión. – ¡Anda, abuelo! Quita la manta y separa las piernas, vamos a sortear quién primero… – ordenó el más borracho. – ¡Por favor! ¡Solo es una niña! – suplicó Denis. – Espera… ¡Que me lavo los dientes! – y Denis corrió a la cocina, abrió el sótano y gritó: “¡Agárralos!” De allí salió un enorme alano, Muxtar, que atacó a los intrusos, destrozando pantalones y asustando tanto que todos huyeron por el pueblo con el perro tras ellos y la gente riendo de la escena. Denis volvió y encontró a su nieta sentada en la cama gritando por la ventana: – ¡Muxtar! ¡Muxtar! ¡Abuelo, sujétalo para que no se escape!… Y Denis lloró de alegría: la niña empezó a recuperarse. Con el tiempo, volvió a caminar, a hablar sin parar y a vivir. ¿De dónde había salido el perro? Muxtar era el alano del hijo de Denis; la nuera lo trajo junto con la niña, sin decir nada. Cuando se fue, Denis lo encontró triste y hambriento en la puerta y no dudó en recogerlo. El perro fue su fiel compañero y, aquella noche de calor, estaba en el sótano para no sufrir la temperatura. Si hubiese estado fuera, nadie hubiera logrado entrar. La nieta, tiempo después, confesó que lloraba porque añoraba a su perro, cosa que no sabía cómo explicar a su abuelo. Desde entonces vivieron juntos: Denis, su nieta y Muxtar, y jamás supieron nada más de la madre de la niña.
No quiero una hija paralítica murmuró la nuera y se marchó, dejando detrás una huella como de neblina tibia.
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026
SIN ALMA… Claudia Vázquez regresó a casa. Había ido a la peluquería, a pesar de su edad respetable; acababa de cumplir 68 años y seguía mimándose con visitas regulares a su estilista. Claudia Vázquez se arreglaba el cabello y las uñas, y estos pequeños gestos la animaban y le levantaban el ánimo. —Claudia, ha venido a verte una pariente. Le dije que llegarías más tarde. Prometió volver —le informó su marido, Julián. —¿Qué pariente? Si ya no tengo familia. Debe de ser una parienta de séptimo grado… seguro que viene a pedir algo. Tendrías que haberle dicho que me he ido al fin del mundo —contestó Claudia, molesta. —¿Por qué mentir? Yo creo que sí es de tu familia; es alta, elegante, se parece a tu suegra —que en paz descanse—. No me pareció que viniera a pedir nada. Es una señora educada y bien vestida —intentó tranquilizar Julián a su esposa. Cuarenta minutos después, la pariente llamó a la puerta. Claudia la dejó pasar. En efecto, se parecía a la madre difunta, y vestía con ropa cara: abrigo, botas, guantes, pendientes con pequeños brillantes. De eso Claudia sí entendía. Invitó a la mujer a sentarse a la mesa ya preparada. —Bueno, si somos familia, presentémonos. Soy Claudia, sin más, veo que tenemos edades similares. Este es mi marido Julián. ¿Por qué lado eres mi pariente? —preguntó la anfitriona. La mujer vaciló, se sonrojó levemente: —Soy Galina… Galina Valdés. Realmente, nos llevamos pocos años. Cumplí 50 el 12 de junio. ¿No te dice nada esa fecha?— Claudia se quedó pálida. —Veo que lo recordaste. Sí, soy tu hija. No te preocupes, no quiero nada de ti. Solo vine a ver a mi madre de sangre. Toda mi vida viví sin saber, sin entender por qué mi madre no me quería. Por cierto, ella ya hace ocho años que falleció. ¿Por qué solo mi padre me quería? Murió hace apenas dos meses. Antes de irse, me habló de ti. Me pidió que lo perdonaras, si pudieras —contó Galina, nerviosa. —No entiendo nada. ¿Tienes una hija? —preguntó el asombrado Julián. —Parece que sí. Ya te lo explicaré luego —respondió Claudia. —¿Así que eres mi hija? ¡Perfecto! ¿Ya me has visto? Si crees que me voy a arrepentir y a pedir perdón, no, no lo haré. Yo no tengo culpa de nada —contestó a Galina—. Espero que papá te lo haya contado todo. Si crees que vas a despertar sentimientos maternales en mí, tampoco, ni un poco. Perdona. —¿Puedo volver a verte? Vivo aquí cerca, en el área metropolitana. Tenemos una casa grande de dos plantas, podéis venir tú y Julián. Quiero que te acostumbres a la idea de que existo. Te he traído fotos del nieto y de la bisnieta, ¿quieres verlas? —preguntó Galina, tímida. —No. No quiero. No vengas. Olvídame. Adiós —le contestó Claudia, tajante. Julián pidió un taxi para Galina y la acompañó a la puerta. Cuando regresó, Claudia ya había recogido la mesa y veía tranquilamente la televisión. —¡Qué temple tienes! Podrías mandar en un ejército; ¿es que no tienes alma? Ya sospechaba que eras implacable, pero nunca pensé que tanto —le dijo su marido. —Nos conocimos cuando yo tenía 28, ¿verdad? Pues, querido Julián, mi alma la quebrantaron mucho antes. Siempre fui una chica de pueblo soñando con la ciudad; por eso estudié más que nadie, fui la única del curso que entró en la universidad. Tenía 17 cuando conocí a Vicente. Lo amaba desesperadamente. Era casi 12 años mayor pero no me importaba. Tras una infancia pobre, la ciudad era como un cuento de hadas. La beca no alcanzaba para nada. Siempre tenía hambre y aceptaba encantada sus invitaciones a cafés o a tomar helados. Vicente nunca prometió nada, pero yo pensaba que, con tanto amor, acabaría casándose conmigo. Una noche me invitó a su chalet y fui sin dudar. Pensé que tras aquello, se uniría a mí para siempre. Las visitas al chalet se hicieron frecuentes. Pronto supe que esperaba un hijo. Se lo conté. Se alegró mucho. Viendo que pronto se notaría, pregunté cuándo nos casaríamos. Acababa de cumplir 18, ya podía firmar en el registro civil. —¿Cuándo dije yo que nos casaríamos? —contestó Vicente con otra pregunta. —No lo prometí, ni lo haré. Además, ya estoy casado… —siguió, tranquilo. —¿Y el niño? ¿Y yo? — —¿Y tú? Eres joven y sana, podrías ser estatua de atleta. Pídete una excedencia en la universidad. Mientras no se note, estudia; luego, mi mujer y yo te llevaremos con nosotros. No logramos tener hijos; quizá porque mi esposa es mucho mayor. Cuando nazca, nos lo quedamos. Eso de los papeles lo resolvemos; yo, aunque joven, no soy cualquiera en el ayuntamiento. Mi esposa es jefe de sección en el hospital. No te preocupes por el bebé. Cuídate, y después de dar a luz, vuelves a la uni. Te pagaremos además. Nadie hablaba de maternidad subrogada entonces. Yo debía de ser la primera. ¿Qué iba a hacer? ¿Volver al pueblo y deshonrar a mi familia? Hasta dar a luz viví con ellos en la casa. La esposa nunca me habló, quizás celosa. Tuve a la niña allí mismo, con matrona; todo correcto. No la amamanté: la niña se la llevaron enseguida. No la volví a ver. Una semana después me despidieron educadamente. Vicente me dio dinero. Volví a la universidad. Luego, trabajé en la fábrica, primero como obrera, luego jefa de control de calidad. Tuve muchos amigos, pero nadie me pidió matrimonio hasta que apareciste tú. Tenía ya 28, ni quería casarme, pero tocaba. El resto ya lo sabes. Hemos vivido bien: tres coches, casa abundante, campo cuidado, veranos de viaje, la fábrica aguantó los 90 porque solo allí fabricaban los instrumentos para los tractores. El resto sigue vigilado por alambradas y torres de guardia. Nos jubilamos con privilegios. Tenemos de todo. No hace falta hijos; viendo cómo son ahora… —concluyó Claudia su confesión. —No hemos vivido bien. Yo te he querido, siempre he intentado calentar tu corazón, pero nunca pude. Ni hijos, ni un cachorro o un perrito has querido jamás. Mi hermana pidió ayuda para la sobrina, ni una semana la dejaste en casa. Hoy vino tu hija y, ¿cómo la trataste? ¡Tu hija! Tu sangre, y tú… Si fuésemos jóvenes, me habría divorciado, pero ya es tarde. Eres fría, tan fría —le reprochó Julián, enfadado. Claudia hasta se asustó; jamás su marido le había hablado así de brusco. Toda su tranquila vida fue alterada por esa hija. Julián se fue a la casa del campo. Últimos años, vive allí. Tiene tres perros rescatados y no saben cuántos gatos y gatas. Rara vez vuelve a casa. Claudia sabe que visita a la hija Galina, que conoce a todos y adora a la bisnieta. —Siempre fue un poco ingenuo, sigue siéndolo. Que viva como quiera —piensa Claudia. Nunca sintió curiosidad ni por la hija, ni el nieto, ni la bisnieta. Viaja sola al mar. Descansa, se recupera y se siente de maravilla.
SIN ALMA… Claudia Valcárcel regresó a casa aquella tarde. Aunque ya había celebrado su 68 cumpleaños