Educación financiera y salud
010
SIN ALMA… Claudia Vázquez regresó a su hogar. Había ido a la peluquería, y a pesar de su respetable edad, cumplió hace poco 68 años, seguía mimándose con visitas regulares a su estilista de confianza. Claudia Vázquez se arreglaba el pelo, las uñas, y estas sencillas rutinas le daban ánimo y mejoraban su humor. — Claudita, ha venido a casa una pariente tuya. Le dije que llegarías más tarde. Prometió volver —le avisó su marido, Julián. — ¿Qué pariente, si ya no me queda familia? Algún pariente lejano, seguro… vendrá a pedir algo. Tenías que haberle dicho que estaba de viaje por tierras lejanas —contestó Claudia, molesta. — ¿Por qué mentir? Me ha dado la impresión de que sí es de tu familia, alta y elegante, se parece a tu suegra, que en paz descanse. No creo que venga a pedir nada. Es una mujer distinguida, bien vestida —intentó calmarla Julián. Cuarenta minutos después, la pariente tocó el timbre. Claudia la recibió personalmente. La mujer, efectivamente, recordaba a la madre fallecida: abrigo caro, botas, guantes, pendientes con pequeños diamantes. Claudia entendía de esas cosas. Claudia la invitó a sentarse a la mesa. — Si somos familia, vamos a conocernos. Yo soy Claudia, sin formalismos, veo que tenemos edades parecidas. Este es mi esposo Julián. ¿Por qué línea eres mi pariente? —preguntó la anfitriona. La mujer se quedó callada y hasta se sonrojó. — Soy Galina… Galina Valverde. En realidad, solo hay pequeña diferencia de edad. El 12 de junio cumplí 50 años. ¿No te significa nada esa fecha? — Claudia se puso pálida. — Veo que ya lo recuerdas. Sí, soy tu hija. No te asustes, no vengo a pedirte nada. Solo quería ver a mi madre biológica. Viví toda la vida en ignorancia, sin entender por qué mi madre no me quería, aunque ya hace ocho años que murió. ¿Por qué me quería solo mi padre? Hace dos meses que falleció, me confesó la verdad y pidió que, si podías, lo perdonaras —explicó nerviosa Galina. — ¿Cómo que tienes una hija? —preguntó un atónito Julián. — Resulta que sí. Luego te explico todo —respondió Claudia. — Entonces eres mi hija. Muy bien, ¿ya me has visto? Si crees que voy a arrepentirme y pedir perdón, estás equivocada. Yo no tengo la culpa. Espero que tu padre te haya contado todo. Si crees que despertarás sentimientos maternales en mí, tampoco, ni una pizca. Lo siento. — — ¿Puedo venir otra vez? Vivo cerca, en las afueras. Tenemos una gran casa de dos plantas, venid tú y Julián. Te acostumbrarás a mi existencia. Te he traído fotos de tu nieto, de la bisnieta… ¿quieres verlas? —preguntó tímida Galina. — No, no quiero. No vengas más. Olvídame. Adiós —contestó Claudia, tajante. Julián llamó un taxi a Galina y la acompañó. Al volver, Claudia había recogido la mesa y veía la tele como si nada. — ¡Vaya temple! Deberías dirigir ejércitos, ¿acaso no tienes alma? Siempre sospeché que eras dura y sin corazón, pero nunca hasta este extremo —le reprochó su marido. — Nos conocimos cuando yo tenía 28, ¿verdad? Pues que sepas, querido marido, que el alma ya me la arrancaron mucho antes. Soy una chica de pueblo que siempre soñó con escapar a la ciudad. Por eso estudiaba más que nadie y fui la única del curso en entrar en la universidad. A los 17 conocí a Volodia. Lo amaba con locura, era casi doce años mayor que yo, pero no me importaba. Después de una infancia pobre, la ciudad me parecía un cuento de hadas. La beca no alcanzaba para nada, siempre tenía hambre, así que agradecía cada invitación de Volodia al café o a comer helado. Nunca me prometió nada, pero yo no dudaba que, con nuestro amor, acabaría casándose conmigo. Una tarde me invitó a su casa de campo y fui sin pensarlo. Estaba segura de que ya le había atado para siempre. Las citas se volvieron habituales; pronto me di cuenta de que iba a ser madre de su hijo. Se lo conté. Él estaba encantado. Al ver que pronto se notaría, le pregunté cuándo nos casaríamos. Ya tenía 18, podía dar el paso. — ¿Acaso te prometí matrimonio? —respondió Volodia. — No te lo prometí y no me casaré. Además, ya estoy casado… —dijo calmado. — ¿Y el niño? ¿Y yo? — — ¿Y tú qué? Eres joven y sana. Podrían esculpirte como la chica del remo. Pedirás un permiso académico. Mientras no se note, estudia; luego mi esposa y yo te llevamos a casa. No logramos tener hijos. Quizá porque mi esposa es mucho mayor. Cuando nazca, nos quedamos con el niño. Cómo se tramitará, no es asunto tuyo. Aunque joven, tengo influencia en el ayuntamiento. Mi esposa lleva la sección en el hospital. No te preocupes por el niño. Tras el parto, te recuperas y vuelves a clase. Además, te pagamos. Por entonces nadie hablaba de gestación subrogada. Yo fui, en realidad, la primera madre subrogada. ¿Qué iba a hacer? ¿Volver al pueblo y avergonzar a mi familia? Viví con ellos hasta el parto en el chalet. Su mujer nunca se me acercó, quizá por celos. Tuve a la niña en casa, con matrona, todo correcto. No la amamanté, la niña la llevaron enseguida. No la volví a ver. A la semana, me despidieron con dinero de Volodia. Regresé a la universidad. Luego, a la fábrica. Me dieron habitación en la residencia. Empecé siendo operaria, acabé jefa de control de calidad. Tenía muchos amigos, pero nadie me pedía matrimonio hasta que apareciste tú. Ya tenía 28, y no quería casarme, pero era lo que tocaba. El resto ya lo sabes. Hemos tenido buena vida, tres coches, casa, chalet bien cuidado. Vacaciones cada año. La fábrica sobrevivió los noventa porque fabricábamos instrumentos para tractores en un solo taller, lo que hacían los demás nadie lo sabe. Hasta hoy está rodeada de alambre y torres de vigilancia. Nos jubilamos pronto. Tenemos de todo. Ni hijos, ni falta que hacen. Veo los niños de hoy… —terminó su confesión Claudia. — Mal hemos vivido; yo te he amado y he intentado durante toda la vida calentar tu corazón, sin lograrlo. Vale que no tuvimos hijos, pero nunca has sentido compasión ni por un gatito, ni por un perro. Cuando mi hermana pidió ayuda para su sobrina, ni la dejaste pasar una semana aquí. Hoy ha venido tu hija y ¿cómo la has recibido? ¡Tu hija! Tu sangre. De verdad, si fuéramos más jóvenes me plantearía el divorcio, pero ya es tarde. Es frío estar a tu lado, frío —repuso un Julián enfadado. Claudia se asustó un poco; nunca le había hablado así su marido. La tranquilidad de su vida se rompió por esa hija. Julián se mudó al chalet. Los últimos años vive allí. En el campo tiene tres perros, recogidos de la calle, y no se sabe cuántos gatos. A casa apenas viene. Claudia sabe que visita a Galina, conoce a todos y adora a la bisnieta. — Siempre fue raro, y seguirá siéndolo. Que viva como quiera —piensa Claudia. Nunca ha sentido ganas de conocer a su hija, ni al nieto ni a la bisnieta. Viaja sola al mar, descansa, se recarga y se siente estupendamente.
SIN ALMA Claudia Fernández vuelve a casa. Acaba de regresar de la peluquería; a pesar de su edad respetable
Una revolución en tecnología ponible está a punto de cambiar nuestra forma de ver el mundo: científicos españoles han desarrollado lentillas que otorgan visión nocturna, permitiendo ver con total claridad en la más absoluta oscuridad. A diferencia de las gafas voluminosas o las cámaras tradicionales, estas lentes ultrafinas se integran perfectamente con el ojo y utilizan nanomateriales avanzados que captan luz infrarroja y la transforman en imágenes visibles, ofreciendo una experiencia cómoda, intuitiva y manos libres para desplazarse en entornos con poca luz. Esta innovación supone un salto frente a los dispositivos convencionales de visión nocturna y ofrece multitud de aplicaciones, desde mejorar la seguridad de trabajadores nocturnos y equipos de rescate en España, hasta abrir nuevas posibilidades en exploración y seguridad. Incluso tareas cotidianas como caminar por las calles poco iluminadas de Madrid o moverse durante un apagón pueden ser más sencillas. Más allá de su uso práctico, este avance abre una puerta a la fusión de biología y tecnología, demostrando cómo la ingeniería puede potenciar los sentidos humanos y difuminar los límites entre la capacidad natural y la innovación. A medida que se avanza en la investigación, estas lentillas de visión nocturna podrán mejorar aún más en nitidez, alcance y adaptabilidad, marcando solo el comienzo de una nueva era donde la percepción humana se amplía y los misterios de la oscuridad dejan de estar fuera de nuestro alcance.
Un avance revolucionario en la tecnología portátil está a punto de transformar nuestra manera de percibir el mundo.
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026
— ¡Mamá, otra vez has dejado la luz encendida toda la noche! — exclamó Álex al entrar irritado en la cocina. — Ay, hijo, me he quedado dormida viendo una serie… — sonrió María, avergonzada. — A tu edad ya deberías dormir por las noches, no quedarte pegada al televisor. María sonrió en silencio, apretándose el albornoz contra el pecho para que no se notara cómo temblaba de frío. Álex vivía en la misma ciudad, pero apenas pasaba por casa. Solo cuando “tenía tiempo”. — Te he traído fruta y las pastillas para la tensión — soltó él rápidamente. — Gracias, hijo. Que Dios te bendiga — respondió ella con ternura. Quiso acariciarle la cara, pero él retrocedió — iba con prisa. — Tengo que irme, reunión de trabajo. Te llamo uno de estos días. — Vale, cuídate — susurró ella. Cuando se cerró la puerta, la madre se quedó mirando por la ventana, siguiendo con la mirada cómo su hijo desaparecía al doblar la esquina. Se llevó la mano al corazón y murmuró: — Cuídate… porque yo ya no estaré mucho tiempo. A la mañana siguiente, el cartero dejó algo en el viejo buzón. María llegó despacio a la puerta, sacó un sobre amarillento con la letra que tanto conocía. En él ponía: «Para mi hijo Álex, cuando yo ya no esté.» Se sentó a la mesa y comenzó a escribir, con la mano algo temblorosa: «Querido mío, si lees estas líneas… es que ya no pude decirte todo lo que sentía. Recuerda: las madres no mueren. Simplemente se esconden en los corazones de sus hijos, para que no les duela tanto.» Dejó el bolígrafo, su mirada se posó en una vieja foto: el pequeño Álex con las rodillas heridas. ¿Recuerdas cuando te caíste del árbol y dijiste que nunca volverías a trepar? Yo te enseñé a levantarte. Eso quiero ahora: que sepas levantarte, no solo con el cuerpo, sino con el alma.» Lloró en silencio, dobló la carta y escribió en el sobre: «Dejar junto a la puerta el día que me vaya.» Tres semanas después, sonó el teléfono. — Señor Álex, soy la enfermera de la clínica… Su madre se ha ido esta noche. Él no respondió. Cerró los ojos. En su casa olía a lavanda y a silencio. Sobre la mesa, su taza favorita con la marca de sus labios. En el buzón, el sobre con su nombre. Dentro, su caligrafía: «No llores, hijo. Las lágrimas no traen de vuelta lo que se ha perdido. En el armario te he dejado el jersey azul. Lo lavé muchas veces… huele a infancia.» Álex no pudo evitarlo. Cada palabra dolía como un recuerdo que ya no podría cambiar. «No te culpes. Yo sabía que tenías tu propia vida. Pero las madres viven incluso con las migajas de atención de sus hijos. Llamabas poco, pero cada llamada era una fiesta para mí. No quiero que te quedes con tristeza. Solo quiero que recuerdes: siempre he estado orgullosa de ti.» Al final decía: «Si algún día tienes frío, pon la mano sobre el corazón. Sentirás calor. Ese soy yo, latiendo dentro de ti.» Cayó de rodillas, apretando la carta contra el pecho. — Mamá… ¿Por qué no venía más a menudo?.. — susurró. La casa respondió con silencio. Se quedó dormido en el suelo. Cuando despertó, la luz del sol atravesaba las cortinas viejas. Comenzó a tocar las cosas — tazas, fotografías, el viejo sillón de ella. En la nevera encontró una nota: «Álex, te he hecho unos rollitos de col y los he guardado en el congelador. Sé que siempre te olvidas de comer.» Volvió a llorar. Pasaron los días sin hallar paz. Iba al trabajo, vivía, pero su mente seguía allí, en la casa de las cortinas amarillas. Un domingo volvió. Abrió la ventana y entró el canto de los pájaros. El cartero entró al patio: — Buenos días, don Álex. Mi más sentido pésame. — Gracias… — Su madre dejó otra carta. Dijo que se la entregara cuando usted regresara. Tomó el sobre, lo abrió y leyó: «Hijo, si has vuelto es porque echabas de menos. Te dejo esta casa no como herencia, sino como memoria viva. Pon flores en la ventana. Prepara un té. Y no dejes la luz solo para ti — déjala también para mí. Tal vez la vea desde allí arriba.» Sonrió entre lágrimas. — Mamá… la luz quedará encendida cada noche, te lo prometo. Salió al patio y levantó la mirada al cielo. Le pareció ver en las nubes el perfil de ella con su bata blanca llena de flores. — Me enseñaste a vivir, mamá… Enséñame ahora a vivir sin ti. Pasaron los años. La casa seguía cálida, viva. Álex volvía a menudo — regaba las flores, reparaba la valla, ponía el té — como si fuera para dos. Un día llevó allí a su hijo de cinco años. — Aquí vivió tu abuela — le explicó. — ¿Y dónde está ahora, papá? — Allí arriba. Pero nos escucha. El niño miró el cielo y agitó la mano: — ¡Abuela! ¡Te quiero! Álex sonrió entre lágrimas. Y creyó escuchar que el viento susurraba con voz cálida: «Y yo también os quiero. A los dos.» Porque ninguna madre desaparece de verdad. Vive en tu risa, en tu manera de levantarte, en cómo le dices a tus hijos «te quiero». Porque el amor de madre es la única carta que siempre llega a su destinatario. ❤️
¡Mamá, otra vez te dejaste la luz encendida toda la noche! exclamó Alejandro, entrando con fastidio en
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054
Convertida en sirvienta Cuando Alejandra anunció que se casaba, su hijo y nuera quedaron en shock y no sabían cómo reaccionar ante la noticia. –¿Estás segura de que quieres cambiar radicalmente de vida a tu edad? –preguntó Catalina, mirando de soslayo a su marido. –Mamá, ¿de verdad hacen falta decisiones tan drásticas? –se inquietaba Rubén–. Entiendo que has estado sola muchos años y que me dedicaste tu vida, pero ahora casarte me parece un disparate. –Sois jóvenes, por eso pensáis así –respondía con calma Alejandra–. Tengo sesenta y tres años y nadie sabe cuánto tiempo me queda. Pero tengo todo el derecho a vivir el resto de mis días junto a la persona que amo. –No te precipites con la boda –intentaba convencer a su madre Rubén–. Apenas conoces a ese Javier desde hace unos meses y ya estás lista para cambiar tu vida por completo. –A nuestra edad hay que darse prisa y no perder el tiempo –meditaba Alejandra–. ¿Qué necesito saber más? Es dos años mayor, vive con su hija y familia en su piso de tres habitaciones, cobra buena pensión y tiene chalet. –¿Y dónde vais a vivir? –preguntaba Rubén sin entender–. Vivimos juntos y no hay sitio para otra persona aquí. –No os preocupéis tanto, Javier no necesita vuestro espacio; yo me iré a vivir con él –explicaba Alejandra–. Tiene un piso grande, su hija y yo hemos hecho buenas migas, todos son adultos, no hay motivos de conflictos. Rubén seguía preocupado, y Catalina intentaba que comprendiera y aceptara la decisión de su madre. –¿No seremos un poco egoístas? –reflexionaba ella–. Claro que nos viene bien que tu madre ayude, que cuide a Clara, pero tiene derecho a organizar su propia vida. Si le ha llegado la oportunidad, no deberíamos impedirlo. –Si solo fueran a vivir juntos, pero ¿casarse? –no entendía Rubén–. No quiero ni pensar en vestido blanco ni en boda con juegos y bailes. –Son de otra generación, quizá eso les haga sentir más seguros –buscaba la lógica Catalina. Finalmente Alejandra se casó con Javier, a quien conoció por casualidad en la calle, y en poco tiempo se mudó a su piso. Al principio todo iba bien; la familia la aceptó, el esposo la trataba bien y Alejandra creyó que al final de su vida la felicidad le había abierto la puerta y podía disfrutar cada día. Pero pronto empezaron a mostrarse las consecuencias de vivir en familia: –¿Podrías preparar guiso para la cena? –preguntaba Inés–. Yo lo haría, pero estoy hasta arriba en el trabajo, y tú tienes mucho tiempo libre. Alejandra entendió la indirecta y asumió la cocina, con la tarea vinieron las compras, la limpieza, la colada y hasta el trabajo en el chalet. –Ahora que estamos casados, el chalet es territorio común –dijo entonces Javier–. Mi hija y su marido no tienen tiempo de ir, la nieta es pequeña, así que lo haremos todo entre los dos. Alejandra no discutía, le gustaba formar parte de una gran familia unida, basada en ayuda y apoyo. Con su primer marido nunca tuvo esa suerte: él era un vago y pillo que al final se escapó cuando Rubén cumplió diez años. Habían pasado ya veinte años sin saber nada de su paradero. Pero ahora todo parecía estar en su sitio, las tareas no le pesaban y la fatiga no la irritaba. –Mamá, ¿qué haces currando en el chalet? –protestaba Rubén–. Tras cada excursión te sube la tensión, ¿de veras lo necesitas? –Claro que sí, además me gusta –afirmaba la pensionista–. Javier y yo recogeremos mucha cosecha, ya verás que sobra para todos y os llevaremos montones. Pero Rubén tenía dudas: en varios meses no les invitaron ni una sola vez a casa para conocerlos. Rubén y Catalina invitaban a Javier, quién les prometía que iría, pero siempre encontraba alguna excusa. Dejaron de insistir, asumiendo que esos nuevos familiares no querían mantener el contacto. Lo único que deseaban saber era que su madre estaba feliz y bien. Así fue durante un tiempo: los trabajos y encargos a Alejandra no le pesaban. Poco a poco, sin embargo, el número y la exigencia crecían. Javier, en cuanto llegaba al chalet, se tocaba la espalda o se quejaba del corazón. Ella, solícita, le ponía a descansar, mientras arrastraba ramas, barría hojas y tiraba la basura. –¿Otra vez gazpacho? –ponía mala cara Antonio, el yerno–. Ayer cenamos lo mismo, ¿no hay algo diferente? –No pude preparar nada más, y no fui a comprar, estuve lavando las cortinas y volviéndolas a colgar, terminé agotada y necesité tumbarme un rato –se disculpaba Alejandra. –Lo comprendo, pero el gazpacho no me va –apartaba el plato el yerno. –Mañana Ale seguro que nos da banquete –intervenía Javier. Y efectivamente, al día siguiente Alejandra pasaba el día entera entre fogones, para que por la noche se comiera todo en media hora. Después recogía la cocina, así todos los días. Pero la hija y el yerno no dejaban de quejarse por todo y Javier apoyaba sus críticas tornando a Alejandra en culpable. –Yo también me canso, y no sé por qué debo hacerlo todo sola –se atrevió a protestar después de una crítica más. –Eres mi esposa, tienes que mantener el orden en la casa –recordaba Javier. –Como esposa, tengo deberes pero también derechos –lloraba Alejandra. Luego se calmaba y seguía atendiendo a todos, esforzándose por agradar y cuidar el ambiente del hogar. Hasta que un día estalló. Inés y su marido iban a una fiesta y dejaron a su hija para que Alejandra la cuidara. –Que la peque se quede con el abuelo o la llevéis con vosotros, porque yo hoy voy a visitar a mi nieta –dijo Alejandra. –¿Desde cuándo tenemos que adaptarnos a tus planes? –se enfadó Inés. –No tenéis por qué adaptaros, pero tampoco os debo nada –recordaba Alejandra–. Mi nieta cumple años, os lo avisé el martes. No solo lo ignorasteis, sino que encima queréis atarme en casa. –Esto no se puede permitir, de verdad –se enfurecía Javier–. Inés tenía planes y ahora se van al traste, y tu nieta es pequeña, no pasa nada si la felicitas mañana. –No pasa nada si vamos los tres juntos a casa de mis hijos o si tú cuidas la nieta, yo vuelvo pronto –respondía decidida Alejandra. –Ya sabía yo que esto de tu boda acabaría mal –soltó Inés con desdén–. Cocina regular, hace la limpieza sin detalle y encima solo piensa en sí misma. –Después de todo lo que he hecho aquí, ¿también piensas así? –preguntó a Javier–. Dime la verdad, ¿buscabas esposa o criada para tu familia? –Ahora te pasas y me quieres hacer culpable –respondía Javier parpadeando–. No busques bronca. –He hecho una pregunta sencilla y quiero respuesta –insistía Alejandra. –Pues si vas por ahí, haz lo que quieras, pero en mi casa esa actitud con las obligaciones no cabe –sentenció Javier. –En ese caso, me despido –dijo Alejandra, y comenzó a recoger sus cosas. –¿Me admitís de vuelta, abuelos chapuceros? –decía cargando su bolsa y el regalo para la nieta–. Fui a casarme, vuelvo de nuevo, no quiero hablar del tema, sólo decidme: ¿me acogéis o no? –Claro que sí –corrieron Rubén y Catalina a abrazarla–. Tu cuarto te espera y nos alegra tu regreso. –¿Os alegráis de verdad? –preguntaba deseando escuchar ese cariño. –¿Por qué más se alegran los que quieren a los suyos? –respondía Catalina. Ahí Alejandra sintió que no era sirvienta. Ayudaba en casa, cuidaba a la nieta, pero Rubén y Catalina nunca abusaron ni le impusieron tareas. Era madre, abuela, suegra y miembro de la familia, pero nunca criada. Alejandra se quedó para siempre, pidió el divorcio por sí misma, y trató de no recordar lo vivido.
Se convirtió en criada Cuando Aurelia anunció que iba a casarse, su hijo y su nuera se quedaron de piedra
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088
— ¡Nadie los echó! — respondían tanto a una como a otra — ¡Si no se quisieron quedar, pues que vuelvan! ¡Nosotros estaremos encantados! — ¡Quietos! ¡Como si no estuviéramos en casa! — murmuró Pedro con toda calma. — Insisten en llamar… — Valia, petrificada, se incorporó del sofá. — Déjalos — contestó Pedro. — ¿Y si es alguien importante? — preguntó Valia — ¿O por algo de trabajo? — Es sábado, las doce del mediodía — razonó Pedro — Tú no esperabas a nadie, yo tampoco. ¿Conclusión? — Sólo voy a mirar por la mirilla… — susurró Valia. — ¡Siéntate! — la voz de Pedro se volvió de acero — ¡No estamos! Quien sea, que se marche de vuelta. — ¿Sabes quién es? — preguntó Valia. — Lo supongo, por eso te digo que no te asomes por la ventana. — Si es lo que pienso, no se irán fácilmente — admitió Valia, encogiéndose de hombros. — Depende de cuánto tardemos en abrirles. Tarde o temprano se irán — aseguró Pedro con serenidad — No van a dormir en el portal. Nosotros no tenemos prisa. Así que siéntate, ponte tus auriculares, coge el móvil y ponte una película. — Pedro, es mi madre, me llama — dijo Valia, mostrando la pantalla. — Entonces, tras la puerta está tu tía con su hijo inútil — concluyó Pedro. — ¿Cómo lo sabes? — se sorprendió Valia. — Si fuera mi primo — Pedro pronunció primo con un tono ácido — llamaría mi madre. — ¿No contemplas otras opciones? — consultó Valia. — Si son los vecinos, no me apetece socializar. Si son amigos, ya se habrían ido tras llamar dos veces. Y si fueran gente decente, habrían avisado antes de venir. Sólo familiares pesados se atreven a aporrear el timbre media hora. — ¡Pedro, es mi tía! — protestó Valia — Mi madre acaba de avisar; pregunta dónde nos hemos metido. ¡La tía Natalia quiere quedarse unos días, tiene asuntos en la ciudad! — Escríbele que hay hoteles de sobra — sonrió Pedro. — ¡Pedro! — le reprochó Valia — ¡No puedo ponerle eso! — Lo sé — Pedro reflexionó — Di que en casa están fumigando cucarachas y nos hemos ido a un hotel. — ¡Brillante! — Valia mandó el mensaje. — Pedro, ahora dice que le reservemos dos habitaciones, una para ella y otra para Costi… — balbuceó Valia. — Di que no hay dinero. Mejor, que estamos en un hostal compartiendo con quince extranjeros — Pedro se regocijó en su creatividad. — Mi madre pregunta cuándo volvemos — Valia miró a Pedro. — Di que en una semana — zanjó Pedro. Dejaron de llamar. El matrimonio suspiró aliviado. — Pedro, mi madre avisa que la tía vendrá en una semana — Valia temblaba de agotamiento. — Pues tampoco estaremos en casa entonces — aseguró Pedro. — Pedro, esto no es solución. No podemos huir siempre. ¿Si vienen entre semana? ¿Si me acorralan al salir del trabajo? Tanto tu primo como mi tía son capaces de todo… — Ya… — suspiró Pedro — ¿Quién nos mandó comprar un piso de tres habitaciones? — Lo quisimos para nuestra futura gran familia — recordó Valia. — ¡Necesitamos un hijo! — declaró Pedro — O mejor, dos de una vez… — ¿Acaso me opongo? Ya sabes que hay que hacerse pruebas. No sale… — Hay que quitar los nervios y saldrá — insistió Pedro — Nos agotan entre todos: tu familia, la mía. ¡Mandaría a todos por donde vinieron! Por su culpa nunca sale nada… Valia no discutió; sabía que Pedro tenía razón. Se hicieron pruebas antes de casarse, todo estaba bien, hasta la fertilidad. Pero pospusieron lo de los hijos para ahorrar para el piso. Cinco años de esfuerzo y sacrificio les permitieron comprarlo y, aunque reformado y amueblado de cero, ¡cuánta felicidad! No acababan de instalarse cuando apareció la tía de Valia con su hijo y, para asegurarse de que no se rebelaran, la suegra acompañaba. — Aquí hay sitio de sobra, valientes, nada que ver con nuestra habitación minúscula… — Muy conveniente — aprobó la tía Natalia — A mí una habitación, a Costi otra. — No se duerme en el salón — aclaró Pedro — Es para estar juntos. — Yo no pienso trabajar aquí — rió la tía — Valia, dile a tu marido que con el hijo no es cómodo, ronca. Además, aún no habéis puesto la mesa, ¡con invitados en casa! — No les esperábamos — explicó Valia, incómoda. — Y la nevera está vacía — apoyó Pedro. — Bueno, anda — la tía Natalia se mostró magnánima — Pedro, al súper; Valia, a la cocina. — ¿Qué esperáis, de pie? — criticó la suegra — ¿Así recibís invitados? — Esto es pasarse… — protestó Pedro, pero Valia lo arrastró a otra habitación. Cuando Pedro pudo hablar, preguntó: — Valia, ¿no se han confundido de casa? ¡Los echo ahora mismo con tu madre incluida! Si vienen, que actúen de invitados… ¡Esto es el colmo! — Pedro, es gente sencilla, del pueblo, ¡así viven! — He conocido muchos de pueblo, lo que hacen es grosería universal. — Cariño, no te pelees con mi madre y mi tía, que luego me hacen la vida imposible. ¿Te conviene llevarte mal? — Me da igual lo que piensen, si se portan así, no me cuesta ignorarlas el resto de mi vida. — ¡Pedro, por favor, por mí! Si echamos a la tía, mi madre me maldecirá. Y solo la tengo a ella… Pedro terminó por ceder e ir al supermercado. La tía se quedó dos semanas, no tres días, y Pedro ya se aferraba a la valeriana desde el segundo día. Celebraron su marcha con mopa y escoba, y tras limpiar, se repitió la historia, ahora con el primo de Pedro. — Hermano, vengo unos días, resolveré unos asuntos y me vuelvo — Dimitri abrazó a Pedro. — ¿No puedes solucionar las cosas solo? — Tengo familia, ¿los dejo en el pueblo solos? ¡Piensa! Y si me meto en líos, mi mujer se entera. — Por eso traes niños… ¿no? — No puedo dejarlos solos — Dimitri le dio una palmada — ¡Es para que se diviertan! ¡Vamos a animar el barrio! — ¡Dimitri! — chilló Svetlana — ¡Ahí te quedas! A la media hora, Valia tenía jaqueca de tanto grito y bullicio. — Pedro, ¿no eres hijo único? — murmuró Valia. — Primo materno — gruñó Pedro — Lo llamo “primo”. — Me da igual, ¿cómo lo echamos? — Me encantaría, pero mi madre me perseguiría… Ni bien se recuperaban de una visita, llegaba otra. Tanto tía Natalia como el primo Dimitri siempre tenían asuntos en la ciudad. Sin olvidar las madres y sus súplicas. Tanta tensión arruinaba la salud mental y física de la joven pareja. Y tener hijos en semejante tiovivo de visitas era inviable. — ¿Cambiamos de piso? —se le ocurrió a Valia. — ¿Por una habitación acolchada? — rió Pedro — Nos la dan pronto. — No, lo cambiamos por otro igual, en otro barrio, sin decir a nadie adónde. — Igual nos encuentran — ironizó Pedro — Y nos crucifican por la jugada… — ¿Quizá nos dé tiempo a tener un hijo? — Valia sugirió esperanzada. — No solo tenerlo, criarlo. Así podríamos poner alguna excusa — valoró Pedro. — ¿Mejor mudarnos con amigos? ¡Al menos escondidos! — ¿Con Valer y Cata? — Sí, tienen habitación. — Vive Tera, su pastor alemán — sonrió Pedro. — Prefiero al perro mil veces que a los parientes — Valia se rindió. — ¡Espera! — gritó Pedro, cogiendo el móvil —. ¡Valer, préstanos a tu perra! — ¡Amigo! ¡Eres mi salvador! Nos vamos de vacaciones y no tenemos con quién dejarla. Os quiere y respeta… ¡os llevo pienso, cama y juguetes! ¡Te pago! — ¡Perfecto! — exclamó Pedro. Regresó radiante y anunció: — Llama a mamá, dile que la tía venga mañana; yo aviso a mi primo para que venga entre semana. — ¿Seguro? — dudó Valia. — Estaremos encantados — dijo Pedro con entusiasmo —. No tienen culpa si la residente no les convence… Al primo Dimitri y familia les bastó un “guau” para preferir un hotel. La tía Natalia insistió en quedarse: — ¡Encierren a esa bestia! — chillaba, escondiéndose tras su hijo. — Tía Natalia, ¿habla en serio? — sonrió Pedro —. Son cuarenta y cinco kilos de músculo, ¡no es ni un caniche ni un pastor alemán alemán! ¡Abre cualquier puerta! — ¿Por qué me gruñe? — la voz de la tía vibraba. — No le gustan los extraños — contestó Valia. — ¡Deshaceos de ella! No puedo vivir con ese animal. — ¿Deshacernos? ¡Nunca! Ahora es nuestra, y no tenemos niños. ¡Hay que querer a alguien! La queremos muchísimo. — ¡Nunca la abandonaremos! — añadió Valia. Luego llamaron las dos madres, preguntando por qué no eran bienvenidos. — ¡Nadie los echa! — respondían — Se van porque quieren, ¡que vengan, estaremos encantados! — ¿Y el perro? — ¡Mamá, no rechazamos visitas! Desde entonces, ni las madres querían venir. Tras un mes, Tera se fue con sus dueños, lista para volver cuando hiciera falta. No hizo falta; Valia esperaba gemelos.
¡A nadie se les echó! respondíamos, tanto a una como a otra , simplemente no quisieron quedarse.
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0175
«¡Vuelve a casa ya!» gritó casi su marido. «¿O es que no te importa tu propia hija? ¡Estoy harto de quedarme con ella!» En plena fiesta de cumpleaños en un animado café madrileño, Elena levantó su copa de cava, sonriendo a Olga, por fin sintiéndose solo mujer y no madre de la pequeña Julia. Pero su teléfono sonó, y la bronca de Miguel interrumpió la celebración: la niña llevaba hora y media llorando. «¡Ya te dije que iba a llegar tarde! Olga solo cumple años una vez al año…», intenta explicar Elena, mientras su marido la presiona para volver cuanto antes. Tras un escandaloso episodio en el café, donde Miguel apareció con la niña llorando y acusó públicamente a Elena de ser una mala madre, se hizo evidente su incapacidad de resolver lo más básico—¡la etiqueta del jersey había irritado la piel de Julia! Pero para Miguel “los niños son cosa de mujeres” y “él no es una niñera”, despreciando todo el trabajo y sacrificio de Elena. La tensión culmina en una separación: Elena se va con Julia a casa de su suegra, quien la apoya ante el comportamiento inmaduro de su hijo y le recuerda que la responsabilidad es de ambos. Un mes después, el divorcio es definitivo; Miguel presume de nueva libertad, pero la realidad le da la vuelta cuando su madre le asigna la vivienda a la nieta y él pierde todo. Al avanzar el tiempo, Elena rehace su vida y Miguel busca sin éxito reconciliación, solo para descubrir que Viktor, un colega, ocupa su lugar con cariño y respeto por Julia. La historia finaliza con una dura lección: tras años de egoísmo y humillaciones, Miguel comprende demasiado tarde que no se trata de “trabajar para la familia”, sino de formar parte de ella. «¡Vuelve a casa ya!» — Una historia sobre orgullo, maternidad y el precio de olvidar lo que realmente importa.
¡Vuelve a casa ahora mismo! gritó casi su marido. ¿O es que te da igual tu propia hija? ¡Ya estoy harto
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012
Convertida en sirvienta: La historia de Alejandra, quien a los sesenta y tres años decidió casarse, sorprendiendo a su hijo y nuera con la noticia. Ellos dudaban si era correcto cambiar radicalmente su vida a esa edad y la advertían sobre los riesgos de casarse con Julián, a quien apenas conocía. Alejandra se instaló en el piso amplio de su nuevo esposo, conviviendo con su hija política y nieta, asumiendo cada vez más tareas domésticas y labores en el chalet familiar. Pronto, su rol cambió de esposa a sirvienta y la familia comenzó a tomar su ayuda por sentada. Cuando intentó poner límites y exigir sus derechos, su marido le recordó que debía cumplir con sus obligaciones y ella decidió marcharse, llevando su maleta y el regalo para su nieta, preguntando si su hijo y nuera la aceptarían de vuelta en el hogar donde siempre fue madre, abuela y suegra, pero nunca sirvienta.
Me convertí en sirvienta Cuando Carmen decidió casarse, su hijo y su nuera se quedaron en shock ante
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—¿Hola…? ¿Vasito?— No soy Vasito. Soy Elena… —¿Elena? ¿Quién eres tú?… —Señora, ¿quién es usted? Yo soy novia de Vasili. ¿Quería algo?… Mi marido no está, se ha quedado trabajando más horas… De pronto se me nubló la cabeza, noté gotitas rojas en el suelo. Me dolía terriblemente el vientre, casi no podía moverme… Sentí que el bebé estaba a punto de nacer. Mi esposo, Vasili, lleva cinco años trabajando fuera. Primero, conduciendo camiones por Alemania; después, haciendo reformas en Polonia. Se marchó por dinero. Tenemos dos hijos varones; siempre quisimos darles lo mejor. Sabíamos bien que aquí, en España, poco futuro nos esperaba. Más información Y verás, allí le fue bien. Cada mes enviaba paquetes con comida: conservas, legumbres, aceite, dulces. También ingresaba dinero en mi cuenta, para que lo pusiera en el banco y así ganar intereses. Logramos juntar suficiente para comprarle un piso a nuestro hijo mayor. Todo parecía perfecto. Sin embargo, hace unos meses noté algo extraño en mi cuerpo. Pensé primero en la menopausia, pero no era eso. Engordé mucho, tenía sueño a todas horas, comía sin parar y el ánimo me cambiaba constantemente. Según todos los síntomas que consulté en internet, estaba embarazada. ¿Embarazada a los 45? Me costaba creerlo, pero hice el test. Y dos franjas rojas brillantes me confirmaron el milagro. No quise contarle nada ni a los hijos ni a las nueras. ¿Para qué, si me iban a ridiculizar? Que su madre se ha vuelto loca, iban a decir. Preferí ocultar el embarazo. Era invierno, me tapaba con ropa ancha y abrigo, nadie notaba la barriga. Pero no quería tener ese bebé. Dirán que no tengo el corazón de Dios, pero a mis 45 ya no soy joven. Tengo hijos y nietos, quiero dedicarles tiempo, no estar cambiando pañales todo el día. Además, no hay dinero para mantener un tercero. Vasili tendría que irse otra vez fuera a trabajar; sin él, no me apaño. Además, me dijeron que era muy tarde y operativo sería muy arriesgado. Ni siquiera sabían si me perjudicaría. Traté de convencerme de que todo estaría bien. Quizá Vasili se alegraría, pensé, si le digo que vamos a tener una niña. Decidí llamarle por Skype, solo con micro, sin cámara. —¿Hola, Vasili…? —No es Vasili. Soy Elena. —¿Elena? ¿Quién eres tú? —Señora, ¿y usted quién es? Yo soy la chica de Vasili. ¿Quería algo? Mi chico no está, se ha quedado en el trabajo. Colgué de inmediato y rompí a llorar. Así es la vida, a veces tu hombre te puede traicionar lejos de casa y con cualquiera. Quise ir corriendo a poner la demanda de divorcio, tirar sus cosas, no verlo jamás. Pero todavía tenía la esperanza de que regresara a casa si se enteraba del bebé. Sabía que en febrero volvería: los hijos cumplen años y le dieron vacaciones. Incluso soñé que paseábamos juntos por El Retiro. Que Vasili llevaba de la mano a nuestra niña y yo la sujetaba por la otra. El 14 de febrero, el Día de los Enamorados, Vasili llegó. Le preparé una cena romántica: velas, música lenta, todo para crear ambiente. —Vasili, tengo una sorpresa para ti. Estoy embarazada. Dicen que será niña. —¡Eres una desgraciada! —gritó él. Se puso rojo de rabia, tiró los platos al suelo, golpeó la mesa con los puños: —¿Así que, mientras yo me mato trabajando, tú vas por ahí con otros hombres? ¿Ahora quieres colgarme este bastardo en el cuello? —Vasili, déjame explicar… —¡Apártate, no quiero verte! —Me empujó con fuerza y choqué el vientre contra el filo de la mesa y me caí. Vasili se fue, cogió su mochila y dio un portazo tremendo. Yo, mareada, vi sangre en el suelo. El dolor era insoportable, me retorcía. Apenas pude coger el móvil y llamar a la ambulancia. Sentía que la niña iba a nacer ya. Cuando los médicos llegaron, ya tenía en brazos a nuestra hija. La niña tranquila, ni lloraba, dormía profundamente. —Bueno, mamá, ¿te vienes con nosotros? —No. Llévense a la niña, no la quiero. —¿Cómo dice? —Eso, que la lleven. ¡Esta hija me ha destrozado la familia! Tal vez alguien la quiera, pero yo no. Ya está, llévenla, no quiero verla. Sin remordimiento alguno le entregué mi hija al médico. Me revisaron en casa, no me desgarré, el parto salió bien. Cuando la ambulancia se fue, limpié todo, me duché y me acosté. Nadie sabe que entregué a mi niña. Cada día voy a la iglesia y rezo para que crezca sana, que encuentre su familia. Sé que no podría con otra maternidad. Solo deseo que Vasili vuelva a casa, pero ya está de nuevo en Alemania y solo habla con los hijos. Pueden pensar que soy una madre desquiciada. Yo decido por el marido, no la hija. Dios será mi juez.
¿Hola… Tomás? No es Tomás. Soy Lucía ¿Lucía? ¿Quién eres tú? Señora, ¿quién es usted?
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06
¡Aquí nadie ha echado a nadie! — respondían tanto a una madre como a otra — ¡Ellos mismos no quisieron quedarse! ¡Que vengan cuando quieran! ¡Nosotros estaremos encantados — ¡Quietos! ¡No estamos en casa! — pronunció serenamente Pedro. — ¡Pero están llamando! — exclamó Valeria, levantándose del sofá. — Déjalo — contestó Pedro. — ¿Y si es alguien importante? — preguntó Valeria — ¿O por trabajo? — ¡Es sábado, son las doce! — exclamó Pedro — ¡No has invitado a nadie y yo no espero visita! ¿Conclusión? — ¡Solo miro por la mirilla! — susurró Valeria. — ¡Siéntate! — su voz sonaba firme — ¡No estamos en casa! Quien quiera que sea, que vuelva por donde ha venido. — ¿Y tú sabes quién es? — preguntó Valeria. — Lo sospecho, por eso te digo que te quedes y no des vueltas por delante de las ventanas. — Que sí, pero si es quien creo, no se irán tan fácil — dijo Valeria, encogiéndose de hombros. — Dependerá de cuánto tiempo tardemos en abrirles la puerta — replicó Pedro, imperturbable — Tarde o temprano, se irán. En cualquier caso, no van a pasar la noche en el portal. Y nosotros no tenemos que ir a ningún sitio. Siéntate, ponte los auriculares y mira una peli en el móvil. — Pedro, me llama mi madre — dijo Valeria, mostrando la pantalla. — Así que detrás de la puerta están tu tía y su hijo torpón — resumió Pedro. — ¿Cómo lo sabes? — se asombró Valeria. — Si fuera mi primo — y Pedro pronunció “primo” con un tono tan suave que daba hasta asco — estaría llamando mi madre. — ¿No contemplas otras opciones? — preguntó Valeria. — Si son vecinos, no quiero hablar. Si son amigos, habrían llamado antes de venir y habrían preguntado. O tras llamar a la puerta un par de veces, ya se habrían ido. Pero solo nuestros pesados familiares machacan el timbre de esa forma tan descarada. — Pedro, es mi tía — suspiró Valeria — Mi madre me ha mandado un mensaje. Pregunta dónde nos metemos. Tía Natalia se queda con nosotros unos días, ¡tiene asuntos en la ciudad! — Escribe que hay hoteles de sobra — se sonrió Pedro. — ¡Pedro! — protestó Valeria — ¡No puedo escribirle eso! — Lo sé — Pedro se quedó pensativo — Escribe que no estamos en casa, que estamos en un hotel porque están fumigando la casa por cucarachas. — ¡Genial! — escribió Valeria, mensaje enviado. — Pedro, dice que le reservemos dos habitaciones, para ella y Kostia — siguió Valeria, desconcertada. — Escribe que no tenemos dinero. Y que hemos pillado dos camas en un hostel, durmiendo con quince extranjeros. — Pedro reía por su idea. — Mi madre pregunta cuándo volvemos — Valeria miró a Pedro. — Di que en una semana — zanjó Pedro. Dejaron de llamar a la puerta. El matrimonio suspiró, aliviado. — Pedro, mi madre dice que la tía vendrá en una semana — informó Valeria, agotada. — Pues tampoco estaremos en casa entonces — repuso Pedro. — Pedro, ¿entiendes que eso no resuelve nada? ¿Vamos a vivir escondiéndonos siempre? ¿Y si vienen entre semana? ¿O nos esperan al salir de trabajar? Tanto mi tía como tu primo son capaces de cualquier cosa. — Ya… — suspiró Pedro. — ¿Y quién nos mandó comprar un piso de tres habitaciones? — Pedro, lo compramos pensando en nuestra futura gran familia — dijo Valeria. — ¡Nos hace falta un hijo! — soltó Pedro, con seriedad — Mejor dos, directamente. — ¿Acaso estoy en contra? — se indignó Valeria — Sabes que hay que ir al médico, ¡no sale! — Sin tanta presión y nervios, todo irá bien — dijo Pedro, en serio — Nos ponen de los nervios, tus familiares y los míos. ¡Podrían meterse todos por donde han venido! ¡No conseguimos nada por su culpa! Valeria no discutió. Sabía que Pedro tenía razón. Antes de casarse, pasaron pruebas médicas costosas para comprobar la compatibilidad y descartar enfermedades genéticas. Todo salió perfecto, incluyendo la fertilidad. Pero tras la boda, tuvieron que posponer el tema de los hijos para ahorrar y comprar piso. Heredar era imposible, Pedro y Valeria vivían cada uno con sus madres en pisos pequeños, así que a ahorrar y trabajar. Cinco años de esfuerzo les permitieron comprar un piso grande. Era de segunda mano, no nuevo, invirtieron en reformas y muebles… ¡y qué felices eran! Pero ni acababan de celebrar la mudanza, cuando apareció la tía de Valeria con su hijo, acompañada de la suegra para asegurarse de que no los echaran. — ¡Aquí tenéis sitio de sobra! No como cuando Valeria y yo vivíamos apretadas en una habitación. — Ideal — aprobó la tía Natalia — Una habitación para mí y otra para Kostia. — Aquí no se duerme en el salón — indicó Pedro — Es para descansar. — Yo no vengo a trabajar aquí — se rió la tía Natalia — Valeria, explícale a tu marido que mi hijo ronca y me incomoda. Y todavía no han puesto mesa, con invitados en casa. — No esperábamos visitas — balbuceó Valeria. — El frigorífico está vacío — secundó Pedro. — Bueno, vale — cedió la tía Natalia — Pedro, ve al súper y Valeria, a la cocina. — ¿A qué esperáis? — bramó la suegra — ¡Así se recibe a las visitas! — Qué descaro… — protestó Pedro, pero Valeria le arrastró a otra habitación. Cuando Pedro pudo por fin hablar, preguntó: — Valeria, ¿aquí no se han confundido de casa? ¡Ahora los echo a casa de tu madre! ¡Y con tu madre incluida! Si vienen como invitados, que se comporten como tal. ¿Esto qué es? — Pedro, es que es de pueblo. ¡Allí son así! — Conozco a la gente de pueblo pero la mala educación no está bien en ningún sitio. ¡Esto es pasarse! — Cariño, no discutas con mi madre ni mi tía. ¡Luego me vuelven loca! Y acabarás siendo su enemigo, ¿te interesa? — Me da igual lo que piensen. Si me tratan así, puedo ignorarlos para siempre. ¡No pagaría ni un céntimo si desaparecieran! — Pedro… ¡por mí! Si echamos a la tía Natalia, mi madre me lo hará pagar. ¡Solo la tengo a ella! Ese argumento funcionó. Pedro apretó los dientes y fue al supermercado. La tía Natalia no se fue a los tres días, sino tras dos semanas. Pedro estaba tomando valeriana a las pocas horas. Pedro y Valeria celebraron la marcha de la tía y su hijo con limpieza y alegría. Tres días tardaron en dejar el piso decente. Pero luego, el turno fue del otro lado. — Hermano, solo vengo un rato — Dmitri abrazó a Pedro fuerte — Tengo que arreglar unas cosas. Luego nos vamos. — ¿No puedes ir solo? — preguntó Pedro. — ¿Qué dices? ¡Si tengo familia! ¿Cómo los dejo en el pueblo? ¡Y si me pierdo por ahí? ¡Se arma el lío! — ¿Por eso traes a los niños? — preguntó Pedro. — ¿Con quién los dejo si no? — Dmitri le palmoteó la espalda — Y así lo pasamos bien. ¡Como en los viejos tiempos! — ¡Dmitri! — gritó Svetlana — ¡Ya tu verás lo que te tiembla luego! En hora y media, tras la llegada del primo de Pedro, Valeria acabó derrumbada por el dolor de cabeza. Los niños correteaban y gritaban sin parar. Svetlana solo sabía vociferar, Pedro no lograba entender cómo podía hablar sin gritar. Y Dmitri solo quería salir por la noche, causando más gritos de Svetlana. — Pedro, ¿no eras hijo único? — murmuró Valeria, metida bajo la almohada. — Primo por parte de madre — rezongó Pedro — Le llamo “primo”. — Llámale como quieras, ¿hay forma de que se marchen? — Me encantaría — puso Pedro la mano sobre el corazón — Pero igual que con tu tía. Mi madre me lo hará pagar muy caro. Cuando se iban de una visita, llegaban otros. La tía Natalia y su hijo siempre tenían asuntos en la ciudad. El primo Dmitri y su familia venían a resolver los suyos. Y las madres no se olvidaban de incordiar. La suegra atacaba al yerno, la suegra a la nuera. Y tanto estrés estaba aniquilando el bienestar de la joven pareja. Por supuesto, hablar de hijos en esa montaña rusa de visitas era imposible. Ni la salud lo permitía, ni el ambiente. — ¿Cambiamos de piso? — propuso Valeria. — ¿Por una almohadilla acolchada? — sonrió Pedro — Ya mismo nos la asignan. — No, — sonrió Valeria — intercambiemos el piso por otro igual pero en otro barrio. Así nadie sabrá dónde estamos. — Así solo aplazamos el problema — resopló Pedro — Mi primo y tu tía localizarán a los nuevos inquilinos, preguntarán y nos encontrarán. Luego nos crucifican. — Pero igual nos da tiempo a tener un hijo — dijo Valeria, esperanzada. — No solo a hacerlo… ¡hay que traerlo al mundo! Así sí, esto serviría de excusa — Pedro sacudió la cabeza. — Igual es mejor irse del piso — suspiró Valeria — ¿Pedimos a los amigos? ¿Al menos nos escondemos? — ¿Dices Valerio y Catalina? — preguntó Pedro. — Sí, ellos tienen habitación. — Vive Tera allí — sonrió Pedro — ¿Lo has olvidado? — Prefiero convivir con un pastor alemán que con nuestros parientes — Valeria agachó la cabeza, derrotada. — ¡Espera! — gritó Pedro cogiendo el móvil. — ¡Valerio, préstame tu perro! — ¡Amigo! Te debo la vida. ¡Nos vamos al resort y la perra no se queda con nadie! No le gustan los extraños, pero a vosotros os adora y respeta. — respondía Valerio — Llevo comida, manta, juguetes, cuencos… ¡Y te pago! — ¡Trae todo! — le dijo Pedro, feliz. Regresó a Valeria como un rayo de sol: — Llama a tu madre, que tu tía venga mañana. Yo llamo a mi primo para que venga esta semana. — ¿Seguro? — preguntó Valeria. — ¡Por supuesto! — dijo Pedro efusivo — ¡Estaremos encantados de recibirles! Que culpa suya no es que no les guste nuestro nuevo “habitante”. Al primo Dimitri y familia, el primer “guau” les bastó para preferir el hotel. Y la tía Natalia decidió plantarse. — ¡Encierren a ese monstruo donde sea! — chillaba, ocultándose tras su hijo. — ¿Tía Natalia, habla en serio? — sonrió Pedro — ¡Cuarenta y cinco kilos de puro músculo! Eso no es un bichón, es una pastor alemán. Puede abrir cualquier puerta. — ¿Por qué me mira así? — la voz de la tía temblaba. — No le gustan los extraños — se encogió de hombros Valeria. — ¡Desháganse de ella! ¡No puedo vivir con ese animal! — ¿Deshacerme? — protestó Pedro — ¡Este amor peludo es nuestro ahora! No tenemos hijos, hay que querer a alguien, y la adoramos. — ¡Y jamás la dejaríamos! — confirmó Valeria. Luego llamaron ambas madres para preguntar por qué no acogían a la familia. — ¡Aquí nadie ha echado a nadie! — respondían a ambas — ¡Ellos no han querido quedarse! Que vengan, les recibiremos con los brazos abiertos. — ¿Y el perro? — ¡Mamás, si no rechazamos a nadie! Pero tampoco las madres volvieron con ganas de visitar. Al mes, Tera volvió con sus dueños, lista para regresar si la llamaban. No hizo falta. Valeria esperaba gemelos.
Nadie les echó, respondíamos a ambos, han sido ellos los que no quisieron quedarse. ¡Que vengan cuando quieran!
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Encuentro bajo la Lluvia en Madrid: Un Emotivo Drama Sobre la Esperanza y el Reencuentro Familiar en las Calles de la Capital
El Encuentro bajo la Lluvia Llueve a cántaros en Madrid, cómo suele hacerlo cuando te quedas sin paraguas