Educación financiera y salud
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El Valor de lo Inigualable
En la oficina más corriente de la Gran Vía, siempre se percibían los límites. No los marcados en los
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06
A FLOR DE PIEL… En esta familia, cada uno vivía a su aire. El padre, Alejandro, además de su mujer, tenía siempre alguna amante —y no siempre era la misma. La madre, Eugenia, sospechando de las infidelidades de su marido, tampoco era un modelo de virtud. Le gustaba pasar el tiempo fuera de casa con un compañero de trabajo casado. Los dos hijos estaban completamente desatendidos. Nadie se ocupaba realmente de su crianza. Por eso, solían vagar sin rumbo. Su madre siempre decía que la escuela debía responsabilizarse de los alumnos por completo. Esta familia solo se reunía los domingos en la cocina para comer deprisa y en silencio, y enseguida volvían a sus asuntos. Así habría seguido la familia, cada uno en su pequeño mundo corrompido, pecaminoso pero cómodo, hasta que sucedió lo irreparable. …Cuando el hijo menor, Denis, tenía doce años, su padre Alejandro le llevó por primera vez al garaje para que le ayudara. Mientras Denis curioseaba entre herramientas, Alejandro salió un momento a ver a unos amigos aficionados al motor que estaban cerca. De pronto, del garaje de Alejandro empezaron a salir nubes de humo negro y llamaradas. Nadie entendía nada. (Después se supo que Denis, por accidente, había dejado caer una lámpara de soldar encendida sobre un bidón de gasolina). Todos se quedaron paralizados. El fuego se descontroló. Echaron un cubo de agua sobre Alejandro y él se lanzó dentro del garaje. Todos contuvieron el aliento. A los pocos segundos, salió de las llamas llevando a su hijo sin sentido en brazos. Denis estaba gravemente quemado. Solo su rostro, que debía de haber protegido con las manos, quedó intacto. Toda la ropa del niño se había quemado. Ya alguien había llamado a los bomberos y a una ambulancia. Denis fue trasladado al hospital. ¡Estaba vivo! Fue directo a quirófano. Tras largas horas de espera, el médico salió al encuentro de los padres y les dijo con sequedad: —Hacemos todo lo posible y lo imposible. Ahora vuestro hijo está en coma. Las probabilidades de que sobreviva son una entre un millón. La medicina poco puede hacer. Si Denis tiene una fuerza de voluntad descomunal, quizá ocurra el milagro. Ánimo. Alejandro y Eugenia, sin dudarlo, corrieron a la iglesia más cercana. Diluviaba, pero los padres, fuera de sí, no se daban cuenta de nada. ¡Tenían que salvar a su hijo! Mojados hasta los huesos, Alejandro y Eugenia entraron en la iglesia por primera vez en su vida. El templo estaba tranquilo y medio vacío. Al ver al sacerdote, la pareja se acercó tímida. —Padre, ¡nuestro hijo se muere! ¿Qué podemos hacer?, —preguntó Eugenia entre lágrimas. —Hijos míos, me llamo padre Sergio. A ver, ¿muy pecadores sois? —fue directo al grano el sacerdote. —Yo creo que no… No hemos matado a nadie… —respondió Alejandro, bajando la mirada ante los ojos escrutadores del padre Sergio. —¿Y el amor, por qué lo habéis matado? Ese sí yace muerto entre vosotros. Entre marido y mujer no debe pasar ni un hilo, pero entre vosotros podría ponerse un tronco y ni rozaríais. Ay, hijos… ¡Rezad, rezad con fe a San Nicolás por la salud de vuestro hijo! Pero recordad que todo es voluntad de Dios y no hay que rebelarse contra Él. A veces, cuesta aprender el camino, y si no, perdéis el alma sin ni daros cuenta. ¡Amaos y todo se salvará! Mojados de lluvia y lágrimas, Alejandro y Eugenia escucharon la amarga verdad del padre Sergio. Daba pena mirarlos. El sacerdote señaló el icono de San Nicolás. Alejandro y Eugenia se arrodillaron ante la imagen, rezando y jurando desesperadamente… Todos los romances quedaron enterrados y borrados para siempre. Repasaron su vida letra por letra, hebra por hebra… A la mañana siguiente, el médico llamó: Denis había salido del coma. Alejandro y Eugenia ya estaban sentados junto a la cama de su hijo. Denis abrió los ojos e intentó sonreír al verlos. Pero su sonrisa era dolor. Su rostro era el de alguien que ya conocía el sufrimiento. —Mamá, papá, por favor, no os separéis —susurró el niño. —No digas tonterías, hijo, estamos juntos —respondió Eugenia, acariciando la mano ardiente de Denis. Él se quejó. Eugenia retiró la suya asustada. —Lo he visto, mamá… Y mis hijos llevarán vuestros nombres —dijo Denis. Alejandro y Eugenia se miraron. Pensaron que deliraba. ¿Hijos? ¡Apenas puede mover un dedo! ¡No puede ni salir de la cama! Pero Denis empezó a recuperarse. Todos los recursos se volcaron en su curación. Alejandro y Eugenia vendieron el chalé. Lástima que el coche y el garaje se perdieran en aquel fatídico día, porque también habrían servido para reunir dinero para Denis. Pero lo importante: ¡el niño seguía vivo! Los abuelos ayudaron en todo lo que pudieron. La familia se unió ante la desgracia. Y como todo día, por largo que sea, acaba por pasar, pasó un año. Denis estaba en un centro de rehabilitación. Ya podía andar y valerse por sí mismo. Allí Denis se hizo amigo de María, una niña de su edad que también había sufrido un incendio. A María solo se le había quemado la cara. Había pasado por varias operaciones y tenía vergüenza de mirarse al espejo. Denis sintió una ternura especial por ella. María irradiaba luz. Su madurez y vulnerabilidad cautivaban. Daba ganas de protegerla. Pasaban juntos casi todo el tiempo libre. Tenían mucho en común. Ambos conocían el dolor insoportable, la desesperación, las pastillas amargas, la costumbre de los pinchazos y las batas blancas… No se cansaban de hablar. Y así pasó el tiempo. Denis y María celebraron una boda sencilla. Tuvieron dos hijos: primero una niña, Alexandra, y tres años después, un niño, Eugenio. Y justo cuando la familia por fin empezó a respirar tranquila, Alejandro y Eugenia decidieron separarse. Toda aquella calamidad los había dejado exhaustos. No soportaban seguir juntos y ambos anhelaban paz. Eugenia se fue con su hermana al extrarradio. Antes de marcharse, pasó por la iglesia a recibir la bendición del padre Sergio, a quien agradecía de corazón la vida de su hijo. El sacerdote le respondía: —¡Da las gracias a Dios, Eugenia! El sacerdote no aprobaba la marcha: —Pero si no puedes más, vete. Descansa. A veces, la soledad es buena para el alma. Pero vuelve… Marido y mujer, una sola carne —la instruía el padre Sergio. Alejandro se quedó solo en el piso vacío. Los hijos, ya adultos y con familia, vivían por su cuenta. Los ex esposos visitaban a los nietos por turnos, evitando cruzarse. En resumen, ahora todos se sentían cómodos…
A FLOR DE PIEL… En esta familia, cada uno iba a lo suyo. El padre, Álvaro, además de casado, solía
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05
TE LO RECUERDO —María, cariño, ese rizo no me sale… —susurró tristemente el pequeño Temi, de segundo de primaria, señalando con el pincel una hoja verde de su flor que se empeñaba en curvarse al revés. —Aprieta menos la brocha, mi niño… Así, llévala como si acariciaras la palma con una pluma. ¡Ves! ¡Bravo! ¡Ese rizo te ha quedado precioso! —sonrió la veterana maestra, —¿Y para quién pintas tanta hermosura? —¡Para mamá! —respondió radiante el chaval, satisfecho con su terco rizo— Hoy es su cumpleaños, ¡y este es mi regalo! —el orgullo se le notaba en la voz después del halago de la maestra. —¡Vaya suerte la de tu madre, Temi! No cierres el cuaderno aún, deja que se seque la pintura para no estropearlo. Cuando llegues a casa, entonces arrancas la hoja con cuidado. ¡Ya verás cómo le encanta! La maestra echó un último vistazo al chico encorvado sobre la hoja blanca y, sonriendo para sus adentros, volvió a su mesa. ¡Un regalo para mamá! Cuánto tiempo hace que no recibe un regalo así de bonito… Temi tiene un don para el dibujo, debería llamar a su madre para proponerle apuntarle a la Escuela de Arte. No se puede desperdiciar ese talento. Y de paso preguntarle, ¿le ha gustado el regalo? Ella, María, no puede apartar los ojos de esas flores pintadas. Casi puede jurar que de un momento a otro las hojas verdes empezarán a temblar vivas… ¡De tal madre, tal hijo! Temi ha salido a ella, sin duda… Larisa, a su edad, también dibujaba de maravilla… ***** —María, soy Larisa, la madre de Arturo— sonó el teléfono por la tarde en casa de la maestra— Te llamo para avisar que mañana no va a ir— soltó la voz joven al otro lado, estricta. —Hola, Larisa. ¿Qué ha pasado? —preguntó con curiosidad María. —¡Pasó que me ha fastidiado el cumpleaños entero! —saltó la voz— Y ahora está aquí con fiebre, la ambulancia acaba de irse… —¿Cómo que con fiebre? Pero si salió sano del cole y te llevaba un regalo… —¿El pegote de manchas, dices? —¿Qué manchas, mujer? ¡Te pintó unas flores preciosas! Pensaba llamarte para decirte que lo apuntases a la escuela de arte… —No sé qué flores serían, pero yo no esperaba semejante churro. —¿Un churro? ¿De qué hablas? —se desorientó María, cada vez más preocupada. Tras escuchar las confusas explicaciones, frunció el ceño— Larisa, ¿te importa si paso ahora por tu casa un momento? Vivo aquí al lado… Minutos después, tras el permiso de la que una vez fue su alumna y ahora madre de su alumno, María, su grueso álbum de fotos y dibujos de su primer curso bajo el brazo, salía de casa. En la cocina, donde Larisa la recibió, reinaba el desorden. Larisa, despejando el pastel y los platos, empezó el relato: Cómo llegó tarde empapado y lleno de barro, cómo sacó de debajo del abrigo un cachorro chorreando, que olía a mil demonios; cómo se metió en la zanja donde otros chavales habían lanzado al perrito. Los libros destruidos, las manchas del cuaderno… Y la fiebre, que en una hora le subió casi a treinta y nueve… Que los invitados se marcharon sin probar el pastel, y que el médico la regañó por descuidar al niño… —Así que lo devolví a la misma escombrera en cuanto Temi se durmió. El cuaderno está ahí secándose, no ha quedado ni rastro de las flores —refunfuñó Larisa. Sin darse cuenta de cómo María se ennegrecía más a cada palabra… Y cuando escuchó el destino del cachorro, la cara de la maestra se tornó severa. Lanzó una mirada dura a Larisa, pasó suavemente la mano por el álbum secándose y habló bajito… Le contó de los rizos verdes, de las flores vivas… del empeño de un niño, de su valentía. Del corazón incapaz de soportar la injusticia. De los gamberros que lanzaron al animal indefenso. Y luego, llevándola a la ventana, le señaló: —Allí está la zanja. No sólo el perrito, ¡Temi podría haberse ahogado! Pero en ese momento, ¿acaso pensaba en eso? ¡Quizás sólo pensaba en las flores que le pintó a su madre! ¿O es que has olvidado, Larisa, aquellas tardes de los noventa, llorando en el banco del cole con el gatito rescatado de los matones? ¿Cómo todos lo acariciamos esperando a tu madre? ¿Cómo no querías ir a casa, y regañabas a tus padres cuando echaron al “churro peludo”? ¡Te lo recuerdo! ¡Y a Ticho, tu gato! ¡Y a Muktar, el perro hasta la uni! ¡Y a la grajilla, a la que cuidabas…! María sacó una vieja foto donde la niña de blanco abrazaba su gato, rodeada de amigos, y siguió con voz firme: —Te recuerdo la bondad que florecía en tu corazón. Después, del álbum trocito cayó un dibujo infantil: una niña con un cachorro en un brazo y la mano de su madre en el otro. —Si por mí fuera —dijo ya con voz más firme— besaría a ese cachorro con Artemio. ¡Y esas manchas las pondría en un marco! Porque no hay regalo más grande para una madre que criar a un buen ser humano. Sin darse cuenta, Larisa lanzaba miradas a la puerta de la habitación de Temi y apretaba el álbum con los nudillos blancos. —¡María! —susurró Larisa, temblorosa— ¿Puedes quedarte con Temi un momento? ¡Sólo un momento! ¡Vuelvo enseguida! Bajo la atenta mirada de la maestra, Larisa cogió su abrigo y salió corriendo. Enfiló la escombrera, no importándole sus pies empapados, rebuscando y llamando, revisando entre las cajas y las bolsas, lanzando miradas inquietas a la casa… ¿Le perdonaría…? ***** —Temi, ¿quién es ese que mete el hocico entre las flores? ¿Tu amigo Dico? —¡Ése, María! ¿Le reconoces? —¡Y tanto! ¡Mira esa mancha blanca en la pata! Como cuando tu madre y yo frotamos esas patas… —¡Ahora le lavo las patas todos los días! —dijo Temi con orgullo— Mamá dice: “quien tiene un amigo, lo cuida”; hasta nos ha comprado un barreño especial. —Tienes buena madre —sonrió la maestra— ¿Estás pintando otro regalo para ella? —Sí, quiero enmarcarlo. Es que aún tiene allí las manchas enmarcadas y siempre sonríe al mirarlas. ¿Se puede sonreír a unas manchas, María? —¿A las manchas? —rió la maestra— Si vienen del corazón, claro que sí. Y tú, ¿cómo vas en la Escuela de Arte, amigo? —¡Fenomenal! Pronto pintaré un retrato de mamá. ¡Le hará ilusión! Por ahora, mira —Temi rebuscó en la mochila y sacó una hoja doble— Esto es de parte de mi madre, ella también dibuja. María desdobló el papel y apoyó su mano en el hombro del niño. Allí, en blanco y color, sonreía un Temi feliz junto a su mestizo negro, la pequeña Larisa rubia con su gatito y, detrás de la mesa de la profe, María los contemplaba a todos con una sonrisa y unos ojos llenos de vida. Y cada trazo de aquel dibujo irradiaba un orgullo maternal imposible de esconder. María se secó las lágrimas y sonrió: en una esquina, entre flores y rizos verdes, se leía una palabra: «Recuerdo».
TE LO RECUERDO Señorita María Eugenia, mire aquí, esta curva no me sale susurró apesadumbrado el pequeño
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Sin Dirección
Isabel Martínez no podía soportar la palabra «vagabundo». Le resultaba tosca y deshumanizante.
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Destino entre sábanas de hospital: la historia de amor, abandono y segundas oportunidades de una enfermera y su paciente en un pequeño pueblo español, marcada por la lucha contra la enfermedad, los lazos familiares y la redención a lo largo de los años
DESTINO EN UNA CAMA DE HOSPITAL Señora, tome usted estos alimentos y cuídelo. Yo, la verdad, no me atrevo
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Treinta y dos años y un día
Treinta y dos años y un día Luz estaba junto a la ventana, observando cómo las gruesas gotas de lluvia
Hace 25 años mi marido emigró al extranjero… El estrés y la ansiedad me provocaron cáncer
Hace veinticinco años mi marido se marchó al extranjero… El estrés y la angustia me han llevado
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La suegra decidió mudarse a nuestra casa sin avisar y se topó con la puerta cerrada
13 de diciembre de 2025 Hoy me veo obligado a plasmar en estas páginas algo que ha sacudido los cimientos
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Nunca Tomé lo que No Era Mío en la Vida Marta, incluso de adolescente en el instituto, sentía un profundo desprecio y a la vez cierta envidia hacia Ana. Despreciaba el hecho de que los padres de Ana eran unos bebedores empedernidos, que apenas conseguían algún trabajo y vivían al día. Por eso, Ana iba siempre medio hambrienta, con ropa desgastada y un aire de tristeza. Su padre, además, la maltrataba con frecuencia, por cualquier excusa, y su madre nunca la defendía, pues también temía al marido. Solo su abuela era el rayo de luz en la vida de Ana. Una vez al mes, con su pequeña pensión, la abuela le daba a su nieta una “paga” por portarse bien, aunque Ana sabía que aunque se portara mal, la abuela haría la vista gorda y le daría igualmente los cinco euros prometidos. Ese día, Ana corría a la tienda, compraba helado para ella y su abuela, algo de turrón y caramelos. Siempre intentaba racionar esas pequeñas alegrías para todo el mes, pero a los pocos días ya no quedaba nada dulce. Su abuela, entonces, le ofrecía su propio helado del congelador, “Toma, hija, cómetelo tú, que me duele un poco la garganta”, y Ana siempre pensaba que era curioso cómo la garganta de la abuela empezaba a molestar justo cuando ya no quedaban caramelos… La familia de Marta representaba todo lo contrario: casa llena, padres trabajadores, ella vestida a la última moda. Sus compañeras le pedían ropa prestada y a Marta no le faltaba de nada. Pero Marta envidiaba la belleza natural de Ana, su simpatía innata y esa capacidad para empatizar con todos. Ella consideraba indigno siquiera dirigirle la palabra a Ana, la miraba con desprecio y una vez, delante de todos, la llamó “¡Eres una desgraciada!”. Ana, hecha un mar de lágrimas, corrió a contárselo a su abuela. Su abuela la abrazó y le dijo: “No llores, Ana. Mañana respóndele: ‘Sí, tienes razón, ¡soy una hija de Dios!’”. Marta también era guapa, pero su hermosura era fría e inaccesible. En la clase, el preferido de todas era Carlos: un alumno regular, simpático y bromista que, pese a sus suspensos, siempre tenía una sonrisa. Pronto, Carlos empezó a acompañar a Marta a casa tras las clases, y la esperaba cada mañana en la puerta del instituto. Todo el mundo bromeaba con que eran novios, y hasta los profesores sabían lo que se cocía entre ambos. Al graduarse, cada uno siguió su camino, pero Marta y Carlos se casaron rápidamente tras descubrir que ella estaba embarazada. Pronto nació su hija, Sofía. Ana, tras acabar el instituto, tuvo que ponerse a trabajar. Su abuela ya no estaba y sus padres esperaban que ella los mantuviera. Aunque no le faltaban pretendientes, Ana se resistía, avergonzada por su familia y porque nadie le tocaba realmente el corazón. Pasaron los años. Frente a la consulta del centro de salud, se cruzaron de nuevo los destinos de Ana y Carlos, ambos acompañando a una madre y una esposa, respectivamente, aquejadas del alcoholismo. El reencuentro de antiguos compañeros les sirvió de apoyo en esos duros momentos. Carlos terminó separándose de Marta, quien se hundió del todo en la bebida, y se quedó criando solo a Sofía. Poco a poco, Carlos y Ana se hicieron inseparables. Compartieron experiencias y consejos, y el cariño creció en confianza mutua. Finalmente, Carlos pidió a Ana que se casara con él y formaron un nuevo hogar junto con Sofía. Sofía fue arropada por el amor y la calidez de Ana, quien con el tiempo fue llamada ‘mamá’ por la niña. Unos años después, tuvieron una hija juntos, María. Un día, la felicidad de la familia fue interrumpida por una visita inesperada: Marta, desmejorada y ebria, apareció en el umbral acusando a Ana de haberle robado a su esposo e hija. Con entereza, Ana le respondió: “En la vida nunca tomé nada que no fuera mío. Renunciaste a tu familia sin entender nada. Y nunca he dicho una mala palabra de ti. De corazón, me das lástima, Marta…”. Y cerró la puerta, con dignidad, ante aquella sombra de un pasado superado.
EN LA VIDA JAMÁS TOQUÉ LO AJENO Desde el instituto, Marta sentía un desprecio sordo y a la vez una punzada
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035
TODO EN ORDEN: —Lada, te prohíbo relacionarte con tu hermana y su familia. Ellos tienen su vida y nosotros la nuestra. ¿Otra vez has llamado a Natalia para quejarte de mí? Ya te avisé, luego no digas que no te advertí —Bogdán me agarró el hombro con fuerza. Como solía hacer en estos casos, me fui en silencio a la cocina, aguantando las lágrimas amargas. Jamás me quejé a mi hermana de mi vida, solo hablábamos, sobre todo de nuestros padres mayores, había mucho que compartir. Pero eso sacaba de quicio a Bogdán: odiaba a mi hermana Natalia, cuya familia vivía en paz y prosperidad, lo opuesto a lo nuestro… Cuando me casé con Bogdán, no había chica más feliz en el mundo. Me envolvió en un torbellino de pasión, no me importaba que fuera algo más bajo que yo, ni que su madre viniera a la boda tambaleándose. Solo después supe de su largo alcoholismo. Ciega de amor, no veía lo malo, pero tras un año de matrimonio, las dudas aparecieron. Mi felicidad se desmoronaba: Bogdán bebía, llegaba cada vez más borracho, empezaron los líos fuera de casa. Yo era enfermera, el sueldo no era gran cosa. Él prefería la compañía de su cuadrilla de borrachos. No tenía intención de mantenerme y, aunque al principio soñaba con hijos, pronto me conformé con mi gato de raza. Se me quitaron las ganas de tener un niño con un alcohólico, aunque seguía queriéndolo. —¡Ay, Lada, qué ingenua eres! Mírate, tienes a hombres revoloteando y tú, empeñada en ese enano tuyo… Andas siempre marcada de sus golpes. ¿Crees que nadie nota los moratones bajo el maquillaje? Déjalo antes de que acabe contigo —me advertía mi amiga y compañera de trabajo. Bogdán daba rienda suelta a su mal genio y una vez me pegó tanto que ni pude ir a mi turno. Incluso me encerró en casa, llevándose la llave. Desde entonces le tuve terror. Sentía que se vengaba de mí, por no darle un hijo, por ser una mala esposa, por todo. Así que no oponía resistencia ni a los insultos ni a los golpes. ¿Por qué seguía queriéndolo? Recuerdo que su madre, una bruja, siempre me repetía: —Ladita, obedece a tu marido, déjate de familia y amigas, que no te llevarán a nada bueno. Y terminé olvidando a los míos, siendo sumisa, completamente bajo el poder de Bogdán. Me gustaba cuando pedía perdón de rodillas, cuando cubría la cama con pétalos de rosa —aunque sabía que eran robados del jardín de otro borracho. Perdía el sentido en esos dulces momentos, pero la magia se rompía y había que empezar de nuevo. Seguramente habría seguido siendo su esclava toda la vida, pero el destino intervino… —Deja a Bogdán, tengo un hijo suyo. Tú eres estéril, acéptalo —me lanzó una desconocida sin tapujos. —¡No te creo! Márchate de mi casa —le grité. Bogdán lo negó hasta el final. —¡Júrame que ese niño no es tuyo! —sabía que no podría jurarlo. Bogdán guardó silencio. Comprendí todo… —Lada, nunca te veo feliz. ¿Problemas? —me preguntó el jefe del hospital, Germán Llovis, que yo creía ni me miraba. —Todo en orden —me puse colorada. —Así debe ser, cuando todo está en orden, la vida es maravillosa —dijo enigmático Germán Llovis. Decían que Germán, divorciado por infidelidad de su esposa, vivía solo, tenía cuarenta y dos, poco agraciado, gafas, principio de calvicie, bajo. Pero acercarse a él despertaba algo en mí, su loción tenía un aroma embriagador. Su encanto era irresistible, yo salía corriendo del despacho para evitar la tentación. Pero sus palabras me hicieron pensar, “todo en orden”. Qué fácil decirlo, y mi vida, un caos. Los años pasan, no hay pausa para resolver las cosas. Así que me fui de casa de Bogdán y volví con mis padres. —¿Te ha dejado tu marido? —se extrañó mi madre. —No, mamá, ya lo explicaré… Después me llamó la madre de Bogdán, me insultó a gritos, pero por fin respiré hondo y me sentí libre. Gracias a Germán Llovis. Bogdán montó en cólera, me espiaba, me amenazaba. Pero yo ya era libre. —Bogdán, no pierdas el tiempo conmigo, cuida de tu hijo. Ya pasamos página. Adiós —le dije. Volvía con mi hermana Natalia, con mis padres. Volví a ser yo misma. —Lada, estás irreconocible, has cambiado, parece que estrenas vida —me decía mi amiga. Y Germán Llovis me pidió matrimonio: —Lada, ¿por qué no nos casamos? Te prometo que no te arrepentirás. Solo una condición: háblame de tú, deja el “don Germán” para el hospital. —¿Pero me quieres, Germán? —quise saber. —Perdona, olvidaba que las mujeres necesitan palabras. Digamos que sí, te quiero, aunque yo creo más en los hechos —y me besó la mano. —Sí, acepto, Germán. Estoy segura de que llegaré a quererte —y sentí una felicidad inmensa. …Pasaron diez años. Germán me demostraba cada día un amor sincero. No me hacía regalos vacíos ni me besaba las manos, me cuidaba con hechos y generosidad. No tuvimos hijos, quizá era cierto que era “estéril”, pero Germán nunca lo lamentó ni me reprochó nada. —Lada, tenemos que conformarnos con estar juntos. Para mí eres suficiente —me consolaba cuando me entraba la tristeza. Su hija nos regaló a nuestra nieta Sashenka, nuestra niña adorada. En cuanto a Bogdán, acabó perdiéndose por el alcohol y falleció antes de los cincuenta. Su madre, si me encuentra en el mercado, me fulmina con la mirada, pero esas flechas de odio ya no me alcanzan. Y nosotros, con Germán, sí, lo tenemos TODO EN ORDEN. La vida es maravillosa…
VIDA EN ORDEN Mira, Clara, te prohíbo hablar con tu hermana y su familia, ¡que queda claro!