Educación financiera y salud
032
Mi exsuegro me llevó al altar: una historia de segundas oportunidades, familia elegida y amor que nunca termina en España
Nunca imaginé que volvería a lucir un vestido blanco. Tras perder a mi marido, mi vida se convirtió en
Educación financiera y salud
021
Habían pasado dos años desde aquel día, y ahora la encontraba de nuevo. Una mujer hermosa caminaba por la calle delante de mí, y al verla, mi corazón se detuvo de inmediato. En ella reconocí a mi ex, Mónica, aquella que hacía que los hombres se giraran al pasar. Tras la boda, no volví a reconocer a mi esposa; se convirtió en una de esas mujeres con el pelo grasiento recogido y camisetas enormes. Nunca más la vi con vestidos que realzaran su figura ni con lencería elegante. Después de casarnos, mi mujer solo usaba “bolsas” en casa: camisetas gigantes. Además, se olvidó de cuidarse: no iba a hacerse la manicura, no se maquillaba, ya ni hablar de hacer ejercicio, y la barriga tras el parto no desapareció, al igual que la celulitis… En los dos años que vivimos juntos, se transformó en un monstruo. Engordó cada vez más y usaba cada vez prendas mayores. Cuando le sugería que ya era hora de mirarse al espejo, se ofendía y no hablaba conmigo. Llegué al punto en que comprendí que estaba enamorado de la Mónica de antes de la boda, pero ahora vivía con una persona totalmente diferente. Aquella Mónica era apasionada, divertida, guapa; todos mis amigos me envidiaban y se preguntaban cómo la había conseguido. Tras tantos cambios, entendí que ya no me interesaba como mujer, no me inspiraba, y solo sentía tristeza al mirarla. La última vez que la vi, llevaba una camiseta enorme gris con manchas de leche, pantalones cortos anchos que dejaban ver la celulitis y ni siquiera se había depilado. El pelo recogido en un moño deshecho, con mechones saliendo en todas direcciones. Su rostro estaba perpetuamente triste, y ni hablar de las ojeras. Aquella noche le dije a mi mujer que ya no podía seguir con ella, que solo me provocaba tristeza y lástima, no amor. Han pasado dos años desde ese día y me la he vuelto a encontrar. Una mujer preciosa cruzaba la calle, y mi corazón se paralizó. En ella reconocí a la antigua Mónica, la que hacía que los hombres se girasen. Llevaba un vestido precioso, el pelo suelto y rizado. Había adelgazado, había pasado de ser un patito feo a volver a ser una reina. Una reina que ha criado a mis dos hijos. Por algún motivo, fue solo entonces cuando comprendí que mi mujer antes no tenía ni tiempo ni energía para cuidarse. Se entregaba por completo a crear un hogar acogedor para nuestra familia, a criar a nuestros hijos. Dejé de interesarme por ella, no sabía cuánta dedicación le ponía a todo eso y no entendía por qué no se cuidaba. Algunas veces, cuando me quedaba solo con los gemelos, me agotaban en dos horas. Y ella los acunaba todo el día, mantenía la casa limpia, cocinaba y aún así encontraba tiempo para mí. Evidentemente, entre tantas responsabilidades, no tenía tiempo para manicuras ni para ir al gimnasio. Y yo debería haber entendido que su cuerpo necesitaba recuperarse tras el parto, no exigirle que fuera al gimnasio de inmediato. Además, nunca íbamos a ningún sitio donde pudiera ponerse joyas o vestidos bonitos; llevar esas cosas en casa es incómodo… Yo tuve la culpa de no dejarle mostrar sus mejores prendas. Tan solo dos años después he logrado mirar nuestra relación desde fuera y darme cuenta de que en todo ese tiempo fue ella quien cargó con toda la familia, pero jamás se quejó, siempre me recibió tras el trabajo, nunca se enfadó. Creó un hogar al que volver, y yo me di cuenta demasiado tarde. Solo tenía que haberle ayudado a tiempo para que ella pudiera dedicarse un poco más a sí misma. Fui un auténtico necio al perder un tesoro sin darme cuenta. Estaba tan convencido de que tenía razón que no me importó su vida ni la de mis hijos y, por eso, lo eché todo a perder. Ahora la miro y la quiero recuperar, pero no sé si algún día podrá perdonarme por mi traición. Intentaré hablar con ella y reconstruir mi imagen ante sus ojos, al menos por poder seguir comunicándome con mis hijos, pues ya he perdido dos años de su infancia… Ahora mi ex mujer tiene muchos admiradores, pero no deja que ninguno se le acerque; parece que fui yo quien le hizo más daño. Y ahora no sé qué hacer con esta vergüenza y culpabilidad desde que me he dado cuenta de lo que hice…
Han pasado ya dos años desde aquel día, y hoy me ha vuelto a pasar por delante. Iba caminando por la
Educación financiera y salud
069
EL MAGNATE LLEGÓ SIN AVISAR Y DESCUBRIÓ A LA EMPLEADA DEL HOGAR CON SUS TRILLIZOS—LO QUE PRESENCIÓ LE DEJÓ EN ESTADO DE SCHOCK
Héctor se quedó paralizado en el umbral del cuarto de juegos, apretando con fuerza el asa de su maletín
Educación financiera y salud
011
Juan Pérez despertó al notar que algo cálido y húmedo rozaba su mejilla
Diario, 14 de noviembre Hoy me he despertado de un sueño profundo cuando algo cálido y húmedo rozó mi mejilla.
Educación financiera y salud
013
Mi exsuegro me llevó al altar: Nunca soñé volver a vestir de blanco tras enviudar, pero su familia me abrazó como a una hija y cinco años después, gracias a ellos, volví a encontrar el amor; el día de mi boda, fue él quien me dio la mano para caminar hacia el altar, demostrando que la familia es mucho más que la sangre.
Nunca imaginé que volvería a enfundarme en un vestido blanco. Tras perder a mi marido, mis días se convirtieron
Educación financiera y salud
064
Me casé hace seis meses y desde entonces hay algo que no me deja en paz: el día de la boda sorprendí a mi mejor amigo y a mi mujer discutiendo en secreto, y desde aquel momento no puedo dejar de pensar qué ocurrió realmente esa noche.
Hace seis meses que me casé y, desde entonces, algo no me deja en paz. El banquete se celebró en un jardín.
Aquella noche eché a mi hijo y a mi nuera de casa y les quité las llaves: llegó el momento en que me di cuenta — basta ya
Aquella noche, eché a mi hijo y a mi nuera de casa y les quité las llaves: llegó un momento en que comprendí
Educación financiera y salud
018
Me casé hace seis meses y desde entonces hay algo que no me deja en paz: el día de la boda sorprendí a mi mejor amigo y a mi mujer discutiendo en secreto, y desde aquel momento no puedo dejar de pensar qué ocurrió realmente esa noche.
Hace seis meses que me casé y, desde entonces, algo no me deja en paz. El banquete se celebró en un jardín.
Educación financiera y salud
075
—Ya he metido tus cosas en la maleta —anunció el marido —Hijo, ¿pero para qué te vas a casar con ella? —trataba de disuadirle su madre. —¡Que la quiero, mamá! —respondía él, casi indignado: ¿acaso no era obvio? —¡Vas a sufrir con esa muchacha! Solo piensa en sí misma, ¡no ve a nadie más! La guapa rubia Lucía pensó en hacerle a su marido un regalo a la altura de una reina por su quinto aniversario de boda. Y, al fin y al cabo, ¿quién dice que todas las rubias son tontas? ¡Que me presenten a ese valiente! A Lucía, o Lucienne, como la llamaba él, le encantaba presumir de carácter y mentalidad. Y quiso demostrarlo a Álex precisamente con aquel regalo. Aunque él ya la adoraba de sobra. Llevaban casados cinco años: ese era su primer gran aniversario y el motivo del esperado sorpresón. Su historia juntos no tenía nada de extraordinario: unos amigos comunes les invitaron al cumpleaños de alguien. Bailaron juntos toda la noche, él la acompañó a casa, consiguió su número, empezaron a verse. Y así, la pareja preparaba su quinto aniversario de una feliz vida juntos. Aunque la bella Lucienne empezaba a encontrar a su marido algo aburrido. Todas las historias empiezan igual: una mujer se aburre… Álex, en realidad, trabajaba muchísimo: apenas tenía energías ni tiempo que dedicarle. Su mujer prefería no complicarse la vida trabajando: lo de ser influencer no cuenta. Así que él sostenía solo el pequeño hogar de ambos. El “influencer” de Lucienne no daba dinero: la gente no se suscribía para ver a una rubia medio desnuda, por mucho que se empeñara. Era la moda: en internet de eso había para dar y tomar. Pasaba el día buscando el ángulo perfecto, probando nueva luz, haciendo fotos y vídeos sin cesar. Por supuesto, ese trabajo “titánico” incluía parones: para comer, ir de compras, quedar con amigas, cuidarse y superarse. Vamos, la clásica vida de una belleza moderna, que, al final, le deja a su pareja disfrutar de tan exquisitos encantos. Pero Álex la amaba igual: al fin y al cabo, se ama por encima de todo. Él no era ningún tonto, lo veía claro. Las chapuzas de influencer, la autovaloración desmedida, el desprecio hacia cualquier actividad que no fuera mimar su propio ego. ¿Y qué? Sí, Lucienne era así… ¡Y se ama a la persona completa, grietas incluidas! —Hijo, ¿para qué te casas con ella? —insistía la madre. —¡Porque la quiero! —insistía el hijo—. ¿No te parece suficiente? —Vas a pasarlo mal, no le importa nadie más que ella. Pero su madre estaba equivocada: ¿cómo que no veía a nadie? Lucía era una chica normal. Vale, no encontraba trabajo tras la uni: ¡le pasa a muchos! No iba a ponerse de repartidora, ¿no? Además, con lo que ganaba Álex, les llegaba bien, y cuando decidieran tener hijos, él encontraría la forma. Y su madre, viendo que no tenía razón, dejó el tema. Así que llegó el aniversario: ¡cinco añazos casados! Cada uno preparó un regalo. Él, unos pendientes de brillantes preciosos, y ella… ¡tachán!: una cámara de coche a la última, con grabadora y micrófono: “¡Toma, cariño, para que veas que sí entiendo de tecnología!” Celebraron el aniversario en un restaurante: todo de lujo. Álex agradeció el regalo como se merecía: “¡Qué bien me conoces!” Lucía se relamía viendo las miradas de envidia de los amigos y sus mujeres: “¡Sí que te ha tocado la lotería con la tuya!”, decían. Especialmente Borja, el amigo de Álex del colegio: su mujer, Irina, no era lo que se dice guapa… Lucía disfrutaba de la gloria: “¡Cómo los he dejado!” Esto no es ropa interior térmica ni una cartera grabada, ¡a ver quién me supera ahora! Pasó el aniversario y volvió la rutina. Álex pensó en tener hijos. Pero Lucía, de pronto, decidió centrarse en el autodescubrimiento. Un paso más: ya lo había intentado antes, pero esta vez, en serio. Se apuntaría a cursos presenciales: “¡Mucho más eficaz! Online, nanay…” —Cari, me quiero apuntar a cursos presenciales —anunció Lucía en la cena de pizza. Y, poniéndole morritos, suplicó—: ¿Me los pagas, cielo? —Por supuesto, mi vida —contestó él. Los cursos eran dos veces por semana, de día. Total, él estaba siempre en el trabajo. ¿Que si valdrían para algo? Quién sabe, al menos la tendría entretenida. A Álex, en el fondo, le daba vergüenza pensar en la opinión de su madre sobre Lucía. A él le valía, pero su madre… No dijo nunca nada, pero su mirada lo decía todo: “¿Esto es una esposa?” Ni para robar ni para vigilar. Ni para cocinar ni limpiar: todo lo hacían el personal o el mismo Álex. Incluso lavaba y tendía la ropa: “Cari, es que no entiendo esos botones tan tontos…” Su madre sufría en silencio. Igual que la de aquel relato de Chéjov, al ver a su hijo haciendo el trabajo de la mujer. Aunque, curiosamente, la de ese relato acabó engañando también al marido con su primo… Pero Álex estaba conforme. Cuando terminara sus cursos, ya se pondrían a lo esencial: ¡tener familia! Sí, pensaba en una niña pequeña, con pamela y botines, para completar la familia. Y su madre ayudaría con la nieta. Pero Lucía acababa un curso y se apuntaba a otro: “¡Quiero más!” Y Álex, una vez más, cedía y pagaba. El perfeccionismo de Lucienne salía por los poros. Tampoco era tan grave: ella tenía veintisiete, él treinta. Ahora se puede ser madre casi hasta la jubilación, ¡si hasta los políticos lo hacen! Llegaba Navidad, el favorito de Álex. Estaba eufórico. Celebrarían con Borja e Irina: amistad de casas y familias. Álex necesitaba borrar cosas del grabador del coche. Echó un vistazo a la cámara y… encontró allí mismo a Borja y Lucía “perfeccionándose” juntos a lo grande, en el asiento trasero. Y no una vez, sino muchas; en cada supuesto “curso” de Lucía. Grabado todo: voz incluida… y luego, se reían de sus parejas: Lucía de Álex, Borja de Irina. Y quedaban ambos como poco aptos para los “estándares internacionales”. —¡Álex ni sabe besar! —presumía Lucía en la grabación—. ¡Solo saliva por todas partes! Nada que ver contigo, “cariño”. Así que no era solo ella a quien le llamaba “cariño”. Y resulta que no sabía ni besar… Álex se hundió: ¡Con que esas teníamos! Y ella que, según decía, estaba siempre satisfecha con su vida íntima… ¿Mentía en todo? Vale, Lucía una traidora… Pero, ¿y Borja? ¿Se había olvidado de que el coche grababa? ¡Menudo automovilista! Álex, bloqueado: ¿así que llevaba casi un año poniendo cuernos? ¿Y con su mejor amigo y en su propia cara? Y Borja pretendía aún cenar en su casa en Nochevieja… ¡Manda narices! Todo igual que aquel relato de Vasili Makárovich: la mujer le fue infiel, igual que Clara, la protagonista. Destrozado, Álex esperó a Lucía: no estaba en casa, salía con amigas. Llegó feliz, anunciando otro curso recomendado por Tania. “¡Imagínate los nuevos horizontes!” Él la contemplaba en silencio, recordando las palabras de su madre: “¿Para qué la quieres?” Y horizontes había abierto ya, en todas las direcciones, y con su mejor amigo. —¡No me escuchas! —hizo pucheros Lucía—. ¿Sabes de qué hablo? —Sí, de que no sé besar —contestó justo Álex. Ella se quedó muda, luego preguntó bajito: —¿De dónde sacas eso? —De tu conversación con tu “cariño” Borja. La cara de Lucía se llenó de manchas rojas, alucinando: ¿cómo lo sabía? ¡Y justo eso! —Creo que si no cumplo con los estándares mundiales, debemos separarnos —dijo él, helado—. Tus cosas ya las he metido en la maleta; puedes irte a donde aprecien tu afán de “perfeccionarte”. —¡Álex, perdóname! —lloró Lucía—. ¡Fue un error! —Ah, un año de error: subiste a Borja en el coche “por error”, “por error” le fuiste infiel, “por error” te burlaste de mí… ¿Es que estabas también “por error” anestesiada? Era irreconocible: Lucía nunca lo había visto así. —Y gracias por el regalo —continuó Álex—. Si no fuera por tu grabadora, habría seguido con los cuernos toda mi vida. —¿La grabadora? —balbuceó ella—. ¿Qué tiene que ver? —Lo tiene todo que ver: ¡la grabadora graba también aquí! —citó la famosa publicidad. Así que fue la grabadora. A Lucía le caía el alma a los pies: “¡Qué idiota! ¿Y ahora qué? No me lo perdona, seguro. Ni Borja tampoco… ¡Dios mío, ayúdame!”, pensó Lucía, que ni creía en Dios. Pero Dios no ayudó. Y a pesar de suplicar, llorar y prometer… acabó sola, arrastrando sus cosas al rellano. A Álex tampoco le fue fácil. Lucienne se perdió en el frío anochecer de la víspera de fiesta. ¿Adónde iría? Seguramente, a casa de su madre, en una vieja “miniatura” de barrio. Álex luego envió la grabación, con sonido, a su “mejor amigo”. Aunque le tentó mandársela también a Irina… pero prefirió no vengarse así de la esposa de Borja: que se apañen solos. Borja intentó llamar y disculparse, pero fue bloqueado: “¡Con amigos así…!” Y así, con semejante final triste, terminó ese año para Álex. El divorcio fue rápido: nada que repartir. El piso era suyo, el coche también, y Lucía no tenía un duro propio, ni pinta de que lo fuera a tener… Con tanto afán de “perfeccionarse”, es mejor que lo explote en otras “profesiones”, Lucita: allí sí se valoran esas habilidades… Aquel año, Álex celebró Nochevieja solo con su madre: fuera tendría que fingir, y no estaba para eso. Al final, resultó que Lucía sí fue lista: gracias a ella, la vida de Álex cambió… para mejor. Pero esa ya es otra historia. Y dicen que el mundo no cambia… ¡Pues sí que cambia! Solo que los clásicos son eternos. Sobre todo, los relatos de Vasili Makárovich Shukshín.
Tus cosas ya las tengo recogidas anunció el marido. Hijo, ¿pero para qué la quieres? intentaba disuadirle
Educación financiera y salud
09
Me casé hace seis meses y desde entonces hay algo que no me deja en paz: el día de la boda en el jardín vi a mi mejor amigo y a mi mujer discutir con nerviosismo cerca de los baños; oí cómo él zanjaba la conversación cortante, cambiaron de tema de inmediato y, aunque todo siguió aparentemente normal y nunca he tenido más pistas, la duda sigue persiguiéndome—¿qué haces cuando solo tienes la sensación de que aquel día pasó algo, aunque no tienes ninguna prueba concreta?
Me casé hace seis meses y, desde entonces, hay algo que no me deja vivir tranquilo. La boda fue en un