¿Mellizas? se escapó de los labios de Doña Carmen Álvarez.
La mujer se esforzaba sobremanera por ocultar su disgusto, aunque el resultado era poco convincente. Clara lo percibía con esa nitidez de los sueños en los que flotamos: era imposible esperar sinceridad de su suegra, que jamás le tuvo simpatía ni la consideró buena pareja para su hijo. A pesar de que, a ojos de todos, era más bien Ricardo el sencillo en comparación con Clara.
Clara era dulce y educada, licenciada en Económicas a los veintitrés y con un empleo estable en una red de clínicas privadas. Sí, venía de una ciudad de provincia, pero su padre dirigía una empresa local y su madre era profesora universitaria. Nadie en su sano juicio podía tacharla ni de ignorante ni de maleducada. Mas Carmen Álvarez, aun así, la veía como una pueblerina.
Bueno, pues enhorabuena. Qué dicha Doble dicha murmuró la mujer.
Sin embargo, ni el más mínimo asomo de deseo de implicarse en esa dicha asomó por su rostro. El embarazo de Clara fue extraño y resbaladizo: la amenaza de aborto flotaba como un ramo de globos a punto de estallar, y tras ella llegó el temor al parto prematuro. Clara salía y entraba del hospital, siempre en la cuerda floja. Ricardo acudía casi diariamente, pero la madre, residente a tan sólo dos paradas de autobús, jamás hizo el menor intento por visitarla.
Tampoco acudió a la salida del hospital tras el nacimiento de las mellizas. Ni charlas, ni regalos. Ni aunque Ricardo la rogase. Los cuarenta primeros días del mundo de aquellas niñas transcurrieron sin abuela.
No es lo correcto. Y si les llevo algún virus Cuando estén fuertes, ya vendré de abuela.
Pasó el tiempo, y cuando las niñas contaban tres meses, Clara tuvo un encuentro fortuito con su suegra en la frutería del barrio. Carmen forzó una sonrisa, los dientes tan apretados que toda la escena parecía flotar sobre el suelo.
¿Y cómo estáis, chicas?
Clara le contestó con una sonrisa genuina.
Pues paseando. El carrito es enorme, pero qué se le va a hacer. Hay que ventilar a las niñas.
Carmen dio un cabezazo pretendiendo marcharse, pero apareció una vieja amiga: Purita.
¡Carmen! ¡Ay, qué veo! ¿Son tus nietas?
Sí, Puri Mi tesoro.
Clara reconocía la voz de Purita de cenas caóticas en otras navidades. Saludó, tímida.
¿Las dos a la vez, Clara? ¡Qué aguante!
Es una campeona corroboró Carmen.
Clara sentía perplejidad. Minuto atrás, su suegra escapaba de las mellizas como de un animal mitológico. Ahora lucía la careta de abuela entregada. Purita y Carmen gorjeaban frases sueltas sobre la buena fortuna de tener mellizas, que Clara se arreglaba perfectamente, y sobre la inigualable ayuda de Carmen. Cada frase era un collar de perlas fantásticas. Finalmente, recordando adónde iba, Purita se despidió.
¡Me voy, que llego tarde al banco! Cuidaos mucho, chicas.
Carmen aguardó medio minuto hasta que su amiga desapareció tras las naranjas y los periódicos. Borró la sonrisa, se despidió con sequedad y cortó el humo de sus pasos en dirección contraria.
Esa noche Clara contó la anécdota a Ricardo. Él se encogió de hombros.
Clara, es mi madre. ¿Qué quieres? Nunca se desvivió. Recuerdo que contaba a todos que se pasaba la noche haciéndome deberes, y en realidad se plantaba delante de la tele, ni tocaba mi cuaderno. Decía que salía a pasear con Lucía tres horas porque era saludable, pero se quedaba peinándose, y yo sacaba a mi hermana. No te rayes, Clara.
Clara conocía esas historias de sobra, pero no dejaba de asombrarse cada vez que la arrastraban de pleno a ese mundo.
***
El tiempo fue estirando las costuras del sueño, y nada cambiaba en la relación de Carmen con sus hijos y nietas. Pero un día sobrevino la catástrofe. Al bajar del taxi, Carmen tropezó y se fracturó la pierna. En una vorágine de lógica onírica, decidió:
Me vengo a vivir a vuestra casa anunció, solemnemente.
Ricardo y Clara se miraron cómplices. El desastre era inevitable, pero negarse era un acto imposible.
Así empezó la travesía por el infierno. Tuvieron que ceder la habitación matrimonial a la lesionada, mientras ellos y las mellizas dormían en el cuarto infantil. Carmen se volvió su tercer retoño: comida a su hora, limpieza, ayuda en el aseo, recados diarios indispensables.
Las mellizas, de dos años y medio, habían empezado el cole. Clara intentó reincorporarse al trabajo a media jornada y, cada mañana, la familia entera libraba una batalla campal para sacar a las niñas del mundo onírico de las sábanas y arrojarles a la realidad de la escuela.
Una mañana, justo antes de salir, sonó el móvil de Ricardo:
¿Mamá? ¿Por qué llamas si estás en la otra habitación?
Es que no puedo levantarme, tengo la pierna rota
Mamá, tienes muletas
Calla, Ricardo. Para lo que quiero decir, no necesito ponerme de pie.
Pues dime, mamá. Date prisa, anda.
Me tenéis harta. No puedo dormir con tanto escándalo por las mañanas. Id y venís, portazos, y vuestras hijas chillan desde que sale el sol.
Ricardo se puso rojo oscuro. Abrió la puerta de la habitación, de par en par, y gritó:
Si tanto te molesta, ¿quieres que te dejemos las niñas para que descanses tú?
A Carmen se le congeló la cara. Abandonó el piso aquella misma semana, antes de que le quitaran la escayola siquiera. Ricardo ni parpadeó de la alegría, pero a Clara la roía una sensación de culpa amarga. No soportaba los enfrentamientos, aunque tampoco podía evitarlo.
***
Clara trabajaba mediodía los viernes: recogía a las niñas, compraban dulces y veían juntas una película. Vivían esa pequeña liturgia cada semana. Aquella tarde, las almohadas esparcidas formato picnic, la lámpara de proyector encendida lanzando destellos verdes sobre las paredes, un timbrazo que sonó como campanas en una catedral desierta.
Clara abrió la puerta: allí estaba Carmen, con el pequeño Pablo agarrado de la mano, el hijo de Lucía.
¿Carmen, sucede algo?
Lucía me lo ha dejado hasta la cena. Pero tengo que salir urgentemente. Quédate con él hora y media, por favor.
Clara titubeó. Pablo, seis meses menor que las niñas, era niño tranquilo, así que sonrió y le habló:
¿Te quedas aquí conmigo, Pablo?
El niño asintió, frágil. Al levantar la vista, Carmen ya cerraba el ascensor.
¿Cuándo volverás?
Dos horas como mucho.
Ni un adiós. Solo las puertas cerrándose y la luz roja de una planta imaginaria.
***
Ricardo llegó a las siete; su sobrino devoraba croquetas en la cocina. Parpadeó sorprendido.
¡Hombre, Pablo! ¿De visita? ¿Dónde está Lucía?
El niño sonrió. Clara suspiró.
Tu madre lo ha traído. Dice que un par de horas. Se ha ido a hacer recados.
¿Y desde cuándo es un par de horas?
Casi cinco
Ricardo la miró con desconcierto.
¿Y Lucía?
No le he escrito No quería poner en un compromiso a tu madre. Ella es la responsable.
Ricardo apretó los puños.
Clara, eres demasiado buena Pero esto es de locos. ¿Mamá ni te preguntó si podías?
Clara negó con la cabeza. Ricardo llamó a Lucía y le contó todo. Su hermana prometió venir enseguida.
***
Eran casi las nueve. Los niños jugaban en la habitación. Clara, Ricardo y Lucía estaban en la cocina.
¿De verdad tenemos que esperar a mamá? Ya debería acostar a los niños
Si tardan un día en dormirse, no pasa nada. Pero a mamá hay que plantarle cara.
Apenas terminó Ricardo de hablar, la puerta sonó. Clara fue a abrir.
¡Bueno! Vengo por Pablo anunció Carmen, tan campante.
Clara tragó saliva. Tras ella asomaron Lucía y Ricardo.
¿Todo bien con tu conciencia, mamá?
¡Qué forma de hablarle a una madre!
No cambies de tema, mamá. El niño era para ti, no para Clara ¿Cómo se te ocurre?
Carmen se echó a reír.
¡Vaya, Lucía! Si total, ella cría dos ¡Se apaña! Yo tenía cosas que hacer.
Ricardo dio un paso adelante.
¿Cosas que hacer, mamá? ¿De verdad no ves lo egoísta que es? ¿Le has preguntado si podía?
¡Madre mía, qué tontería!
¿Dónde estabas, mamá?
Lucía rió nerviosa.
Nuestra madre ha pasado primero por la peluquería por la mañana tenía el pelo más largo y luego seguro que a hacerse las uñas. El esmalte era rojo y ahora es rosa
Carmen se sonrojó y guardó silencio.
¿No se te cae la cara de vergüenza, mamá? insistió Ricardo.
Carmen miró a sus hijos, incapaz de responder.
Te piden ayuda una vez cada mil años y le plantas al niño a mi mujer ¿Ella no querrá una tarde para arreglarse el pelo? ¿No querrá, de vez en cuando, respirar?
El rostro de Carmen adquirió un tinte violáceo. Infló el tórax, lista para poner a todos en su sitio.
¡Pero por favor, Ricardo! ¿Qué va a hacer esta chica con la peluquería? ¡Si siempre ha sido una catetilla de Villacampo! Si lo será siempre.
Por un instante, el aire tembló de estupor. Después, un rugido:
¡Fuera de aquí!
Ricardo la tomó del brazo y, en un solo movimiento, la expulsó de la casa. Cerró la puerta con un portazo y respiró hondo. Al mirar a Clara, las lágrimas le surcaban las mejillas. Ricardo y Lucía la abrazaron enseguida.
Le dolía en lo más hondo, pero ver que ni siquiera a sus propios nietos les profesaba cariño era como comprender algo esencial: el problema no estaba en ella. Quería ser buena, pero hay gente a la que jamás podrás agradarles.
Desde entonces, el contacto con la suegra fue evaporándose como la niebla. Ricardo y Lucía, de vez en cuando, le echaban una mano, pero Carmen se mantenía al margen del círculo vital. Ofendida por el exilio, su ansia de no perder el papel materno le hizo, al fin, tender una mano. Pero con sus nietos, real y extrañamente, nunca ayudó.
Solo una vez, hojeando el móvil, Clara vio en el estado de su suegra un collage: las fotos de los tres nietos y la dedicatoria: Feliz Día de las Abuelas a todas nosotras, que criamos a nuestros nietos. Clara sonrió con amargura, y por la noche, Ricardo y Lucía rajaron el comentario entre risas. Quizás reírse era feo, pero en aquel surrealista sueño de familia, era casi el único consuelo.







