Pues no sé, Santiaguito… Carmen Hernández suspiró con un gesto de desconcierto. El día, tan luminoso unos minutos antes, parecía haberse vuelto gris de repente, con nubes bajas y un aire desapacible que hizo crujir la ventana, voló las servilletas en su vaso y trajo ese olor a tormenta de mayo.
¿Que no sabes qué, mamá? Si no te estoy pidiendo permiso para casarme o no. Solo te cuento que Ana y yo ya lo hemos decidido Santiago apartó de mala gana el plato de cocido.
Cuando vengo de visita, mi madre me recibe como si regresara de la mili. La cantidad de comida y su contundencia varían según cómo me vea de desmejorado. Así me demuestra su cariño, como tantas madres españolas: yo ya me apaño solo, nunca le pido un euro ni ayuda y “meneo” mis asuntos y mi dinero. A veces incluso le ofrezco ayudar a mi padre, pero se ofende: Eso no es propio, hijo. Yo rio, que ya no soy ningún chaval, pero aún me sigue tratando como tal. Al menos, que coma caliente, en casa y con sabor a hogar.
No, hijo, el cocido está bien, ¿no te ha gustado? ¿Le eché demasiada sal? ¡Te dije a tu padre que no comprara esa sal, que es matadora! ¡¿Me escuchas, Paco?!
Desde el salón, Paco gruñó algo, medio dormido en la butaca hasta que se desperezó y se le cayeron las gafas al suelo.
Dices que no te importa, pero… insistí, serio. Venga, mamá, no rodees: dime lo que piensas de verdad.
Ana… Carmen titubeó, bajando la voz Ana siempre ha sido una chica difícil, Santiago, con gustos caros, no sé si a nuestro alcance. Recuerdo en el colegio, sus padres siempre le daban lo mejor; cuando todas llevaban vestidos sencillos, la suya parecía de verbena. Y en la graduación, empeñados en limusina: que si no, aquello no era graduación sino fiesta de pueblo. No tengo aprecio a los padres de Ana, te soy sincera, mucho postureo y poca sinceridad. Y… si te digo la verdad, antes ni se fijaba en ti, y sus padres siempre nos miraron por encima del hombro. ¿Y ahora, de pronto, surge el gran amor? No me lo creo, Santi, de verdad.
Carmen calló, pensativa, y después se decidió. Echó unas ciruelas pasas al vaso de mosto, como a mí me gusta desde crío, y siguió:
¿Es de fiar esa chica? ¿No será que te va a agotar el alma ahora que todo te va bien? ¿Podrás mantener una familia y tirar para adelante? Anda, piénsalo bien, hijo. Pero bueno, tú sabrás…
Siempre termina así: Tú sabrás, como diciendo que aquí mi opinión no vale, que lo que decida, pues bien.
¡Manipuladora!, protestaba Paco, pero siempre hacía lo que Carmen proponía. Yo, en cambio, no suelo dejarme dominar por sus indirectas.
Fruncí el ceño, medio encorajinado, resoplando:
¿No confías en mí, mamá? ¿Tanto como para decirme esto? Venga, dilo claro.
Ay, Santiago, hijo, no digas eso… Carmen se levantó, desordenando los cacharros por la cocina, abrió el grifo, lo cerró y volvió a sentarse.
¿Cómo decirle a mi hijo que, en el fondo, pienso que no sabe dónde se mete? Que esa Ana es de otro mundo, una tiburona… No, mejor callar.
Todo va muy deprisa y es raro, pero si ya lo habéis decidido, tu padre y yo no vamos a interponernos. Es tu vida. Si tu corazón te lo pide… Hizo una pausa, y de pronto sonrió ¿Quieres unas rosquillas? Compré unas ayer que están buenísimas, espera que te saco.
Enseguida puso delante de mí unas rosquillas blancas de azúcar, de las que huelen a anís y gloria. Cogí una, la probé sin ánimo, le di un sorbo al mosto y me encogí de hombros.
Ya verás, mamá, que todo marcha bien. Como tú dices: donde manda el corazón… Siento que Ana es para mí, y lo nuestro irá bien, de verdad. Bueno, que me voy, hemos quedado para ir al cine.
Carmen asintió, resignada. Así empiezan las cosas Antes se quedaba horas en casa, echaba una partida de ajedrez con mi padre, cenaba. Ahora, tenemos cine, y se esfuma.
¿Qué quieres, mujer? bufó Paco, desperezándose ¿Que se quede aquí pegado a tus faldas toda la vida? Mejor que se case, y si luego hay que separarse, pues se separa, ¡y vuelta a empezar! Ay, si yo tuviera veinte años menos… bromeó, estirando el pecho, pero Carmen estaba ya en otras preocupaciones.
Ella seguía pensando que aquello no era lo correcto. Sabía que Ana era una chica caprichosa, difícil y egoísta. ¿Qué podría conversar con alguien como ella si un día la tuviera en casa?
Carmen recordó cómo la profesora de física de Santiago, la señora Micaela, contaba que Ana era una muchacha moderna y chispeante, siempre a la última en tendencias, pero incapaz de hacer amigas de verdad. ¡Impresiona solo con la mirada! Da miedo, decía la profe, que aún pasea por el barrio saludando a exalumnos.
Nos pudimos mudar a la antigua casa de mi abuela, en Chamberí. Otra vida. Pero ahí estaba Ana de nuevo y su familia.
Ana se licenció en Periodismo con matrícula de honor, aunque no era de estudiar mucho. Sus textos surgían a vuelapluma; faltaba a media clase y aun así nadie la ponía en duda. Decían que era por la memoria o por el padre, un pez gordo del ejército, quizá diplomático.
De su padre no le gusta hablar. Vivían en mundos distintos, separados por la puerta de su habitación, con reglas propias. Entrar allí era peligroso, y todo era por el bien común…
¿No quieres invitar a tus padres a la boda? me sorprendí yo. Me imaginaba algo sencillo, tradicional: restaurante, brindis, tarta…
No quiero invitar a nadie. Otra vez a hablar de precios, del banquete… Mejor nos vamos, ¿no? Al mar, tengo una amiga en una agencia que nos lo arregla todo: hotel para recién casados y pétalos de rosa… ¿No te gusta, Santi? Ana me miró directamente Bueno, si quieres fiesta, pues montamos el lío en un restaurante y que vengan a contarnos batallitas sobre nietos. Pero mi boda espero que la única quiero que sea lejos. Sobre todo, lejos de mi padre. ¿Te parece mal? Se puso seria.
Yo apenas conocía a su padre. Ella nunca insistió en presentárnoslo. ¿Por qué esa distancia?
Me parece bien. Hacemos lo que tú quieras. Después ya invitaré yo a mi familia concedí al final.
Ana sonrió satisfecha.
¿Por qué la quería? Ni yo mismo lo sé. Me hipnotizaba su belleza salvaje y vedada, su rebeldía, su desparpajo después de un par de copas. Cuando eso ocurría, podía subirse a los tejados como un gato, salir a cantar al karaoke despreocupadamente aunque desafinara, tomarme de la mano para ir juntos a ver un cuadro de paisajes italianos porque “hay que ver la luz que tienen”. Sabía de arte y de libros modernos, a veces citaba autores al azar, dejando en evidencia mi ignorancia. Y escuchaba música, prefería piezas alegres, de esas que te levantan del asiento. Decía que quería aprender violín pero que no tenía paciencia…
Trabajaba como redactora en una revista de moda, sin mucho rango aún, pero escribía bien y le auguraban un futuro prometedor.
A mí me parecía increíble haberla conquistado, sin saber cómo. ¿Qué vio en mí? ¿Por qué juntos?
En el colegio apenas nos rozábamos, y fue en una reunión de antiguos alumnos cuando surgió la chispa. Charlamos de tonterías, hasta que el salón nos aburrió y nos escapamos bajo la lluvia. Ella, empapada, bailaba por los charcos y atrapaba gotas con la boca. Era otra Ana, libre, auténtica, risueña. Me sorprendí abrazándola y besándola bajo las farolas.
Desde entonces, cada cita era insomnio: ¿sería esto el amor adulto, ese que merece la pena montar una familia? Dudaba y me sobresaltaba al imaginar que Ana rechazaría mi propuesta. Hasta que pensaba en perderla, y se me enfriaban los pies, y tenía que levantarme de la cama y beber agua en la cocina mientras miraba la noche a través de la ventana. No, con Ana era eso.
Ella, en el fondo, era buena, solo que siempre a la defensiva, creada por años de inseguridad. Como esos perrillos pequeños que ladran por miedo.
Llevé a Ana a conocer a mi madre. Carmen intentó prepararse para ponerle freno, pero Ana, sorprendentemente, fue amable y discreta, incluso ayudó en la cocina.
¡Mamá, no hace falta tanta comida! Ana viene de trabajar y está cansada protesté.
Nada, hijo. Enseguida, que es un día especial.
Carmen vio una Ana diferente: culta, amante del impresionismo, con una charla interesante sobre arte. Tanto que tras la visita, Carmen lloró de pura confusión.
Ana no quería que yo conociera a sus padres.
Prefiero no hacerlo le dije. ¿Te avergüenzas de mí?
No es eso. Es que no tenemos nada en común.
¿Tu madre no era filóloga? Seguro que disfruta hablando con la mía. En casa nos encantan los libros…
Que no es eso, y por favor no lo menciones más, ¿vale?
Al día siguiente fuimos a su casa.
Recuerdo la entrada fría y oscura, su madre, Pilar, disculpándose a cada momento. Ana me arrastró al salón. Todo reluciente: vajilla fina, un samovar a la rusa según explicó Pilar y una tarta cara en el centro de la mesa. Solo media hora tuvo para prepararlo, tras recibir la noticia tardía de Ana de que iba a llevar a su novio.
¿Así que vienes a llevarte a la niña? me dijo su padre, Ricardo, con esa media sonrisa que mete miedo. Bueno, veremos de qué pasta está hecho el muchacho.
Ana se encaró: No le hagas pasar un mal trago. Es mi vida, y no pienso invitaros a la boda.
Ricardo me felicitó por mi estampa ¿Haces deportes? ¡Yo también corro! y me ofreció sentarme. Noté que no paraba de analizarme de arriba abajo.
¿Cómo os conocisteis? Nada, nada, cuéntame. Intenté responder con pocas palabras, sin entrar en tópicos sentimentales. Un hombre así parece que te ve el alma.
¿Bermúdez? se apresuró Pilar, probándose las gafas para mirarme ¿No fue tu madre la que se montó un lío tremendo en la reunión para organizar la graduación? Al final nosotros pagamos la diferencia porque no teníais dinero… ¡Ah, ya lo recuerdo! Y en la fiesta rompisteis un espejo. Tus padres lo pagaron, claro.
Viendo que Ana se ruborizó y le temblaba el mentón, yo le apreté la mano bajo la mesa. ¿Por qué tienen que estropearlo todo?
El famoso espejo… Bueno, cosas de niños rió Pilar, sirviendo pedazos de tarta que según contaba costaba setenta euros.
¡Mamá, basta! Ana se levantó, y casi vuelca una taza.
No te enfades, hija. Sabes que a veces eres temperamental, y eso se pasa… Pilar ya hablaba sólo conmigo, arrastrando la bandeja de la tarta.
Ana es una chica equilibrada y valiente. ¿Por qué dices esas cosas de ella? ¿Y a qué viene sacar cuentas de hace años? Me levanté, entorné los ojos, y al hacerlo derramé el té sobre el mantel blanco.
Santiago, compórtate Ricardo me posó la mano en el hombro, fuerte, con las uñas largas como guitarrista Siéntate, te digo.
¡Pues no! Ana, nos vamos. ¿Por qué tienes que aguantar esto? la tomé de la mano y la saqué de allí a toda prisa.
Dejé mi chaqueta, Santi, están mis llaves y el móvil protestó afuera Ana.
Da igual, quédate conmigo esta noche insistí, poniendo mi chaqueta vieja en sus hombros.
No, espera aquí. Regreso enseguida. Solo recojo mis cosas. Pero no me esperes, mejor hablamos mañana y subió corriendo.
¿Te vas a quedar ahí? exclamé sorprendido.
Son mis padres, Santiago.
¡Pero ya no eres una niña, Ana!
Da igual. Les debo mucho, escucha todo lo que han hecho por mí: se preocuparon, me dieron lo mejor… Hasta me ayudaron a conseguir trabajo, papá movió sus hilos. Gracias a ellos estoy aquí.
¿Pero cómo? Explícame bien. Vamos a pasear, aunque necesites la chaqueta. Pero no me iré así porque sí.
Nos sentamos en un banco del parque, escondidos de la ventana de Pilar.
A ver, cuéntame apremié.
Ana se encogió.
De pequeña estuve en un orfanato, hasta los cinco años. Tenía una amiga, Lucía, éramos inseparables. Venían a veces parejas a vernos, nos hacían fotos para una base de datos. Pero nosotras no queríamos marcharnos de allí, no sin la otra. Los padres de Ana, los Mendoza, llegaron buscando una niña mayor, decían que no querían un bebé porque da mucho trabajo. Les convenció la directora para no separarnos, pero ellos insistieron en adoptar solo a una. Me eligieron a mí. Lucía nunca me lo perdonó.
¿Cómo puedes estar tan segura?, pregunté perplejo.
La encontré hace poco. Publiqué una carta en la revista y contestó. Dice que la traicioné, que la abandoné. Yo le escribía cada día, convencí a Pilar de irla a visitar, pero nunca hubo tiempo y las cartas las tiraban a la basura. Al final aprendí que yo era su propiedad, una copia de su hija fallecida. Me cambiaron hasta el color de pelo. Me corregían, se empeñaban en que estudiara lo que quiso su hija. En el colegio nunca fui capaz de hacer amigas; sentía que traicionaba a Lucía. Así, a todos los espantaba, mantenía las distancias. Y en casa, los Mendoza decidían por mí cada detalle. Si intentaba rebelarme, me humillaban o se burlaban. En público, aparentaban amor: Todo por Anita. Pero nunca se trató de mí realmente. Fui criada para ser otra persona lloró Ana, la que nunca lloraba, la chica de los trajes caros y la mirada de reina.
Me quedé boquiabierto.
¿Por qué nunca contaste esto?, susurré al fin.
Porque Ricardo se enteraría. No puedes ir contra tu propio padre. Y Pilar se lo tomaría como un drama personal. En el fondo, ¿a quién le importa? La vida de los demás siempre parece menos urgente.
A mí sí me importa protesté.
No lo creo. Nadie quiere problemas ajenos. Lo siento, Santiago, si cambias de opinión y no quieres boda, lo entenderé. Bastante tienes con lo tuyo. Hasta pronto.
Se fue, me dejó la chaqueta y desapareció.
Vi desde lejos cómo Pilar esperaba junto a la ventana, hasta que Ana regresó. En el fondo no lograron convertir a esa niña adoptada en una hija genuina. Quizá era genética, o solo mala suerte…
Caminé sin rumbo por calles de Madrid, sorteando charcos de gasolina tornasolada, y pensaba lo poco que de verdad conocía a Ana. Tenía una fuerza y un tesón enorme para haber sobrevivido a todo eso. Y si mi madre tenía algo de razón: ¿sería yo capaz de estar a su altura? Yo, que vengo de un hogar sencillo, de meriendas de compota con ciruelas, partidas lentas de ajedrez y verano en la sierra. Ana no terminó entrando en mi vida luminosa y fácil. Cancelé la boda: ella misma dijo que lo entendería. No soy suficiente para ella. Mi lugar estaba, quizá, con alguien más sencillo, sin mochilas.
Ana se fue a vivir a Granada, donde llegó a ser editora local. Encontró a un hombre que supo escucharla y decirle que la vida podía ser distinta. Ella le creyó. De ese modo, él fue el primero en quererla tal como era.
Y yo sigo buscando. Soy un chico de casa, y busco una chica igual de tranquila, pero parece que tropiezo una y otra vez con mujeres de “vida complicada.
¡Cualquiera se acerca a mi Santi, solo traen problemas! refunfuña mamá Carmen mientras charla con Micaela, la exprofesora. Tras lo de Ana, tardó dos meses en volver a ser el mismo.
Bah, Carmen, con el tiempo todo se arregla. Alégrate de tenerlo cerca consuela la otra. Santiago, en el fondo, es buena gente, pero demasiado blando. Un poquillo… incoloro.
Tiempo después, Pilar mandó un mensaje de voz a Ana:
Sé que no quieres hablar conmigo; por eso no contestas a las llamadas. Solo quería pedirte perdón. Te echo mucho de menos Quisiera empezar de cero, aunque no sé si puedo. Ya eres adulta, Anita, y he desperdiciado el tiempo Lo siento si te he destrozado la vida. Eres una hija maravillosa. Y yo, una madre mediocre. Perdóname.
Ana escuchó el mensaje varias veces. No sabía cómo debía ser una madre normal: nunca tuvo otra.
¿Mamá, todo bien? oyó Pilar al escuchar su voz, días después, al teléfono ¿Te visito? Ahora no, pero quizá el fin de semana…
Ella asintió, sabiendo que esperaría a Ana el tiempo que hiciera falta. Y que, por primera vez, la abrazaría como su hija y no como la sombra de otra. Que todavía podían encontrar un poco de felicidad… mientras no fuera demasiado tarde.
Hoy, al recordar todo esto, comprendo que a veces la vida no es blanca ni negra, sino una escala de grises complicada. Yo creía que el amor podía con todo, pero el amor, para arraigar, necesita tierra y luz, y esas cosas a veces nos faltan. He aprendido que la sinceridad, sobre todo con uno mismo, es la brújula más útil para cruzar las tormentas de la vida. Y que la verdadera valentía consiste en aceptar que lo sencillo, lo auténtico, es a veces suficiente para ser feliz.






