LA NOVIA DE ALQUILER
¡La boda queda cancelada! Soltó Lucía durante la cena, dejando a sus padres atónitos.
Su madre casi se atragantó al escuchar semejante noticia de boca de su hija.
¡Lucía! ¿Estás bien de la cabeza? Ya se ha comprado el vestido de novia, los anillos, tenemos el banquete concertado… Tu Javier espera esa boda como agua de mayo… Por Dios, hija, dime que es una broma suplicaba inquieta su madre.
No, madre, no es ninguna broma. Paco y yo nos vamos dentro de poco a Londres. Es una decisión seria zanjó Lucía con voz serena.
¿A Londres? ¡Pero si todo allí es extraño y desconocido! Otra gente, otro país. ¡Te perderás y ni un euro tendrás! Reacciona, hija. Ese tal Paco te ha vuelto la cabeza del revés. Seguro que está casado, ¡y tendrá hijos a patadas! ¡Si parece tu padre! ¡Tu Javier te adora! Para tu padre y para mí es como de la familia. No eches a perder vuestro amor. Todo en la vida pasa factura insistía su madre entre susurros y lágrimas.
No te preocupes, sabré responder. No me asusta contestó Lucía con firmeza.
A las pocas semanas, Lucía y Paco se marcharon a Inglaterra.
Desde niña, Lucía siempre había soñado con ver cómo vivían las gentes en otros países. Aprendió francés de memoria, dominaba el inglés y había empezado con el portugués. Nunca se sabe adónde puede llevarte la vida. Tras la universidad, trabajó en una agencia de viajes como intérprete. Allí fue donde conoció a Paco. Le tocó acompañarle como guía en distintos eventos y muy pronto él fijó sus ojos en ella.
Lucía era simpática, tenía una sonrisa alegre y no era nada fea. Sobre todo, irradiaba juventud. Lucía tenía veintitrés años; Paco, cuarenta y seis. Al principio, ella se tomaba a la ligera los galanteos de su admirador extranjero. Ni se le pasaba por la cabeza que Paco, a la semana, le pediría matrimonio. Lucía no le contó que en unos días iba a casarse con su querido Javier.
Se sintió atrapada por la duda. ¿Qué hacer? No todas tienen la suerte de que un extranjero te pida matrimonio. Y dejarlo escapar le parecía un error. No sentía amor por Paco, lo sabía, pero el futuro prometía una vida diferente llena de novedades y aventuras. Estaba segura de mostrarle siempre agradecimiento a su futuro marido. ¿Acaso le sería poco a un hombre mayor tener una esposa tan joven? Javier, desde luego, sufriría, pero el tiempo todo lo cura. Olvidaría a Lucía; después de todo, era joven y encontraría su camino.
Así meditaba Lucía, mientras preparaba su viaje a tierras desconocidas.
Por teléfono, informó a su novio perdido de todo. Javier, sin entender nada, le deseó suerte y felicidad en su nueva vida, y se refugió en largas semanas de alcohol y soledad.
Cuando Lucía y Paco aterrizaron en Londres, sentía que de pura felicidad le faltaba el aire. ¡No podía creérselo! ¿De verdad los sueños se cumplen? Quería abrazar el mundo entero, temerosa de que la fortuna, cual pájaro, saliera volando de sus manos.
Paco llevó a su prometida a una enorme casa. Les recibió la familia de Paco: dos hijos ya mayores, Mateo e Iván. (Con el tiempo, Lucía acabaría casándose con Iván y sería tremendamente feliz). Poco después, salió de una habitación la exmujer de Paco, Adela, una mujer todavía elegante y guapa.
A Adela no le sentó bien la situación.
¿Te has vuelto loco, Paco? le gritó ella. ¿Quién es esa jovencita? ¿De dónde la has sacado? ¿Va a vivir aquí con nosotros?
Sí, va a quedarse aquí. Y recuerda que esta también es mi casa. Lucía pronto será mi esposa. Por favor, Adela, te pido que la respetes contestó Paco, casi rogando.
A Lucía le incomodaba el ambiente y enseguida captó que, aunque la familia estaba separada, todos vivían en la misma casa. Y no era difícil ver que Adela llevaba las riendas de todo. Pero en el corazón de Lucía ya se había instalado Iván. No era como Javier, con sus tristezas y lágrimas. Aquí todo era distinto. Una pasión enorme; un amor puro y eterno.
El hijo menor, Iván, había heredado la belleza de su madre. Atractivo, simpático, quedó prendado de la bella desconocida que su padre había traído consigo. Algo invisible y dolorosamente dulce surgió al momento entre ellos. Sus almas temblaban, deseando de lanzarse al vacío juntos y experimentar lo inexplorado.
Paco dijo a Lucía que debían aplazar la boda, sin dar más explicaciones.
Ella aceptó, ya sin intenciones de volver a España.
Le dieron una habitación acogedora (la casa era grande, nadie pasaba apuros). Paco y Lucía mantuvieron una relación cordial y tierna. Adela se limitaba a ignorarla por completo.
Pasaron tres meses. En ese tiempo, Lucía se fue acercando a Iván, quien por fin le desveló el verdadero estado de las cosas.
Su padre, Paco, seguía amando a su exmujer Adela, y eso era recíproco. Pero una gran pelea rompió el matrimonio tras muchos años. Aunque el tiempo pasaba, no lograban reconciliarse. Paco, entonces, ideó un plan para dar celos a Adela y esperaba que así regresara a él. Decidió buscar a una joven para fingir que pensaba en casarse, y ahí encajó perfectamente Lucía.
Cuando se produjera la ansiada reconciliación, Lucía sería devuelta a España con un billete de avión y algún regalo de recuerdo.
Lucía rompió a reír, entre lágrimas.
¡Bien merecido me lo tengo! ¡He sido la novia de alquiler! Yo, que una vez huí de mi propio prometido ¿Y ahora? ¿Qué hago, Iván? dijo, encogiéndose de hombros.
¡No puedo vivir sin ti, Lucía! confesó él, decidido.
Ni yo sin ti. Por fin te atreves a decirlo. Pensé que nunca lo harías suspiró ella aliviada.
¿Cómo podía declararme, si eras la novia de mi padre? No sabía nada de los juegos de mis padres, me lo contó Mateo. Pero al enterarme, casi salté de alegría. ¡La chica de la que me enamoré era libre! Pero dime, Lucía, ¿de verdad habrías aceptado casarte con mi padre? preguntó Iván, inquieto.
Ay, Ivancito, en cuanto te vi, todo dio un vuelco en mi vida. Le habría dicho que no a tu padre respondió Lucía, con una sonrisa que alumbró la sala.
Se abrazaron como si se conocieran de toda la vida.
Lucía terminó por perdonar a Paco y a Adela. Al fin y al cabo, ¿qué no haría una por amor? Se tropieza hasta en el buen camino Donde hay discusión, hay reconciliación. En la historia, Lucía ganó. Porque fue en otro rincón del mundo donde el destino le reservó a Iván.
Y es que muchas veces uno va tras la felicidad y esta, sencilla, ya está a sus pies.
No tardaron en casarse, Iván y Lucía. Él, temeroso de que Lucía terminara por marcharse aunque fuera para saldar cuentas con el pasado, se apresuró a formar una familia. Lucía le dio un hijo y, dos años después, una hija.
Iván la colmó de cuidados. El hogar rebosaba dicha. El amor reinaba siempre en aquella casa.
Por cierto, Paco y Adela supieron, finalmente, darse cuenta de sus errores y se reconciliaron. Que todo enfado tiene fecha de caducidad. Y aprendieron a cuidarse más, sin recurrir a métodos extremos de reconciliación. Y juntos, disfrutaban de sus nietos.
Un día, Lucía recibió una carta preocupada de su madre, pidiéndole que regresara a España para visitarla.
Lucía preparó el viaje, dejando a los niños con la abuela Adela, pensando que todavía eran pequeños para un viaje tan largo.
Deseosa de ver a su madre, Lucía sentía un extraño presentimiento. Su madre la recibió llorando y, nada más entrar, le contó la desgracia:
¡Ay, Luciíta! ¡Javier, tu Javier, ha muerto! ¡Y a su esposa se la llevó con él! Tuvieron un accidente de moto, la niña ha quedado huérfana. Apenas tiene tres años. Una tragedia.
Mira, hija, Javier nunca te olvidó. Te quiso siempre. En cuanto te fuiste, buscó reemplazo, para no sufrir. Trajo a una pobre infeliz del pueblo. Daba hasta pena verla. Pero hacía todo lo que él decía, y parece que le cogió cariño. Pronto tuvieron una niña y la llamaron Lucía. Es muy despierta, no sé de quién ha sacado tanto seso. Me da pena la pequeña. Ahora, ¿qué será de ella? El orfanato, no queda otra.
Y que sepas, el día antes del accidente, Javier vino a verme. Decía que quería hacerle un regalo a la niña, para que me recuerde siempre. Y la muerte ya lo andaba rondando. Nadie lo sabía. Él nos ayudaba en la casa siempre que podía, aunque se pasaba la vida medio ebrio. Parecía que no hacía otra cosa que esperar la desgracia. Y tú, mientras, en Inglaterra…
No llegó a tiempo con su regalo sollozaba la madre, secándose las lágrimas con el delantal.
Lucía escuchó a su madre en silencio, meditó, y finalmente habló con tranquilidad, como si atara un lazo invisible:
Sí llegó, madre. Iván y yo vamos a adoptar a su niña. Ese será el regalo de Javier para nosotros
Iván me apoyará. Lo sé. En esta vida, cada uno asume sus actos, así es, madre.
Así que ahora, por favor, sírveme algo de comer. Vengo cansada y hambrienta del viaje. Apetecería una manzana ácida o unos pepinillos en vinagre. Las mujeres que están por ser madres deben comer el doble, ¿no crees? le guiñó Lucía, con una sonrisa que prometía nuevos comienzos…







