Parada final
Apoyó la mano sobre la barra, se impulsó hacia la cabina y, al sentarse en el asiento del conductor, el dolor le recorrió la rodilla izquierda. Desde la mañana le dolía, pero ahora por la noche sentía el peso de plomo en la articulación. Terminaba el turno; quedaban solo dos vueltas, aunque las últimas del día siempre le parecían interminables.
Se acomodó en el asiento, revisó los espejos con la costumbre de casi cuatro décadas, encendió la luz del interior con un leve clic del interruptor y pulsó el botón del letrero electrónico. En la pantalla del salpicadero parpadeó el número de la línea y el rótulo: “Especial Fiesta”. Madrid celebraba algo más esa noche, un nuevo día grande, y a las nueve prometían fuegos artificiales. A él los fuegos le daban igual, solo deseaba evitar atascos.
Alargó el brazo hacia su termo, bebió un sorbo de té ya frío y lo devolvió a su sitio, en la repisa a la derecha, junto a la separación, ese rincón donde inevitablemente tropezaba con el codo. Por la mañana, el compañero del relevo le volvió a reprochar que nunca lo cambiaba de sitio. Él simplemente emitió un gruñido de resignación. Cada cual con sus manías, pensó.
Tras los cristales, en la parada, unos cinco pasajeros aguardaban. Abrió las puertas. El aire helado y los murmullos, los pasos y las voces llenaron el vehículo.
Subió primero una mujer envuelta en un plumas negro, arrastrando dos bolsas que apenas podía con ellas. Las bolsas resonaron sordamente contra los escalones mientras ella soltaba el aliento y le tendía la tarjeta de transporte.
Buenas noches dijo él, pasando la tarjeta por el lector.
Ella asintió sin mirarle, se adentró en el habitáculo apretando los paquetes contra el pecho, y en el autobús aún flotaba el aroma de mandarinas y de detergente fresco con el que, hacía poco, habían fregado el suelo.
A continuación subieron dos adolescentes, chaquetas oscuras idénticas y mochilas a la espalda. Uno, el más bajo, pagó con el móvil; el otro, inquieto, miraba la calle como buscando a alguien.
Hasta la Plaza Mayor masculló el que pagaba.
Plaza Mayor, muy bien respondió él, soltando suavemente el freno.
El autobús avanzó despacio, vibrando. En el espejo retrovisor, vio sus propios ojos: las venas enrojecidas, las ojeras azuladas. ¿Cuántos años llevaba en esto? Treinta y siete al volante, veintiocho de ellos en la EMT. Cada año los médicos protestaban, pero acababan firmándole el certificado: “Uno más, y ya veremos”. ¿Y después? Siempre posponía ese después.
Puso segunda y rodó hasta el semáforo. En el cruce, tras el cristal, un vecino adelantó los fuegos: estallido seco, chispa roja sobre los bloques de pisos. Alguien silbó dentro.
Ya empiezan comentó uno de los chavales.
Eso no es el espectáculo matizó el otro. Esos están practicando.
Él escuchaba sin prestar atención real. Los viajes nocturnos siempre le parecían una vida ajena que atravesaba su autobús. Las gentes entraban, se sentaban, hacían llamadas, discutían, reían. Él era como la orilla de un río a la que por un instante las arrastra la corriente antes de marcharse.
En la siguiente parada entró un anciano, boina de lana y un abrigo viejo, mal abrochado y con el cuello torcido. Llevaba una bandolera raída en la mano. El hombre paró ante el lector, se quedó mirando y rebuscó en los bolsillos.
La tarjeta ¿dónde la habré? musitó.
La fila detrás comenzó a impacientarse, la mujer de los paquetes suspiró con fuerza.
No se apure, caballero le animó él desde la cabina. No nos iremos sin usted.
El anciano, tras una eternidad, extrajo de su chaquetón una cartera gastada y de ella el plástico.
Aquí está casi disculpándose.
La máquina pitó, luz verde. Se adentró con pasos vacilantes, como si cruzara sobre hielo, se sentó junto a la ventana y se quedó mirando el vacío, la bolsa en las rodillas.
El semáforo cambió y arrancó de nuevo. El dolor punzante en la rodilla le hizo apretar los dientes. “A ver si voy al médico”, pensó. El año pasado la médico le había prescrito una radiografía: “Por si fuese grave”. Asintió, tomó el volante y pasó el papel de una chaqueta a otra hasta que desapareció en el tiempo.
Papá, lo sigues dejando le dijo su hijo por teléfono entonces. Anda, hazte ese favor.
Él calló, cambió hábilmente de tema: el relevo del trabajo, los nuevos autobuses que nunca llegaban. Su hijo también guardó silencio, hasta que se disculpó porque debía atender una llamada. Desde entonces las charlas se hicieron raras; no discutían, simplemente cada uno vivía a su ritmo en distinta punta de la ciudad.
Se sacudió esos pensamientos. No era el momento. En la siguiente parada, una joven corría apresurada con un niño en brazos. Frenó con delicadeza para no sacudir el autobús.
Las puertas se abrieron y entró la chica jadeando. El niño, de unos tres años, gorro con borla, se frotaba los ojos medio dormido.
Gracias por esperar dijo ella, ofreciendo la tarjeta. Venimos de urgencias, nos hemos retrasado.
No hay problema, pase usted.
El niño le miró con seriedad, de adulto.
Señor, ¿habrá fuegos artificiales? preguntó.
Sí, pero será dentro de un rato.
No llegaremos a tiempo suspiró la madre, alejándose por el pasillo. Pero da igual.
Pulsó el botón de cierre y, por el retrovisor, vio cómo la joven sentaba al niño, le arreglaba la bufanda, le acariciaba la mejilla mientras buscaba toallitas en el bolso. En sus gestos residía ese cansancio tenaz y tierno que había visto antes en su esposa, cuando preparaba al crío para ir a la guardería.
Su esposa ahora vivían como compañeros de piso. Se saludaban, se preguntaban quién bajaba la basura o traía pan y cada uno se sumergía en su cuarto. Él sabía que eso no fue de un día para otro. Empezó a tomar más turnos por necesidad y luego por costumbre. Se sintió un huésped en casa, ella aprendió a contar solo consigo misma.
Curva se recordó en voz baja, comprobando el retrovisor. No olvidar el bache.
El bache estaba entre el segundo y el tercer carril y nadie lo tapaba desde hacía años. Movió el autobús a la izquierda, lo esquivó y ese simple acto le apaciguó. Mientras conducía, todo era orden: ruta, horario, paradas. Fuera de la cabina, el orden y el sentido desaparecían.
En la próxima parada subió una pareja de unos cuarenta años. El hombre gesticulaba y hablaba alto por el móvil. La mujer, con una carpeta fina abrazada al cuerpo, le seguía en silencio.
¡Que ya te he dicho que mañana lo llevo! vociferaba él. Hoy no me da tiempo.
Pasaron las tarjetas, él ni le miró. Ella le sonrió con discreción y se sentó a su lado. El hombre seguía discutiendo al teléfono, ella apretaba la carpeta hasta poner blancos los nudillos. El logotipo de una clínica asomaba en el lomo.
El ambiente se llenó de frases sueltas. Los chavales de atrás debatían cómo grabar los fuegos en el móvil. El niño de la borla preguntaba al infinito, el anciano permanecía inmóvil mirando al vacío, solo movía la bandolera en el regazo.
Él conducía y escuchaba en sordina. Cada viaje era una película ajena que discurría en segundo plano.
Ya en mitad de la ruta, el autobús se despejó. Unos descendieron junto al Corte Inglés, otros en el mercado. Quedaron los chavales, el anciano, la madre con el niño, la pareja de la carpeta y algún otro rostro que ni recordaba ya.
Paró otra vez, abrió las puertas; no subió nadie. Una mujer de abrigo rojo fumaba sentada en el banco de la marquesina y, al girarse, le negó con la cabeza. Arrancó de nuevo.
De pronto, una voz aguda sonó tras él.
¿Pero tú qué haces, tío? recriminaba el chaval bajo a su colega Siéntate, anda.
Bah, ni que fueras mi madre replicó el otro.
Lo observó por el retrovisor. El chaval, móvil en mano, se grababa subido al último escalón de la puerta trasera, apenas sujetándose a la barra y con un pie colgando hacia el pasillo.
Por favor, chaval emitió él por el micro, al fondo y no te quedes en la escalera.
El adolescente sonrió a la cámara.
Ole, el jefe se anima se burló, sin moverse.
Es en serio insistió el conductor. Puedes caerte, anda.
Que no me voy a caer, tengo reflejos.
El niño de la borla le miraba intrigado. La madre, tensa, calló. El anciano levantó la cabeza.
Él notó el enfado hervirle por dentro. Había visto ya de todo. Siempre intentó no involucrarse mientras no hubiera peligro: “Cuantos menos líos, más vida”, decía su antiguo compañero mayor. Aprendió esa máxima. Pero una escalera, una puerta abierta, una curva brusca y ese chaval saldría disparado. Y él pasaría cuentas.
Vamos a ver la voz sonó cortante. O te bajas del escalón o este autobús no se mueve.
El silencio invadió el vehículo. El chico levantó la barbilla.
¿Que vas a parar?
Sí, claro contestó. Paro ya.
Detuvo el bus, encendió los warnings. Vio en el espejo los ojos cruzarse entre los pasajeros. La mujer de las bolsas puso los suyos en blanco. El hombre con la carpeta refunfuñó algo a su pareja.
Venga, Manu murmuró el colega. No seas crío.
El adolescente, después de fingir indiferencia, bajó del peldaño y avanzó estudiadamente despacio por el pasillo.
¿Contento? le dignó al pasar por la cabina.
Contento de que estés sano respondió mientras soltaba el freno.
Reanudó la marcha, aún con la sangre hirviendo, pero poco a poco se fue calmando. Miró de soslayo al crío de la borla, que lo observaba como a un héroe de los dibujos. Apartó la mirada. No era ningún héroe, solo un hombre que quería evitar papeleo.
Avanzaron unas paradas. La ciudad brillaba en mil colores, los fogonazos iluminaban balcones y tejados. Explosiones aisladas retumbaban de fondo y sus destellos se reflejaban en los cristales.
El anciano se movió de pronto, intentó incorporarse, se aferró a la barra pero los dedos resbalaron; la bandolera cayó al suelo.
Uy dijo una mujer.
El hombre intentó levantarse, pero se desplomó, la cabeza colgando hacia el pasillo, los ojos en blanco.
El conductor lo vio reflejado. Frenó casi por instinto. Un grito cruzó el pasillo.
¡Señor!, ¡señor, le pasa algo! chilló la joven de la bata.
Conectó los warnings, orilló el bus. Instintivamente fue a por la radio, pero frenó: primero, comprobar al enfermo.
Abrió la portezuela de la cabina y, soportando el fuego en la rodilla, se acercó. La gente se apartaba. Allí yacía el viejo, la cabeza vencida al pasillo y la bolsa en el suelo.
Abuelo, ¿me oye? le preguntó.
Silencio.
¿Llamamos a emergencias? preguntó alguien.
¡Por supuesto! respondió la madre. Quizá sea el corazón.
Extrajo el móvil del bolsillo; las manos temblaban. Marcó el 112.
Emergencias. ¿En qué podemos ayudarle? una voz de mujer.
Un hombre mayor en el autobús, en la línea anunció el número. En la parada miró por la ventana y leyó el nombre. Se ha desmayado.
¿Respira?
Produjo el oído hacia su pecho; muy leve, el viejo exhalaba.
Sí, pero flojo.
No se muevan, enviamos ambulancia. Si empeora, vuelva a llamar.
Colgó. Todos le observaban.
Viene la ambulancia. ¿Alguien sabe medir la tensión?
Tengo un tensiómetro en el bolso intervino la mujer de las bolsas, soy auxiliar en un geriátrico.
Colocó los paquetes, sacó el aparato y con manos seguras ajustó el manguito y presionó el botón.
Muy baja puntualizó mirando la pantalla. Peligrosamente.
¿Le damos agua? ofreció alguien.
Mejor esperar a los médicos zanjó ella. Esperemos.
El crío de la borla se agarró a su madre, que le acarició la espalda y murmuró palabras de calma.
Los adolescentes, en un rincón, miraban la escena con la incomodidad del remordimiento. El que minutos antes desafiaba ahora bajaba los ojos.
El conductor sintió el antiguo impulso de aislarse, volver a la cabina, confiar en “que el asunto lo arregle otro”. Pero las piernas no le reaccionaban. Se quedó junto al asiento del anciano, atento al leve movimiento de sus costillas, contando cómo subía y bajaba el pecho.
¿Alguien conoce al señor? preguntó la mujer del tensiómetro.
No negó él. Solo un billete y ya.
Recordó al abuelo hurgando en sus bolsillos. Quizá en la cartera hubiera contacto familiar.
Disculpad se atrevió y rebuscó en el abrigo, halló la cartera. Allí, junto a unos billetes y recortes, un papel doblado con un teléfono y la palabra Hijo.
Marcó.
¿Sí? una voz masculina, algo desconfiada.
Buenas noches. Soy el conductor del bus. Su padre se ha desmayado, viene una ambulancia. Estamos en la parada dio el nombre. Le convendría venir.
Silencio.
Voy para allá. Por favor, espérenme.
No seguimos aseguró. Aquí estamos.
Metió la nota de vuelta en la cartera y la depositó con cuidado donde estaba.
¿Vamos a estar aquí parados? preguntó un hombre con tono crispado.
Mientras tanto sí. Si alguien tiene prisa, puede bajar. Pasa otro enseguida.
Varias personas se encaminaron a la puerta. Abrió. Bajaron, mirando de reojo al anciano caído, como a un escollo en el viaje. Una muchacha le deseó en voz baja: “Que se recupere”.
Asintió, aunque aquellas palabras no eran para él.
En el autobús quedaron seis personas. La mujer del tensiómetro, la madre y el niño, los adolescentes, la pareja y otro pasajero. Todos agolpados cerca del centro, como si rodearan un lazo invisible.
Volvió a la cabina. Apagó el contacto, puertas abiertas, luz interior a tope. El tiempo pasó lento. Miró la aguja del reloj y pensó en el parte. Había perdido el horario, terminaría tarde, el inspector le exigiría explicaciones. Pero no cabía actuar de otro modo.
Recordó otra noche, años atrás, cuando dejó a un asmático en parada tras llamar al SAMUR. Bajó al enfermo y a dos voluntarios, siguió trayecto. Se convenció de que era lo correcto, el deber ante todo. Pero durante mucho tiempo soñó con el rostro morado del hombre, sus manos arañando el aire.
Hoy, ya no podía actuar así.
A los diez minutos llegó la ambulancia. Primero oyó la sirena, luego las luces azules en el espejo. Dos sanitarios, hombre y mujer, subieron.
¿Dónde está? preguntaron.
Allí indicó.
Ellos desplegaron instrumentos, hablaron tan solo lo necesario. La mujer midió pulso y el hombre preparó la vía. Tantos años de experiencia, ningún gesto de más.
Tensión muy baja anunció. Hay que trasladarlo.
Ayudad, por favor pidió el camillero.
Él y un pasajero ayudaron a incorporar al anciano, sentir el peso leve en los brazos. El aire exterior azotaba con fiereza. Sobre la camilla, el abuelo desapareció en la ambulancia.
¿Ha avisado a familia? preguntó la sanitaria.
Sí asintió. Su hijo viene.
Le ingresamos en el Ramón y Cajal. Avísele.
El furgón partió, dejando marcas sobre el asfalto mojado y una larga estela de vacío. Él quedó parado a la puerta, y un enorme cansancio se lo tragó.
Ha hecho lo correcto le aseguró la mujer del tensiómetro. Otro habría seguido.
¿Y cómo, señora? Somos personas.
La mujer asintió y se alejó arrastrando bolsas. Los chicos salieron, esta vez sin estridencias. La madre y el niño se acercaron.
Gracias susurró ella. Por no ignorarlo.
El niño le miraba.
¿Se va a poner bien el señor? le preguntó.
Eso espero. Los médicos harán lo posible.
El crío asintió con gravedad, como si fuese un pacto mayor.
La pareja se proponía bajar. La mujer se detuvo en la puerta.
Íbamos al hospital a ver a mi suegra le confió. Dudaba si llegaríamos a tiempo. Ahora me alegro de que haya parado usted. Quizá algún día alguien haga lo mismo por ella.
Él bajó la cabeza, mudo.
Al quedarse el autobús vacío, solo quedó en el suelo una botella y un papel. Recogió cada cosa y las echó al cubo de la basura de la cabina.
Apareció un hombre de unos cuarenta y cinco años, gorro calado y rostro surcado de arrugas.
¿Usted llamó? preguntó por la puerta.
Sí contestó. ¿Es su padre?
El hombre asintió.
Se lo han llevado al hospital. Tenía la tensión muy baja, pero respiraba.
El hombre cerró los ojos y suspiró.
Gracias por parar, de verdad. A veces no puedo llegar a tiempo el trabajo, la vida. Y él sigue montando en bus por rutina. Dice que así todo es más sencillo.
Él entendía demasiado bien eso de la rutina.
Voy tras la ambulancia dijo el otro. Y tras darle las gracias, se perdió en la noche.
Él miró la silueta alejarse y sintió de golpe cuán frágil era todo. Un servicio, una parada, una llamada de teléfono
Regresó a la cabina, se sentó. La rodilla le ardía. Encendió el contacto y miró el reloj. Ya el horario era papel mojado.
La emisora crepitó.
Línea 53, ¿por qué parado? gruñía el coordinador.
Pasajero enfermo. Vino Samur, traslado al hospital. Sigo ruta respondió él.
Haz informe después ordenó. Y no te entretengas en la cabecera.
Recibido replicó, aunque todo en su interior se resistía a ese “no entretengas”.
Cerró la puerta de la cabina, se aferró al volante. Sus dedos aún temblaban. Comprobó el móvil junto al termo: dos llamadas perdidas de su esposa. No supo en qué momento habían entrado.
Pulsó devolver llamada. Tono eterno. Al fin, ella contestó.
¿Dónde estás? Llevo llamándote
De ruta. Ha habido un problema, un hombre se ha puesto mal. He tenido que esperar a la ambulancia.
Siempre lo mismo suspiró. ¿Tú cómo estás?
Pensó contestar el habitual “bien”, pero por primera vez no quiso mentir.
Me duele la rodilla admitió. Desde esta mañana. Y estoy muy cansado, Teresa.
Ella quedó callada unos segundos.
¿Por qué no vas al médico mañana? El volante lo tendrás aún.
Lo perdí. Pero pediré uno nuevo.
Hasta a él le sorprendió escuchar esas palabras. Enunciarlas sonaba ya a propósito, no excusa.
Hazlo. Si quieres, puedo ir contigo.
Apretó el volante.
Te parece bien. Pero tengo que terminar el turno.
Lo sé. Aquí estaré concluyó ella, antes de colgar.
Permaneció un último instante mirando el cristal oscuro. Su reflejo: las arrugas, los ojos enrojecidos, un hombre acostumbrado a ser telón de fondo en las historias ajenas.
Le vino a la memoria el abuelo y su abrigo torcido, esa bolsa en las rodillas, el hijo que no llegaba. Él, que tampoco solía llegar a tiempo. El niño de la borla y sus preguntas. La mujer del tensiómetro. El adolescente, ahora cabizbajo tras la payasada.
Puso la marcha, soltó el freno. El autobús arrancó suavemente. Pronto, nuevos pasajeros iban entrando: tarjetas al lector, preguntas sobre el mercado. La vida volvía a circular a través del salón.
Y él decidió que mañana, tras el turno, entraría en el ambulatorio, pediría otro volante y reservaría hora para la radiografía. Llamaría a su hijo, le contaría que fue al médico. No como queja, sino como hecho. Como un paso.
Allí delante, la cabecera todavía estaba lejos. Tocaba descargar viajeros, apagar el letrero, rellenar el parte, saludar al jefe de línea. Todo igual que siempre. Pero ahora habría una minúscula diferencia: no desatenderse.
En la próxima parada, subió una mujer con un ramo de flores. Le sonrió y le tendió la tarjeta.
Feliz día le dijo.
Igualmente, señora.
Cerró las puertas y continuó, notando en el fondo una leve sacudida, como si algo interno hubiera cambiado de sentido. Sin estruendo. Apenas el giro sutil del volante hacia su propia vida.
Fuera, Madrid estalló en otro fogonazo festivo. Los destellos bailaron en el retrovisor. Mantuvo el bus en el carril, sabiendo que quedaban muchas paradas, muchos trayectos. Y que, ocurriese lo que ocurriese, aquella noche ya no la olvidaría.
La parada final seguía delante, pero ahora no era solo un lugar en la ruta.







