Nueve rosas rojas… La suegra vino sólo unas horas y el yerno supo enseguida que no podría aguant…

Nueve rosas rojas…

Recuerdo aquella tarde de hace muchos años, cuando mi suegra vino a casa para pasar unas horas. Apenas había cruzado el umbral, sentí que no iba a aguantar mucho tiempo. Disimulé diciendo que iba a los baños los de la plaza Mayor, que siempre me relajaban. Me vestí rápidamente y salí.

Pero el destino me tenía guardada otra contrariedad: el balneario estaba cerrado por obras. Aquello terminó de agriar mi ánimo. ¿Y ahora qué? No quería volver a casa. Vagabundeé un rato, sin ganas de entrar a ningún comercio, pensando que eso nunca fue cosa de hombres. Finalmente me senté triste en un banco de la Gran Vía, rodeado del bullicio de Madrid.

De pronto, vi a una pareja mayor, quizás ya cercana a los sesenta. Muy bien vestidos, caminaban despacio, disfrutando del paseo. Ella lo llevaba del brazo y charlaban apaciblemente sobre algún asunto trivial.

Yo, desde mi banco, los miraba: Mira tú, todavía tienen de qué conversar. Nosotros, tras quince años juntos con Lucía, ya agotamos todos los temas. Normalmente solo guardamos silencio., me decía con cierta amargura.

De repente, el marido se detuvo, acomodó suavemente la bufanda de su esposa, y siguieron su paseo. Pensé entonces: Han sabido mantener el cariño, la ternura. Nosotros hace tiempo que apenas nos miramos.

Quizá el recuerdo me pesa aún hoy: mi esposa es una mujer pequeña y delgada, de esas que siempre parecen agotadas. Pertenece a ese grupo de mujeres eternamente cansadas, que apenas se permiten cuidarse. Se le veían las preocupaciones de la fábrica y de los dos niños. Nunca descansa, siempre corriendo por casa, su bata vieja, el cabello siempre despeinado, las manos ocupadas con la bayeta o la fregona.

Ya ni recordaba cómo era su sonrisa; su rostro sólo tenía aire de concentración. Solo va a la peluquería cuando ya es casi una ofensa salir a la calle con ese aspecto. Y yo pensaba en ese banco: Cuánto nos quisimos. ¿Dónde quedó todo aquello?

Me esforcé por recordar aquel sentimiento antiguo. Y de pronto, lo sentí: una delicada ternura recorrió mi interior y dejó una calidez que me hizo querer hacer algo bueno, algo bonito para Lucía. No podía quedarme quieto, la necesidad de hacer algo amable era urgente. Sin darme cuenta, me levanté y empecé a andar deprisa, sin saber muy bien adónde.

La señal vino en seguida: estuve a punto de chocar con un kiosco de flores. Casi por impulso, pensé: ¿Flores? Se va a reír de mí, me llamará tonto y dirá que mejor habría gastado el dinero en zapatillas para Anita, que necesita unas nuevas para gimnasia. Me alejé dudando, pero esa caricia de ternura seguía palpitando.

Hice un gesto resignado, pensando: Qué sea lo que Dios quiera. Entré. La florista me sonrió, saludándome con familiaridad. Disimulé la inseguridad: hacía quince años que no compraba flores. Quizá una rosa… solo una. Pero algo me susurró por dentro, una sola no significa nada. Me armé de valor y pedí nueve. Me asusté de mi propia audacia, pero las palabras ya habían salido.

Cuando salí del kiosco y caminaba por la calle de Alcalá, sentía como si todos los transeúntes me mirasen, juzgando mi atrevimiento. Saqué el teléfono y llamé a casa para asegurarme de que mi suegra se había marchado.

Subí las escaleras de nuestro edificio en Lavapiés con cierta inquietud. Pensaba: Me va a echar de la casa con flores y todo. Si se pone a gritar, las arrugo enseguida y las tiro a la basura. Pero no me detuve.

Al entrar, Lucía estaba poniendo una bolsa de harina sobre la mesa, y aún tenía las manos limpias. Me acerqué, conteniendo la respiración por los nervios. Ella se giró sin esperar nada, y al ver las flores, se quedó paralizada.

Lucía, son para ti. Me ha apetecido mucho. ¿No te enfadarás?

Tardó un rato en reaccionar, miraba los claveles como si fueran un espejismo.

Son para ti, Lucía, todas para ti.

Al fin las tomó y se las acercó a la cara, esbozando una sonrisa tenue. Por un instante, desaparecieron la fábrica, las preocupaciones y los años compartidos.

Susurró casi sin voz: “Gracias”.

El jarrón de agua quedó en medio de la mesa, las nueve rosas iluminando la estancia. Lucía acarició los pétalos, después se detuvo delante del espejo, y se arregló el pelo distraída.

Su rostro se volvió más suave, la preocupación dio paso a un atisbo de ensoñación. Me acerqué y la abracé por la cintura. Nos quedamos así, en silencio.

Por un momento, solo por un momento, el tiempo se detuvo.

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Nueve rosas rojas… La suegra vino sólo unas horas y el yerno supo enseguida que no podría aguant…
No lo necesito. Me niego a él.