El exmarido —¡Anita! —exclamó a su espalda una voz masculina, inconfundiblemente familiar. Ana se s…

¡Teresa! exclamó tras de mí una voz masculina que me resultó dolorosamente familiar.

Me estremecí, encogí los hombros y, temerosa de volverme, apreté el paso por la acera.

¡Teresita, espera! No puede ser ¡Eres tú, seguro!

Aceleré, pero una mano, aunque no de manera brusca, me sujetó el hombro.

Teresa, ¿qué pasa? ¿Te has quedado sorda? Soy yo, Alberto.

Armándome de valor, me giré bruscamente y, incrédula, musité:

Madre mía Alberto Pensé que me estaba volviendo loca y que me imaginaba tu voz Pero ¿Cómo es posible? No puede ser

¿Qué no puede ser? Alberto, casi tan jovial como en los viejos tiempos, me sonrió con aquella alegría contagiosa suya. ¿Acaso no puedo regresar a mi ciudad natal?

¿De dónde has vuelto? seguía sin entender nada. Si me dijeron que habías muerto.

¿Muerto? La cara de Alberto se desencajó ante semejante noticia. ¿Yo?

Sí, claro. Al poco de divorciarnos y tú irte a Barcelona, tu amigo me dijo que Hice una pausa, y terminé finalmente la frase: Que habías acabado en la mala vida y muerto en la calle, rodeado de desconocidos.

¿Quién te contó semejante barbaridad?

Muñoz. Tu mejor amigo. Apenas te fuiste, empezó a dejarse caer por mi casa, haciéndose el gallito y tirándome los tejos. Le di puerta enseguida. Entonces fue cuando me dijo aquello sobre ti.

Qué tío más ruin rio Alberto. Así que en serio lo decía aquella tarde de la despedida.

¿Cómo que en serio?

Pues sí decía: Mira que dejas a Teresa, pero ya la cuidaré yo. Lo soltó en tono de broma, pero desde entonces no volví a saber nada de él, ni respondió más a mis cartas ni llamadas. Por aquel entonces, teníamos solo los teléfonos fijos y correos postales, no estas redes sociales de ahora. Yo ni sé dónde acabó, qué fue de él.

Murió hace ya. Me encogí de hombros. Hace cinco años lo enterraron.

Vaya El rostro de Alberto se ensombreció. Quién lo diría Y todavía le quedaba vida por delante. En fin Y volvió a mostrar esa sonrisa suya, igual que hacía décadas. Cuántos años han pasado desde nuestro divorcio y tú sigues igual de guapa.

¡Anda ya! solté una carcajada y le resté importancia con un gesto de la mano. Sigo igual de normal que siempre.

Me han dicho que te has vuelto a casar. Me miraba con ternura, como si no pudiera apartar la mirada. Y que tienes hijos, ¿verdad? ¿Dos?

Eso, dos asentí. Ya han crecido e hicieron sus vidas. Ahora soy abuela. Por partida doble.

¡Vaya! ¿Y tu marido qué tal?

Bien me encogí de hombros. Pero ya con otra familia. Ahora soy una mujer libre.

Así que así están las cosas Alberto también asintió, entendiendo. Qué tontos somos los hombres; buscamos siempre algo más, sin darnos cuenta de que lo que buscamos lo tenemos al lado. Lo tuvimos siempre aquí.

¿Y has vuelto por algo en particular, Alberto? ¿Trabajo? ¿Vacaciones?

He regresado para siempre, Teresa. Para siempre suspiró hondo. Hace poco enterré a mi esposa y decidí volver a la tierra que me vio nacer. Sinceramente, no podía respirar allí. Los médicos decían que el clima no era bueno para mí los años pasan, ya sabes. A mi mujer le pasaba igual; tenía asma. Quise llevármela lejos, sentía que debíamos mudarnos cuanto antes, pero ella era catalana de familia, y no pudo. Decía que no soportaría un solo día lejos de su Barcelona. Y así le brillaron los ojos. Ahora paseo por las calles de mi juventud, miro fascinado lo cambiado que está todo tras treinta años, y ando pensando en qué barrio comprar un piso. ¿Tú me recomendarías alguno?

¿Y ahora mismo dónde te hospedas? le pregunté.

En una pensión, ¿dónde si no?

¿No tienes familia aquí?

¡No, hombre, por favor! frunció el ceño. Sabes bien que no me gusta ser carga para nadie. Cada uno tiene su vida ya hecha, y yo sería un incordio cayendo de repente. Eso no está bien. Y un hombre debe tener su orgullo.

¿Y no prefieres quedarte en mi casa? me salió de pronto, asustándome yo misma por mi propuesta, así que me apresuré a añadir: Como inquilino, claro.

Alberto se quedó perplejo y algo azorado, luego suspiró.

Quizá quisiera, Teresa, pero No me lo permite la culpa.

¿Culpa? me asombré.

Sí. La de haberte abandonado hace treinta años. Y esa deuda, por mucho tiempo que pase, siempre me pesará.

No digas tonterías sonreí de manera extraña. ¡Si fui yo quien te forzó a marcharte! Si te dije cosas terribles aquella noche Con razón cualquier hombre se habría ido.

No recuerdo que tú dijeras nada tan grave negó con la cabeza, empeñado. Solo me echo en cara mis propios errores.

¿Y qué recuerdas?

Recuerdo perder los papeles como un chiquillo, hacer una maleta a la carrera y largarme en plena noche. Luego, claro, me arrepentí, pero ya era tarde.

Yo, en el fondo, me alegré al verte marchar reí. Pensaba que por fin iba a empezar de cero Y empecé, sí Aunque luego me arrepentí.

¿De verdad? preguntó tímidamente Alberto. ¿Entonces ya no me guardas rencor?

Ningún rencor le miré llena de ternura, y sentí cómo se encendía una alegría vieja en mi interior, como entonces, en la juventud. No has cambiado nada, Alberto Tan solo tienes el pelo más canoso. Vente conmigo, hombre, hoy mismo. Tengo una habitación libre para ti. No merece la pena que sigas comiendo solo en las fondas. Después de todo, fuiste mi marido y, aunque ya no lo seas, sigues siendo mi familia.

¿Y no te voy a resultar pesada?

Si me lo parecieras, no te habría invitado, ¿no crees? En casa, sola, las noches se hacen eternas y a veces hasta apetece aullar de soledad.

Pues si es así Alberto tomó mi mano, titubeante. ¿Vamos a recoger mi maleta a la pensión?

¿La misma con la que huiste de casa aquella noche?

Ambos nos echamos a reír a la vez, y juntos nos pusimos a caminar alegremente por la acera, sintiendo, de alguna forma, que en realidad nunca nos habíamos separadoLa misma rió, y su risa, aunque arrugada por los años, tenía algo de aquel brillo antiguo que una vez trastocó mi vida. Quién nos iba a decir que una maleta podría cerrar círculos en vez de abrir caminos.

Comenzamos a andar, y durante esos primeros pasos Albertos se apoyó ligeramente en mi brazo, como si aún temiera que el mundo fuera a desvanecerse en cualquier momento. Pero yo le estreché con fuerza, convencida de que la vida, a veces, brinda segundas oportunidades incluso a los corazones más cansados.

Mientras la tarde se rendía al anochecer, cruzamos la avenida como dos fantasmas reconciliados con su historia. Por primera vez en mucho tiempo, no me sentí sola ni tampoco mayor. Sentí, simplemente, que estaba empezando de nuevo.

Ya no importaban los reproches ni las culpas arrastradas durante décadas. Ni siquiera importaba si el futuro nos aguardaba con tormentas o mañanas de sol. Lo esencial era ese instante en el que, al cruzar la calle cogidos del brazo, supimos que el regreso era posible.

Y seguiríamos adelante, juntos otra vez, con la maleta del pasado bien cerrada y todo el porvenir abierto bajo un cielo de luces encendidas.

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