La habitación del hospital me resultaba opresiva y me hacía perder la paciencia. Me tapé los oídos con las manos para no escuchar el llanto ensordecedor de los bebés en las salas contiguas. Lo único que deseaba era salir cuanto antes y olvidarlo todo como si fuese una pesadilla
¡Anita, hija, por lo menos mírala! me rogaba la matrona mayor, tía Carmen. ¡Es igualita a ti, como dos gotas de agua!
¡No! ¡Ni lo intentéis! ¿He firmado la renuncia? ¡La he firmado! ¡¿Qué más queréis de mí?! casi llorando le contesté. ¡No tengo dónde llevarla! ¿Entiende usted lo que le quiero decir?
¡Baja la voz! Vas a asustar a la niña. ¿Cómo que no tienes dónde? ¿Vas a dormir en la calle? entrecerró los ojos la comadrona. ¿Tienes madre, padre?
Sí, una madre anciana. ¡Ella misma necesita ayuda! No puedo presentarme en el pueblo con una niña. Se van a reír de mí todos.
¡Que se rían, hija! ¡Así tendrán motivo de alegría! esbozó una sonrisa tía Carmen. Pero escúchame, los comentarios de la gente se olvidan y la vida sigue, pero tú, tú nunca olvidarás que dejaste a una criatura tan pequeña.
Escondí el rostro entre las manos y rompí en llanto. Tía Carmen lo notó: casi había logrado convencerme, solo me faltaba un empujón…
¡Mírala! Tiene tu nariz: pequeña, respingona. Y los ojos, seguro será una belleza de ojos claros, como su mamá.
Pero… ni siquiera tengo mantitas. Y además, ¿con qué dinero voy a regresar a casa con ella? empecé a rendirme.
Eso no es problema, mujer… Te vamos a ayudar. Hay fondos, te prepararemos todo lo que hace falta para la niña. Yo misma te acompañaré a la estación. Y bien, ¿cómo la vas a llamar?
Clara…
Precioso nombre. Le queda perfecto. Toma, coge a Clarita, dale de comer, y luego paso a verte.
Conteniendo la respiración, tía Carmen me puso a la niña en brazos. La cogí con muchísimo cuidado, temerosa e insegura. Las lágrimas rodaban por mis mejillas. Al abrazar a mi hija contra mí, supe con certeza que jamás podría dejarla.
¿Y bien? ¿Lo conseguiste? preguntó el médico. ¿Va a retirar el documento?
¡Conseguido! respondió Carmen, limpiándose alguna lágrima.
Ya en el andén, sentía como si despertara de una pesadilla. Apreté fuerte a mi hija, como si temiera que alguien pudiera arrebatármela. A mi lado estaba Carmen, que cumplió su promesa y me acompañó hasta la estación.
Gracias. Me avergüenza recordar que pensé en abandonar a mi hija le dije.
Tu situación no es fácil. Pero los tiempos duros pasan, y perder a una hija… eso es para siempre. Yo cometí un error que no puedo reparar y aún lo pago hoy me confesó Carmen.
¿Qué error? pregunté un poco sorprendido. Siempre pensé que usted era casi una santa.
Pasé por lo mismo que tú. Pero yo no tenía madre ni casa. Intenté deshacerme de un embarazo que no deseaba. Los médicos no quisieron ayudarme. Así que acudí a una curandera. Me ayudó, pero desde entonces no pude tener más hijos.
¿Nada se podía hacer ya? pregunté.
No, hijo. Mi marido era buen hombre, pero me dejó al saber que no podríamos tener hijos nunca Carmen se echó a llorar, sin poder contenerse.
¡Cuánto lo siento! Usted que ha ayudado a nacer a tantos niños, pero nunca ha tenido el suyo…
Cuida de Clarita, Anita. Y si algún día necesitas algo, sabes dónde encontrarme.
Nos abrazamos como si fuéramos de la misma familia. Enseguida llegó el tren. Durante largo rato no aparté la mirada de la ventana, saludando a Carmen mientras desaparecía poco a poco en el andén, con lágrimas en los ojos.
El viaje fue largo y pesado. Al llegar al pueblo, sujetaba con una mano a mi hija y con la otra una gran bolsa con el ajuar que me habían dado en el hospital. “¿Cómo me recibirá mi madre? ¿Qué dirá?” no podía quitarme esa preocupación.
¡Ani, eres tú! dijo la vecina, asomándose tras el portón.
Soy yo. Tía Lola, ¿mamá está en casa?
¿No sabes nada? me respondió con sorpresa. Hace ya medio año que tu madre, Eugenia, falleció.
Quizá fue mejor así, que no vio semejante vergüenza… me miró con lástima y un gesto hacia Clarita.
Sí, es mi hija respondí con orgullo, aunque solo tenía ganas de romper a llorar.
Entré con las piernas temblorosas. Gritar y llorar de dolor hubiese querido, pero en mis brazos estaba mi niña, y por ella debía ser fuerte. “No pasa nada, hija mía, ahora somos dos. No estoy solo. Juntos podremos con todo”, me repetí, estrechándola fuerte.
***
Pasaron diez años. Estaba a punto de llegar la época de Navidad. Yo andaba atareado con la cena; Clara, sentada en la ventana, miraba los senderos nevados del jardín.
Papá, ¿por qué yo no tengo abuela? Mis amigas siempre presumen de ir en Navidad a casa de sus abuelos. Les hacen regalos, las esperan con ilusión me preguntó.
Nuestra abuela falleció hace años, hija. No llegó a conocerte le respondí con tristeza.
¿Y la otra abuela, papá?
¿Qué otra? me extrañé.
Todos los niños tienen dos, ¿no?
Bueno, pensándolo bien, sí que tenemos una “segunda abuela”. ¿Y si vamos a visitarla y le llevamos unos dulces? Trabajó de matrona en el hospital. Era buenísima y muy dulce dije sonriendo al recordar a Carmen.
Dicho y hecho. Al día siguiente, nos fuimos a la ciudad y en el hospital pregunté por Carmen.
Hace ya tiempo que no trabaja aquí dijo la mujer de guardia. Se jubiló, está delicada.
Pues venimos de lejos, para verla. ¿Podría darnos su dirección o su teléfono? le pedí.
En teoría no debería, es confidencial. ¿Ustedes qué parentesco tienen con Carmen? interrogó la empleada con severidad.
Soy su sobrino y Clara su nieta mentí, sabiendo que si no, nada me darían. Hace mucho que no la vemos y hemos perdido su dirección. Por favor, ayúdenos le rogué.
Por favor, queremos verla añadió Clara.
Bueno, veré lo que puedo hacer accedió, tras mirar a la niña.
Quince minutos después, volvió y nos pasó una nota con la dirección. Nos deseó suerte y pidió que saludásemos a Carmen de su parte.
¡Mil gracias! le respondí feliz.
Cogimos un taxi hasta el edificio. Subimos al tercer piso con el corazón en un puño. Ojalá no llegar demasiado tarde. La puerta se abrió casi de inmediato. Carmen apareció en el umbral, afortunadamente con buen aspecto.
¡Buenas tardes! saludé.
Me miró con fijeza, tratando de recordar.
¿Anita?… susurró.
¡Sí! ¡No ha cambiado usted nada! Y ella es Clarita, ¿la recuerda? le sonreí.
¡Por supuesto que la recuerdo! rió Carmen. ¿Pero dónde estáis? ¡Pasad dentro, hijas mías!
En media hora ya estábamos sentadas en la mesa, poniéndonos al día. Clara jugaba con la gata en el sofá, viendo sus dibujos preferidos.
Quedaos a vivir conmigo. Estoy sola, y vosotras también… propuso Carmen. Clara podría ir a una buena escuela, y tú trabajar aquí.
No sé… Me daría pena dejar la casa. Tal vez podría venir usted con nosotras al pueblo. Allí es precioso; hay río, campo, animales… podríamos tener una vaca y una huerta le animé.
¡Sería maravilloso! ¡Toda la vida he soñado con un pequeño huerto, y una vaca sería ya un milagro! rió Carmen, con los ojos llenos de ilusión.
¡Decidido! ¡Se viene a casa con nosotras! dije, contagiado de su alegría.
¿Abuela Carmen, te quedarás siempre con nosotras? preguntó Clara abrazándola.
Claro que sí, corazón. Siempre quise tener una nieta como tú.
Al día siguiente, con maletas llenas de esperanza, partimos juntas al pueblo. Por primera vez en años, me sentí arropado, no solo por una hija, sino también por una madre adoptiva. Carmen, por su parte, alcanzó una familia y la tranquilidad que la vida le había negado tanto tiempo. Clara, por fin, tenía una abuela a la que querer.
A veces la vida se tuerce, pero siempre es posible encontrar una nueva familia. Y comprendí que, aunque el camino sea duro y largo, jamás debemos rendirnos cuando de amor se trata.







