La amante de mi marido era preciosa. Yo misma la habría escogido, si fuera hombre. ¿Sabéis? Hay mu…

La amante de su marido era una mujer realmente magnífica. Si hubiera sido hombre, quizás ella misma la habría elegido. Hay mujeres así: seguras de sí mismas, con ese porte digno, la mirada franca y directa, y esa manera de escuchar en silencio, atentas. En sus gestos no hay ningún atisbo de nerviosismo ni requieren de escotes ni espaldas al aire para acaparar miradas; se muestran, sencillamente, serenas y majestuosas, incapaces de perder la compostura.

Ella misma habría hecho lo mismo. Elegirla. Como antítesis perfecta de sí misma.

¿Qué cómo era ella? Siempre apresurada, alzando la voz a sus hijos y al marido por todo, torpona, derramando cuanto tocaba, siempre a medio hacer las cosas, saturada en el trabajo y enfrentada a unos jefes que nunca estaban conformes. Día sí y día también con pantalones y camisetas anchas, porque planchar un vestido o una blusa requería una entrega que a duras penas podía permitirse. Había olvidado cuándo fue la última vez que planchó volantes o frunces. Menos mal pensaba que la nueva secadora dejaba la ropa tan lisa que, salvo para los días señalados, el hierro se había vuelto casi innecesario.

Pero la amante, aquella mujer, era impresionante. La figura, el porte, las piernas, la melena, la mirada, todo en su rostro brillaba tanto, que a una se le cortaba la respiración.

Por eso y desde aquel entonces no había vuelto a respirar con normalidad. Todo empezó el día que la vio. Ocurrió por casualidad, durante una gestión en un barrio alejado de Madrid; muerta de hambre, entró en el primer café que encontró. El trabajo estaba hecho, y el hambre nunca espera. Entre el bullicio, localizó un rincón libre, se sentó y, al levantar la cabeza tras hojear el menú, le vio. No, no era una ilusión. Reconoció enseguida a su marido, aunque sólo fuera por la espalda. Y la vio a ella.

Él sujetaba las manos de aquella mujer y le besaba los dedos. ¡Qué cursilería!, pensó, como aquello de tus manos huelen a incienso. Pero por más ironía que brotara, la mujer era guapísima. Objetivamente.

Sintió una especie de extraña anestesia, como después de una quemadura: sabes que está la herida y anticipas ese amargo dolor que te va a inundar, pero vives suspendida, unos segundos antes de que la punzada te sacuda. Y para intentar retrasar ese insalvable dolor, uno sopla con ansia sobre la piel enrojecida.

Debería haber dolido. Pero en su interior, todo era un vacío. Nada.

Su marido regresó a casa a la hora de siempre, con ese humor templado y uniforme que le caracterizaba. Ella, en cambio, siempre llevaba la palabra atravesada, vivía a la carrera, empujaba a todos. Él, en cambio, era un bálsamo; un sanguíneo sosegado, sólido, con una gracia natural en su modo de ver la vida.

Quién le diera, en ese momento, algo de ese humor suyo, pensó; no era capaz de encontrar una pizca en sí misma.

Tuvo la tentación durante toda la velada de encararle así, con voz neutra y directa: “¿Qué tal tu amante? Os vi hace poco en el café Miró, estaba estupenda, la entiendo… yo también habría dudado en su lugar.” Decírselo y observar cómo empezaban a asomar gotas de sudor en su frente, a ver cómo se sonrojaba y hacía como si nada.

Quiso seguir: “¿Y ahora qué? Preséntasela a los niños, seguro que les cae bien su nueva ‘mamá’. Y yo, ¿dónde voy a parar? ¿Piensas traerla aquí o ya tiene piso propio?”

Pero no dijo nada. Él, como siempre, la abrazó en la cama, la atrajo a su lado y se quedó dormido enseguida.

Quizá ni siquiera habían llegado a acostarse juntos pensó, echándose a un extremo de la cama. Y se rió por dentro. Ya se expresaba como una esposa engañada, presenciando todo y convenciendo a los demás de que sólo era fruto de su imaginación.

Quizá aún no habían cruzado cierto umbral. Estaban en la fase inicial: miradas, suspiros, pensamientos y alientos acompasados Menudo maestro del disfraz, su marido; ni un gesto, ni una palabra fuera de sitio.

Pasó la noche dando vueltas, soñó con flores brillantes y amantes ajenas vestidas con trajes rojos.

Amaneció con la cabeza pesada y, más despacio que nunca, preparó la casa y organizó a los niños para el colegio.

Durante todo el día, esa pregunta la perseguía: “¿Y ahora qué hago yo?” ¿Qué hacen las mujeres que sorprenden a sus maridos con otra? ¿Lo buscaría en internet?

Google de poco sirvió. Tampoco tenía respuesta propia. ¿Probar a seguir adelante, como si nada?

¿Y qué iba a probar? Si, después de todo, seguía viviendo igual. La rutina diaria, el marido puntual, camisas sin restos de carmín ni perfumes extraños, los críos saltando y los domingos de cine. Nada alterado; el sexo el mismo dos veces por semana, a veces tres, si había suerte.

¿Y si se equivocaba y no era ella la que vio en el café?

No, no se confundió. A mediodía, cuando él no le contestó el teléfono, ella misma tomó un taxi hasta ese mismo café. Creó una excusa para el taxista “me esperan con unos papeles del trabajo” y fingió impaciencia. El coche de su marido estaba al otro lado de la calle. Vio cómo salía acompañado de ella, subían juntos y se marchaban.

Sintió cómo la sangre le abandonaba el rostro. Pidió agua al taxista, simuló una llamada y, en voz alta al teléfono apagado, espetó: “¡Pues que os den a ti y a tu dichoso paquete, no puedo esperar más! ¡Me voy al trabajo!”

Aún le preocupaba, en el fondo, lo que pensaría el taxista de ella.

Saber que existe una amante corta las costuras de la vida. ¿Divorcio? Quizá sí. ¿Y si no? ¿Aguantar? ¿Y para qué?

Recordó cómo, un par de años atrás, en casa de unos amigos, apareció otra amante. Él lo ocultaba, la negaba. Pero su esposa lo descubrió, con pruebas: una conversación en el móvil que él no supo borrar. Alegó un pirateo, enredos de envidiosos

En aquella ocasión, su marido había sido tajante: Yo nunca mentiría. Es patético. Si la has liado, sé hombre, confiesa y termina con la otra si de verdad quieres a tu familia. Y si no, ve con ella, pero que no falte a los suyos.”

Entonces, ella sintió orgullo por su marido. ¡Cuánta responsabilidad!

Ja, resolver lo ajeno es fácil. A distancia y sin poner el propio pecho.

Pero cuando a uno le toca de cerca, cuando ve a la esposa y a la amante frente a frente, el valor y la voz firme desaparecen como el humo.

Así que un buen día, entró en aquel café, se acercó a su mesa y se sentó al lado. La amante levantó la vista, sorprendida. El marido se quedó helado; empezó a retorcerse en la silla, nervioso. Los observó en silencio, divertida por dentro. Aquella mujer comprendió al instante quién era ella; quizás incluso ya lo sabía de antes.

Él intentó hablar. Ella le detuvo con la mano. No es lo que parece, ¿verdad? le dijo, con serenidad. No hay nada raro, suele pasar. Ahora pensad bien cómo vais a arreglarlo: nuestros hijos, el piso que compartimos, los padres mayores sois inteligentes, sabréis qué hacer.

Se levantó despacio y se fue hacia la puerta. El vestido perfectamente planchado le sentaba estupendamente. Lástima no haberlo lucido más a menudo.

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La amante de mi marido era preciosa. Yo misma la habría escogido, si fuera hombre. ¿Sabéis? Hay mu…
—Ya te apañas tú sola con los niños—, soltó mi marido Viernes. Noche. Los niños se durmieron como pudieron, después de la cena, los dibujos animados, las peleas por lavarse los dientes y tres vasos de agua “para dormir mejor”. Íñigo estaba tirado en el sofá, deslizando el móvil. Marina respiró hondo y lo dijo sin drama: —Íñigo, este finde quiero descansar. Ni siquiera levantó la vista: —Ajá. —No, de verdad. Solo quiero dormir bien. Estar sola. Un día. Aunque sea medio día. —Pues descansa —asintió él, y volvió a la pantalla. Marina lo miró. Quiso explicarle que estaba agotada, que no había tenido un minuto de silencio en toda la semana. Que en el trabajo la ahogaban los plazos, que en casa era todo el rato “mamá, mamá, mamá”, y que los findes eran una maratón: desayuno, actividades, supermercados, comida, deberes, cena, limpieza. Pero él ya no escuchaba. Ella se encogió de hombros. Se fue a dormir. Sábado El día empezó como siempre. Siete de la mañana. El pequeño saltó a la cama: —¡Mamá! ¿Puedo ver dibujos? Marina entreabrió un ojo. Íñigo dormía a pierna suelta, ocupando toda la cama. —Shh…—susurró—. Papá duerme. —¿Y me los pones tú? Se levantó. Puso los dibujos. Sirvió un zumo. Hizo las tostadas. Íñigo apareció en la cocina sonriente, fresco. Le dio un beso en la cabeza: —Buenos días, cielo. Marina sonrió cansada: —Buenos días. Él desayunó rápido. Se vistió. Cogió las llaves. Ella se detuvo en seco: —¿A dónde vas? —Ah, se me olvidó decirte. Es el cumple de Pablo. Bueno, no el cumple exacto, pero lo celebramos los chicos. Estaré todo el día, seguramente. Marina notó un nudo en el estómago. —Íñigo. Ayer hablamos de esto. Te dije que quería descansar. Él arqueó las cejas, sorprendido: —Pues descansa. Yo no te lo impido. —¿Y los niños? Él se encogió de hombros: —¿Acaso no puedes apañarte sola? Siempre lo haces. Y se fue. La puerta sonó. Marina se quedó en la entrada, con la bayeta en la mano. El pequeño gritó desde el salón: —¡Mamá! ¡Guillermo me ha pegado! —¡Mentira! ¡Él ha empezado! Marina cerró los ojos. Respiró hondo. Y tomó una decisión. Cogió el teléfono. Marcó a su madre: —Hola, ¿podemos ir a tu casa? Un par de días. Con los niños. Su madre no preguntó nada. Solo dijo: —Os espero. Preparativos Marina entró al cuarto de los niños. Guillermo y Lucía jugaban en el suelo, rodeados de juguetes. Un sábado cualquiera. —Chicos, preparaos. Nos vamos a casa de la abuela. Lucía levantó la cabeza: —¿Por mucho tiempo? —El fin de semana. —¿Y papá? Marina forzó una sonrisa: —Papá está ocupado. Vendrá después. Guillermo refunfuñó: —¡No quiero! ¡Estoy jugando! —Te lo llevas contigo —resolvió ella. Empaquetó despacio. Pijamas. Ropa de cambio. Cepillos de dientes. Peluches favoritos. Cargadores de tablets. Mientras los niños se vestían, Marina pasó por la cocina. Abrió la nevera. Fiambre. Queso. Yogures. Natillas. Huevos. Verduras para el cocido. Cogió bolsas y guardó todo lo que era para los niños. Sin rabia. Solo recuperando lo que era de ellos. En la balda solo quedó la cerveza y un bote de aceitunas. Marina sonrió y cerró. Los niños en los asientos de atrás. Guillermo ya enganchado al iPad. Lucía mirando por la ventana. Condujeron en silencio. De pronto Lucía preguntó: —Mamá, ¿por qué papá nunca viene con nosotras a casa de la abuela? —Está ocupado, cariño. Guillermo apartó la tablet: —Porque papá es importante. Tiene que ver gente. Lucía frunció el ceño: —¿Y mamá no es importante? Sabiduría de nueve años. Marina miró por el retrovisor. Cruzó la mirada con su hija. —Mamá también es importante —dijo convencida—. Solo que a veces se le olvida. Lucía asintió. Como si entendiera más de lo que se dice en voz alta. En casa de la abuela La abuela recibió a todos con un abrazo, besos y el olor de las magdalenas recién hechas. —¡Ay, qué alegría! ¡Cuánto os he echado de menos! Los niños invadieron el piso, se despojaron de los abrigos y fueron a buscar los juguetes viejos. Marina se quedó en la cocina. Su madre le sirvió un té. Empujó un plato de galletas hacia ella. Marina exhaló: —No preguntes. —No te pregunto. Silencio. —Se ha vuelto a ir —Marina abrazó la taza—. Le pedí en serio que descansara. Ayer. Dijo que sí. Y esta mañana… “Es el cumple de Pablo, hasta luego”. Su madre apretó los labios: —¿Y qué has hecho? —He cogido a los niños. Y la comida. Y me he ido. —¿Solo eso? —Solo eso. La madre sonrió por primera vez en la conversación. —Bien hecho. Marina resopló: —¿En serio? Pensé que me dirías: “Aguanta, es tu marido, él también está cansado”. —La cansada eres tú —le cubrió la mano—. Yo aguanté veinte años, ¿sabes cómo acabó? —¿Cómo? —Tu padre nunca aprendió a valorar. Porque yo no le enseñé. Marina la miró, sorprendida. —Nunca lo habías contado. —No quería que repitieras mis errores —su madre se encogió de hombros—. Aunque parece que cada mujer tiene que descubrirlo sola. Marina terminó el té. Dejó la taza. —No quiero que Lucía crezca pensando que mamá es la sirvienta. —Entonces enséñale otra cosa. La noche Marina estaba en el sofá de casa de su madre. Los niños dormían en el cuarto de al lado. El móvil no paraba de sonar. Llamadas. Íñigo. Miró la pantalla. No contestó. Que lo note. Por una vez. Después llegó un mensaje: “¿Dónde estáis? ¿Por qué no contestas? ¿Qué pasa?” Marina sonrió. Y contestó, breve y claro: “Descansando”. Y puso el móvil en silencio. El regreso de Íñigo Íñigo volvió a casa a las ocho y media. Cansado. Contento. Un poco achispado y sonriente. Día redondo. Birras, barbacoa, fútbol por la tele. Pablo en su salsa, chistes, anécdotas. Abrió la puerta. Se quitó los zapatos. —¡Marina! ¡Ya he llegado! Silencio. —¿Mari? Nadie. Entró en la cocina. Encendió la luz. Vacio. Ni un plato en la mesa. Ni rastro de cena. Nada. Extraño. Abrió la nevera y se quedó parado. Vacía. Del todo. Solo su cerveza en la balda de abajo y el bote de aceitunas. —Pero, ¿qué…? Cerró de golpe. Fue al cuarto de los niños. Nada. Ni ropa. Ni juguetes. En el dormitorio, lo mismo. El corazón le latía más deprisa. Agarró el móvil. Llamó a Marina. Colgó. Otra vez. Colgó. —¡Pero qué…! Escribió un WhatsApp. La respuesta llegó al minuto: “Descansando”. Escribió: “Marina, no tiene gracia. ¿Dónde están los niños?” Silencio. Íñigo de un lado a otro por la casa. ¿Qué ha pasado? ¿Dónde está? ¿Habrá ocurrido algo? Llamó a la amiga de Marina, Susana. —¡Susana, sabes dónde está Marina? —Sí —voz fría. —¿Dónde? —Descansando. —Venga, Susana, en serio, llego a casa y no hay nadie. Ni los niños. —Los niños están con ella. Todo bien. —¿Cómo que todo bien? ¡No me responde! ¡La nevera está vacía! —Íñigo —suspira—. ¿Y qué esperabas? —¿De qué hablas? —De que ella solo te pidió un fin de semana. Uno. Y tú te fuiste con tus amigos, ni preguntaste. Silencio. —Joder, pensé… —¿Que ella solita lo hacía todo? ¿Como siempre? Apretó los dientes: —Pero, ¿y ahora qué hago? ¡Dímelo, por favor! —Está a salvo. Los niños, también. No te preocupes. Tono de llamada. Íñigo tiró el móvil al sofá. El vacío Se sentó en la cocina. Nunca antes la casa había estado tan callada. Siempre alguien cerca. Marina en la cocina. Los niños jugando. Música. Dibujos. Vida. Ahora, nada. Se frotó la cara con las manos. Recordó la noche anterior. Se levantó. Abrió el congelador. Sacó la última bolsa de empanadillas. Puso la olla al fuego. Y miró el agua hervir. Se acercó a la mesa. Justo ahí vio un papel doblado. Lo abrió. Letra de Marina. Clara, ordenada. “Tú solo te apañas”. Nada más. Lo leyó varias veces. Se sentó. Las empanadillas hirviendo. Se le olvidaron. Por primera vez en años lo sintió de verdad: Se había quedado solo. No durmió esa noche. Cogió el móvil y escribió: “Marina, perdona. He sido un imbécil. Vuelve. Por favor”. Sin respuesta. Insistió: “En serio. Lo he entendido. Voy a cambiar”. Silencio. “Sin vosotros no soy nada”. Mensaje leído. Nada más. Cerró los ojos. Ella siempre perdonaba. Pero ahora era diferente. Sintió —por primera vez en mucho tiempo— verdadero miedo. Domingo Marina se despertó a las diez de la mañana. ¡A las diez! ¿Desde cuándo no pasaba eso? Se estiró. Sonrió. Por la ventana, su madre ya estaba fuera con los niños. Guillermo correteando detrás de las palomas. Lucía recogiendo hojas. Marina preparó café. Se sentó al sol. El móvil, mudo. Había bloqueado a Íñigo la noche anterior, después del décimo mensaje. Sin rabia. Solo cansancio de explicarse. Que pruebe a estar solo. Como estuve yo tantas veces. Lunes. El regreso Marina volvió a casa el domingo por la tarde. Íñigo estaba en la cocina, pálido, desaliñado. En la mesa, platos sucios. Levantó la vista: —Has vuelto. —A por nuestras cosas —contestó tranquila. —¿A por cosas? —Las mías. Y las de los niños. Nos hace falta más ropa. Íñigo se levantó. Fue hacia ella: —Marina, perdóname. De verdad. Lo he entendido. He sido un idiota. Ella pasó de largo. Entró en la habitación. Cogió una bolsa. Íñigo fue tras ella: —Dame una oportunidad. ¡Voy a cambiar! ¡Ayudar con los niños, la casa, todo! Marina guardaba su ropa. Y los pijamas de los niños. Se volvió: —Íñigo, no tienes que ayudar. Esta es tu casa. Son tus hijos. Tienes que participar. —¡Voy a hacerlo, lo prometo! Suspiró. —¿Sabes? Eso lo he oído mil veces. Después de cada bronca. Una semana lo aguantabas. Luego, todo igual. —¡Esta vez sí! —¿Y eso? —Porque… —calló—. Porque he sentido miedo. Se fue hacia la puerta. Íñigo la agarró de la mano: —Marina, ¡espera! ¿Qué hago ahora? Marina se detuvo. Lo miró a los ojos: —Nada. Solo vive. Solo. Una semana. Dos. Las que hagan falta. Siente lo que es. Íñigo soltó su mano. Marina salió de casa. Epílogo Dos semanas después, Marina estaba en la cocina de su madre. Los niños con los deberes. El móvil vibró. Íñigo. Marina contestó: —¿Sí? —Hola. ¿Cómo estáis? —Bien. Pausa. —Me he apuntado a un curso —dijo en voz baja—. De psicología infantil. Y he comprado un libro sobre paternidad consciente. Marina alzó las cejas: —¿En serio? —En serio. Prometo ser un buen padre. Y un buen marido. Ella tardó en responder: —Es un camino largo, Íñigo. —Lo sé —suspiró—. Pero quiero hacerlo. Marina sonrió: —Pero ten claro que es tu última oportunidad. —Gracias —la voz de Íñigo tembló. Colgó. Y pensó: veremos. Quizá, de verdad, esta vez cambie.