La decisión de Cristina: Cuando el amor te da a elegir entre tu gato o una nueva vida junto al mar —…

Diario de Tomás

Hoy me he sorprendido observando a Julia mientras se maquillaba ante el espejo, pasándose por los labios esa barra de labios que tanto le gustaese tono Clavel Doñana que, dicen, está tan de moda por aquí. Recuerdo perfectamente cuando le dije que ese color le sentaba de maravilla, y vi cómo se le iluminaba la mirada. Supongo que a cierta edad uno ya no espera milagros, pero a veces ocurren cosas insospechadas, como aquel día en la parada del autobús de la Gran Vía de Sevilla, cuando le cedí mi asiento y ella, agradecida, se quedó unos minutos hablando conmigo entre el bullicio de la mañana.

De eso han pasado ya tres meses, aunque me parecen toda una vida.

¿Verdad, Chispa, que hoy estoy guapa? le preguntó Julia a su gato, un enorme europeo gris que dormitaba en el alféizar, vigilando a los gorriones del patio interior.

Chispa lleva con ella cinco años, desde el día que enterró a su marido Ricardo. Adoptó al minino y, con ese humor tan suyo, le dijo: Bueno, Chispa, lloraremos juntos. Pero acabaron haciendo lo contrario: aprendieron a vivir de nuevo.

Chispa es un animal inteligente, sabe estar. Si a Julia le va bien, él salta, corre por la casa, se frota contra sus piernas. Cuando está de bajón, Chispa la acompaña, se acurruca a su lado y la despierta cada mañana con la pata sobre su mejilla, suave, como acariciándole el alma.

De repente suena el teléfono.

¡Julita, ya estoy de camino! dice mi voz, animada y alegre, desde el otro lado. Vamos a hablarlo todo hoy, ¿vale?

Perfecto, Tomás, te espero responde Julia entre risas.

Hoy debía llevarle las llaves de mi piso en Cádiz; habíamos decidido empezar una nueva etapa juntos. El piso está al lado de la playa, más grande y luminoso, y el aire allí es una delicia. Yo imaginaba ya los desayunos en el balcón, Julia detrás de su taza, la prensa sobre la mesa y una ligera brisa marina entrando por la ventana.

Chispi, nos mudamos. Te va a gustar; en ese piso hay ventanales enormes, vas a ver más pajarillos le dice Julia al gato, que se despereza y salta a sus piernas.

Claro, hombre, ¿cómo iba a dejarte?

Llamo a la puerta minutos después, un ramo de claveles en la mano y la mejor de mis sonrisas. Entro elegante, con mi mejor chaqueta, impecable, como corresponde a un empresario que se hace respetar.

¿Preparada para la nueva vida? le doy un beso en la mejilla.

¡Más que lista! Julia sonríe, se le nota la ilusión. Pasamos a la cocina, yo dejo el manojo de llaves sobre la mesa, muy solemne.

Aquí está: la llave de nuestro hogar.

En ese instante Chispa, curioso, aparece en el umbral, se acerca, olisquea mi pantalón.

Otra vez el gato… digo con un deje de fastidio, y entonces pongo voz seria. Julia, quiero hablarte de algo importante.

¿De qué se trata? pregunta ella, notando el cambio en mi tono.

Verás, el piso es nuevo, recién reformado. Los gatos, ya sabes, sueltan muchísimo pelo, dejan olor, y sinceramente tengo alergia. No puedo vivir con un animal en casa.

Julia se queda petrificada, la taza de té tiemble entre sus dedos.

¿Me lo estás diciendo en serio?

Hablo muy en serio. No voy a vivir con un gato. Tú decides qué hacer.

Las palabras caen como un jarro de agua fría. Chispa, tumbado a sus pies, me mira y a Julia con esos ojos profundos, llenos de comprensión. Después de un rato, me marcho dejando las llaves sobre la mesa, y Julia se queda allí, contemplando las dichosas llaves y a su gato, que se le sube en brazos ronroneando bajito, como si intentara calmarla.

¿Qué hago, Chispa? le susurra Julia acariciando su lomo. ¿Qué hago ahora?

No deja de pensar en ese decide tú que le he dicho. Cinco años de compañía, de desayunos juntos, noches en vela, inviernos largos. Chispa la rescató literalmente de la soledad; recuerda cómo lo adaptó de gatito, cómo lo alimentó, lo sanó y cómo él, a su modo, le devolvió la vida.

Julia recurre a su vecina, Doña Carmen, la del tercero, que siempre alimenta a los gatos callejeros de la plaza.

Doña Carmen, ¿sabría usted de alguien que quisiera un gato bueno, limpio? Es que… me mudo.

¿Chispa? se asombra la mujer Pero si es como de la familia.

Circunstancias… suspira Julia.

¿Y qué circunstancia puede haber más importante que un amigo fiel? ¿Eh? No conozco a nadie, Julia, y no me gustaría conocer. Eso sería una traición, hija.

La palabra traición le duele a Julia como un pellizco. Vuelve a casa, Chispa corre a recibirla y se acurruca en su regazo. Julia sabe que él lo nota, que la atmósfera ha cambiado.

Por la noche, vuelvo a llamarla:

¿Qué? ¿La has solucionado ya?

Busco a alguien, Tomás.

No seas sentimental. ¿Vas a dejar perder la felicidad por culpa de un gato? Yo necesito a una mujer que sepa decidir.

Déjame pensarlo un poco más, por favor.

No te tardes. Yo quiero que, para Fin de Año, estemos ya juntos.

Julia pasa un rato largo en silencio. Chispa duerme a su lado. Piensa: Es sólo un animal; Tomás es un hombre admirable, ¿encontraré a otro como él?. Pero las palabras le suenan huecas.

Al tercer día, su amiga Carmen le llama:

Julia, te noto apagada. ¿Qué pasa?

Julia se lo cuenta todo: el ultimátum, la búsqueda de dueños, el miedo a equivocarse.

¿Y te lo ha dicho así, sin más? ¿Yo o el gato?

Más o menos, sí.

Y ¿sabes qué será lo próximo? Que deje de verte con tus amigas, que no vistas así, que no hagas esto o aquello. Julia, un hombre que empieza poniéndote condiciones…

Es que me quedo sola… ¡con el dichoso gato!

¿Y ahora, no estás acompañada? ¿Chispa no cuenta?

Julia calla; Carmen tiene razón.

Esa noche, abrazada a Chispa, Julia le habla:

¿Qué será de ti sin mí? ¿Y de mí sin ti? ¿Qué sentiré si te dejo?

El gato la mira con ternura, su confianza absoluta en los ojos. Julia siente un nudo en el estómago. De repente suena mi llamada:

Julia, mañana es sábado. Voy a recogerte. Espero que todo esté resuelto.

Ella mira a Chispa hecho ovillo en el sofá.

Necesito pensarlo otra vez, Tomás.

¿Todavía? ¿Por un gato vas a fastidiar tu vida? No puedo entenderte.

Quizá podrías habituarte, Chispa es muy limpio…

¡Dije que no! Lo siento, Julia, pero veo que no eres una mujer madura para algo tan serio. Piénsalo. Es la última vez que te lo pido.

Cuelga. Sólo queda el rumor del ronroneo de Chispa en el aire.

Última vez murmura Julia, incrédula. Siente terror, no a la soledad, sino al peso de traicionar a quien la ha acompañado fielmente.

El sábado es húmedo y gris. Julia apenas ha dormido; sueña que avanza por un pasillo donde, al final, la esperan Tomás y Chispa, y tiene que elegir. El despertar es de plomo.

Como de costumbre, Chispa la sigue a la cocina, come tranquilo; mientras, Julia se pregunta en voz alta si realmente está preparada para una relación seria o simplemente sigue aferrada al pasado.

A las once, Carmen vuelve a llamar:

¿Y el corazón qué dice, Julia?

Ella mira a Chispa, reluciendo en el alféizar.

Que no puedo dejarle.

Pues ya está cerró Carmen. ¿Qué hombre te pide que escojas entre él y tu mejor amigo?

Entonces Julia se sienta en el sillón, Chispa en su regazo, y sonríe.

Tienes razón, amigo mío. Al final, no estoy sola. Te tengo a ti, y así está bien.

A las dos, timbra la puerta. Me planto en el umbral, impaciente.

¿Entonces, todo listo?

Pasa, Tomás. Tenemos que hablar.

Me adentro, echo un vistazo buscando constancia de mi deseo.

¿Dónde está el gato? Espero que ya esté realojado.

Chispa sale de la cocina, se me planta delante.

Tomás, ya he decidido dice Julia con voz queda.

¿Sí? ¿Y?

Que no puedo dejarlo. Es mi compañero.

Yo me giro, incrédulo.

¿Y yo, qué? ¿Quién soy para ti?

Julia me mira fijamente. Siento que esa mujer a la que conocí es ahora otra, más convencida de sí.

Te aprecio, pero Chispa jamás me ha forzado a elegir.

¿Me comparas con un animal?

No comparo. Sólo digo que él me quiere sin condiciones.

¿No entiendes que destruyes nuestra vida por un simple gato?

No destruyo nada. Elijo lo que realmente importa.

Chispa se frota contra sus piernas. Julia lo alza, lo abraza.

Reflexiona bien, Julia. Puedo ofrecerte una vida cómoda, una posición… ¿Y lo dejas por un gato?

No es cualquier gato. Es Chispa. Mi Chispa.

¡Pero si no tiene nada de especial! mi exclamación sale rabiosa.

Entonces Julia lo comprende.

Tienes razón, Tomás. Salvo una cosa: nunca me ha pedido renunciar a nadie por él.

Me quedo callado. Siento rabia, frustración, incapaz de comprender.

¿Así que eliges al gato?

Sí, a mi amigo.

Salgo dando un portazo, dolido.

Julia se queda sola, pero nota que respira con una ligereza renovada. Va a la cocina con Chispa en brazos, siente alivio, incluso felicidad.

Sabes, Chispa, creo que hemos hecho lo correcto.

Ya van tres meses desde aquel día. Fui testigo de cómo Julia, tras un periodo de dudas, se rehízo. Retomó sus clases de piano; ahora les enseña a Lucía, una niña menudita, y a Rodrigo, un adolescente taciturno. De nuevo suena música en la casa, y risas, y vida.

Señorita Julia, ¿ese es su gato? pregunta Lucía la primera vez.

Sí. Es Chispa, mi mejor amigo.

¿Puedo acariciarlo?

Y Chispa, complacido, ronronea.

Hace poco sucedió algo curioso. Julia coincidió en el portal con Don Emilio, el viudo del quinto. Empezaron a charlar y ella supo que él había tenido siempre perros.

¿Le gustan los animales? preguntó ella.

Mucho. Mi pastora, Laika, murió hace dos años. A veces pienso que debería buscarme otro compañero.

Charlaron horas, primero de mascotas, luego de muchas otras cosas. Don Emilio resultó ser todo un caballero, culto y afable.

¿Y el gato acepta visitas? bromeó él.

Chispa es muy exigente, no tolera a cualquiera.

Emilio pasó la primera prueba.

Ahora, algunas tardes, Julia y Emilio meriendan juntos, con Chispa echado perezoso al sol, y la casa se siente acogedora.

Hoy he visto a Julia servir té, ya sin sombra de nostalgia, y a Chispa subido a su falda ronroneando como si cantara. Sé que lo ha entendido al fin: el amor de verdad nunca exige renuncias ni traiciones.

Gracias, Chispa, amigo, por recordar a todosy a mí tambiénque mientras tengamos a quien nos acepte y quiera tal como somos, nunca estaremos solos.

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Mermelada de diente de león El invierno nevado ha terminado, este año no hubo heladas fuertes, fue un invierno suave y lleno de nieve. Pero ya cansa tanta nieve y apetece ver hojas verdes, colores y quitarse la ropa de abrigo. La primavera llegó por fin al pequeño municipio. Taísia adora la primavera, espera el despertar de la naturaleza y, mirándolo por la ventana del tercer piso, piensa: —Con los días cálidos de primavera, la ciudad parece despertar de un largo sueño invernal. Hasta los coches grandes suenan distinto y el mercado se ha animado. La gente va y viene con chaquetas y abrigos coloridos, los pájaros nos despiertan antes que el despertador. Qué maravilla la primavera, y el verano, aún mejor… Taísia lleva años viviendo en ese bloque de cinco plantas, y ahora comparte piso con su nieta Varya, que cursa cuarto de primaria. Un año atrás, sus padres partieron a trabajar por contrato a África —ambos médicos— y dejaron la hija al cuidado de la abuela. —Mamá, te confiamos a nuestra Varita, no vamos a llevárnosla tan lejos. Sabemos que la cuidarás mejor que nadie —le decía la hija de Taísia. —Por supuesto que la cuidaré, será más divertido y además, ¿en la jubilación qué otra cosa tengo que hacer? Vosotros viajáis y aquí me quedo con Varita —respondía su madre. —¡Hurra, abuela! Vamos a vivir juntas, iremos mucho al parque, porque mis padres nunca tienen tiempo para mí —se alegraba la nieta. Taísia preparó el desayuno para Varya y la mandó al cole, empezó con sus tareas y, sin darse cuenta, se le pasó la mañana. —Voy a ir al súper antes de que llegue Varita del cole, le prometí comprarle algo dulce por las buenas notas —pensaba mientras se ponía el abrigo y salía del piso. Al salir al portal encontró a dos vecinas sentadas en el banco con cojines debajo, porque el banco aún estaba frío. Semenovna —una señora mayor sin que nadie sepa su edad; quizá setenta, quizás más— vive sola en el primer piso. Valentina, también viuda y muy culta, de setenta y cinco años, siempre risueña y todo lo contrario a Semenovna, que siempre está de mal humor. En cuanto el sol calienta y la nieve se va, ese banco nunca está libre; ellas dos son las habituales. De la mañana a la tarde charlan, solo paran para ir a comer y luego vuelven al banco. Lo saben todo de todos. A veces Taísia se une, comentan las últimas noticias, comparten lecturas de revistas y programas de televisión. Semenovna suele hablar de su tensión arterial. —¡Buenos días, chicas! —saludó Taísia con una sonrisa—. Ya estáis en el puesto de vigilancia. —Claro, Taísia, y si no, nos ponen falta de asistencia. Vas al mercado, ¿no? —dijo Semenovna, viendo la bolsa en su mano. —Eso es. Y le prometí algo dulce a mi nieta por sus sobresalientes —dijo Taísia y siguió su camino. El día transcurría normal: recogió a Varya del colegio, comieron juntas, la niña se puso a hacer deberes y Taísia se dedicó a sus cosas. —Abuela, me voy a danza —le avisó Varya, ya con mochila y móvil. Desde los seis años Varya baila y le encanta, actúa en todo tipo de eventos y Taísia está muy orgullosa de su nieta. —Perfecto, Varita, ve tranquila —respondió amorosamente la abuela. Taísia se sentó en el banco del portal, esperando a su nieta regresar de danza. —¿Está usted aburrida? —el vecino del segundo, don Gregorio, se sentó a su lado. —¿Aburrirse con este día? ¡Ni pensarlo! La primavera, el tiempo magnífico —contestó Taísia. —Sí, el sol calienta, los pájaros cantan, está todo verde, y el amarillo de las flores de coltsfoot está por todas partes. Parecen pequeños soles —comentó el vecino sonriente. En ese momento, Varya saltó por detrás y se lanzó al cuello de su abuela: —¡Guau, guau! —¡Qué inquieta eres, casi me matas del susto! —rió Taísia. —Uy, tan pronto hablando de eso… —dijo Gregorio, riendo y dándole una palmada. —Ven, inquieta, te hice zanahoria rallada con azúcar, seguro que te cansaste en danza. También frité tus croquetas favoritas —dijo con cariño. Gregorio se levantó tras ellos. —¿Por qué se va usted ya del portal? —preguntó Taísia. —Me ha dado hambre al hablar tan bien de las croquetas. Me voy a picar algo. Luego salgan al banco, quizá damos un paseo —propuso el vecino. —No prometo nada, tengo mucho que hacer, pero ya veremos… Esa tarde Taísia salió otra vez al banco. Al despedirse del vecino, y sonriendo para sí, entró con Varya en el portal y él detrás. —Abuela, Gregorio te está cortejando —rió Varya al entrar. —¡Anda ya! —dijo Taísia, quitándole importancia. —Yo he notado cómo te mira. No es la primera vez —no dejaba de reír Varya—. Si Marik de mi clase me mirara así, todas me tendrían envidia. —Venga, siéntate a la mesa, observadora mía. Marik, ya veremos si te mira algún día —respondió la abuela sonriente. Al salir al banco, Gregorio la esperaba; extrañamente, ya no estaban las vecinas. —Semenovna y Valentina acaban de irse a cenar —informó el vecino. A partir de esa tarde, Gregorio y Taísia comenzaron a coincidir, a veces paseaban al parque de enfrente, leían el periódico juntos, comentaban recetas, artistas e historias. La vida de Gregorio no fue fácil: tuvo esposa, hija y nieto, pero enviudó joven y crió solo a su hija Verónica, trabajando en dos empleos para no dejarle nada en falta. Apenas podían verse: él salía cuando Verónica dormía, y regresaba igual. Verónica creció, se casó y se fue a otra ciudad, tuvo un hijo y sus visitas terminaron. No había entre ellos mucha alegría familiar. Se divorció tras quince años y crió sola al hijo. —Taísia, mi hija viene a verme en dos días —le contó Gregorio, ya en confianza, tuteándose y sabiendo todo el uno del otro. —Quizá te extraña, cuanto más mayores somos, más cerca queremos estar de la familia —dijo ella. —No sé, no me fío. Verónica llegó, igual de distante y seria, pero enseguida fue directa al grano. —Papá, vengo por algo —comenzó—. Vende el piso y ven contigo a nuestra casa. Estarás con tu nieto, que es mejor —dijo con decisión, todo decidido de antemano. Pero Gregorio no quería dejar su hogar y mudarse con una hija tan fría. Se negó; estaba acostumbrado a estar solo. Verónica no se rindió. Supo de su amistad con Taísia y fue a visitarla. Saludó educadamente y se sentó en la cocina. Taísia sirvió té con caramelos y mermelada. —Te escucho, Verónica —le dijo amablemente. —Veo que eres muy amiga de mi padre. ¿No podrías convencerle para algo importante? —preguntó Verónica. —¿Y qué es? —Ayúdame a convencerle de vender el piso. ¿Para qué quiere tanto espacio él solo? ¿No puede pensar en los demás? —remató provocadora. Taísia no esperaba ese tono tan frío y calculador. Se negó rotundamente. Verónica se enfureció, chillando, roja de ira: —Ah, claro… Igual quieres quedarte con el piso. Has encontrado a un viejo solitario y ahora lo quieres para tu nieta. Se pasean juntos, charlan de los dientes de león… Parecen dos viejecitos, ¿pero tú qué te crees? ¿Ya pediste cita para casarte? ¡Te advierto, no lo lograrás! —y chillando pasó al tuteo—, ¡no lo vas a conseguir, bruja vieja! —y salió dando un portazo. Taísia estaba llena de vergüenza, temiendo que los vecinos hubieran oído los gritos. Pero Verónica se fue pronto. Taísia empezó a esquivar a Gregorio, si lo veía, corría a casa. El tiempo pone todo en su lugar. Un día, al volver del mercado, Gregorio estaba en el portal esperándola con flores amarillas, hizo hasta una corona de dientes de león. —Taísia, no te vayas, siéntate un minuto. Perdona a mi hija. Sé que fue a verte y dijo muchas cosas… Ya hablamos, ayudo a mi nieto y la apoyaré. Pero ella… no se puede vivir así. Se fue y dijo que ya no tiene padre —se quedó callado y le ofreció la corona—. Toma, y además he hecho mermelada de dientes de león. Es muy sana y riquísima, tienes que probarla. Hasta en ensaladas va bien —sonrió Gregorio. Ese día prepararon juntos una ensalada y Taísia probó la mermelada. Le encantó. Esa tarde salieron otra vez al parque: —Tengo la nueva revista que nos gusta, lee conmigo en el banco bajo el tilo —dijo Gregorio. Taísia se sentó, se rió, entabló la charla y se olvidaron del mundo. Están bien juntos. Gracias por leer, compartir y seguirme. ¡Que la vida os sonría!