Me casé con alguien a quien nunca amé y ahora le detesto: la historia de una vida como una telenovel…

Hoy, al poner en palabras lo que he vivido, siento que mi vida parece sacada de una telenovela, de esas largas y llenas de enredos que se ven a mediodía en Antena 3. Hace siete años me casé con un hombre al que nunca llegué a amar. Muchos años antes conocí a un chico, Pablo, era marinero y nuestras almas parecían unidas. Salimos juntos durante dos años, con la promesa de un futuro. Pero un día, Pablo volvió a Madrid acompañado de una mujer a la que presentó como su esposa. Mi corazón quedó destrozado y, en una decisión desesperada, acepté la propuesta de matrimonio de mi mejor amigo, Javier. Pensé que, casándome, quizá Pablo se daría cuenta de lo que había perdido. Pero ese momento nunca llegó: Pablo se mudó con su mujer a Valencia, y para entonces yo ya estaba esperando un hijo de Javier.

Al principio, Javier se mostró muy atento y cariñoso, pero con los años su inseguridad fue creciendo hasta lo insoportable. El fantasma de los celos se instaló en nuestra casa como un huésped no invitado. Discutíamos constantemente, y él nunca dejaba de sospechar que yo ocultaba sentimientos por Pablo. Aunque nunca llegué a amar a Javier como una mujer debe amar a su marido, siempre le fui fiel y le agradecí todo lo que hacía por mí y por nuestro hijo, Diego. Mis amigos siempre alababan lo buen marido que era, y mis padres lo acogieron como a un hijo más.

Sin embargo, hace un año, la confianza que me quedaba se vino abajo del todo. Javier, sin pudor alguno, me confesó que había tenido una aventura. Decidí perdonarle, solo por mi hijo, por todo lo que habíamos vivido. Pero hace un mes, una noche me quedé hasta tarde en casa de una amiga, Pilar. Al volver, Javier estaba furioso. Resulta que se había encontrado en la calle con Pablo y estaba convencido de que yo había ido a verle a escondidas. Durante la discusión, perdió los papeles y me levantó la mano. Aquello fue la gota que colmó el vaso. Fui al juzgado y pedí el divorcio.

Ahora vivo con mi hijo Diego, en el pequeño piso de una gran amiga, Lola, en el barrio de Chamberí. Al principio, Javier intentó volver, con ramos de flores y regalos, pero al ver que no cedía, comenzó a amenazarme. Dice que, si no retiro la demanda de divorcio, intentará quitarme la custodia de Diego. Solo de pensar que podría perder a mi hijo, me tiembla el alma. ¿Quizá debería retirar la demanda y volver a intentarlo, por el bien de la familia? ¿O tendría que mantenerme firme y proteger mi dignidad y la de mi hijo?

Hoy, sentado frente a esta libreta, entiendo que ninguna familia verdaderamente feliz se construye sobre el sacrificio de la felicidad de uno mismo. He aprendido que por muchos euros que se gasten en regalos, ningún amor fingido merece el precio de nuestra paz interior.

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