En casa siempre había visita. Visitantes constantes, uno tras otro, como si el piso de Vallecas tuviera las puertas siempre abiertas a cualquier vecino buscavidas.
Todos bebían, bebida y más bebida, montones de botellas vacías esparcidas por toda la mesa, pero comida ni rastro. Como mucho, una corteza de pan duro, pensó Diego al repasar la mesa con la mirada otra vez, pero solo encontró colillas y una lata vacía de sardinas en escabeche.
Bueno, mamá, me voy dijo el niño, empezando a calzarse despacio sus zapatillas remendadas y llenas de agujeros.
Todavía tenía la esperanza, por pequeña que fuese, de que su madre lo retuviera, que le dijera, ¿A dónde vas, hijo, si ni has comido, y además hace un frío que pela fuera? Quédate en casa, ahora mismo te preparo una papilla y echo a estos de una patada, limpio todo y pasamos la tarde tranquilos.
Siempre soñaba con una palabra buena de su madre, una, aunque fuese breve, cariñosa. Pero las palabras de su madre, Carmen, siempre sonaban como agrias, erizadas, tan punzantes que Diego solo deseaba encogerse y desaparecer debajo de la mesa.
Esta vez, sin embargo, Diego estaba decidido: se iba para siempre. Tenía seis años y se consideraba mayor. Primero, pensó, buscaría la manera de ganar dinero para comprarse una barra de pan, o incluso dos, porque el estómago le rugía de hambre.
No sabía muy bien cómo hacerlo, pero al pasar junto a un grupo de chiringuitos del mercado de Usera, se fijó en una botella vacía semienterrada en un charco; se la guardó, luego encontró una bolsa tirada y durante toda la tarde fue recogiendo botellas.
Al cabo de unas horas tenía la bolsa casi llena, y el ruido del cristal haciéndole soñar con una ensaimada mullida o quizás, con suerte, una napolitana de chocolate. Aunque sabía que para tanto no le llegaría, decidió buscar todavía más para asegurarse.
Se acercó a la estación de cercanías, donde los hombres esperaban el tren bebiendo latas de cerveza. Dejó su pesada bolsa junto al puesto de castañas, y se lanzó a por una botella recién arrojada. Pero, mientras tanto, un hombre sucio y hosco se le adelantó, le quitó toda su bolsa de botellas y le miró tan amenazante que Diego tuvo que retirarse cabizbajo, sin atreverse a protestar.
Su sueño de pan caliente se desvaneció como humo sobre el asfalto.
Recoger botellas también es un trabajo duro pensó Diego mientras volvía a perderse entre las calles frías y húmedas.
La nieve era espesa y húmeda, las zapatillas caladas, los pies helados. Pronto llegó la noche y ni siquiera recordaba haber llegado a ese portal. Se desplomó sobre el rellano y se arrimó a un radiador, rindiéndose enseguida a un sueño cálido y profundo.
Al despertar, pensó que seguía soñando. Qué paz, qué calor, qué aroma tan delicioso y reconfortante llenaba la habitación.
Entonces entró una mujer, de sonrisa bondadosa y ojos llenos de compasión.
¿Qué tal, pequeño? le preguntó con suavidad. ¿Entraste en calor? ¿Dormiste bien? Ven, desayuna algo. Y es que anoche, al subir, te vi en el portal, durmiendo como un cachorrillo, y no pude dejarte allí.
¿Esto es ahora mi casa? preguntó Diego, incrédulo, temeroso de su propio milagro.
Si no tienes casa, puede ser la tuya le respondió la mujer con ternura.
Después, todo fue como en los cuentos. Aquella desconocida lo cuidó, le dio de comer, le compró ropa nueva. Poco a poco, Diego se fue abriendo, contándole la triste historia con su madre.
La mujer tenía un nombre que a Diego le parecía de cuento: Almudena. Aunque, en realidad, era un nombre común, lo había oído por primera vez y le sonaba a hada buena.
¿Te gustaría que fuese tu madre? preguntó Almudena acariciándole el cabello y abrazándolo como lo hacen las madres de verdad.
Lo deseó con todas sus fuerzas. Pero la felicidad duró apenas una semana: llegó su madre, más sobria de lo habitual, y armó un escándalo.
Todavía nadie me ha quitado a mi hijo, tengo todos los derechos gritaba Carmen, al tiempo que arrastraba a Diego de vuelta a la calle.
Mientras se alejaban, caían copos sobre la acera, y Diego se fijó en la casa blanca y tranquila donde vivía Almudena, que le parecía ahora un castillo en las nubes.
El resto fue todo cuesta abajo. Su madre empeoró; él se escapaba de casa, dormía en estaciones, recogía botellas, compraba pan con las pocas monedas que reunía. No hablaba con nadie, no pedía nada.
Con el tiempo, los servicios sociales le quitaron la custodia a Carmen y a Diego lo ingresaron en un centro de menores.
Lo que más le dolía era no recordar la dirección, no saber dónde volver a encontrar aquella casa blanca, la única donde había sentido calor de hogar y una voz dulce.
Pasaron tres años.
Diego seguía viviendo en el centro, callado, solitario. Pintaba siempre la misma escena: una casa blanca bajo una nevada.
Un día, una periodista visitó el centro. La directora le enseñaba habitaciones y niños. Llegaron hasta Diego.
Diego es buen chico, pero algo cerrado, le cuesta adaptarse. Llevamos tres años intentando integrarlo en una familia explicaba la directora.
Encantada, soy Almudena dijo la periodista dirigiéndose a Diego.
El niño se iluminó, las mejillas se le sonrojaron y no pudo parar de hablar de aquella buena señora Almudena que una vez lo salvó. Relataba la historia con un entusiasmo que descongeló su alma. Sus ojos brillaban y la directora observaba perpleja cómo el sencillo nombre de Almudena había abierto el corazón del niño.
La periodista no pudo contener las lágrimas al escuchar la historia. Le prometió escribir sobre ello en el periódico local, confiando en que aquella mujer lo leyera, supiera que Diego la esperaba.
Así fue. Un milagro.
La buena de Almudena no compraba prensa; pero el día de su cumpleaños sus colegas le regalaron unas flores, envueltas en papel de periódico para protegerlas del frío. Al desenvolvérlas en casa, leyó el titular: Buena mujer Almudena, un niño te busca. ¡Responde!
Leyó la historia y entendió en un instante que era su Diego, aquel pequeño que una vez llevó a su casa y quiso adoptar.
Diego la reconoció enseguida. Saltó hacia ella y se abrazaron en medio de lágrimas. No solo él, también Almudena y todos los educadores lloraron de emoción.
Te he esperado tanto susurró Diego.
Costó convencerle de que Almudena tenía que regresar a casa. El proceso de adopción sería largo, pero ella prometió visitarlo cada día hasta que todo se resolviera.
P.D.
Después, Diego tuvo una vida feliz. Hoy tiene ya veintiséis años, terminó el instituto técnico, está prometido con una chica estupenda. Es un joven alegre, sociable y adora a su madre Almudena, a la que le debe todo.
Ya de adulto, Almudena le contó que su marido la abandonó porque no podían tener hijos y ella se sintió sola y sin valor. Fue entonces cuando se cruzó con Diego en el portal y le volcó todo su amor.
Cuando su verdadero madre lo reclamó, Almudena pensó resignada que así sería el destino. Pero después, al reencontrarlo en el centro, fue la persona más feliz del mundo.
Diego investigó qué fue de su madre biológica. Descubrió que alquilaban habitaciones, y que ella se marchó hace años con un hombre recién salido de la cárcel, en dirección desconocida. No quiso saber más. ¿Para qué…?







