Familia y raíces: Los lazos que nos unen

Familia
María Fernanda estaba sentada en un banco al sol, en la pequeña plaza del pueblo, disfrutando de los primeros días cálidos de la primavera. Ya era hora que llegase el buen tiempo. Solo Dios sabía cómo había sobrevivido María Fernanda a aquel invierno. La estufa de leña de su casita apenas calentaba y muchas veces se llenaba de humo que no terminaba de salir, y el tejado desgastado dejaba escapar todo el calor que conseguía producir.
¡Una más de éstas y no lo cuento! pensó María Fernanda, soltando un suspiro de alivio. No le temía a la muerte; al contrario, la estaba esperando como si realmente fuese una liberación. Hacía años que había ahorrado el dinero del funeral, tenía preparado el vestido, e incluso en el cobertizo de la casa guardaba un ataúd robusto hecho por Manolo, el carpintero, forrado con una tela roja muy bonita.
Ya nada retenía a María Fernanda en este mundo.
Hace muchos años tenía una familia numerosa: su marido, Fernando José, un hombre alto y fuerte que trabajaba en el campo como herrero, y cuatro hijos: tres varones y una niña. Vivían todos juntos y se ayudaban entre sí, sin apenas pelearse. Pero, uno a uno, los hijos crecieron y echaron a volar. Los dos mayores se hicieron militares y, tras acabar la academia, les destinaron al otro lado del país. El tercero, que de niño era un trasto y un poco vago para estudiar, acabó montando un buen negocio, tuvo suerte y se marchó a Francia, donde hizo su vida. La hija tampoco se quedó en el pueblo: se fue a Madrid y allí se casó en poco tiempo.
Al principio, los hijos visitaban a los padres a menudo. Llegaban cartas y, cuando apareció el móvil, empezaron a llamarse más. Luego llegaron los nietos. María Fernanda hacía la maleta vieja y se iba a quedarse una temporada con alguno de sus hijos, a ayudarles con los niños, como buena abuela.
Pero pronto los nietos crecieron, y ya no la necesitaban tanto. La llamaban menos, casi nunca iba ya a echar una mano, y lo de ir a visitarla a nadie le venía bien. Demasiado lío, el trabajo, la familia, los propios hijos creciendo.
La última vez que los reunió a todos en la casa fue por la muerte de Fernando José. Siempre pensó que duraría hasta los cien años, con ese vigor, pero la vida es así. Le dieron el último adiós y, una vez terminados los funerales, cada uno volvió a lo suyo. Durante un tiempo la llamaban, pero poco a poco fueron espaciando las llamadas.
María Fernanda intentó llamarles ella misma, pero pronto se dio cuenta de que no tenían tiempo para ella y dejó de insistir. Así fue pasando los últimos diez años: una vez al año sonaba el teléfono y uno de sus hijos le llamaba; esa semana no se le borraba la sonrisa de la cara.
Un día, como de costumbre, María Fernanda estaba en su banco, pensando en sus cosas.
¡Buenas, tía Mari! le gritó un chico desde la verja, con una sonrisa grande. ¿No se acuerda de mí?
María Fernanda entrecerró los ojos.
¿No me digas que eres Nico?
¡El mismo, tía Mari! rió el chico, entrando en el jardín.
Nico era hijo de unos vecinos que no pasaban un día sin su botella, siempre lo recordaba sucio y hambriento. A ella le daba pena y le daba algo de comer, ropa de sus hijos, y lo dejaba quedarse a dormir si sus padres montaban follón por la noche. En una de esas discusiones, el padre de Nico, borracho, mató a la madre y luego se quitó la vida. Al poco, Nico se fue con unos familiares y nunca más lo vio María Fernanda, pero siempre se había acordado de él.
¿Dónde has estado tanto tiempo, Nico? le preguntó, alegrándose de verle.
Primero en un centro de menores, luego fui a la mili, luego a estudiar Y ahora he vuelto. Vengo a darle guerra al campo, a levantar de nuevo nuestro pueblo.
¿Pero qué vas a levantar aquí, hijo? Si ya no queda nada, cuatro campos y poco más María Fernanda suspiró.
Algo haremos, ya verás.
Así empezó una etapa distinta para María Fernanda. Nico se puso a trabajar con Antonio, el mayor ganadero de la zona, y en sus ratos libres iba restaurando la casa vieja de sus padres y ayudaba a María Fernanda con lo que necesitaba. Ella se animó mucho; ya solo lo llamaba hijo mío, Nico. Vivieron así tres años.
Tía Mari, me voy le dijo un día, pidiéndole perdón con la mirada. Antonio se ha vuelto imposible, quiere que trabaje como un esclavo y ni siquiera paga bien. Me voy al norte, a buscarme la vida. No te pongas triste, ¿vale?
Anda, anda, Nico, no te preocupes, que el pez busca el río y el hombre busca donde estar mejor. Ve con cuidado, hijo, y que te acompañe el santo.
Volvió a quedarse sola María Fernanda. Algunas veces la soledad se le hacía insoportable, quería gritar o desaparecer, pero enseguida se reprimía esos pensamientos. Gritar no era propio, ¿qué dirían los vecinos? Y lo otro, ni pensarlo, que eso era pecado. Así iban pasando los días, esperando su final, pero la muerte no venía a buscarla.
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¡Buenas, tía Mari! escuchó un día aquella voz familiar. María Fernanda giró la vista y vio una cara conocida tras la verja.
¡Nico, no me digas!
¡Claro que sí, tía Mari! Nicolás, alto y bien vestido, entró en el patio con paso alegre. He vuelto. Esta vez, para quedarme.
¡Ay, hijo! ¡Qué alegría me das! se puso nerviosa María Fernanda. ¡Pasa, anda, que voy a poner agua para el té, no tardo nada!
El té suena perfecto sonrió Nicolás. Solo voy rápido a casa a dejar la maleta, que venía sin saber si ibas a estar, y no he traído nada para ti.
Al cabo de media hora, estaban los dos en la mesa, contentos, tomándose un té en unas tazas de porcelana antiguas y poniéndose al día.
Ya pensaba yo que se me acababan los días, Nico se le escapó una lágrima a María Fernanda.
¡Anda ya! Ni se te ocurra pensar eso le dijo él, levantando el dedo como quien regaña de broma. Ahora que he vuelto, tía Mari, vamos a vivir a lo grande. He ahorrado algo y voy a empezar con mi propio campo, así que aquí no se muere nadie.
De repente, una voz de chica, vivísima, rompió la tranquilidad.
¡Hola! ¿Hay alguien en casa? María Fernanda se asomó a la ventana y vio a una joven muy arreglada, en abrigo corto y tacones.
¿A quién buscas? María Fernanda y Nicolás subieron al porche a ver quién era.
Vengo a ver a María Fernanda. Soy su bisnieta, hija de Javier, el mayor de sus hijos se presentó la chica.
María Fernanda y Nicolás se miraron desconcertados.
He intentado llamarla pero el móvil estaba apagado, así que vine sin avisar, ¡a ver si había suerte! explicó la muchacha.
Bueno, pasa, hija dijo María Fernanda, un poco apurada, mientras Nicolás cogía la maleta de la joven.
María Fernanda y Nico no perdían detalle de cómo la chica, que se llamaba Vega, devoraba la merienda que le habían preparado y contaba su vida.
El campo me gusta mucho más que la gran ciudad. Pero mis padres no lo entienden. El abuelo Javier me sugirió que viniera aquí unos meses, a ver si se me quitaban las ganas de pueblo para siempre. Él os llamó, mi padre también, y yo pero no conectaba nunca el teléfono. Lo siento si llego de sopetón, de verdad, pero no quiero molestar. Tengo mis ahorros, y además traigo regalos de la familia. Estaré solo hasta la próxima convocatoria en la universidad, que estudio a distancia, después me iré.
Puedes quedarte todo el tiempo que quieras, hija mía dijo al fin María Fernanda, contenta. Para mí es una alegría.
Pasó un mes y María Fernanda se sentaba a diario en el banco, viendo cómo Vega se manejaba en el huerto como si lo hubiese hecho toda la vida. Entre los dos, Nicolás y Vega, volvieron a trabajar la tierra, repararon el invernadero y compraron plantones en las casas vecinas. Vega estaba feliz entre tomates y cebollas.
Nicolás también estaba con mil cosas. Con el dinero que había ahorrado comenzó a levantar una granja moderna, contrató obreros que renovaron el tejado de María Fernanda y le instalaron calefacción nueva.
Nunca se la veía tan alegre. Solo de vez en cuando se le asomaba la tristeza al recordar que Vega pronto se tendría que ir. Se había encariñado mucho. Pero el tiempo pasó volando y Vega tuvo que preparar sus cosas.
¿Y yo cómo me las voy a arreglar sola con el huerto, hija? suspiró María Fernanda, metiendo empanadas en una bolsa para el viaje.
Abuela, solo tienes que acordarte de llenar la cuba de agua. ¡El huerto te lo riega Nico! Yo en cuanto tenga unos días, me planto aquí, lo desbrozo todo y lo dejo más bonito que nunca, ya lo verás le guiñó el ojo Vega.
¿De verdad que volverás? la miró María Fernanda, ilusionada.
¡Claro que sí! Ya no puedo irme de aquí para siempre. Te he cogido cariño, abuela, y además Nico me ha pedido casarme con él. ¡En otoño nos casamos! Y en ese pueblo, donde esté mi marido, estaré yo.
Un año después, María Fernanda se sentaba al sol, arrullando el carrito donde dormía su tataranieto. Vega y Nicolás trabajaban juntos en la granja, que no solo prosperaba sino que había dado nueva vida al pueblo.
¡Ehhh, María! le gritó desde la verja la vecina Luisa. ¿Es verdad que tienes por ahí un ataúd viejo en el cobertizo? ¿No me lo venderías? Que mi abuela ha fallecido y Manolo, el carpintero, no da pie con bola de tanto vino y ni un ataúd hemos conseguido. ¡Hazme el favor!
María Fernanda miró a su tataranieto, que dormía chupándose el chupete, y respondió sonriendo:
¡Llévatelo, mujer! Yo ya no tengo tiempo de morirme, aún tengo mucha familia a la que cuidar.

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