Educación financiera y salud
07
— Ay, muchacha, en vano le saludas, ese no se casa contigo. Y si se casa, te va a dar más penas que alegrías. Cuando llegue el verano, vendrán las chicas bonitas de la ciudad, ¿y tú qué harás? Te consumirá los celos. No es ese el tipo de hombre que necesitas —le repetía tía María, su madrina. Pero, ¿acaso la juventud enamorada escucha la sabia voz de la experiencia? A Varía apenas cumplía los dieciséis cuando perdió a su madre. El padre había marchado hace siete años a buscarse la vida en la ciudad, y jamás regresó. Ni cartas, ni dinero. Casi todo el pueblo participó en el entierro y ayudó en lo que pudo. Tía María, su madrina, la visitaba a menudo y le recordaba lo que tenía que hacer. Cuando terminó la escuela, le buscaron un trabajo en la oficina de correos del pueblo vecino. Varía es una muchacha fuerte, como suele decirse: “de sangre y leche”. Su cara redonda y colorada, nariz chata, pero con unos ojos grises llenos de luz. Una trenza rubia y gruesa le cae hasta la cintura. El chico más guapo del pueblo era Nicolás. Dos años hacía que había vuelto de la mili y no le faltaban pretendientas. Hasta las chicas de ciudad que llegan cada verano no le quitaban ojo. A él no le tocaba ser chófer en el pueblo; mejor habría sido actor en películas de Hollywood. No había sentado cabeza y no tenía prisa por buscarse novia. Fue tía María quien le pidió ayuda para arreglar la valla de Varía, ya que comenzaba a venirse abajo. Sin fuerza de hombre es difícil vivir en el pueblo. Varía se manejaba bien en el huerto, pero la casa le sobrepasaba. Sin muchas palabras, Nicolás aceptó. Llegó, miró y empezó a mandar: “trae esto, ve allá, alcanza aquello.” Varía hacía sin rechistar todo lo que él pedía. Las mejillas se le ponían más coloradas aún y la trenza se movía inquieta por la espalda. Cuando él se cansaba, le servía un cocido fuerte y un té bien cargado. Ella, mientras, observaba cómo mordía el pan negro con sus dientes blancos y firmes. Nicolás tardó tres días en arreglar la valla y al cuarto apareció sin razón, de visita. Varía le dio la cena, charlaron, y él se quedó a dormir. Desde entonces empezó a visitar a menudo, siempre marchándose antes del amanecer. En el pueblo, imposible ocultar nada. — Ay, muchacha, en vano le saludas. Ese no se casa contigo. Y si se casa, te hará sufrir. Cuando llegue el verano vendrán las bellas de la ciudad, ¿y tú qué harás? Te consumirá la envidia. No es ese el tipo de hombre que necesitas —le repetía tía María. Pero, ¿cuándo ha escuchado la juventud enamorada los consejos de la vejez sabia? Poco después se dio cuenta de que estaba embarazada. Al principio pensó que era una gripe o había comido algo malo. La debilidad y el mareo le invadían, hasta que de golpe entendió que llevaría en su vientre un hijo de Nicolás, el guapo. Pensó lo peor: quería deshacerse del niño, pues era demasiado pronto para ser madre. Pero luego pensó que sería mejor tenerlo, no estaría sola. Su madre la crió sola; ella también podría. Del padre tampoco había sacado mucho provecho, siempre estaba en el bar. Los vecinos hablarían, pero después se callarían. En primavera guardó el abrigo y todo el pueblo vio la barriga. Las mujeres murmuraban, diciendo que la chica tenía problemas. Nicolás pasó para saber qué haría ella. — Pues qué va a ser. Parirlo. No te preocupes, lo crío sola. Vive como vivías —le dijo, revolviéndose cerca del horno. Sus mejillas y sus ojos brillaban con el fuego. Nicolás la miró con admiración, pero se fue. Ella lo decidió todo por sí misma. Como el agua sobre el pato. El verano llegó y las chicas guapas de la ciudad aparecieron. Nicolás ya no pensaba en Varía. Y ella seguía con sus labores del huerto; tía María iba a ayudarle a escardar. Con la barriga era difícil inclinarse. Acarreaba medio cubo de agua del pozo. La barriga grande y las mujeres del pueblo le auguraban un “es un mozo de armas tomar.” — Lo que Dios quiera —bromeaba Varía. A mediados de septiembre despertó un día con un dolor fuerte, como si la barriga se partiera en dos. Pero el dolor pasó, y al rato volvió. Fue corriendo a ver a tía María, que enseguida entendió lo que pasaba. — ¿Ya? Siéntate, ahora vuelvo —y salió disparada de la casa. Corrió hasta la casa de Nicolás, donde tenía aparcada la camioneta. Los veraneantes ya se habían ido. Él, para colmo, estaba borracho de la noche anterior. Tía María le sacudió hasta despertarlo. Nicolás miraba confundido, sin saber qué pasaba ni a dónde debía ir. Cuando entendió, gritó: — ¡Son diez kilómetros hasta el hospital! Como vayamos a buscar al médico y volver, la chica ya ha dado a luz. ¡Vamos y listo! Prepárala. — Pero ¿cómo en la camioneta? La vas a sacudir toda; igual nace el niño en medio del camino —protestó la mujer. — Entonces vente con nosotros, por si acaso —tajó Nicolás. Los dos kilómetros de camino destrozado los pasó despacio, esquivando zanjas. Tía María iba sentada sobre un saco en la caja. Cuando llegaron al asfalto, aceleró el ritmo. Varía, en el asiento de al lado, se retorcía de dolor, apretaba los labios para no quejarse, abrazando la barriga. Nicolás se despejó del todo. Miraba de reojo a la muchacha; la mandíbula le temblaba, los nudillos se le ponían blancos aferrados al volante. Pensaba en lo suyo. Llegaron a tiempo. Dejaron a Varía en el hospital y volvieron. Tía María iba regañando a Nicolás todo el camino: — ¡Le has destrozado la vida a la chica! Sola, sin padres, todavía es una niña y tú solo le has traído preocupaciones. ¿Cómo va a criar sola a un hijo? La camioneta aún no había llegado al pueblo cuando Varía ya era madre de un niño grande y sano. Al día siguiente se lo trajeron para alimentarlo. No sabía cómo cogerlo, ni cómo ponerlo al pecho. Miraba con ojos asustados el rostro rojo y arrugado de su hijo. Apretó el labio y siguió las indicaciones. Pero de alegría el corazón le temblaba. Observaba, soplaba sobre la frente del niño donde los finos cabellos se le erizaban, y sentía una felicidad torpe. — ¿Vendrán a por ti? —preguntó serio el médico mayor antes del alta. Varía encogió los hombros y negó con la cabeza: — Lo dudo. El médico suspiró y se fue. La enfermera envolvió al niño con la manta del hospital, solo para llevarlos de vuelta a casa. Le ordenó que la devolviera. — Fede te llevará en la ambulancia hasta el pueblo. No irás en el autobús con el recién nacido —dijo, algo severa. Varía se lo agradeció. Caminaba por el pasillo del hospital, cabeza gacha, roja de vergüenza. Viajaba Varía en el coche, apretando al niño contra el pecho y pensando en cómo sería la vida a partir de ahora. La baja maternal era escasa, apenas para sobrevivir. Se compadecía de sí misma y del inocente niño. Miró la carita arrugada del bebé dormido, y el corazón se le llenó de ternura, apartando los malos pensamientos. De repente, el coche se detuvo. Varía miró preocupada a Fede, hombre de unos cincuenta años, más bien bajo. — ¿Qué pasa? — Lleva dos días lloviendo. Mira qué charcos, no puedo pasar ni rodear. Si me meto, me quedo atascado. Solo con camioneta o tractor se puede. — Lo siento. No queda lejos, dos kilómetros escasos. ¿Puedes llegar andando? —señaló la carretera, anegada como un lago interminable. El bebé dormía. Aunque iba sentada, ya estaba cansada de sostenerle. Era un auténtico mozo. ¿Cómo caminar así con el niño? Varía salió con cuidado, acomodó mejor al bebé y avanzó por el borde del gigantesco charco. Los pies se le hundían en el barro hasta el tobillo, temiendo resbalar. Las viejas botas chapoteaban. Ojalá hubiera ido al hospital con las de goma. Una de las botas se quedó en el barro. Se paró, pensó qué hacer; no podía sacarla con el niño en brazos. Siguió adelante con una sola bota. Cuando llegó al pueblo, ya oscurecía; los pies helados, pero sudaba de esfuerzo. Apenas pudo sorprenderse al ver luces en las ventanas. Subió por las escaleras secas y lisas. Los pies congelados, el cuerpo empapado en sudor. Abrió la puerta de casa y se quedó helada. Junto a la pared, una cuna, un cochecito, y en el coche cuna ropa bonita para el bebé. En la mesa, Nicolás, cabeza apoyada en los brazos, dormía. Quizá oyó algo, quizá la sintió; levantó la cabeza. Varía, colorada, despeinada, apenas se sostenía en la puerta con el niño en brazos. El vestido empapado, las piernas llenas de barro hasta la rodilla, solo una bota. Al ver que le faltaba una bota, corrió hacia ella y tomó al niño para acomodarlo en la cuna. Fue al horno, sacó una olla de agua caliente. La sentó, le ayudó a desvestirse, le lavó los pies. Mientras Varía se cambiaba tras el horno, ya había en la mesa patatas cocidas y una jarra de leche. El niño lloró entonces. Varía corrió, lo tomó y se sentó a la mesa para darle de comer, sin vergüenza alguna. — ¿Cómo le llamarás? —le preguntó Nicolás con voz ronca. — Sergio. ¿Te parece bien? —Levantó los ojos claros hacia él. En ellos había tanto dolor y amor que a Nicolás se le encogió el corazón. — Bonito nombre. Mañana iremos a registrarlo y a casarnos. — No es necesario… —dijo Varía, mirando cómo el bebé chupaba. — Mi hijo tiene que tener padre. Se acabó la vida de juerguista. No sé si seré buen marido, pero a mi hijo no le abandonaré. Varía asintió sin levantar la vista. Dos años después, tuvieron también una niña, a la que llamaron como la madre de Varía: Esperanza. No importa los errores que cometas al principio de la vida, lo importante es que siempre se pueden corregir… Esta es la historia que sucedió. Escríbenos en los comentarios qué te ha parecido. Deja tu “me gusta”.
Ay, muchacha, en vano te ilusionas con él, no se va a casar contigo. Y si acaso lo hace, terminarás sufriendo.
Educación financiera y salud
01.3k.
Injusticia —Mamá —volvió a preguntar Aline—, ¿por qué sólo me han ingresado trescientos treinta mil euros? ¿Y el millón? ¿De dónde sale esa cifra…? Se oía el secador desde el baño. Cuando lo apagó, su madre, Verónica, contestó con naturalidad, como el que hace cuentas en la compra—. Sí, cariño, todo correcto. Trescientos treinta. Pero a Aline le tocaba mucho más. —¿Trescientos treinta? Mamá, ¿y los otros seiscientos setenta mil? Yo esperaba un millón, prácticamente redondo. Son los ahorros de papá, debías transferírmelos al vender el piso. —Ay, Aline, no empieces con tus historias de contable —repuso su madre—. Sabes bien que he actuado con total honradez. —¿Honradez? —el suelo del salón crujió bajo sus pies, como si también protestase—. Te di un poder notarial para vender la vivienda que heredé de mi padre. Te pedí ingresar el total. ¿Dónde está el resto? Aún era pronto para confiarse, lo notó de golpe. —¡Que sí lo ingresé! —el secador volvió a zumbar—. Pero he actuado como una madre, una buena madre. He repartido el dinero entre todos los hijos. A partes iguales. Te corresponde exactamente tu tercio. Pero a Aline le correspondía todo. —¿Has repartido la herencia de mi padre entre los tres? ¿Entre ellos y yo? —se refería a sus hermanastros, Javier y Sergio—. Mamá, ¡es dinero de mi padre! Tenemos padres distintos, si no lo recuerdas. —¿Y eso importa? —su madre se peinaba ya frente al espejo—. El dinero es de todos. Ellos también son tus hermanos, y yo soy tu madre. ¿Pretendes que me quede mirando cómo tú sola administras ese dineral, mientras tus hermanos, pobres, se mueren de envidia? Mira, he igualado las oportunidades. La misma parte para cada uno. Ojalá pudiera viajar atrás y abofetearse el día que firmó aquel poder notarial… —¿La misma? ¡Has dividido mi millón en tres! Y la venta del piso fue algo más de eso… —Sí, había algo más, tras tasas y gastos —apostilló Verónica—. Lo redondeé. El resto me lo quedé yo, por hacerme cargo de todo. ¿Tú lo hubieras tramitado? ¡No! Lo hice todo, mientras tú trabajabas… —Ni que te hubieras partido el lomo… —¡Ni se te ocurra hablarme así! —cortó en seco su madre—. Tu padre era tu padre, pero yo soy tu madre, y aquí decido yo. Además, tú eres ya mayor y la mayor: necesitas menos. A los chicos ya les va tocando pensar en su futuro y en formar familia. Tú eres mujer, no te hace falta tanto. —¿O sea que no tengo derecho a crear una familia, o tengo que apañármelas con menos sólo por ser mujer? —ironizó Aline—. Transfiéreme lo que falta, mamá. Ya. —Ni hablar. Seco. Fin de la conversación. Su madre sabía que Aline no haría nada. ¿Denunciar a su propia madre por dinero? Nadie lo entendería —la señalarían—. Y su madre seguía siendo su madre, en fin. Semanas después, ya más tranquila y reorganizando sus cuentas, Aline vio en redes sociales fotos de Javier con un flamante Polo azul y de Sergio celebrando su “nueva joyita”. Los dos se habían comprado un coche barato. Ella guardó sus 330.000 euros y decidió esperar. La paciencia, decía la abuela, es oro. Pasó más de un año. Aline trabajaba, ahorraba, planeaba. Soltó el tema, pero no lo olvidó. Su madre hacía como si nada: llamaba, charlaba, contaba cualquier cosa. Pero hoy el tono de su madre cambió, poniéndole los pelos de punta. Aline se tensó. —¿Qué ocurre, mamá? —La abuela… —Verónica dudó—, la abuela de Javier y Sergio… ha fallecido esta mañana. Aline sintió desapego, casi de cine. Aquella señora nunca fue su abuela ni parte de su vida, apenas la vio tres veces. Humanamente, lo sentía, por supuesto. —Lo siento, mamá. Mis condolencias. —Hay que encargarse del entierro, de los papeles, no doy abasto. Estoy sola y los chicos… no saben cómo hacerlo. ¿Vienes y me ayudas? No era cuestión de mala fe, es que no podía pedir libre en el trabajo. —Mamá, es imposible. No puedo ausentarme para el funeral de una persona a la que vi tres veces… Jamás la invitaron a casa de esa abuela. —¡Por favor! —pidió su madre—. Me vendría fenomenal. —No puedo ir, pero sí ayudar con dinero. ¿Cuánto necesitas? Dímelo y te transfiero ya mismo. Verónica quiso declinar, pero el dinero nunca sobra. —No es lo mismo, pero bueno. ¿Pondrías unos veinte mil? —Hecho. Y además —añadió Aline, sabiendo que era su momento—, te haré otra transferencia extra, para lo que surja. Considéralo mi respeto a la memoria… de su abuela. —Gracias, Aline. Siempre estás ahí. Colgó con esa satisfacción asquerosa de quien encuentra excusa: no vino, pero ayudó. Nadie podía echarle nada en cara. Medio año después, el entierro era ya historia. Javier y Sergio, al parecer, tenían sus nuevos juguetes, quizás un móvil, quizás una moto. Un martes cualquiera, Aline decidió que era el momento. Marcó el número de su madre desde la cafetería del trabajo, entre reuniones. —¡Hola, mamá! ¿Qué tal? —¡Aline! Todo tranquilo. Sergio tiene trabajo nuevo, mejor incluso. Javier también va bien, ha conocido a una chica… —Me alegro por ellos —dijo Aline—. Mamá, quería preguntarte una cosa… —¿Qué cosa? —su madre se puso en guardia. —Han pasado seis meses desde que falleció la abuela, y entiendo que ya se repartió la herencia… Eso fue más duro que lo de los trescientos treinta mil. —¿A qué viene esto, Aline? Por supuesto. —Lo suponía. Entonces, ¿dónde está mi parte de esa herencia? —¿Qué herencia? —fingió desconcierto su madre, pero Aline detectó al instante la mentira. —La de la abuela. —Pero… no era tu abuela. —¿Y qué importa? —llevo a su madre a su propio razonamiento—. Soy tu hija, tú decías que no se podía discriminar a ningún hijo. Mi millón lo compartiste entre todos, todo muy justo. —¡Eso no tiene nada que ver! —su madre se puso a la defensiva—. Es completamente distinto. —¿En qué es distinto? Según tú, las herencias son cosa de la familia entera. Cuando era mi dinero, se compartía; ahora que es el de la abuela, resulta que es sólo para ellos porque… ¿son chicos? —No compares situaciones… —¡Menuda casualidad! Cuando repartiste mi millón, el dinero de mi padre era de todos y había que igualar. Ahora, el piso de su abuela es exclusivamente suyo porque… ¿yo soy menos? —¡No le busques tres pies al gato! —se hinchó su madre—. ¿Vas a decirme que reclamas la parte de la herencia de mi suegra? ¿Cómo le cuento eso a los chicos? —Lo único que digo es que usaste mi confianza para quitarme un tercio, amparándote en que éramos hermanos. Ahora quiero que uses la misma lógica conmigo. Por si prefieres, te recuerdo que ayudé a vender el piso, ¿no? —El dinero ya está gastado. —¿En qué? ¿Coches? ¿Reformas? Pues yo también quiero. ¿Dónde está mi parte, mamá? Antes decías que debo conformarme con menos por ser mujer. No me parece justo. Su madre digería cómo salir del atolladero que ella misma había creado. Siempre fue así: para los chicos todo; para la hija, menos. Aquella abuela nunca quiso saber de Aline y su madre jamás la defendió. —Aline, ¿pero qué persona eres? ¿De verdad necesitas ese dinero? Tú trabajas, eres joven y sana. No necesitas tanto. A Javier y Sergio les toca pensar en su primer hogar. ¡Son hombres! Para ellos es más difícil. —O sea, según tú, la herencia de papá era común porque somos hermanos, pero la de su abuela es sólo de ellos porque son hombres y yo, como soy mujer, pues nada. —No seas desagradecida —dijo su madre—. ¿De verdad puedes ser tan rácana? Verónica jamás admitiría estar equivocada. Aline, por reclamar justicia, era una tacaña. —Puede que lo ignores, pero según el poder notarial estabas obligada a transferirme la cantidad íntegra por el piso. Y aún estoy a tiempo de demandar, por si acaso… —¡¿Cómo?! ¿Me vas a denunciar? —susurró la madre, asustada. —No, mamá. Pero sigo en plazo para reclamar mi dinero. Piénsalo. Un mes después, Aline recibió por transferencia todo lo que le debían y, acto seguido, fue bloqueada de los contactos de su madre.
Mamá repitió Lucía, conteniendo la rabia, ¿por qué solo he recibido trescientos treinta mil euros?
Educación financiera y salud
011
Me casé a los 50 años creyendo haber encontrado la felicidad, pero no imaginaba lo que el destino me tenía preparado…
Me casé a los 50 años, creí que había encontrado la felicidad, pero no tenía ni idea de lo que me esperaba…
Educación financiera y salud
07
Cada martes Liana corría hacia el metro, apretando en la mano una bolsa de plástico vacía. Era el símbolo de su fracaso de hoy: dos horas deambulando por centros comerciales, sin ni una sola idea decente para regalarle a su ahijada, la hija de su mejor amiga. Masha, con sus diez años, ya no sentía pasión por los ponis y se había aficionado a la astronomía, pero encontrar un telescopio bueno a un precio razonable se había revelado un reto de escala galáctica. Caía la tarde y, bajo tierra, se respiraba ese cansancio especial del final de la jornada. Liana, dejando pasar la corriente de gente que salía, logró acomodarse en el escalador. Entonces, entre el alboroto, le sobresaltó una conversación claramente marcada por la emoción. —…de verdad, no pensaba que llegaría a verlo otra vez, te lo juro —sonaba detrás una voz joven, algo trémula—. Pero ahora, cada martes, va a buscarla a la salida de la guardería. Él mismo. Llega con su coche y juntos se van al parque con los caballitos… Liana se quedó quieta en el escalador en movimiento, girándose por un instante al identificar a la chica de voz vivaz, con un abrigo rojo y rostro ilusionado, acompañada de una amiga que asentía con atención. “Cada martes”. También ella tuvo uno de esos días. Hace tres años. Ni el lunes pesado, ni el viernes con ansias de fin de semana: el martes era el eje sobre el que giraba su mundo. Cada martes, a las cinco en punto, salía disparada del instituto donde enseñaba Lengua y Literatura y cruzaba la ciudad a toda prisa. Su destino era el Conservatorio Municipal Glinka, en un caserón antiguo de suelos que crujían. Iba a recoger a Mark, su sobrino de siete años y aire serio, con un violín casi tan alto como él. No era su hijo, sino el de su hermano Antón, fallecido trágicamente en un accidente tres años atrás. Durante los primeros meses después del funeral, aquellos martes fueron puro instinto de supervivencia. Para Mark, que se había vuelto silencioso. Para su madre, Olga, que apenas se levantaba de la cama. Y para la propia Liana, que trataba de recomponer los trozos de sus vidas, siendo el ancla, el apoyo y el referente adulto en mitad de su desgracia compartida. Recordaba cada detalle. Cómo Mark salía de clase cabizbajo, cómo ella se ofrecía a llevar el pesado estuche de violín, cómo bajaban juntos al metro mientras le narraba alguna anécdota —un error gracioso de dictado, una urraca que robó el bocadillo de un niño—. Una tarde de noviembre, Mark le preguntó de repente: “Tía Liana, ¿a papá también le disgustaba la lluvia?” Y ella, con un nudo en la garganta, le respondió: “La odiaba. Siempre corría a refugiarse bajo el primer soportal.” En ese momento, Mark la cogió de la mano con fuerza, no buscando que le guiara, sino intentando retener algo que se le escapaba. No era su mano lo que sujetaba, sino la imagen de su padre, tan real en ese apretón, en el aire húmedo de noviembre, en esa calle y ese instante. Durante tres años, su vida estuvo partida en un “antes” y un “después”. El martes era el verdadero día de vivir, aunque costara. Los demás sólo eran fondo, espera. Se preparaba con esmero: el zumo favorito de Mark, dibujos animados listos en el móvil para el metro, temas de conversación pensados… Luego, Olga fue recuperándose poco a poco. Consiguió trabajo. Más tarde, un nuevo amor. Decidió empezar de cero en otra ciudad, lejos de los recuerdos. Liana las ayudó a hacer la mudanza y, en el andén, abrazó fuerte a Mark con su estuche de violín. “Llámame, escríbeme —le rogó entre lágrimas—. Aquí estoy siempre”. Al principio, él llamaba cada martes, justo a las seis. Unos minutos en los que Liana volvía a ser tía Liana y preguntaba deprisa por todo: el cole, el violín, los amigos. Aquella voz era su cordón umbilical, cruzando cientos de kilómetros. Luego las llamadas fueron cada dos martes. Él crecía, tenía más actividades, más deberes, videojuegos con amigos. “Tía, perdona que no llamé el martes pasado, tenía examen”, le escribía. Y ella contestaba: “No pasa nada, cielo. ¿Cómo fue el examen?” Sus martes ya no eran la llamada, sino la espera de un mensaje que a veces no llegaba. Nunca se molestaba; entonces era ella quien escribía. Al final —sólo en grandes ocasiones. Cumpleaños, Navidad. Su voz sonaba ya segura. Hablaba no de sí, sino con frases generales: “Todo bien”, “Bien en clase”, “Aprendiendo”. Su padrastro, Sergio, resultó ser un buen hombre, tranquilo, que no quiso ocupar el sitio de su padre sino simplemente estar presente. Eso era lo principal. Hace poco nació una hermanita, Alina. En su foto, Mark sostenía al bebé con torpeza y ternura. La vida, cruel y generosa, seguía adelante. Construía sobre heridas cicatrizadas con rutinas, cuidados, nuevas ilusiones. A Liana le quedaba, en todo aquello, el papel discreto de la “tía del pasado”. Y ahora, en el ruido sordo del metro, esas palabras casuales —“cada martes”— no sonaban a reproche, sino como un eco cálido. Un saludo de aquella Liana que, durante tres años, sostuvo un amor y una responsabilidad tan enormes y dolorosas como luminosas. Aquella Liana sabía quién era en el mundo: un puerto, un faro, el pilar indispensable en la vida de un niño. Era necesaria. La mujer del abrigo rojo tenía su propio drama, su difícil equilibrio entre el dolor del pasado y lo que exigía el presente. Pero ese ritmo, ese ritual férreo —“cada martes”— era un idioma universal. El idioma de la presencia que afirma: “Estoy aquí. Puedes contar conmigo. Eres importante para mí, justo este día, a esta hora.” Un idioma que Liana antes hablaba con fluidez, y casi había olvidado. El tren arrancó. Liana erguió la espalda y se contempló en la vidriera oscura del túnel. Bajó en su parada, ya sabiendo que mañana encargaría dos telescopios iguales —buenos, sin excederse en el precio. Uno para Masha. El otro para Mark, con envío a su nueva casa. Cuando llegara le escribiría: “Markito, este es para que podamos mirar el mismo cielo aunque estemos en ciudades distintas. ¿Te parece que el próximo martes, a las seis, si está despejado, busquemos juntos la Osa Mayor? Sincronizamos los relojes. Un beso, tía Liana.” Salió hacia la calle, al frío aire vespertino de la ciudad. El próximo martes ya no era un hueco en blanco. Era, otra vez, una cita. No por obligación, sino por un pacto amable entre dos personas ligadas por la memoria, la gratitud y el lazo callado e inquebrantable del cariño. La vida continuaba. Y su calendario seguía teniendo días que no solo se vivían, sino que se reservaban. Se reservaban para el milagro callado de mirar juntos al cielo a cientos de kilómetros. Para una memoria que ya no duele, sino que reconforta. Para un amor que aprendió el idioma de la distancia y es, por ello, todavía más sereno, sabio y firme.
Cada martes Cada martes, Leonor apuraba el paso por los pasillos del Metro de Madrid, apretando en la
Educación financiera y salud
090
Después de que los padres se negaron a ayudar a la joven pareja con la compra de una vivienda, Darina llegó a plantearse junto a su marido que no permitirían a los abuelos ver a su nieto Cuando Alejandro le pidió matrimonio a Darina, no sabía nada sobre sus padres. Llevaban juntos apenas unos meses, pero Darina no salía de sus pensamientos. Uno de sus amigos le advirtió que sería un error “quitarle” a una chica tan guapa a los demás, por lo que Alejandro sintió que debía casarse con ella cuanto antes para protegerla. Estaba muy enamorado y no concebía su vida sin Darina, así que no dudó en proponerle matrimonio. Darina no era sólo guapa, sino también inteligente. Estaba acostumbrada a llamar la atención de los hombres, pero siempre encontraba algún defecto que no le gustaba en ellos. Sin embargo, al conocer a Alejandro se sorprendió de lo mucho que le gustaba y aceptó la propuesta sin dudar. Tras el compromiso, conocieron a los padres de Darina, Nieves y Ramón, quienes estaban satisfechos con la elección de su hija, aunque no tomaron demasiado en serio el compromiso. Estaban habituados a que Darina encontrase defectos en todos sus pretendientes y esperaban que Alejandro lograra conquistarla. Alejandro notó que los padres de Darina tenían un coche bueno y, seguramente, no les iba mal económicamente, aunque no hablaban de dinero abiertamente. La boda fue sencilla, con solo familiares y amigos cercanos. Alejandro y Darina esperaban que los padres les regalaran un piso, pero los regalos resultaron modestos. Decidieron entonces ahorrar y comprar su propia vivienda, sin recurrir a la ayuda de los padres. Acordaron vivir de alquiler y no tener hijos hasta conseguir un piso propio, buscando ser independientes y no deber nada a sus padres, pese a saber que podrían permitirse ayudarles. Alejandro y Darina comenzaron a ahorrar viviendo juntos en un apartamento alquilado. Cuatro años más tarde, Darina se quedó embarazada y ambos fueron al médico. Contentos pero preocupados por su situación, decidieron visitar a sus padres para comunicar la noticia y pedir ayuda para comprar una vivienda. Esperaban que fueran receptivos, pero las visitas no salieron como imaginaban. Primero acudieron a casa de los padres de Darina y, tras darles la noticia, pidieron ayuda para comprar un piso. Sus padres se negaron, alegando que no podían permitírselo, aunque Darina sabía que tenían dinero suficiente. Ofendidos, se marcharon sin despedirse. Al día siguiente visitaron a los padres de Alejandro, quienes se alegraron mucho por el futuro nieto, pero al pedirles ayuda, su madre también se negó, argumentando que si los padres de Darina no ayudaban, tampoco debían hacerlo ellos, y les ofrecieron vivir en su casa. Desilusionados y dolidos, Darina y Alejandro se marcharon sin despedirse. Darina estaba tan disgustada que incluso sugirió que no dejarían a sus padres ver al niño, convencida de que sus prioridades estaban equivocadas. ¿Y tú qué opinas? ¿Crees que la pareja debería estar dolida con sus padres por haberse negado a ayudarles económicamente?
Tras la negativa de los padres de ayudar a la joven pareja con la compra de una vivienda, Alba incluso
Kuzia La boda terminó, los invitados se marcharon y nuestra hija se fue a vivir con su marido. El piso quedó vacío. Después de una semana de silencio y melancolía, mi mujer y yo decidimos comprar un animal de compañía. Queríamos que fuera un digno sustituto de nuestra hija, manteniendo vivos nuestros instintos de padres: alimentarlo, entrenarlo, sacarlo a pasear y limpiar sus travesuras. Yo además esperaba que, a diferencia de mi hija, el animal no me contestara, no robara mis cigarrillos ni se deslizara furtivamente al frigorífico por las noches. Aún no habíamos decidido cuál adoptar, pensábamos decidirlo sobre la marcha. El domingo fuimos al Mercado de Pajaritos de Madrid. Junto a la entrada vendían adorables cobayas. Miré a mi esposa con la ceja levantada. — No, negó ella tajante, la nuestra era de tierra firme. Los peces eran silenciosos y los loros, por coloridos y charlatanes, le daban alergia a mi mujer solo de verles el plumón. A mí me hizo gracia un monito; sus gestos me recordaban a mi hija en plena adolescencia. Pero mi mujer prometió que antes de tener un mono en casa, se tumbaba delante nuestra como un cadáver; cedí, al fin y al cabo, al mono apenas lo conocía y a mi mujer ya estaba habituado. Quedaban perros y gatos. Pero a los perros hay que sacarlos a pasear sin falta, y los gatos dan más guerra de lo que parece; no me veo yo vendiendo gatitos en la puerta del Metro. Así que: gato. Nada más verlo supimos que era nuestro. Estaba tumbado en una urna de metacrilato, rodeado de gatitos atolondrados. Los pequeños, con el hocico húmedo, se apretaban contra su barriga peluda y amasaban con las patitas. El gato dormitaba. En la urna, un cartel: “Kuzia”. La vendedora nos contó una emotiva historia sobre su dura infancia felina, sobre cómo casi lo mata el perro con el que creció y que por eso se quedó sin sitio en casa. Nuestro elegido resultó ser un persa de pura raza, de precioso pelaje gris. Pero no había papeles que certificaran que su naricilla aplastada era herencia y no accidente de cría. Según unos documentos perdidos, oficialmente era “Káiser”, aunque respondía mejor por Kuzia. Lo compramos. El viaje a casa fue tranquilo. Kuzia iba medio dormido bajo el asiento del coche. Nada más entrar al portal, sabiendo mi postura respecto a las mutilaciones, mi mujer preguntó con tono malicioso: — ¿Seguro que no está castrado? Me puse tenso. No es que tenga nada en contra de las minorías sexuales, pero un gato castrado me recuerda al Quasimodo, brutalmente deformado por el hombre. Inmortalicé a Kuzia en el descansillo y le hice una revisión urológica. Con la poca luz y tanto pelo apelmazado en su barriga, no distinguía gran cosa. Me armé de paciencia y pasé la mano por sus partes. El gato chilló, pero por lo visto sus “atributos” seguían en sitio. Ese día nuestra hija vino, como siempre, a inspeccionar la nevera. Al ver a Kuzia, olvidó el trozo de tarta restante y se tiró a por el bicho. Entre las dos lo metieron en la bañera, lo lavaron con champú de bebé, lo envolvieron en una toalla (la mía), y lo secaron a secador. Ya presentable, mi esposa se puso a cepillarlo y a cortar los nudos de pelo. El gato maullaba con repugnancia. No quise estorbarlas y me fui a la cocina con mi cerveza. La idílica escena se quebró en un estrépito de maullidos y golpes. Cascotes de cristal, alaridos. Aparté la cerveza y me acerqué al ruido. Mi mujer estaba en el sofá, balanceándose y gimiendo, las manos ensangrentadas por arañazos. Tijeras y mechones esparcidos alrededor. Mi hija y yo nos arremolinamos junto al cuerpo de la víctima. — ¿Pero qué ha pasado? Ella nos miró con ojos tristes y sollozó: — ¡H-u-e-v-o-s! — ¿Huevos? — ¡Se- ha-aan- arrancaaado! — ¿De dónde? — ¡Del gato! Yo no soy médico, pero me cuesta creer que eso suceda tan fácilmente. Y menos en un gato. Entre lágrimas y sollozos infringidos, intentamos aclararnos. Por naturaleza soy bueno, pero admito que en ese instante me daban ganas de estrangular a mi mujer —por compasión, como a un soldado gravemente herido, para que deje de sufrir y de hacer sufrir a los demás. Al fin abrió los puños y dentro, mojados de sangre y lágrimas, dos mechones de pelo. El vello gris lucía gotitas de sangre. Resultó que al cortar los nudos cerca de las patas traseras, el gato se movió y ella, que ya había estirado las tijeras en dirección al pegote, acabó cortando lo que sobresalía. Según ella, justo “los huevos”. Entre mocos y llantinas, entendimos por fin: el gato, del dolor, la arañó y huyó a esconderse bajo el sofá, no sin antes romper un jarroncito. La verdad, en su lugar yo habría destrozado toda la casa. Se lo dije y mi mujer empezó a aullar de nuevo. Con la fregona y a rastras, mi hija y yo nos lanzamos al suelo. En la esquina más lejana y polvorienta, brillaban los ojos de nuestro presunto castrado. Nos gruñía desafiante. Nada de responder a nuestras llamadas, ni siquiera con salchichas. Yo, como hombre, lo comprendía. Mi hija lo fue empujando con la fregona hasta el borde del sofá, donde traté de agarrarlo. El bicho era listo, no bajaba la guardia: se defendía a zarpazos y arañaba la madera. Por fin, logró engancharse a la fregona y así lo arrimamos. ¡Vaya pinta! Ojos amarillos de loco, telarañas en el hocico, polvo secular en la cola. En media hora con mi mujer, el precioso persa se había convertido en un vagabundo castrado; y a mí se me venía a la cabeza cierta analogía. Lo apreté contra mí y, rascándole detrás de la oreja, por fin se fue calmando. Kuzia se relajó y empezó a ronronear fuerte, ojos entornados. Alguna cosa no cuadraba: hay que ser idiota para ronronear después de castración. Mi mujer, histérica, balbuceaba: — ¿Estará mal? ¿Raspa al ronronear? ¡Llamo al veterinario! El gato la miró con humanidad y se tensó de nuevo. Yo la despaché y me llevé a Kuzia a la cocina. Nos tomamos una cerveza y charlamos, desestresándonos. Yo le contaba lo difícil que es ser hombre en una casa llena de mujeres; Kuzia me comprendía y maullaba quedo. Al rato, se echó panza arriba sobre mis rodillas, ronroneando más tranquilo. La confianza invita a la intimidad y separé con delicadeza sus patas. Quería comprobar que el incidente no afectaba su utilidad reproductiva. Pero la inspección fue sombría: no había nada de macho. Tragué otro trago y volví a rebuscar. Nada. Por lo que se veía, nunca lo hubo. En mi regazo, una gata. Bastante grande y bonita, persa gris, y con la barriga hinchadita. Lo que mi mujer había cortado era un mechón enmarañado, manchado de sangre de los arañazos. No fui a buscar a la vendedora para exigirle cuentas por el engaño. Demasiadas emociones; la gata ya era parte de la familia. Y ya no se llama Kuzia. Ayer, por cierto, “Cosa” tuvo cuatro preciosos gatitos. En nuestra casa, otra vez, hay niños.
Mira, te tengo que contar lo que nos pasó hace poco. Ya sabes, la boda de la niña fue preciosa, los invitados
Educación financiera y salud
011
Injusticia —Mamá —repitió Alina—, ¿por qué no me llegó el millón entero? Solo trescientos treinta mil… ¿De dónde sale esa cantidad? La oía secarse el pelo con el secador. Lo apagó y respondió con naturalidad: —Sí, está bien así —Vera, su madre, ya había dispuesto del millón ajeno con toda soltura—. Trescientos treinta. Pero a Alina le tenían que haber ingresado bastante más. —¿Trescientos treinta? Mamá, ¿y los otros seiscientos setenta? Yo esperaba el millón. Prácticamente un millón justo. Ese dinero era de mi padre, tú debías transferírmelo tras vender el piso. —Ay, Alinita, no empieces con tus cuentas —replicó su madre—. Ya sabes que todo lo hice de manera justa. —¿“Justa”, dices? —el parqué crujía bajo sus pies, como si también protestara—. Te di poderes para vender mi piso, heredado de mi padre. Te pedí que me pasaras el dinero. ¿Dónde está? ¿En qué se perdió? Alina sintió que había bajado la guardia demasiado pronto. —¡Y te lo transferí! —el secador volvió a zumbar—. Pero he actuado como una buena madre. He repartido el dinero entre todos mis hijos. A partes iguales. Tu legítima tercera parte la tienes. Lo legítimo debía ser suyo por derecho. —¿Has repartido la herencia de mi padre entre los tres? ¿Conmigo y con ellos? —Alina se refería a sus hermanastros—. Mamá, ¡ese dinero era solo mío! ¡Mi padre! Tenemos padres distintos, por si no te acuerdas. —¿Y qué importa quién es el padre? —ahora se peinaba—. El dinero es de todos. Son tus hermanos. Yo soy tu madre. ¿Y debía mirar cómo tú sola te quedabas con ese capital y tus hermanos te miraban con envidia? Eso no está bien. He equilibrado las cosas. Para todos por igual. Ojalá pudiera volver atrás cuando firmó aquel poder y darse una colleja por ingenua… —¿Por igual? ¡Has dividido mi millón entre tres! Trescientos treinta y tres mil. Mamá, ¿y el resto? El piso valía algo más… —Sí, quedaba algo más de un millón tras gastos e impuestos —saltó Vera—. Redondeé. El resto me lo quedé por las molestias. ¿Tú te habrías ocupado de tanto papeleo? ¡No! Yo lo hice mientras tú trabajabas en Madrid. —¿Mucho te molestaste, verdad? —¡Ni se te ocurra hablarme así! —saltó su madre—. Claro, tu padre era tu padre, pero yo soy tu madre, y decido yo. Además, tú ya eres mayor. Eres la mayor, necesitas menos que tus hermanos. Los chicos pronto tendrán que buscarse la vida, crear familia… y tú, que eres mujer, no tienes tantas necesidades. —¿Y yo no tengo que formar familia? ¿Debo pasar necesidades solo por ser mujer y porque “no se espera mucho” de mí? —soltó Alina con sarcasmo—. Mamá, pásame el resto. Hazlo ya. —No. Corto. Rotundo. La madre sabía que Alina no haría nada. ¿Denunciar a tu propia madre por dinero? Mal visto, incomprendido. Y aunque algo relación tenía, madre es madre. Unas semanas más tarde, reorganizando sus finanzas, Alina vio en las redes sociales unas fotos. Iván posando con su flamante Polo azul. Dima colgó una foto titulada: “¡Mi nuevo bólido!” Sus hermanos se habían comprado coche. Ella prefirió reservar sus 330.000 euros y esperar. La paciencia, decía la abuela, es oro. Pasó más de un año. Alina trabajaba, ahorraba y planeaba. Soltó el tema, pero no olvidó. Su madre, como si nada, llamaba, contaba historias. Pero un día la madre llamó con un tono que puso a Alina los pelos de punta. —¿Qué pasa, mamá? —La abuela… —Vera dudó—. La abuela de Iván y Dima… ha fallecido esta mañana. Alina sintió ese desapego casi de película. Aquella abuela, ajena total, no jugó nunca ningún papel en su vida. Solo era la “suegra de mi madre” o “la abuela de mis hermanos”. Humanamente, lástima. Pero emoción, ninguna. —Vaya… Lo siento. —Hay que encargarse de los papeles, el funeral… No tengo tiempo. Estoy sola. Los chicos… no saben ni por dónde empezar. ¿Puedes venir? ¿Me ayudas? Alina no podía ausentarse del trabajo. —Mamá, estoy en el trabajo. Me es imposible dejar todo para el funeral de alguien a quien solo vi tres veces —respondió Alina. Nunca la invitaron a aquella casa. —¡Por favor! —pidió su madre—. Me hace mucha falta. —No puedo ir, pero te ayudo con dinero. ¿Cuánto necesitas? Dímelo y lo transfiero. Su madre dudó. Pero dinero nunca sobra. —No es lo mismo… pero bueno. ¿Podrías poner unos veinte mil? —Hecho. Y te enviaré algo más, por si acaso. Considéralo mi gesto de respeto… hacia su memoria. —Gracias, Alinita. Siempre nos sacas de apuros. Alina colgó, sintiéndose asquerosamente satisfecha. Había comprado la excusa: no fue, pero ayudó. Ya no podían reprocharle nada. Pasó medio año. El funeral quedó atrás. Dima e Iván ya parecían disfrutar de otros “juguetes”: motos, teléfonos. Un martes tranquilo, Alina decidió que era el momento. Llamó a su madre desde la cafetería de la oficina. —¡Hola, mamá! ¿Cómo vas? —Alinita, aquí estamos. Dima ha encontrado trabajo mejor. Iván… también, tiene novia nueva. —Me alegro. Mamá, quería preguntarte una cosita… —¿Qué cosita? —la madre se puso tensa. —Ha pasado medio año desde que falleció la abuela. Ya habéis aceptado la herencia, ¿no? Esta vez la conversación fue aún más dura que cuando lo de los 330.000. —Alina, ¿a qué viene esto? Claro que sí. —Pues bien. ¿Dónde está mi parte de esa herencia? —¿Qué herencia? —la madre fingió sorpresa, pero Alina la caló enseguida. —La de la abuela. —Pero si no era tu abuela. —¿Y qué más da? —le devolvió su propia lógica—. Soy tu hija, entonces no se debe dar de lado a ningún hijo. Mi millón lo repartiste en tres. Igualaste. Tal y como decías. —¡Alina, no compares! —Vera contratacó—. No es, ni de lejos, la misma situación. —¿Y en qué es diferente? Tú misma decías: “herencia común, yo decido como madre, todos los hijos deben salir igualados”. —No compares los casos… —¡Vaya! —respondió Alina con ironía—. ¡Qué bien te viene cada cosa! Cuando partiste mi millón, la herencia de mi padre era “común, para igualar”. Pero con el piso de “su abuela”, de pronto, la herencia va solo por su sangre, ¿no? —¡No saques punta a todo! —se indignó su madre—. ¿Ahora quieres que les diga a los chicos que tienes derecho al dinero de mi suegra? —No, solo quiero aplicar tu lógica por una vez en mi favor. ¿Tú les ayudaste a heredar, verdad? —El dinero ya está gastado. —¿En qué? ¿En coches? ¿En reformas? Yo también quiero. ¿Dónde está mi parte, mamá? Me decías que yo debía tener menos por ser “la niña”. Pero no estoy de acuerdo. La madre cavilaba cómo salir de la trampa que ella misma se preparó el año anterior. En casa, todo para los chicos: a ellos su padrastro los consideraba hijos, recibían lo mejor. Aquella abuela jamás quiso saber nada de Alina, y su madre nunca la defendió. —Alina, ¿qué clase de persona eres? ¿Para qué necesitas ese dinero? Trabajas, eres joven, sana. No necesitas tanto. Dima e Iván deben ya buscarse la vida, ¡son hombres! A ellos les cuesta más. —Entonces, según tú: la herencia de mi padre, común, “porque somos hermanos”. La herencia de su abuela, exclusiva, “porque son hombres y yo soy una chica, que no necesita mucho”. —No seas maleducada —le soltó la madre—. Eres demasiado interesada. La madre nunca admitiría su error. Alina era una agarrada solo por querer justicia. —Por si no lo sabes, con ese poder debías haber transferido la suma íntegra de la venta. El plazo para reclamar aún no ha pasado. No amenazo, pero… —¡Alina! ¿Estás amenazando a tu madre? —susurró su madre, intimidada. —No, mamá. Pero todavía puedo exigir lo mío. Piénsalo bien. En apenas un mes, Alina recibió lo que le debían y, de paso, fue bloqueada por su madre.
Injusticia Mamá repetí, ¿por qué no he recibido el millón de euros? Solo me han ingresado trescientos
Educación financiera y salud
041
La abuela siempre tuvo un nieto favorito —¿Y para mí, abuela? —susurraba ella. —Tú, Catalina, ya eres apañada. Mira qué color de mejillas tienes. Los frutos secos son para el coco, que Dimi necesita estudiar, él es el hombre de la casa, el futuro sostén. Y tú ve y limpia el polvo de las estanterías. Una niña tiene que acostumbrarse al trabajo. —¿En serio, Cata? Se está yendo. Los médicos dijeron que quedan unos días, quizás horas… Dimitri estaba en la puerta de la cocina, retorciendo las llaves del coche. Tenía cara de pocos amigos. —Hablo completamente en serio, Dimi. ¿Quieres té? —Catalina ni se giró, cortaba una manzana para su hija con ritmo meticuloso—. Siéntate, te hago uno recién hecho. —¿Té, Cata? —El hermano avanzó en la estancia—. Ella está allí tumbada, llena de tubos, apenas respira… Te llamó por la mañana. «Catalinita», dijo, «¿dónde está mi Catalina?». Me dio hasta un vuelco el corazón. ¿De verdad no vas a ir? ¡Es la abuela! Es la última oportunidad, ¿lo entiendes? Catalina acomodó los trozos en el plato y, solo entonces, miró a su hermano. —Para ti es abuela. Para ella eres Dimitri, el sol de sus ojos, el único heredero y esperanza de la familia. Y yo… yo para ella nunca he existido. ¿De verdad piensas que necesito esa «despedida»? ¿De qué íbamos a hablar, Dimi? ¿Qué se supone que le tengo que perdonar? ¿O ella a mí? —¡Déjate de rencores de cría! —Dimitri dejó caer las llaves en la mesa con rabia—. Sí, ella no te quiso como a mí. ¿Y qué? Es mayor, tenía sus manías. ¡Pero está muriendo! No puedes ser tan… fría. —No soy fría, Dimi. Simplemente, no siento nada por ella. Ve tú. Quédate con ella, cógele la mano; tu compañía le importa infinitamente más que la mía. Tú eres su tesoro, su rayito de sol. Así que aliméntale esa luz hasta el final. Dimitri la miró así, dio media vuelta y salió en silencio, cerrando la puerta con un portazo. Catalina suspiró, agarró el plato de manzanas y fue hacia la habitación de la niña. *** En su familia, cada cosa siempre estuvo bien repartida. No, sus padres los quisieron igual— tanto a Catalina como a Dimi. La casa siempre estuvo llena de risas, de aroma a empanadas caseras y excursiones interminables. Pero doña Clotilde, la abuela, era de otra pasta. —Dimitriño, ven aquí, mi lucero —susurraba la abuela al recibirles los domingos—. Mira lo que te he guardado. Nueces, las pelé yo. ¡Y bombones de Lobo Ibérico! Acabados de traer. Catalina, que tenía siete entonces, se mantenía a un lado, mirando cómo la abuela sacaba el paquete del viejo aparador. —¿Y para mí, abuela? —preguntaba bajito. Doña Clotilde le lanzaba una mirada cortante, fugaz. —Tú, Catalina, ya tienes de sobra. Mira esas mejillas. Los frutos secos son para la cabeza, Dimitri tiene que estudiar, él es el hombre, el cimiento. Y tú, ve, quita el polvo de las estanterías. Una niña tiene que aprender el valor del trabajo. Dimitri, rojo de vergüenza, se llevaba los dulces y marchaba de lado hacia el pasillo, Catalina, a limpiar polvo. No se sentía ofendida. Era extraño, pero de niña simplemente lo aceptaba como algo natural. Como quien ve llover: pues la abuela prefiere a Dimi. Es así… Al salir al pasillo, siempre estaba su hermano. —Toma —le metía en la mano la mitad de los caramelos y un puñado de nueces—. Pero no comas delante de ella, que vuelve a gruñir. —Si tú los necesitas más —decía Catalina sonriendo—. Para el coco. —Déjate, lo del coco es un cuento —refunfuñaba Dimi—. Ella está chiflada. Anda, come tú. Se sentaban juntos en la escalera al desván, compartiendo «el botín prohibido». Dimi siempre compartía. Siempre. Incluso cuando la abuela le daba dinero a escondidas «para el helado», él llegaba corriendo a buscar a Catalina: —Oye, da para dos polos y un chicle de esos con pegatina. ¿Vamos? El hermano era siempre su sostén; su cariño tapaba de sobra la frialdad de la abuela, hasta el punto que Catalina ni notaba la diferencia. Y los años pasaron. Doña Clotilde envejecía. Cuando Dimi cumplió dieciocho, anunció solemnemente que le dejaba su otro piso céntrico: —El sostén de la familia necesita su hogar —proclamó en la reunión—. Para que traiga a su esposa a casa propia y deje de andar de aquí para allá. La madre solo suspiró. Conocía el carácter de su madre y no discutía, pero por la noche entró al cuarto de Catalina. —Hija, no te aflijas. Papá y yo lo vemos. Hemos decidido: el dinero que guardábamos para el coche o para ampliar, te lo damos a ti. Así tienes entrada para tu piso propio. Para que todo sea justo. —Mamá, no digas eso —la abrazó Catalina—. Dimi lo necesita más, que ya tiene planes de casarse con Irene. Yo me apaño en la residencia unos años. —No, Catalina, eso no puede ser. Tu abuela tiene sus cosas, pero nosotros somos los padres. No vamos a dejarte de lado. Toma, ni lo discutas. Catalina no aceptó el dinero. Dimi se marchó a vivir al piso que le regaló la abuela tras la boda y la casa familiar se hizo más grande. Catalina ocupó la antigua habitación del hermano, llenándola de libros y pinceles; por vez primera sintió lo bien que se estaba allí donde a nadie le dividían el cariño entre «bueno» y «malo». La relación con su hermano nunca se resintió por asuntos de herencia. Es más, Dimi se sentía en deuda. —Ven a casa cuando quieras —le decía en sus visitas—. Irene ha hecho empanadas. Y la abuela… bueno, ya sabes, sigue preguntando si me he gastado el dinero «de ella» en tus cosas. —¿Y qué le contestaste? —Que lo he dejado todo en las tragaperras y un vino exclusivo —Dimi se reía—. Rezongó tres minutos y soltó: «¡Eso es porque Catalina te enseña malas mañas!» —Por supuesto —Catalina sonreía—. ¿Quién si no? *** Cuando Catalina se casó con Óscar y nació su hija, la cuestión de la vivienda fue urgente. La madre sacó entonces un as bajo la manga: —Mirad, hijos —anunció—. Nuestra casa tiene tres habitaciones. Dimi tiene su piso; vosotros, Catalina, estáis de alquiler. Vamos a intercambiar: vendemos la casa. Nosotros cogemos un apartamento pequeño, y la pareja grande lo tendréis vosotros. —Mamá —interrumpió Dimi—. Renuncio desde ya a mi parte. Tengo el piso de la abuela y me sobra. Quieres que Catalina lo tenga todo, se amplíen y crezcan. Ahora con niña, lo necesitan de verdad. —¿Estás seguro, Dimi? —Óscar, el marido, no salía de su asombro—. Es mucho dinero, ¿estás seguro? —Seguro. Catalina y yo siempre lo compartimos todo treinta y treinta. Ella recibió menos cariño por culpa de la abuela. Así que nada de discutir. Es mi decisión. Catalina lloró. No por los metros, sino por tener al mejor hermano del mundo. Repartieron el piso familiar y cada uno siguió su camino. La madre ayudaba a menudo con la nieta, Dimi y su mujer iban todos los fines de semana. Doña Clotilde seguía sola. Dimi le hacía la compra, reparaba las fugas y aguantaba sus quejas sobre la salud y sobre la «malagradecida Catalina». —¿Te ha llamado ella alguna vez? —preguntaba la abuela apretando los labios—. ¿Le ha importado cómo tengo la tensión? —Abuela, tú misma la rechazabas —se lo decía Dimi suavemente—. Nunca fuiste cariñosa con ella. ¿Por qué tendría que llamarte? —¡Era para enseñarla! —replicaba con orgullo la vieja—. Una mujer debe saber su sitio. Pero ella… Mira, se quedó con el piso, echó a su madre de casa. Dimi solo suspiraba. Explicar eso era inútil. *** Catalina estaba sentada en la cocina, los recuerdos le traían imágenes. La abuela apartando su mano del tarro de mermelada. Elogiando un garabato de Dimi y pasando de largo ante un diploma suyo. En la boda de Dimi, la abuela sentada como una reina; a la boda de Catalina ni acudió, alegando que se encontraba mal. —Mamá, ¿por qué no vamos nunca a ver a la abuela Cloti? —su hija apareció en la cocina—. El tío Dimi dice que está muy enfermita. —Porque la abuela Cloti solo quiere ver al tío Dimi, cariño —Catalina le acarició la cabeza—. Es lo que le tranquiliza. —¿Es mala? —preguntó, entornando los ojos. —No —Catalina reflexionó—. Simplemente no sabía querer a todos a la vez. Solo tenía sitio para uno. A veces pasa, cielo. Por la tarde volvió a llamar su hermano. —Ya está, Cata. Hace una hora. —Lo siento, Dimi. Sé que lo estás pasando mal. —Hasta el final preguntó por ti —mintió Dimi. Catalina supo que era por bondad, por acercarlas aunque ya fuera tarde—. Dijo: “Que a Catalina le vaya bonito”. —Gracias, Dimi… Ven mañana a casa. Estaremos juntos, haré empanada. —Iré… Cata, ¿no te arrepientes? De no haber ido, quiero decir. Catalina fue sincera. —No, Dimi. No me arrepiento. Fingir no ayuda. Ni ella me quería ver ni yo a ella… Su hermano guardó silencio. —Quizá tienes razón —suspiró—. Siempre has sido la más sensata. Bueno, hasta mañana. El funeral fue tranquilo. Catalina estaba allí por la madre y el hermano. Se mantuvo a un lado, con el abrigo negro bajo el cielo plomizo de los cementerios en días así. Cuando bajaron el féretro, no lloró. Dimi se acercó, la abrazó. —¿Cómo estás? —Bien, Dimi. De verdad. —¿Sabes? Estuve en el piso de la abuela. Encontré una caja. Hay fotos viejas. También tuyas. Muchas. Y todas recortadas de fotos de grupo. Las guardaba aparte. Catalina arqueó las cejas sorprendida. —¿Por qué? —No lo sé. Quizá sí sentía algo, pero no sabía demostrarlo. Temía que, si te reconocía, me quitaría a mí algo. Los mayores son muy raros… —Quizá —Catalina se encogió de hombros—. Pero ya da igual. Se marcharon bajo el mismo paraguas: Dimi, alto y robusto, y Catalina, menuda. —Oye —dijo él al llegar al coche—. He pensado en vender el piso. Con lo mío me compro algo mejor, guardo para los chavales, y el resto… ¿Te parece si lo donamos a un hospital infantil o montamos un fondo? Que ese dinero de la abuela al menos alegre a alguien… Catalina le sonrió cálidamente. —¿Sabes, Dimi? Sería la mejor venganza para doña Clotilde. La más generosa del mundo. —¿Entonces, trato hecho? —Trato. Se despidieron. Catalina conducía por la ciudad escuchando música, sintiendo por fin esa calma definitiva en su interior. Quizá Dimi tenía razón. Que parte de ese dinero ayude a curar a un niño es lo justo.
¿Y yo, abuela? preguntaba ella bajito. Ay, Lucía, que tú ya eres una chica hecha y derecha, ¡mira qué
Educación financiera y salud
0188
— ¡Mamá, no vengas! ¡Nos ha echado! — sollozaba Natalia Natalia hablaba en voz baja, pero los sollozos de Sonia detrás de ella tapaban todo. Ana Pérez se detuvo junto al coche, apretando la caja de regalos. — ¿A dónde os ha echado? — De casa. Ha dicho que nos larguemos antes de que llegue su familia. Doña Zinaida lo ordenó. Estamos con los niños en una cafetería del paseo marítimo, no sé qué hacer. Nueve de la noche. Treinta y uno de diciembre. Quince grados bajo cero en la calle. — Esperad allí, voy en seguida. Ana Pérez se dio la vuelta y fue hacia la salida. Cuarenta años en el departamento financiero le habían enseñado a no mostrar emociones. Pero ahora sus manos temblaban tanto que la caja casi se le cae. La puerta la abrió Sergio. Rojo, contento, con una copa de cava en la mano. De la casa salía olor a comida frita y alcohol. En la mesa había seis personas, encabezadas por doña Zinaida, recta como un palo. — ¡Oh, doña Ana! Pase, pase, no se quede en la puerta. Ana entró y echó un vistazo al salón. La mesa puesta, las ensaladas repartidas, las copas llenas. Los invitados reían. Pero no estaba su hija. Ni sus nietos. — ¿Dónde está Natalia? — Ah, — Sergio hizo un gesto y sonrió —, la he echado con los niños. Su madre no los soporta. Que vivan contigo, que se aireen. Lo dijo alto y desafiante, mirando la mesa. Alguien soltó una risita. Doña Zinaida asintió, sin levantar la vista del plato. — Muy bien. Había que ponerla en su lugar antes. Se ha desmadrado. Ana Pérez dejó la caja en el suelo, se quitó las botas despacio. Se irguió. Nadie la miraba: los invitados masticaban y charlaban. Se acercó a doña Zinaida por detrás, la giró del hombro, y le dio un bofetón con todas sus fuerzas. El golpe resonó y todos se quedaron en silencio. Doña Zinaida cayó de la silla, tirando la ensaladera. Sergio se levantó, pero Ana fue más rápida: se volvió y le plantó una mano en la cara. Él se dobló, se agarró a la mesa, la mesa se inclinó. El cava chorreó por el suelo, los platos cayeron con estrépito. Ana agarró a doña Zinaida por el cuello del abrigo y la arrastró hasta la puerta. La mujer gritaba, pero Ana no la soltó y la echó fuera. Sergio se escurrió al rellano, tras su madre. Ana se giró hacia los invitados, que la miraban inmóviles. — ¡Fuera de mi casa! ¡Ahora mismo! Nadie protestó. Recogió a su hija y nietos en la estación. Los llevó a casa, a un piso que se había quedado vacío. Natalia miró el desastre: la mesa caída, los restos, manchas en la pared — y guardó silencio. — Mamá, ¿y ahora qué? — Nada va a pasar. Ahora vivirás tranquila. Ana sacó la caja de regalos. Iván y Sonia rompieron el papel allí mismo, entre los trapos mojados. Se rieron por primera vez esa noche. A medianoche celebraron el Año Nuevo en la cocina, los cuatro. Natalia lloraba en silencio, limpiándose los ojos con la mano. Los niños encendían bengalas y pedían deseos. Esa noche, Sergio llamó a la suegra. Voz temblorosa de rabia. — ¿Sabes lo que has hecho? ¡Mi madre tiene conmoción! ¡Te denuncio, te vas a enterar! Ana puso el altavoz. Natalia se quedó quieta con la taza en la mano. — ¡Denuncia! Yo pondré una contrademanda: echaste a tu mujer y a tus hijos pequeños al frío, ¡el treinta y uno de diciembre! Bien que los servicios sociales juzguen. Y los vecinos contarán cómo tu madre lleva años atormentando a mi hija. — ¿Qué vecinos? ¿Quién te va a creer, vieja…? — Los que oyeron a doña Zinaida gritar a Natalia. Los que vieron cómo siempre entraba con tus llaves cuando mi hija no estaba. — Las cámaras del portal han grabado cómo los echaste con las maletas. Y el piso es propiedad de mi hija. Así que adelante, Sergio. Veamos quién gana. Silencio unos segundos. Luego colgó. La abogada les escuchó en silencio y tomó notas. Miró a Natalia. — ¿Quiere el divorcio? Natalia apretó las manos hasta que se le pusieron blancas. Callaba. Ana le tocó el hombro. — Natalia, te ha echado a la calle con los niños en Nochevieja. ¿De verdad crees que va a cambiar? Su hija levantó la cabeza. En los ojos, había algo nuevo — ni miedo, ni esperanza. Cansancio. — Quiero divorciarme. La abogada asintió y sacó los formularios. Sergio intentó demostrar la agresión. Llevo a doña Zinaida con un moratón bajo el ojo, pero el informe médico indicó que era reciente, de después de las fiestas. Los invitados que Ana Pérez expulsó “no recordaban nada”. Los vecinos, en cambio, no dudaron en relatar broncas y llantos de los niños en el portal. Cómo la suegra se colaba con sus llaves. Cuando el juez pronunció el divorcio, Natalia se levantó y salió sin mirar atrás. No hizo falta buscar piso, a diferencia de su ex. Ese apartamento se lo regalaron sus padres antes de casarse. Ana Pérez había perdido a su esposo el año anterior y ya nada la ataba a su vieja casa, que vendió y se mudó al portal de al lado de su hija — por si acaso. Al principio los niños preguntaban por el padre, echaban de menos. Iván se calló, Sonia se volvió caprichosa. Pero por las tardes empezaron a ir a casa de la abuela, y ella les leía cuentos, les entretenía. Sin preguntas, ni palabras de más. Una tarde Natalia fue a verla. Ana Pérez miraba por la ventana, a la oscuridad. — Mamá, ¿te arrepientes? De haber intervenido, de haberles plantado cara. Ana se volvió. Su rostro tranquilo, sin duda. — Cuarenta años resolví conflictos de otros con papeles, por las buenas, siguiendo las reglas. Pero cuando vi que mi hija y nietos se quedaban en la calle, entendí: hay cosas que no se arreglan con palabras. Se quedó pensativa. — Solo lamento no haberlo hecho antes. Natalia se acercó y la abrazó. Fuerte, como cuando era niña. El siguiente Año Nuevo lo celebraron los cuatro — Ana Pérez, Natalia y los niños. La mesa pequeña, pocos regalos. Pero al encender las bengalas, Sonia reía y Iván abrazaba a su abuela por los hombros. — Gracias por liberarnos aquel día. Ana besó en silencio a su nieto en la cabeza. Natalia los miraba y sonreía — por primera vez en años, sin miedo a que alguien entrara y lo estropeara todo. ¡Fue el mejor Año Nuevo de su vida adulta! Escribid en los comentarios lo que pensáis al respecto. ¡Y dadle a “me gusta”!
¡Mamá, no vengas! ¡Nos ha echado! sollozaba Estrella. Hablaba en voz baja, pero detrás de ella los sollozos
Educación financiera y salud
028
Lo más difícil del 80 cumpleaños de mi madre no fue organizar la fiesta, ni pagar a los músicos. Lo más duro fue ver cómo se iluminaban sus ojos cuando llegó su hijo, el que vive en el extranjero —el “exitazo”. Apareció oliendo a perfume caro y aeropuertos, con regalos brillantes y esa energía fresca de quien ha dormido ocho horas en un hotel. Yo llevaba despierta desde las cinco de la mañana. Había cambiado un pañal de adulto, luchado para que tomase la pastilla de la tensión y aguantado su histeria porque “no encuentra las gafas” (que estaban en la cara). Yo olía a cloro, a ungüentos y a ese cansancio que se acumula durante cinco años. Durante la comida, mi madre no soltó su mano. —“Mirad a mi niño, ¡qué listo es! Siempre viajando”, le decía a la familia. Yo estaba en la cocina, calentando platos y sirviendo bebidas. Nadie me preguntó cómo estoy. Nadie se dio cuenta de que he engordado de pura ansiedad o de que el pelo se me cae. Para mi familia, ya no era “la hija”: era parte del mobiliario. “La que está aquí.” La que arregla las cosas. La que no tiene derecho a cansarse, porque “total, tú vives aquí”. Al día siguiente, el invitado se marchó, prometiendo volver “si el trabajo lo permite”. Mi madre se quedó llorando en el sofá, mirando fotos en el móvil. Yo me quedé limpiando el caos de la fiesta. Esa misma noche, mientras le ayudaba a ponerse el pijama, entendí la verdad más dolorosa sobre el amor de los padres: Es fácil ser el hijo favorito cuando tu amor son unas horas de visita de fin de semana. Cuando tu presencia es todo un acontecimiento. Lo difícil es ser el hijo que se queda. El que ama en medio de la rutina fea, que huele a medicinas y a vejez. El amor que limpia, cura y aguanta los malos días no recibe ninguna ovación. La verdad brutal: hay hijos que son “la luz de los ojos” de sus padres porque otros aceptaron ser la sombra que les sostiene sin dejarles caer. Si tú eres esa persona que se queda, tu sacrificio no es invisible, aunque nadie te dé las gracias en la mesa de fiesta. ¿Has sido tú “el que se queda”?
Lo más difícil del ochenta cumpleaños de mi madre no fue organizar la celebración, ni tampoco pagar a