Soledad Compartida: Cuando Dos Caminos se Cruzan en la Soledad

SOLEDAD EN PAREJA

Hace treinta y ocho años, llevé a mi entonces novio, Javier, a conocer a mis padres en Madrid. Quería que lo conocieran y contarles que pensábamos casarnos. Nada más vernos en la puerta, ellos entendieron perfectamente lo que sucedía. Nunca antes había traído a casa a ninguno de mis pretendientes. Siempre decía:

¿Para qué presentarlos? Si algún día pienso casarme con uno, ya os lo presentaré.

Por eso, mis padres observaban muy atentos al joven que, visiblemente nervioso, se sentaba con nosotros en el comedor. Salí un momento a la cocina; mi padre me siguió.

Te vas a equivocar, Lucía. No deberías casarte con él.

¿Por qué no? respondí al instante, a la defensiva . ¿Porque es agricultor?

No es solo eso, aunque también cuenta. Verás, quizás sea buen hombre, pero sois completamente distintos. ¿De qué vas a hablar con él? Te has criado en una familia de militares, tienes estudios universitarios. Él no. Es un chico de pueblo, trabajador, sí, pero muy sencillo. Se nota a la legua. Si te quedas con él, siempre habrá una palabra entre vosotros: cultura.

Déjalo ya, papá. Eso son prejuicios. Me da igual quién sea, lo importante es que me quiere. Y nunca es tarde para aprender. Yo le ayudaré repliqué convencida de que tenía razón.

Tú verás, Lucía. Recuerda: “Quien no escucha a sus padres, se pierde en la vida.” No digas luego que no te avisé.

Nos casamos. Pasada la etapa de los novios, llegó la rutina de la vida en pareja. Tras mucho insistir, Javier se apuntó a un curso a distancia de formación profesional, pero nunca llegó a tomárselo en serio. Yo hacía sus trabajos, me peleaba con materias técnicas que no entendía. Él fue a un par de exámenes y al final lo dejó.

¿Para qué quiero esto? Si te hace ilusión, hazlo tú me decía.

Intenté convencerle de la importancia, pero fue en balde. Javier pensaba que ya sabía suficiente y que perder el tiempo en esas tonterías no merecía la pena.

Haz lo que te dé la gana acabé diciendo, resignada, y me olvidé de sus estudios.

Al final, pensé, tampoco es tonto. Se ha leído todos los libros de mi biblioteca, le interesa la política, le aprecian en el trabajo. Sí, huele a campo desde lejos, pero eso no importa, así le quiero yo.

Con los años, la convivencia con Javier fue volviéndose más difícil. No tenía en cuenta mi opinión. Siempre intentaba rebajarme, demostrar quién mandaba en casa. Soltaba comentarios tajantes delante de otros sobre cosas que yo consideraba impensables, y lo hacía con tal autoridad que me hacía estremecer.

Descubrí que no sabía afrontar ningún problema complejo. Todo recaía sobre mis hombros: él lo veía normal.

¿Quieres reformar el piso? Pues hazlo tú.

¿Hace falta un frigorífico nuevo? Pues cómpralo tú.

¿Cerrar la terraza? Eso es cosa tuya, si lo necesitas, encárgalo tú.

Solo el huerto nunca fue problema: a Javier le encantaba y sabía trabajar la tierra. Pero eso dura, como mucho, cuatro meses al año. El resto, yo debía ser tanto mujer como hombre en casa.

De joven ni me fijaba. Luego, el peso se hacía notar. Pero mi marido, habituado a dejarse llevar, no cambió nada. ¿Para qué? Su vida era cómoda. Nunca me regaló un ramo de flores el Día de la Mujer. De los regalos mejor ni hablar: un día, muy serio, me soltó:

Ya te lo he dado todo. Mira a tus hijas.

Se refería a nuestras dos hijas.

No discutí. Tampoco le di vueltas. Acepté y hasta lo justifiqué: “No está acostumbrado, en su familia no se estila. Ya me apañaré.”

Mantener una conversación con Javier siempre fue complicado. No le apetecía y a veces ni sabía cómo. Al principio mis conocidos preguntaban si mi marido sabía hablar. Yo me reía, pero en el fondo me dolía.

Le molestaba mucho que yo me relacionara con todo el mundo de forma natural y amable. De mis amigos y parientes nunca decía nada bueno, pero él mismo nunca hizo amigos propios.

Yo no solo resolvía los problemas, también aportaba un buen sueldo en casa. Jamás dependí económicamente de él. Incluso en épocas difíciles me buscaba algún ingreso extra, porque sabía que él difícilmente se esforzaría más. “¿No tienes bastante? Pues trabaja más tú.” Él iba a su puesto y listo, no había que pedirle más.

Con el tiempo, empecé a notar una distancia abismal: no teníamos temas en común. Lo que a mí me interesaba, a él le parecía absurdo. Si una película me gustaba, me decía que era una tontería. De las suyas, no aguantaba ni diez minutos. Ya de música o libros, ni hablar.

Nuestros caracteres también eran opuestos: yo, altruista, daba todo por la familia y los amigos. Él, un egoísta consumado que solo pensaba en sí mismo. Así, cada uno comía distinto, los intereses no coincidían, los sentimientos se fueron apagando, las hijas se marcharon. Tres décadas largas juntos, pero cada vez más desconocidos; compartimos casa, pero no vida.

Javier, por su parte, cree que he perdido el respeto, que no le valoro. Para él no importa cargar con todo: es mi obligación.

Por eso, de vez en cuando, se emborracha y me suelta toda su verdad: sobre mis padres, que ya no están, sobre mi familia. Juzga, critica y me insulta. Y lo hace disfrutándolo. Como si fuese un señor dando órdenes a su criada.

Al día siguiente, no entiende el silencio.

¡Si solo he dicho la verdad!

No hay manera de explicarle que solo es SU verdad, no otra. La ajena no la acepta.

Hoy Lucía se sienta a mi mesa, llorosa y agotada.

Estoy tan cansada Toda la vida viviendo en tensión, sin saber nunca qué va a pasar. Siempre cediendo, adaptándome, resistiendo. ¿Qué hago, me separo? ¿Para qué? Este hombre no se irá jamás. Seguirá amargándome la vida. Y lo peor: está convencido de que tiene razón. Cada vez que monta una escena, tardo días, semanas, en recomponerme. Pero hay familia, hijas, ahora nietos. Siempre encuentro una razón para seguir. Procuro suavizar, llevarme bien pero él lo toma como si fuese una victoria y vuelve a empezar.

Estoy tan harta que a veces gritaría Pero no hay escapatoria. Sí, claro, puedo largarme, pero ¿después qué? Cuando bebe, pierde por completo la cabeza. Si yo me marcho, la casa se llenará de todos esos colegas del bar. Lo destrozarían todo Ya me pasó antes.

Así que aguanto. Me da pena abandonar mi propio hogar.

Mientras las niñas crecían, nuestras diferencias no pesaban tanto. No había tiempo para pensarlo ni para escucharme a mí misma.

Ahora, solos los dos, no lo soporto. Dos extraños bajo el mismo techo ¡Y eso que hemos compartido treinta y ocho años!

Sí Papá tenía razón La cultura siempre se ha interpuesto entre nosotros.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

two × five =

Soledad Compartida: Cuando Dos Caminos se Cruzan en la Soledad
Un gatito helado, con una carita poco agraciada, apareció junto a una tienda y pedía ayuda