Un gatito helado, con una carita poco agraciada, apareció junto a una tienda y pedía ayuda

Te cuento una historia que me tiene el corazón blandito. Resulta que un día apareció un gatito minúsculo y desaliñado junto al colmado del barrio, cerca de la plaza mayor. Creo que se perdió entre las calles de Madrid, o igual alguien lo dejó ahí, vete tú a saber El caso es que aquella pequeñaja, una bolita de pelo sucio, iba de aquí para allá entre la lluvia, encogiendo las patitas y temblando con ese frío tan castizo que cala hasta los huesos.

La pobre miaba bajito, como pidiendo ayuda, pero nadie le hacía caso porque tenía la carita llena de costras, los ojillos chiquititos y la poca pelusa que le quedaba en el cuello y las orejas estaba malísima. La mirabas y, de verdad, se te caía el alma a los pies. Nadie sabía de dónde había salido, pero el cuadro era para echarse a llorar.

Las chicas del colmado, que tienen un corazón de oro, la dejaban entrar para que se calentara y le echaron unas pipetas para los bichitos, pero no sirvió de mucho. Todos los días, como reloj, la gatina volvía al comercio y venía directa a pedir mimos, encaramándose en los brazos de quien pudiera.

Se veía venir el invierno, y esa criatura ya no podía con el frío ni a cinco grados, así que no iba a aguantar el crudo invierno madrileño, imagínate con mínimas de diez bajo cero. Entonces, una de las dependientas, que se acordaba de que en verano recogimos a otro gato en la misma esquina, me llamó, a ver si podía echarle un cable a esta chiquitina.

Cuando fui a recogerla, te juro que la gata sabía que yo era su última oportunidad. Se restregaba en mis piernas, se subía hasta la transportín, hacía lo imposible por demostrar que merecía un huequito.

Nada más verla, supe lo que le pasaba: sarna. Por suerte no era grave y con unas pipetas de Stronghold y de las que venden en la veterinaria de la calle Mayor, mejoró rapidísimo.

Al llegar a casa de acogida, en cuanto sintió calorcito y cariño, empezó a ronronear con un ímpetu parecía un motorcillo. Los dos primeros días sólo comía y dormía. No hacía otra cosa, pobreta.

El nombre vino solo: la llamé Patata. Imagínate, con ese cuerpo redondito y peleón, parecía una patatita pequeña, feucha pero más dulce que el pan. Por suerte, tras un par de tratamientos, apareció una gata con ojazos y una carita ya hasta simpática.

Todavía está recuperándose, el pelito de las orejas y las patas no le ha crecido del todo, pero eso es cuestión de tiempo. Patata ya tiene cita en el veterinario del barrio para la esterilización, y te juro que está floreciendo: sana, guapa, y un amor absoluta de gata. Renovada, vaya.

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Las Dos Esposas