¿QUIÉN ERES TÚ? ¡APARTA LAS MANOS! ¿DÓNDE ESTÁ SANTI? ¿POR QUÉ ESTÁS TÚ AQUÍ Y NO ÉL? ¡SANTI DIJO QU…

¿QUIÉN ERES TÚ? ¡APARTA LAS MANOS! ¿DÓNDE ESTÁ ÁNGEL? ¿POR QUÉ ESTÁS AQUÍ TÚ Y NO ÉL? ¡ÁNGEL ME PROMETIÓ VENIR A LAS SIETE! ¡ME TRAERÁ UN HELADO! Y TÚ ERES VIEJO Y HUELES A MEDICINAS. ¡VETE!

Luis Gutiérrez se quedó inmóvil con la cuchara de puré en la mano.
Ya tenía setenta y dos años. Su esposa, Carmen, setenta.
Habían compartido cuarenta y ocho años juntos. Criaron a dos hijas, arreglaron una casa en la sierra de Madrid, enterraron a sus padres.
Pero para Carmen, todo eso se había esfumado. El Alzheimer borró los últimos cuarenta años de su cabeza, como una esponja húmeda limpiando una pizarra.
En su mente aún vivía en 1974.
Y entonces en ese 1974 no existía ningún Luis. Existía Ángel. Un chico alegre y de cabello rizado, con el que tuvo un romance de verano en Benidorm. Aquel idilio duró solo un par de semanas. Ángel se fue y nunca más escribió. Un año después, Carmen conoció a Luis un ingeniero tranquilo y formal, que la cuidó durante casi medio siglo.
Pero la enfermedad fue despiadada. Solo dejó destellos brillantes de juventud en su recuerdo. La figura fiel de Luis se apagó, mientras el ausente Ángel brillaba como si fuera el sol.
Cada tarde era un suplicio.
Carmen lloraba. Esperaba a Ángel. Se ponía vestidos antiguos y desfasados, se pintaba los labios con mano temblorosa y se sentaba junto a la ventana.
Luis intentaba explicarle:
Carmencita, soy yo, Luis. Tu marido. Ángel no está. Eso fue hace mucho.
Y ella le lanzaba los platos:
¡Mentiroso! ¡Le escondiste! ¡Siempre me tuviste celos! ¡Vete, me das asco!
Luis se refugiaba en la cocina, bebía valeriana y miraba la foto de su boda en la pared. En esa foto, ella le miraba con cariño.
Pero ahora solo veía el miedo y la repulsión en sus ojos. Solo era para ella el carcelero que le impedía reencontrase con el amor de su vida.
El médico, con voz seca, sentenció:
No discuta. Es agresividad. Sufre porque el mundo real no coincide con el de su mente. Si quiere aliviar sus últimos días, sígale la corriente. Sea aquel a quien espera.
Luis se pasó mucho rato fumando en la terraza.
¿Seguirle la corriente? ¿Fingir ser aquel chulo que la dejó hace medio siglo? ¿A ese del que, descubría ahora, nunca dejó de acordarse mientras vivía con él?
Era humillante. Dolía. Era reconocer que él, Luis, había perdido frente a un fantasma.
Pero desde la habitación llegaban los sollozos:
Angeeel ¿Dónde estás?
Luis aplastó el cigarro.
Entró en el dormitorio, rescató la vieja cazadora de cuero que llevaba más de veinte años guardada. Buscó unas gafas de sol oscuras en el cajón. Se despeinó el cabello plateado, intentando emular aquel aire despreocupado.
Salió de casa. Compró un ramo de claveles baratos como los de los años setenta y un helado de vainilla.
Llamó al timbre de su propia casa.
La puerta quedaba sin cerradura. Entró.
¡Carmen! gritó con una voz atrevida y extraña. ¿Dónde te escondes? ¡He venido!
Carmen salió corriendo al pasillo.
Luis se encogió por dentro. Ahora descubriría su mentira. Ahora gritaría: ¡Eres un payaso disfrazado!.
Pero ella se quedó quieta. Sus ojos se llenaron de una luz que Luis no veía en ella desde hacía más de diez años.
Ángel susurró. Has venido ¡Lo sabía!
Se le lanzó al cuello.
No veía sus arrugas, ni el pelo blanco, ni la espalda encorvada. En su mente, Carmen solo veía al joven guapo.
Perdona, me han entretenido mintió Luis, sintiendo cómo el nudo de la garganta casi no le dejaba hablar. Mira, te he traído flores. Y helado.
Ella reía. Lo sentaba a la mesa. Charlaba como una adolescente.
Y entonces dijo algo que terminó de partirle el corazón:
Ángel, ¿sabes? Aquí viene un hombre mayor uno que dice que es mi marido. ¡Qué pesado! Siempre hablando de medicinas, de puré Aburrido, gris. ¡No le soporto! Siempre te esperé a ti. Sabía que volverías, y que te me llevarías lejos. ¡Sácame de aquí, Ángel! ¡Llévame contigo, sácame de este viejo triste!
Luis, enfundado en su chaqueta de cuero, escuchaba a su esposa confesar el odio hacia él, y sonreía con una sonrisa que no era suya.
Te llevaré, Carmencita. Pronto. Nos iremos a Benidorm.
Carmen vivió un mes más.
Ese fue, paradojas de la vida, su mes más feliz en muchos años. Cada atardecer venía Ángel. La cogía de la mano, le contaba historias sobre el mar, la alimentaba con helado.
A Luis ya no lo reconocía. No era nadie para ella, solo el cuidador, la sombra que vaciaba la palangana. Solo soportaba su presencia por la promesa de los encuentros vespertinos con Ángel.
Murió en sus brazos una noche de lluvia.
Ángel susurró al ver a Luis con las gafas oscuras. No vuelvas a marcharte. Te quiero.
No me iré dijo Luis, ya con su voz repleta de lágrimas. Pero ella ya no distinguía el matiz.
Sonrió y cerró los ojos. Feliz. Con el hombre que amaba.
En el funeral, sus hijas lloraban y contaban lo magnífico que había sido su padre, cómo había atendido a su madre hasta el final.
Mamá te quería tanto, papá decía la mayor, abrazándole. Formasteis una pareja perfecta.
Luis estuvo callado.
Plantado junto a la tumba, contemplando la foto joven de Carmen.
Sabía la verdad.
Sabía que perfecta pareja nunca fue con él.
Sabía que sus últimos días los compartió gracias a un fantasma, la máscara que él mismo llevó.
Solo a costa de borrarse a sí mismo, regaló a Carmen una muerte feliz. Permitió, incluso bendijo, aquella infidelidad final delante de sus propios ojos.
Volvió a casa, se quitó la cazadora de cuero y la colgó en el armario.
Sacó del congelador lo que quedaba del helado.
La casa estaba en silencio. Por fin podía ser él. Un anciano solo que ya no esperaba a nadie.
Pero por dentro sentía paz. Porque se fue sonriendo. Y el nombre que llevaba en los labios, al final, ya no importaba.
Moraleja:
El amor verdadero no es poseer. Es ser capaz de desaparecer, si con ello consigues que la otra persona no sufra. En ocasiones, la mayor prueba de cariño es renunciar al propio ego para dar paz al ser amado. Aunque esa paz se la regale otro.
¿Serías capaz de fingir ser otra persona para consolar a quien se va, sabiendo que te olvidarán?

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Estoy en casa. Suena el timbre. Abro la puerta y veo a una mujer. Una señora como cualquier otra, ni mejor ni peor que yo, y de más o menos mi edad. Me dice: