Antes de casarnos, Álvaro y yo estuvimos saliendo juntos durante cinco años. Compartimos toda la época universitaria en Madrid. Pudimos viajar bastante, buscamos piso juntos, asistimos a las bodas de nuestros amigos y hasta estuvimos en el casamiento de la prima de Álvaro junto a sus padres.
La madre de Álvaro siempre fue muy cercana conmigo. De verdad pensé que le caía bien y que podíamos ser amigas. Carmen tenía más de cincuenta, pero me entendía perfectamente, apoyaba mis proyectos y sueños, y cuando Álvaro me pidió matrimonio, ella me dijo que estaría encantada de tenerme como nuera. Por lo amable que era, yo jamás dudé que le agradaba.
Pero todo cambió cuando Álvaro finalmente se atrevió a pedírmelo. Yo estaba feliz, aunque él decidió hacerlo después de que le enseñé el test de embarazo positivo. No es que estuviera entusiasmado con el bebé, porque justo habíamos terminado la carrera y empezábamos nuestros primeros trabajos, pero tampoco se lo tomó mal. Carmen, en cambio, se quedó de piedra; no se esperaba una noticia así. Preguntaba para qué queríamos tener un crío tan jóvenes y cómo pensábamos sacarlo adelante si aún éramos, según ella, unos niños. Me insistía en que lo mejor era no tenerlo.
Para acelerar la boda, tampoco organizamos algo muy grande ni una celebración de película, invitamos solo a los más cercanos. Yo esperaba que Carmen pudiera ayudar con los preparativos, pero se desapareció completamente.
Al final, me di cuenta de que simplemente no quería ni verme ni tener trato conmigo. Fingía estar ocupada y ni siquiera apareció en nuestro enlace. Vinieron todos, hasta familiares de Álvaro desde otras ciudades, pero ella… imposible.
¿Y qué tenía en contra del bebé? Tarde o temprano iba a ocurrir, ¿cuál era el problema real? De verdad pienso que Carmen vive con ideas raras, algún calendario extraño de relaciones con sus hijos, y los nietos no entraban todavía en sus planes. Pero perderse un día tan importante para Álvaro y para mí solo por eso… de verdad, eso sí que no tiene perdón.







