Toda mi vida adulta la he pasado viviendo con mi abuela. Ella me crió desde que tenía cuatro años, porque a mi madre le quitaron la custodia y a mi padre, sinceramente, le interesaba mi existencia lo mismo que el desarrollo de las setas en el Amazonas. Me dejó en casa de mi abuela, que vivía en un pueblo de Castilla, y la convenció (o más bien la ablandó) para que me cuidara. Pasaba por allí de pascuas a ramos, como mucho.
Recuerdo que cuando iba por tercero de primaria, apareció mi padre en casa de la abuela, trayendo a un tipo tan silencioso como él mismo (o sea, un completo desconocido). La abuela, con ese sexto sentido suyo, me mandó a dar una vuelta para que no escuchara la conversación. Cuando volví, ni rastro de los dos, y mi abuela llorando como si estuviera viendo el final de una telenovela. Al preguntarle qué pasaba, solo me dijo que no volvería a ver jamás a mi padre.
No puedo decir que me marcara demasiado: para mí, la abuela lo era todo, hacía doblete de padre y madre con soltura. En el instituto me dio por la costura y, sin falsa modestia, se me daba de miedo. El mejor sastre del pueblo, Don Julián, me animó a ir a la universidad y formarme en serio. Así que, mochila al hombro, me fui a estudiar a Valladolid, donde, por cosas de la vida, vivía mi padre. Pero jamás lo busqué ni, por supuesto, me lo crucé. Allí, en esa ciudad donde los inviernos son más largos que una misa de Domingo de Ramos, conocí a mi gran amor: Lucas.
A mi abuela Lucas le cayó tan bien que solo le faltó bordarle el padrón en una servilleta para adoptarlo. Tras la boda, visitas a la abuela no faltaron y en la última, hasta tuve la suerte de darle la noticia de que iba a ser bisabuela. Por desgracia, no llegó a tiempo para conocer a su bisnieto
Tras el fallecimiento de la abuela, el notario leyó el testamento y, cómo no, todo el patrimonio pasó a mi nombre. Medio año después, cuando pensaba que la paz y la herencia ya no podían alterarse, reapareció mi padre. Ni lo reconocí: parecía que la vida le había pasado varias veces por encima. No saludó, no explicó nada, solo pidió “lo que le correspondía” del legado. En ese momento, me salió la vena castellana y le solté que no tenía derecho a nada, ¡si ni siquiera apareció por el entierro! No discutió, simplemente decidió llevarme a juicio. El tribunal, como era de esperar, me dio la razón y él, con el rabo entre las piernas, se marchó por donde vino.
Con la herencia de la abuela, Lucas y yo montamos nuestro propio taller de costura y, oye, no es por presumir, pero nuestra marca ya es famosa en Valladolid. Estoy infinitamente agradecida a mi abuela por todo lo que hizo por mí, incluso después de marcharse. Si pudiera, le bordaría gracias en oro sobre su cojín favorito.






