¿Hasta dónde pueden llegar las personas en España para evitar pagar sus deudas?

Ocurrió que tanto mi marido como yo nos encontramos encerrados en casa, aislados por la cuarentena. Nos habíamos quedado sin euros. Algo debíamos hacer rápido: aún faltaba una semana para cobrar y apenas teníamos unas pocas monedas en la cartera.

Por supuesto, no había que alarmarse demasiado: todavía quedaba algo de comida en la nevera. Sobreviviríamos (ahora me río, claro).

Entonces recordamos a uno de nuestros deudores. La cantidad que nos debía no era gran cosa, pero en ese instante nos habría venido de maravilla.

Mientras preparaba una infusión, mi marido ya había localizado el número y lo llamó. Al principio, su voz era tan firme como la de un guardia civil pidiendo papeles, exigiendo que le devolviera el dinero inmediatamente. Pero tras unos instantes, noté que su tono cambiaba repentinamente y se tornaba en palabras de disculpa y consuelo.

Colgó el teléfono y, con gesto sombrío, me contó lo sucedido: según el deudor, su madre había fallecido. Como personas bien educadas, accedimos, por supuesto, a esperar el pago un poco más.

Pasaron varias semanas, y mi marido y yo, rendidos de estar entre cuatro paredes, decidimos cocinar algo especial. Al regresar a casa tras pasar por la frutería del barrio, ya con las bolsas llenas de tomates, cebollas y algún pimiento, ocurrió lo insólito: nos topamos, de frente, con la difunta madre del deudor. Me quedé paralizada, boquiabierta.

No había visto nunca a mi marido tan encendido de rabia. Subimos al coche y salimos disparados hacia el piso del hijo desconsolado. Allí, no solo descubrimos que seguía vivo y coleando, sino que se encontraba tirado en el sofá, ahogado en vino, y además se empeñaba en no devolvernos ni un céntimo.

Mi marido estuvo a punto de dejarse llevar por la violencia, cuando, de golpe, el hombre se quebró y confesó que su primera reacción, al escuchar nuestra llamada, fue mentir y así quitarnos de encima. Fue entonces a su cuarto y regresó con los billetes, que nos entregó sin decir palabra. Desde aquel día no volvimos a saber de él.

Decidme, ¿cómo se puede volver a confiar en las personas tras vivir algo así?

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¿Hasta dónde pueden llegar las personas en España para evitar pagar sus deudas?
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