— ¿Por qué tu madre puede quedarse en casa con nosotros una semana y la mía no? — protestó indignado el marido.

Mi suegra es tremendamente protectora con su hijo. Como extraña secuencia, cada día en su descanso, mi marido cruza en barca el río Manzanares, sorteando nenúfares y bancos de peces dorados, para comer en la casa materna, donde siempre le espera un cocido humeante y un viento que huele a laurel. Recibe a diario mensajes de su madre, mensajes que parecen soplados por el levante, llenos de recomendaciones y recetas antiguas. Si algo le preocupa, vuela a casa de su madre buscando remedio, como quien busca ungüento milagroso en un herbolario. Si anda corto de euros, no acude al banco sino directo a su madre.

Hoy, al volver de la oficina, al abrir la puerta, me encuentro a su madre en pleno pasillo, plantada con una maleta verde musgo adornada de pegatinas de Salamanca y Segovia.

Buenas tardes, madre le digo, notando en el ambiente cierto olor a alcanfor y canela. ¿Y esa maleta, usted de viaje?
He decidido quedarme una semanita aquí, hija responde con la seguridad de una marquesa. Os voy a ayudar con la casa, el chiquillo y tu marido. Tienes que alimentar mejor a mi niño. Entiendo que trabajas y no siempre hay tiempo para todo.

Mi suegra es una presencia regia y pintoresca, de esas que impone reglas hasta al gato. No discutí ni busqué explicaciones eso en sueños no se hace, sino que fui flotando por la casa en busca de mi esposo. Su reacción, como en toda pesadilla absurda, me dejó petrificada de asombro.

Cariño, ¿has visto que tu madre se ha instalado en casa? ¡Sin preguntar si podía! Dice que soy una desastrosa ama de casa…
A mí no me importa respondió él, como si le hablara una palmera en la playa de Cádiz. Déjala quedarse. ¿Por qué tu madre puede venir en verano y quedarse un par de días, y la mía no? ¿Eh? ¿Acaso tu madre es de menos linaje? Cuando tu madre estuvo aquí una semana, ¿me quejé acaso yo?

Un momento… ¡Mi madre vive en Valencia! La veo un par de veces al año y nunca la mando a un hostal. Pero tu madre vive en el portal de enfrente y se presenta aquí todos los días le recordé con el tono de quien intenta mantenerse despierta en un sueño confuso.

No quiero que mi suegra revolotee por mi salón cuando yo no estoy. Me la imagino abriendo los cajones de los calcetines y oliendo el perfume de mis blusas mientras el tiempo se estira y encoge. Mi marido está habituado a este exceso de solícita corrección materna. Ya le asoman canas en las sienes, pero su madre sigue trayéndole lentejas, secándole el sudor de la frente y limpiándole la memoria de palabras incómodas. Con mi suegra tenemos eternas discusiones interminables que parecen perderse entre nubes de azúcar. Me incomoda que su hijo siga enganchado a su falda. Ella se irrita por cómo cuido de su hijo prodigio y me dedica siempre consejos que caen como monedas al fondo de un pozo: cómo debo vivir, cómo debo limpiar, cómo debo querer a su hijo.

Cuando nos casamos, mi suegra era omnipresente, colándose cada día, lavando ella misma los calcetines de su hijo y esperando a que regresara del trabajo con una tortilla de patatas caliente esperándole. Yo, claro, terminé completamente mareada. Tras varias charlas con mi marido y algún que otro argumento lanzado al azar, logramos que su madre redujese sus visitas a dos o tres veces por semana. Pero al nacer nuestro hijo, Madrid fue testigo de que todo volvió a lo de antes: volvió la ronda diaria, casi ritual, de su presencia.

Estoy pensando en buscar un nuevo hogar y mudarme un tiempo mientras la suegra campea por aquí con su escoba de bruja buena. Se lo dije a mi marido: me iré si su madre se queda.

¡Pero mi madre solo quiere ayudar! me respondió con ojos como soles en el crepúsculo de agosto.
¿Y acaso yo necesito esa ayuda? murmuraba mientras la maleta se abría sola y de ella salían mariposas de papel.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

eighteen − 6 =

— ¿Por qué tu madre puede quedarse en casa con nosotros una semana y la mía no? — protestó indignado el marido.
Debo perdonar a mamá y ofrecerle mi ayuda