Mira, te voy a contar una historia que parece sacată dintr-un cuento, pero tristemente pasa más de lo que nos gustaría. Mientras trabajaba en Madrid, Guillermo conoció a Inés. Al poco tiempo, se casaron allí mismo, y cuando Inés se quedó embarazada, él la llevó a vivir a casa de sus padres, en un pueblito cerca de Toledo. Te puedes imaginar que los suegros no se tomaron la noticia con mucho entusiasmo.
La pobre Inés cargaba con un montón de tareas: cocinaba para toda la familia, lavaba la ropa, dejaba la casa reluciente, ordeñaba la vaca, limpiaba el establo y hasta, en ocasiones, tenía que partir leña. La realidad es que a Inés siempre le tocaba la faena dura, esa que muchos dicen que es de hombres; pero lo peor venía cuando los padres de Guillermo recibían visitas. Casi nunca eran menos de siete personas y claro, a ella le tocaba atenderlos a todos y preparar la comida para semejante tropa.
Total, que Inés se pasaba la mañana preparando croquetas, tortilla de patatas, cocido madrileño, y cuando al fin la comida llegaba a la mesa, en cosa de una hora no quedaba ni una miguita. Al terminar, agotada, se sentaba en la esquina de la mesa y se ponía un trozo de filete en el plato. La suegra, con su vocecilla aguda, la miraba y le decía:
Inés, hija, hoy comes como si no hubieras probado bocado en días. ¡Con lo chiquitita que eres y mira cómo engulles!, y se reía como si contara el mejor chiste del año.
Te lo juro, en cuanto los invitados escuchaban a la suegra, todos empezaban a reírse y a hacerle bromitas a Inés. Ella, tragándose el enfado y la tristeza, se levantaba sin decir nada más y se marchaba a la cocina. Detrás del mostrador, rompía a llorar porque ese día, como muchos otros, no había podido ni sentarse a comer tranquila. Lo más duro era que Guillermo, su marido, no abría la boca para defenderla ni una sola vez; sólo agachaba la cabeza mientras su familia hacía leña del árbol caído. Desde la cocina, Inés alcanzaba a oír a la suegra presumir en voz alta:
Ayer, por cierto, me crucé a mi antigua nuera en el mercado de la plaza. Qué maja, todavía me llama mamá. Esa sí que era una buena chica, no como esta…
Cuando por fin los invitados se iban a sus casas, mientras los demás charlaban o se tumbaban en el sofá, Inés recogía los platos y los llevaba a la pila para lavarlos. A veces, el suegro se acercaba mientras ella fregaba y la miraba en silencio. Tras unos minutos, le soltaba:
Inés, ¿sabes que te detesto?
Eso sí que le dolía a la pobre, un puñal directo al corazón, pero prefería no contestar. Entonces, el suegro volvía a preguntarle, casi esperando que saltara. Y al final, Inés respondía bajito:
Lo sé.
Pues mira que es raro. Aquí lo haces todo, ayudas a todos, nunca te quejas, pero yo te sigo odiando. Es raro, ¿verdad?
Pues sí, decía ella, bajando aún más la cabeza.
Inés sabía que aquel momento no iba a cambiar nada y que al día siguiente todo seguiría igual: los desprecios, las burlas, el ninguneo. No entendía por qué seguía allí, ni por qué aguantaba tanto.
¿Tú podrías vivir con un hombre que permite, así tan tranquilo, que todo el mundo insulte a su mujer una y otra vez? Yo desde luego, ni por un millón de euros.







