Nunca en mi vida he estado tan agobiado como ahora, teniendo cerca a mi suegra. Mi esposa y yo alquilamos un piso en el mismo edificio donde viven sus padres, así que mi suegra siempre está rondando por ahí. Por suerte tengo trabajo y, al menos durante nueve o diez horas al día, puedo escapar, pero al volver a casa me esperan los gritos.
Es una mujer tremendamente infeliz y nerviosa, siempre encuentra alguna excusa para meterse en nuestra casa: revisa nuestras alacenas, nunca le dice nada a su hija, y termina tomando conmigo el papel de chivo expiatorio.
Siempre encuentra algo que le molesta y monta tal escándalo que los vecinos golpean las tuberías de la calefacción. Ellos no saben que el problema es mi suegra y luego, cuando se cruzan conmigo o con mi esposa en el portal, nos miran raro, como si nuestra relación no estuviera bien.
Crecí en una buena familia, mis padres jamás nos pegaron ni levantaron la voz, tenían una forma muy distinta de educar, y gracias a eso creo que mis hermanos y yo somos buenas personas. Quizá por la falta de gritos y palabrotas en mi infancia ahora me afecta tanto el estrés, porque me duele especialmente cuando mi suegra se suelta con alguna grosería.
Me obligo a contenerme, a no dejar que su actitud y su mal humor marquen mi día, pero es difícil. Mi estado de ánimo termina afectando mi rendimiento en el trabajo, y sé que los escándalos de mi suegra podrían incluso costarme el puesto.
Mi esposa poco puede hacer, aunque por suerte ya hemos decidido mudarnos cuando termine el contrato de alquiler. Si dependiera de mí, nos iríamos a otra ciudad, lejos de aquí. Los dos esperamos que, al cambiar de piso, mi suegra no venga tanto y nos deje vivir en paz, especialmente a mí.







