— Larry, no quiero hacerte daño ni herirte, cariño… — ¡No te trato bien!

Diario de Manuel,

Hoy me he vuelto a sentar en el alfeizar, mirando hacia la calle. Esperaba a mi padre; ya que han pasado dos años completos desde que mi madre nos dejó. Se ha hecho otro hogar, comentaba papá, a veces, con una tristeza que le atravesaba la voz. ¿Por qué se fue? Nadie lo sabe. No me quedaba claro. Solo sé que cada vez la recuerdo menos.

Papá se esforzaba en hacer todo por mí. Ya tengo diez años; soy bastante mayor y no hay razón para esconderme nada. Tampoco hace falta. He aprendido a fregar los platos, a ordenar mis cosas en las estanterías, y ya no juego con juguetes. Soy casi un hombre. Lo que pasa es que me siento muy solo. Echo de menos a mi perro. Pero mi padre siempre me decía que no podía consentirme eso.

¿Quién va a ocuparse del perro? Yo paso la vida en el trabajo y tú eres estudiante, aún eres un crío.

Así que, en vez de un perro, papá trajo a casa a una mujer. Se llamaba Carmen. Empezó a vivir con nosotros. Yo decidí evitarla, como si no existiera. Pensé que era un estorbo. Sin embargo, papá la llamaba su esposa y quería que yo tuviera una madre.

¡No la necesito! le respondí a papá, sin dudar. Y volví a mi rincón. Así vivimos. Vi cómo mi padre estaba feliz con Carmen. Se trataban con cariño, se reían, se abrazaban. Y yo seguía enfadado.

Papá, quiero que se vaya. Manuel, eso no puede ser. Nos cuesta vivir sin una mujer sin una esposa y madre.

Llegó el buen tiempo. Salía a jugar al fútbol con los chicos del barrio. Ellos me decían que mi padre y Carmen me iban a enviar a un internado. Me asusté. Pensé que podían hacerlo; podrían tener un hijo nuevo y yo les estorbaría. Así que decidí prepararme para lo peor.

Una vez oí un fragmento de conversación: Le irá bien allí, debería ir

Ese fue el final para mí. Aquella noche no dormí nada. Por la mañana me propuse deshacerme de Carmen. Solo complicaba las cosas. Primero, la molesté: le puse sal en el té, dejé la sartén encendida sin nada. Me portaba mal. Ella sabía quién era el responsable. Me llamó para hablar.

Manuel, tenemos que hablar. Estás enfadado. No estoy enfadado por nada, intenté evadirme. Manuel, no quiero hacerte daño ni molestarte, cariño ¡No soy tu cariño! Hemos alquilado una casa en la sierra para el verano. Queríamos darte una sorpresa, pero creo que es momento de contarte la verdad. Tu padre ha encontrado un perro, hoy vamos a recogerlo. Puedes venir con nosotros. ¿De verdad? pregunté, con una mezcla de sorpresa y esperanza. Entonces la abracé con toda mi fuerza.

Carmen estuvo a punto de llorar, Venga, tendrás que alegrarte, todo irá bien, no hay motivo para llorar, me acarició el pelo.

Cuando papá llegó de trabajar fuimos a buscar el cachorro. Toda mi rabia se transformó en comprensión y ya no vi a Carmen como enemiga. Lo arreglamos. El perro dormía en mis brazos. Todos estábamos felices.

Pensé que, a veces, cerrarse en uno mismo es más fácil, pero es mejor aprender a confiar y dejarse sorprender. Eso salva, en vez de perder.

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— Larry, no quiero hacerte daño ni herirte, cariño… — ¡No te trato bien!
La Felicidad Sufrida