Cualquiera que trabaje podrá entender perfectamente mi entusiasmo cuando suena el timbre en la mañana de mi único día libre.
Todavía medio dormida, no sé bien por qué, lo primero que pienso es en algún problema con la fontanería y corro a comprobar si he inundado a algún vecino. Pero tanto la cocina como el baño están secos, así que no son los del bajo a los que les causé una fuga hace seis meses.
El timbre sigue insistiendo. Obediente, voy a la puerta y, al abrirla, lo primero que veo son varias maletas y, tras ellas, unas cuantas personas.
¡Ay, no te habría reconocido jamás por la calle! me suelta de pronto, como halago dudoso, una señora mayor a la que no esperaba ver.
Intento recordar de quién se trata…
Observo con atención al acompañante de la mujer, que me sonríe alegre y me ofrece la mano. Detrás de ellos asoma la cabeza de un chico que, por suerte, se limita a mirarme sin añadir nada a la confusión. Pero la señora continúa: Venga, ¿qué hacéis ahí parados? ¡Vamos para dentro! Disculpe… ¿cómo que vamos?
¿No reconoces a tu tío? Yo te he cuidado desde que eras pequeña. Y él señala al chico es tu primo, el hijo de tu tío, ha venido a estudiar aquí a Madrid y no tiene dónde quedarse. Hemos pensado que podría quedarse contigo. Ya le compraremos cama más adelante, todo irá bien. Te hemos traído algunos regalos. ¿No te ha llamado tu padre?
No, no me ha llamado… Seguro que se le ha olvidado, pero nos apañamos replica la señora. ¿Cómo que nos apañamos? ¿Va a quedarse aquí?
Sí, claro, tú le echarás una mano, ya sabes cómo es llegar a una ciudad nueva. No pienso hacerme cargo de nadie, y menos viviendo aquí, que mi novio viene muy a menudo y no hay sitio. Habrá que hacer algún arreglillo… No quiero ni arreglillos. Hay residencias para estudiantes, yo también pasé por eso. No, mujer, eso no puede ser…
Mis familiares empezaban ya a ponerse nerviosos y a intentar meter las maletas dentro del piso, pero me planté delante para impedirlo. Me di cuenta de que, si esas maletas cruzaban el umbral, sería imposible echarlos después. Les pedí que me dieran cinco minutos y los llevé hasta la residencia de estudiantes a la que le habían aceptado a mi primo.
Por toda respuesta, recibí reproches de ser una desagradecida y egoísta; las sonrisas se esfumaron y, al poco, también lo hicieron ellos y sus maletas. Llamé a mis padres para preguntarles: ¿pero esto qué es?
Al enterarse, mi madre se molestó y me echó en cara que no tengo sentido de familia.







