El precio de una segunda oportunidad

Diario de Gonzalo Rubio

No olvidaría jamás aquella tarde en nuestro piso de Valladolid, enfrentado a mi exmujer, Almudena. Estábamos uno frente другому, la tensión paseándose como un gato invisible por el comedor. Me incliné hacia adelante, intentando que mi voz le llegara suave, casi dulzona, porque cualquier brusquedad podía destruir lo poco que quedaba en pie.

Solo cuéntamelo, Almudena. De verdad, te prometo que no me voy a enfadar dije, haciendo un esfuerzo por mantener la calma. Pero mis ojos soy consciente decían otra cosa. Vi cómo ella se puso rígida, como si presintiera otra vez la sombra que, tantas veces, me había delatado: los celos, las dudas, esa desconfianza que tanto detestaba.

Piensa que en aquella época ya estábamos divorciados añadí bajando la voz, dándole ese matiz de excusa.

Almudena suspiró largo, mordiéndose el labio tan fuerte que pareció que se haría sangre. En sus ojos destelló el hartazgo. Sabía que estaba cansada. Cansada de la pregunta repetida, del bucle en el que la hacíamos girar cada día. Intentó controlarse, pero los nervios la superaron.

Nada. ¡No hubo nada! ¿No puedes dejar de preguntarme siempre lo mismo? espetó, más alto de lo que esperaba.

En ese momento me pregunté por enésima vez por qué le había pedido volver a intentarlo. Mis amigos me decían, y también a Almudena, que la gente como yo rara vez cambia. Ella lo sabía, pero nos aferramos a la idea de que lo nuestro podía arreglarse. A veces, contra toda lógica, uno cree en los milagros.

Cambió mi tono, ya sin disfraz. Se me escapó, de nuevo, el juicio acidulado.

Pues se lo pregunto a Estrella dije, firme. Nuestra hija seguro que no me miente.

Esa frase ardió en el aire. Vi el rubor inflamarle las mejillas. La mirada temblorosa de Almudena se llenó de indignación.

¡Hazlo! Pero no olvides que tiene solo cinco años y el año pasado estuvo con medio barrio. Yo tenía que trabajar para mantenerla. A ver si entiendes de una vez, Gonzalo, que lo que hice o con quién quedé no es tu asunto. ¡Basta ya! ¡Me fui una vez y puedo hacerlo otra!

Me quedé helado un instante, como si no esperara tantísima contundencia en su respuesta. Noté una chispa de duda, pero al segundo contesté, sarcástico, casi despectivo:

¿Tienes dinero para el billete?

Pero, cuando noté que se descomponía del susto y se le helaba el rostro, reculé.

Perdona, no quería decir eso. Es que tu cabezonería me sorprende. Te lo juro, ya no soy celoso. Piénsalo, por favor.

No pudo (o no quiso) aguantar más. Almudena agarró un cojín del sofá y me lo lanzó; no dolió, claro, más bien hirió mi orgullo. Abrí la boca para replicar, pero justo en ese momento apareció Estrella, con su vestido rosa de volantes, corriendo hacia mí con una sonrisa que iluminaba toda la estancia.

¡Papá, papá, has vuelto! ¡Te he echado muchísimo de menos!

La miré, y no lo voy a negar, sentí un golpe de satisfacción orgullosa: Fíjate, Almudena, a quién quiere más nuestra hija, pensé. Pero enseguida, al recoger a mi hija en brazos y sentir su carcajada, algo en mí se ablandó.

Vamos, princesa, a jugar le dije, acurrucándola contra mi pecho y notando que mi voz, por fin, era tan tierna como quería.

Mientras me la llevaba, vi de reojo a Almudena en la cocina, aferrada al paño como si quisiera deshacerlo. Sus nudillos blancos, la rabia contenida, el cansancio vestido de incredulidad. Está claro, pensé, va a irse de nuevo.

No me equivoqué. Ella ya tenía el plan: al terminar su curso de diseño gráfico, recogería el diploma y compraría los billetes para Madrid, Barcelona… cualquier sitio lejos de mí. Ni se me ocurrió pensar que con sus ahorros en euros y las posibilidades de teletrabajo, podría marcharse cuando quisiera. ¿En qué siglo vivía yo?

El atardecer caía por la ventana y las luces de la calle Mayor empezaban a dibujar reflejos. Desde allí, Almudena susurró:

Al menos este título aquí sí sirve, podré buscar trabajo en cualquier ciudad

Por primera vez la vi erguirse, decidida. Ya no era desesperación lo que sentía. Era, tal vez, esperanza.

*********************

Me sigue remordiendo cómo fue posible que, después de lo que pasó, ella aceptara volver conmigo. Supongo que, en el fondo, porque creímos ambos que el amor puede con todo. ¡Qué ingenuos! Le prometí cambiar, ser mejor esposo, mejor padre, llenando su oído de promesas que apenas duraron un mes.

El primer mes, sí, cocinaba y cuidaba a Estrella; hasta sonreía cuando venía Almudena del trabajo. Luego, el viejo patrón retornó: las mismas sospechas, las mismas preguntas insidiosas: ¿Dónde estabas?, ¿Por qué tanto rato?, ¿Con quién hablaste al teléfono?. Celos, celos de todo y de todos. No hubo infidelidades por ninguna de las dos partes, pero las dudas me devoraban. No soportaba pensar en ella trabajando entre hombres ni visitando a su familia sin mí delante (ese vecino soltero abriéndole la puerta, interpretando cualquier gesto amable como amenaza…).

Y las amigas… Qué decir de las amigas. Al principio fruncía el ceño; luego, ya directamente, me enojaba:

Esas andan buscando lo mismo decía, despreciando a cualquiera con quien quisiera quedar. Si quieren ligar, que lo hagan solas. Que no te líen a ti.

Poco a poco la amistad se fue diluyendo. Almudena se quedó sola, con un niña enanos brazos y la rutina de la casa devorándole la energía.

Recuerdo una cena especialmente dura. Llevaba media hora rogando a Estrella que comiera la sopa. Cuando por fin se sentó conmigo, le dije, sin más:

Ya toca ir pensando en el segundo hijo.

Se quejó, extenuada. Apenas podía con la primera, y yo, en vez de ayudar, le sugería que no pensara en trabajar ni en cursos. Ya me bastaba con que fuera madre.

Lo peor fue cuando, la víspera del cumpleaños de su hermano, le prohibí ir a la fiesta: demasiados hombres, demasiado… tentador. Ella intentó explicarme, pero ni la escuché.

Eso fue la gota que colmó el vaso.

Mientras yo estaba en la oficina, Almudena lo organizó todo: empaquetó las cosas de la niña, llamó a su hermano y, con la ayuda de una furgoneta alquilada, se fue del piso. Encontré en la mesa una nota: No puedo seguir así. Estrella necesita paz.

El divorcio fue rápido. Ni siquiera la jueza una señora mayor y muy seria le concedió el periodo de reconciliación que yo pedía. Me sentí desnudo, desenmascarado. Tenía razón: cinco años así es demasiado tiempo.

Almudena se refugió en casa de sus padres, cerca de Salamanca. Allí encontró trabajo y empezó a estudiar diseño gráfico, algo que yo, estúpidamente, nunca tomé en serio. Hizo nuevos amigos en los cursos, entabló amistad con madres del parque, incluso empezó a quedar para un café, reír, charlar… Estrella se integró de maravilla, jugando con sus primos y con nuevos niños del barrio.

Por las noches, Almudena me imagino sentada en el poyete del porche, oyendo la risa de Estrella y pensando que, por fin, podía respirar sin miedo.

Durante un año, todo pareció estable. Pero regresé.

Nos cruzamos de pura casualidad en el mercado de El Campillo, entre cajas de manzanas. Cuando le dije que todavía la quería, que había cambiado, que no podía vivir sin ella y nuestra hija Algo titiló en sus ojos. Estrella también me extrañaba. Almudena aceptó intentarlo pero nada de boda, al menos en un año, me dejó claro. Nada de prohibiciones, ni de cortar con mi gente, ni de impedir que trabaje. O te adaptas, o me pierdes para siempre. Yo asentí, iluso, y nos mudamos a Alicante.

El Mediterráneo me pareció nuevo aire. Para Almudena, en cambio, era aislamiento: nueva ciudad, sin amigos ni familia, con todo mi control renovado aunque disimulado. Fui, de nuevo, el fiscal constante, el que pregunta por cualquier mensaje, llamada o sonrisa. Y así reventó, una vez más.

Recuerdo la última discusión. El teléfono vibraba, lo cogí sin pedirle permiso, buscando cualquier excusa para acusarla.

¿Quién es? ¿Un amigo más? Y cuando me gritó con lágrimas en los ojos, supe que ya no había marcha atrás.

No más, Gonzalo. No más registros, no más preguntas. Cumple lo prometido o vete.

Insistí, amenacé, recurrí a que no tenía dinero suficiente para marcharse. Pero me enfrenté a una realidad inesperada: ella había montado una buena cartera de clientes, amigos que le pasaban encargos, y ya no tenía miedo.

Cuando Estrella apareció en el umbral de la habitación, adormilada, pidiéndole a su madre que no llorara, entendí de verdad que la había perdido. Almudena la abrazó y le susurró que pronto irían a un sitio con mucho sol, con columpios y risas. Y yo me quedé plantado, derrotado.

No hubo reconciliación posible esta vez. Almudena se fue de casa con Estrella, y, después de un último mensaje claro y firme (Entre nosotros no queda nada, Gonzalo. No insistas), cortó toda comunicación.

Al principio Estrella preguntaba mucho por mí, y los primeros días la llamaba a diario. Poco a poco nuestras conversaciones se hicieron más frías, distantes, rutinarias. Empecé a mandar transferencias de apenas cien euros para la manutención. No era suficiente, pero era todo lo que podía/quise hacer.

Pero Almudena, ahora fuerte y ligera, pudo volar. Se mudaron cerca de un parque enorme en Salamanca, con ventanales por donde entraba el sol. Matriculó a Estrella en una academia de dibujo, donde enseguida hizo amigas. En casa reinaba la calma. Paseaban, iban de compras, jugaban entre hojas doradas y charcos, y, cada tarde, podía ver en la cara de mi hija una felicidad nueva, sincera.

Yo, en cambio, solo podía aprender la lección. No existe amor que valga sin confianza ni respeto; ningún segundo intento lo compensa, si no hay voluntad real de cambiar y de dejar atrás inseguridades. Que nada ni nadie ni un padre, ni un marido, ni el miedo a la soledad puede robarle a otra persona su derecho a vivir en paz. Las mujeres como Almudena, y las niñas como mi Estrella, merecen un mundo en el que sólo exista amor. No vigilancia.

A veces, cuando vuelvo a pasear por la plaza de Zorrilla o bajo el cielo abierto de Castilla, intento recordar la alegría en los ojos de mi hija, y acepto por fin que el precio de un segundo intento mal gastado es perder, para siempre, lo que más quieres.

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