El bucle del tiempo

El bucle del tiempo

Clara estaba sentada en una cafetería, frente a su, desde hacía veinte minutos, ex marido, Nacho.

Bueno, pues ya está dijo Nacho, casi susurrando.

Sí respondió Clara, seca, como el otoño en Madrid.

Ha sido todo bastante ridículo, la verdad

¿¡Ridículo!? ¡Vaya! ¿Sabes? Me has engañado durante años y lo único que te preocupa es lo absurdo que ha sido que te pillara. Antes o después, lo habría descubierto igual. Así que, en fin…

Nacho apartó la vista y se levantó, incómodo.

Vale, Clara. Me voy. Pero escucha: sabes que siempre puedes contar conmigo. Y… te quise y te quiero.

Gracias, Nacho… aunque sigo sin entender: si dices que me quieres, ¿para qué necesitas a otra mujer?

Pues… eres la madre de mis hijos, y con ella… simplemente, desconecto. Además, ambas me habéis motivado en todos mis logros. Si no fuese por vosotras, seguramente no habría conseguido nada.

Tranquilo, seguro que puedes tener más hijos y así tendrás aún más motivación…

No… Clara, ella no puede tener hijos…

Nacho bajó la cabeza y se fue.

Clara terminó su té y también salió a la calle. Inspiró el aire fresco de la Gran Vía y decidió ir en metro. Podría haber cogido su coche o incluso pedir un taxi, pero prefería perderse entre la gente, sintiéndose sola y acompañada a la vez. Por eso eligió bajar al metro de Madrid.

Se subió al vagón, tomó asiento y quedó sumergida en sus recuerdos. Vio pasar ante sus ojos el día que conoció a Nacho, su boda, el nacimiento de su hijo, después el de su hija Siempre creyó ser feliz. Claro que discutían de vez en cuando, pero nunca fue nada grave. Y después, tras veinte años juntos, una amiga le mandó una foto donde su marido besaba a otra mujer. Resultó que, en realidad, llevaba mucho tiempo engañándola. De repente, su vida ordenada se vino abajo. Fue ella quien pidió el divorcio, convencida de que así sería más fácil sobrellevarlo. Pero no. Seguía igual de pesada la carga.

“¿De dónde salió esa amante? ¿Por qué apareció en nuestro camino? ¡Ojalá nunca se hubieran conocido!”, pensaba con rabia. Atención, cierren las puertas. Próxima estación: Argüelles, sonó por los altavoces.

“¡Anda, es la mía murmuró Clara.

Salió del metro y, en lugar de ir a casa, comenzó a dar vueltas por el barrio, paseando por Chamberí. Caminó y caminó, hasta que oscureció y notó un dolor punzante en el pie.

“En fin… de una misma no se puede huir. Hora de volver a casa”, pensó, mirando el reloj: ya eran las siete. Dio media vuelta y se dirigió resuelta al portal. Por costumbre alzó la vista y se fijó en sus ventanas: sorprendentemente, había luz.

Clara sintió un escalofrío. “¿Quién puede estar ahí? Mi hija está en la universidad, mi hijo con su novia, y Nacho, con la otra ¿Será un ladrón?” El miedo la recorrió. Se subió al ascensor, abrió la puerta con sus llaves y entró con cuidado.

¡Por fin llegas! exclamó Nacho saliendo de la cocina.

Clara se quedó boquiabierta. Tenía barba de dos semanas, una barriga cervecera prominente y unos pantalones de chándal viejos y deformados. Esto no tiene sentido pasó por su mente. Hace unas horas no tenía ni barba ni tripa.

¿Dónde te metes? gritó Nacho. Dame la nómina, hoy la cobraste. ¡Venga, suelta!

Clara lo miró como si no entendiera el idioma. El piso era el suyo, sí, pero la decoración era antigua: la misma de antes de la última reforma. Y después de esa, habían hecho al menos un par más.

¿La nómina? ¿Pero de qué hablas? ¿Y tú qué haces aquí?

¡Vivo aquí, claro! ¿Y por qué no está la cena lista?

No entiendo nada… murmuró Clara, quitándose el abrigo.

Se acercó al espejo del recibidor. Era ella, sí, pero a la vez no: en el reflejo se asomaba una mujer cansada, algo rellenita, con un peinado horrible y sin maquillar, y su ropa parecía barata.

¿Qué miras? ¿Te pasa algo? ¿Y la cena y el dinero?

Automática, se cambió de ropa. Junto a la puerta había bolsas con la compra, aunque recordaba que no había entrado en ningún supermercado. Aun así, las llevó a la cocina. Allí encontró otro sobresalto: en la mesa cenaba su hijo con el pelo ridículo y con una chica desconocida.

¿Y tú qué haces aquí? le preguntó al hijo, mientras metía los alimentos en la nevera.

Pues… vivo aquí, con Paula.

¿Por qué aquí? ¿Y el piso que tu padre y yo te compramos?

El hijo soltó una absurda carcajada.

¿Pero estás de broma, mamá? ¿Vosotros, comprarme un piso? Ya quisiera yo. Últimamente papá ni trabaja, y cuando lo hacía tampoco llegaba el sueldo entero a casa. Mamá, ¿estás bien? Pareces de otro mundo

Clara se llevó la mano a la frente.

No sé, me siento extraña. ¿Y Carmen?

¿Carmen? ¿Quién es?

¿Cómo que quién? ¡Tu hermana…!

Mamá el chico la miró asustado, nunca he tenido hermana. ¿Llamamos a un médico?

¡No, no hace falta! exclamó, reculando hasta la puerta.

Entonces ¿me das de cenar o no? Nacho bloqueó la salida.

Papá, hoy estáis muy cómicos. Si hace años que ella no te cocina.

Ya lo sé… pero bueno, por si acaso contestó, mientras se perdía en el salón viendo la tele.

Clara lo miró pensando que, desde luego, aquel Nacho no podía tener ninguna amante. Y ella, como esposa, tampoco pintaba mucho.

Salió al pasillo y se puso el abrigo.

¿Adónde vas, mamá? preguntó su hijo.

Solo a pasear un rato…

En la calle, Clara fue directa al metro. No sabía por qué, pero sentía que solo bajo tierra, rodeada de extraños, podría pensar con claridad. Al subirse al vagón, junto a la puerta, notó que los trenes mismos eran antiguos, y hasta su móvil no era el suyo. ¿Será un sueño?. Se pellizcó. No, no estaba soñando.

Había leído sobre vidas paralelas y sobre gente que desaparece… pero esto solo pasaba en libros, ¿no? Y, sin embargo, allí estaba, vestida como nunca lo haría y sumida en una realidad en la que ni se reconocía.

¡Madre mía! Lo admito: deseé que esa amante nunca hubiera existido para Nacho Pero igual, ella tuvo un papel positivo en su vida. Sin ella, Nacho no es nadie, pero yo tampoco. Y seguro que solo sigo con él porque no tengo a dónde ir. Esto sí que no No quiero esta vida.

Clara siguió, cambiando de tren, saltando de línea en línea, hasta que vio que solo habían pasado treinta minutos. El tiempo ni siquiera marcha igual aquí. Yo, para ir al otro extremo de Madrid, tardaría el doble.

Saltó en Argüelles y, al salir a la superficie, rompió a llorar.

Señora, ¿está usted bien? le preguntó un viandante.

Sí, solo necesito un momento mintió, intentando recomponerse.

No quiero, no quiero volver a esa casa. Esa no es mi vida. Quiero la mía, aunque me haya divorciado, aunque Nacho termine con esa mujer. ¡Ya está!

Se detuvo de golpe al ver la luz encendida en su ventana.

¡Basta! En cualquier situación hay algo positivo, incluso en esta… Sigo siendo yo misma, al menos por dentro. Y sé lo que valgo y lo que puede valer Nacho. Si yo quiero, podría cambiarlo todo. ¿Por qué Nacho no trabaja ni hace nada en casa? ¡Eso lo cambio yo ahora mismo! ¡No sabe con quién se ha casado! De aquí saldrá espabilado y más trabajador que nunca, y acabará llevándome en volandas.

Con esa furia transformadora, Clara subió de nuevo a su casa. Apenas entró por la puerta, una luz cegadora la sorprendió.

¿Dónde estabas? Ya hemos llamado a todos. Te esperábamos gritó Nacho.

Clara entrecerró los ojos. Frente a ella estaban Nacho, y sus dos hijos: el chico y su hija, Carmen. Todos con caras preocupadas, como si algo grave hubiese pasado.

Mira la hora, ya deberías estar aquí Nacho casi no podía contener los nervios.

Clara se humedeció los labios, sin saber qué decir:

¿Son las siete ya? Pensé que era mucho más tarde.

Miró a su alrededor: era su hogar de siempre, sus hijos y Nacho llevaban la ropa de siempre, y al mirarse al espejo, ahí estaba la Clara que conocía. Volvió la mirada a Nacho:

¿Qué hacéis aquí? ¿Y tú, qué haces aquí? ¿No nos hemos divorciado hoy?

Tranquila, mamá intervino la hija, vamos a la cocina, tomamos un té y lo hablamos.

¡Un momento, dejadme hablar con vuestra madre! replicó Nacho. Clara, perdóname. Sí, hoy firmamos, pero… no hay ninguna otra mujer, nunca la hubo.

¿Cómo dices? ¡Si vi la foto y tú no lo negaste!

Sí, pero ¿Recuerdas cuando fui de pesca con los amigos? Quisimos gastar una broma a nuestras mujeres, para ver cómo reaccionabais ante la sospecha de una amante Solo era eso, una prueba.

Clara se dejó caer en una silla, sintiendo un enfado crecerle en el pecho:

¡¿Pero qué clase de broma es esa?! No sabes lo que he pasado, ni yo ni los niños ¡Esto no tiene nombre!

Sobrepasada, buscó algo que lanzar a Nacho, de pura indignación.

Bueno, bueno, si quieres, nos volvemos a casar atinó Nacho.

¡Por favor! ¿Casarme contigo después de esto? No sabes por lo que he pasado… ¿Ellos sabían la verdad?

Los niños, para nada.

Clara recordó el extraño mundo al que había ido y cómo deseó volver. Ahora, que todo volvía a su sitio y la otra realidad quedaba atrás, se tranquilizó poco a poco.

Vale, pues llamad a los chicos, vamos a tomar ese té.

La familia se sentó unida en la cocina, tomando un té aromático entre risas y alguna lágrima.

Mamá, ¿dónde estabas? preguntó el hijo.

¿Dónde? Pues por el metro. Intentaba encontrarme a mí misma dijo Clara.

Claro, no podía decir que había quedado atrapada en un bucle del tiempo. Nadie le habría creído. Así que se contentó con abrazar a los suyos, agradeciendo estar de vuelta en su verdadera realidad. O, al menos, en la que eligió vivir.

A veces, las vueltas que da la vida nos enseñan que, incluso en los momentos confusos y difíciles, uno puede encontrar caminos para volver a sí mismo y empezar de nuevo.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

eight − 7 =

El bucle del tiempo
El apartamento de enfrente