La venganza fracasó

La venganza salió rana

Luzía caminaba despacio por el desértico pasillo de oficinas, con ese eco de sus tacones que tanto reconforta a quien ya da por terminado el día. A esa hora, casi las ocho menos diez, ya sólo quedaban el aire recalentado, el rumor lejano del ascensor y los cuadros de paisajes imposibles que decora la multinacional en pleno centro de Madrid. Llevaba dos horas de más, pero ya ni le pesaba. Sentía el dulce hartazgo del deber cumplido: el proyecto con el que había sudado sangre y lágrimas durante tres meses, por fin, estaba entregado.

Recordaba, sonriendo entre dientes, los sinsabores de ese dichoso encargo. ¡Vaya tres meses! El cliente parecía haber nacido sólo para incomodar. Hoy quería una propuesta seria; mañana, una súper creativa. Cambiaba de opinión más que Belén Esteban de look y en la oficina bromeaban: Si oyes su nombre, respira hondo y ponte a salvo. Algunos, de la tensión, ya andaban con tics en el ojo de tanto corregir y desandar.

Pero ya está. El informe firmado, el PDF bien pesado enviado, y las primas al caer. Por fin. Se le escapó una sonrisa: aún quedaba justicia en el universo empresarial.

¡Luzía, todavía por aquí! Si parece la Universidad de Salamanca de madrugada.

Era Sergio, claro. El junior de consultoría, siempre dispuesto a cruzarse casualmente con ella. Y casualidades así, una detrás de otra, desde hacía meses: en la fotocopiadora, la máquina de café, la cafetería de la esquina… Una cosa de peli cómica. Él ponía empeño y educación, pero entre los veinte años que les separaban y su torpe afán, los intentos no pasaban de ser graciosos. Luzía lo apreciaba, pero no sabía cómo cortar la comedia romántica que Sergio se imaginaba.

Sí, he querido terminar el proyecto para que mañana no me atormente ni San Judasrespondió ella, con tono amable pero sin abrir libro de intimidades.

Sergio se acercó con un brillo de entusiasmo y las manos en los bolsillos, como quien confiesa una pequeña locura de juventud.

¡Enhorabuena! se le notaba que estaba esperando el momento para decir algo heroico. Dicen que ese cliente es… bueno, digamos, peculiar. Pero tampoco es sano acabar cada día tan tarde, ¿eh?

Luzía puso cara de tú-no-sabes-ni-la-mitad, pero ya todo le hacía poca mella. Se acabó.

No pasa nada. Ahora que he arrancado la tirita, todos a dormir tranquilos en el equipodecía aún midiendo palabras. Que luego los chavales malentienden un cumplido y te abren un grupo de WhatsApp.

¿Quieres que te acerque? Tu coche está en el taller, ¿no?

Se le iluminó la esperanza como un perrillo bien dispuesto esperando orden. Ay, Sergio… si es que das ternurapensó Luzía con la ceja arqueada. Pareces un terrier esperando chuche. Estaba entregado, a punto de saltar de emoción, pero ella quería evitarle malentendidos.

No, gracias, ya he pedido Cabifyapuntó con educación, marcando la frontera a la española: con una sonrisa y dos metros de distancia.

Sergio, en su papel de héroe de novela decimonónica, insistió cortándole el paso con la mano.

¡Pero eso es peligroso! No sabes quién conduce, igual es un loco

Luzía se quedó perpleja por un instante. El chico no bromeaba, estaba convencido de que llegaría un asesino con el vehículo. En su mirada había más drama que en un culebrón de sobremesa.

De verdad, Sergio, es totalmente seguro. Llevo años con la misma plataforma, conozco al conductor… Tranquilo, mañana nos vemosreplicó, como quien explica por quinta vez la sumisión del verbo estar a su ahijado.

Al final, lo rodeó con elegancia taurina y puso rumbo a la puerta. Notó los ojos de Sergio clavados en su espalda, a punto quizá de empezar una balada triste. Pero es que no podía ser de otra manera.

Mientras cruzaba el pasillo, pensaba en lo endemoniadamente difícil que es poner límites en una empresa española. Si Sergio no fuese hijo del director financiero, bastaría un mira, chaval, vete con tu madre, pero aquí la familia manda y a malas, el marrón te lo comes tú.

En España, rechazar a un hijo de es deporte de riesgo. Por eso tocaba medir palabras, no dejar lugar a falsos entusiasmos, ni abrir puertas que luego no supieras cerrar. Y de todos modos, Sergio era de los que nunca oían un nolo suyo era tradición y costumbre.

Ya en la calle, Luzía respiró el aire de Madrid en primavera. El coche le esperaba y el chófer saludaba con el temple de quien ya es parte de la familia. Subió, echó un último vistazo al edificio y pensó: Que no le dé por seguirme, que me quedo sin postre y sin tranquilidad. Ahora sí, el trayecto prometía desconexión y, sobre todo, descanso. Bastaba de emociones… hasta nueva orden.

*********************

La fiesta de los treinta años de la empresa se celebraba por todo lo alto en un restaurante de lujo. Barra libre, croquetas dignas de madre, jamón, vinos y canapés a discreción. Los del departamento de legal brindaban con los de IT; los de recursos humanos, ya con la corbata enrollada. Luzía, discreta, prefería la burbuja de su agua con gas y observar desde la barra, comentando lo justo para no destacar.

La noche iba de perlas, hasta que a lo lejos localizó a Sergio. Llevaba dos copas de más y, cada vez más animado, se fue acercando sin disimulo. Plantado delante de ella, con los ojos muy abiertos y sonrisa de cordero degollado, suelta a grito pelado:

¡Ya lo he decidido! Dentro de un mes, boda. Tú lo dejas todo, te vienes a vivir conmigo y a esperarme como en los buenos tiempos.

De la impresión, Luzía se quedó de piedra. Por un segundo pensó que era una cámara oculta, pero no: Sergio iba en serio como un viernes santo. Se abalanzó con intenciones cariñosas, pero ella reaccionó a tiempo retirando la copa antes de que volara el albariño por los aires.

Todo lo que llevaba meses callando, lo dijo entonces con tono y volumen inusual en ella:

¡¿Pero tú de qué vas?! ¿Y esas bodas de dónde salen? ¿Qué película te has montado?

A Sergio no le dio ni tiempo de contraatacar. Luzía siguió, a voz en grito:

¡Ya basta! Tus tonterías llevan meses poniéndome en el punto de mira. He dejado claro que no quiero nada y tú venga y dale. Por tu culpa tengo que buscar mil excusas, soportar miradas de todo Cristo, y ahora saltas con esto… ¡Se acabó!

Se sintió tan liberada que ni se inmutó ante la audiencia del restaurante: brindis congelados, compañeros murmurando, algún jefe mirando al techo buscando la cámara.

¿Sabes qué? Si no lo pillas, dejo el curro. No pienso seguir tragando tus rollos ni aguantando tonterías de niño de papá.

Sergio se quedó en shock, la cara desencajada. No salía de su asombro, con la dignidad en juego.

Piénsalo remató ella, girando sobre sus tacones y marchándose entre los cuchicheos. El primer acto del drama, cerrado.

En el pasillo, Luzía trataba de serenarse. Su compañera, Julia, la miraba sin atreverse a decir ni mú. Luzía, aún temblando de indignación:

Me saca de quicio tener que aguantar niñatos solo porque son hijos de jefe. ¿Que no puedo cambiar de trabajo yo? Si ofertas me llegan cada mes, pero aquí me tengo que tragar a este personaje por miedo a represalias…

Apenas terminó el alegato, de repente irrumpe Carmen de la Vega, directora financiera y madre del ínclito, toda compostura y traje azul marino.

No tienes por qué irte tú. Te pido disculpas dijo, firme y seria. No pensé que llegaría a tanto. Mañana mismo lo mando a Barcelona. Esto no es solo un bochorno, es para hacérselo mirar.

En ese momento, Sergio aparece, ya fuera de sí:

¡Dejad de decidir por mí! ¡A mí no se me rechaza, Luzía, te vas a enterar!

Ella se puso blanca. Carmen zanjó la escena, mirando a seguridad y soltando:

Este ha bebido demasiado. Por favor, acompáñelo a la puerta y que se marche. Hablaremos en casa.

Sergio masculló alguna amenaza y fue escoltado, más por la espalda de seguridad que por la autoridad materna. En el corredor reinó un silencio pesado.

Carmen se acercó a Luzía, esta vez sincera y cansada.

Perdona, de veras. No volverá a ocurrirsusurró, marchándose al salón con más dignidad que alegría.

Y las dos, Luzía y Julia, compartieron así uno de esos momentos que sólo entienden quienes han sobrevivido a una buena cena de empresa.

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¡Mamá, que me he enamorao! gritó Alba, irrumpiendo en el salón. La cara era un poema: ojos como platos, sonrisa de anuncio de turrón, y esa prisa de las buenas noticias. Se sentó de un salto en el sofá, se envolvió en la manta y, como si el mundo dependiera de ello, prosiguió: Es genial, atento, simpático… ¡un amor!

Luzía, aún con la taza de té en mano, sonrió de veras. Su Alba llevaba semanas apática, hoy parecía la portada de una revista de alegría.

¿Y cómo se llama el afortunado? preguntó, disimulando el instinto maternal de mega interrogatorio.

¡Sergio! respondió Alba, sin notar que a su madre se le subía la ceja como una persiana defectuosa. Mamá, es increíble, de verdad. Mis amigas me tienen envidia, dicen que es un partido genial.

Luzía dejó cuidadosamente la taza. De repente, flashes del pasado: el esperpento del restaurante, los meses de acoso, la amenaza de ya te enterarás Inspiró profundo.

¿Y cuándo me lo presentas?

¡En el cumple de la abuela! Así conozco a todos de golpe. Mamá, lo nuestro es serio, hasta hemos hablado de boda dijo alba, ilusionada perdida.

Luzía aguantó tipo. No quería fastidiar la ilusión a Alba ni montar una escena. Había que mantener la calma.

Estoy deseando conocerle aseguró. Y Alba la abrazó, rebosante de felicidad.

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Sábado, chalet en la sierra madrileña, la abuela Tomasa preparando comida como si fuera para las tropas de Napoleón. Andaluzas y cuñados corriendo de un lado a otro: unos con flores, otros con croquetas, la prima pequeña perdida en el jardín buscando el gato…

El salón lleno de conversación y risas, abuela Tomasa al mando. Falta Alba. Pero llega un mensaje: ¡Estamos llegando!. Así que abre los vinos y empiezan sin ellos.

En plena fiesta, por fin, se abren las puertas y entran Alba y su sorprendentemente sonriente pareja. Alba, radiante; él, sujetándola de la mano con aplomo.

¡Ya estamos aquí! Os presento a Sergio, mi novio. Trato hecho: os lo tenéis que quererproclamó Alba.

Aplausos, brindis, móviles sacando fotos… Todo muy español.

Luzía se queda congelada. El Sergio es EL Sergio. El acosador, el del yo te vengo a vengar. Delante de ella, con sonrisa de platillo volante, disfrutando del escenario. Aquel momento tan temido: su verdugo sentimental presentándose como futuro yerno.

Sergio ni corto ni perezoso va a besar la mano de la abuela Tomasa, pero antes de lograrlo, Luzía se levanta de un respingo. Su grito se escucharía hasta en La Latina:

¡Fuera de mi casa! Nico, échalo y no te cortes, ¡que vea lo que es una familia de verdad! ¡Venir aquí solo para vengarte de mí a través de mi hija…!

La sala se congeló. Nadie se atrevía ni a masticar, menos aún a beberse el Rioja.

Pero mamá susurró Alba, con voz quebrada.

Luzía ni la miró, avanzando hacia Sergio, que ahora parecía menos gallito:

¡Este zopenco es el del numerito en el restaurante! ¡Carmen de la Vega dijo que te mandaba lejos, y mira tú! ¿No tenías otra forma de vengarte que camelarte a mi hija?

Sergio palideció y recobró, de repente, un aire de tragediamás de zarzuela que de drama griego:

¿Se lo has contado? ¿A tu propia hija? ¿Te parece bien dejarme en ridículo así?

El tío Íñigo, al que todo se la trae al pairo, rompió el silencio con una carcajada retumbante. Golpeó la mesa y, muerto de risa, exclamó:

¡Menuda pieza te has buscado, Alba! Estuve en la cena. Casi me atraganto cuando ese muchacho soltó lo de la boda delante de todos. Pensé que era broma. ¡Ay, la vida!

Su risa contagió a los demás. Primero tímidos, luego abiertamente, hasta las primas se tapaban la cara de tanto reír. El ambiente se distendió, y donde había drama, ahora había coña. Tía Maru y las amigas de la abuela lloraban de risa mientras recogían platos de tortilla.

Alba, confusa, entre el ridículo y el alivio, fue viendo la luz: su Sergio era el patán del que se reían todos. Recordó las anécdotas, las bromas, su pose de galán, y empezó también a reír. Al principio bajito, luego cada vez más fuerte, y ya no pudo parar.

Para rematar, Sergio, totalmente derrotado, se fue a toda prisa hacia la puerta. Su teatral escena de venganza eterna había durado lo que un suspiro. Portazo, y fin de la función.

El plan maestro de vengar su orgullo a través de Alba y conquistar la familia, se había ido al fondo del Manzanares. Ahora, sería el hazmerreír eterno en los recuerdos familiares.

Íñigo, aún llorando de risa, abrazó a Alba.

Anda, cariño, que te buscamos un novio en condiciones: con salero, sentido del humor y, sobre todo, sin delirios de telenovela.

Y todos brindaron, ya sin malas caras, entre recuerdos, risas y chascarrillos de pueblo.

Alba, entre lágrimas de risa y de alivio, supo que por orgullos y venganzas no merece la pena perder la alegría. Al fin y al cabo, en su familia cualquier drama termina siendo una anécdota más o una muy buena historia para la próxima sobremesa.

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