Nadie me ha dejado más pasmada que mi exmarido.
Llevábamos ya tres meses sin vernos. La última vez fue cuando llevé a mi hija a pasar el fin de semana a su piso en Madrid. Doce semanitas y, oye, el hombre parece otro.
Años enteros he estado diciéndole que debería cuidar su línea, pero nada, él erre que erre con la dieta basada en bocatas, patatas fritas y refrescos, tumbado en el sofá viendo la tele y ni hablar de salir a dar un paseo, mucho menos ir a un gimnasio. Pues mira tú por dónde, ahora va el tío y ha puesto una colchoneta de yoga justo en medio del salón. Aparte, lleva un corte de pelo moderno y la ropa, planchadita y todo, algo inaudito para quien nunca sabía si su camiseta estaba limpia o se había independizado. ¡Que yo tardé años en explicarle cómo se pone una lavadora y, por arte de birlibirloque, ahora se maneja solo con todo eso!
Así que hablamos…
Había escuchado suficiente. Me soltó que durante el matrimonio le infravaloré y que por eso era tan pasota, pero que ahora había cambiado, que ni yo ni su hija pintábamos nada en sus nuevos planes. Resulta que tiene una nueva novia, con la que según él es más feliz que un niño con zapatos nuevos, y por la que de repente ha decidido currarse el cuerpo, la actitud y hasta la cuenta bancaria. Eso fue lo que más me dolió. Para mí y para su hija nunca movió ni un dedo, y va y cambia de arriba abajo por otra mujer.
Siempre dicen que das lo que recibes, pero mi ex nunca ha sido de esos que corresponden. Yo le quise, le respeté y sólo de vez en cuando le hacía algún comentario, porque ni él mismo pensaba que había nada que cambiar. Y nunca recibí nada de vuelta
Incluso después de separarnos, su prioridad seguía siendo él mismo, no la niña a la que lleva meses sin ver. La verdad, me gustaría que se pusiera en mi lugar aunque solo fuera un ratito, ver si se esforzaba y acababa recibiendo lo mismo que he recibido yo de él. Pero quién sabe…






