Tía, escucha lo que te voy a contar, que todavía me tiemblan las piernas de pensarlo. Le preparé a mi suegra un regalo que, vamos, en cuanto lo vea le va a dar un patatús. Y ahí lo tendrá, bien a la vista, sin atreverse a tirarlo, porque claro, ¿cómo lo va a tirar? Le va a tocar lucirlo siempre. ¡Toma ya! Que al final, todo lo malo vuelve, como decimos aquí: quien siembra vientos, recoge tempestades. ¡Maldita Araceli Ruiz, mi suegra! En todos estos quince años que llevo casada con Alberto, ni una palabra amable me ha salido de su boca. Con lo parlanchinas que son otras, aunque sea de malas maneras, pero esta, callada y con esos ojos negros que te atraviesan. Yo procuro no pasarme nunca por su casa, y si voy, es para cumplir: cinco minutos una vez al año, y listos le contaba Lucía a su amiga Carmen, con ese tonillo suyo de medio broma, medio verdad.
Carmen escuchaba y asentía, porque tampoco le hacía mucha gracia su propia suegra, doña Esperanza, la verdad sea dicha. Y aquí nos tienes, que nos habíamos montado una tarde de chicas, a la vieja usanza: cada dos semanas sí o sí, tres amigas de toda la vida, sábado por la tarde.
Lucía es peluquera, no veas el apaño; nos pone monísimas a todas. Hoy venía volando porque la esperaban clientas. Carmen, que es chef en una escuela de cocina, nos había traído una bolsa de empanadas, que Nacho, el niño de Lucía, llama delicias de mamá Carmen. La tercera era Inés, que trabaja como enfermera y hace poco se cambió de hospital. No sabíamos a cuál, y justo pensábamos preguntarle, pero se nos fue el tema a las suegras.
No la soporto, tía, y punto. Si no estuviera empezó Lucía otra vez, porque cogía carrerilla y no había quien la parara.
Y ahí fue cuando Inés, que había estado calladita, saltó y la interrumpió:
A ver, Lucía, ¿de verdad crees que así ibas a vivir mejor? le soltó con una media sonrisa.
Pues no sé, supongo se quedó Lucía pensando.
Se le vino a la cabeza esa mañana, cuando llevaba el regalo para Araceli Ruiz, envuelto en papel bonito, haciéndose la graciosa. Se lo soltó a la suegra y le dijo que lo abriera después de que ella se fuese. Así se encargaba de fastidiarle el cumpleaños. Ni más ni menos.
Oye, chicas, que me preguntabais dónde trabajo ahora saltó Inés.
Nos espabilamos las dos.
¿En una clínica privada? dijo Lucía, ya imaginándose los pagos en euros entrando a espuertas.
¡Vas a forrarte, tía! soltó Carmen entre risas.
En un hospicio respondió Inés, tan tranquila.
Se hizo silencio. Carmen, muy seria:
¿Pero por qué? Si ahí se ven cosas muy duras, Inés… ¿No te da miedo? ¿Y el sueldo?
Siempre estáis con el dinero, de verdad. Lucía, no te lo tomes a mal, pero idiota. ¿Sabes por qué? le soltó Inés con una voz que dolía.
¿Yo? ¿La idiota es mi suegra o qué? bufó Lucía.
No, tú, Lucía. Por esas cosas que haces y dices. Ni idea tienes de tu suegra, parece. ¿No te dijo nunca nada bueno? ¿Y quién vendió su piso en el centro sin rechistar para que tú y Alberto os comprarais ese pisazo al lado de la casa de tus padres? ¿Quién se fue a vivir a las afueras para ayudaros? ¿Quién se preocupó y llevó a Nacho de médico cuando estaba tan malito? Ese doctor bueno, que salvó a tu hijo, era hijo de una amiga de tu suegra. ¿Y la vez que tú, de la borrachera, dormiste en casa de un compi del insti? Si Alberto entero como es, se entera, te deja en la calle. ¿Y quién te tapó el marrón? Araceli Ruiz fue la que le mintió a su propio hijo por ti. Pero tú le pagas como se paga a la mano que te cuida y te da de comer. Anda que no he disfrutado yo de los encurtidos, las conservas y las mermeladas que hace para ti. Tú que no sabes distinguir una tomatera de una cebolla ¿Y me dices que no te demuestra cariño? Hay gente que no sabe hablar bonito, pero lo demuestra con hechos. Hay quien te lo dice todo y luego no mueve un dedo remató Inés encendida.
Gracias, eh, vaya amigas y ahora encima me llamas tonta soltó Lucía, levantándose de un salto.
Pero algo ahí dentro se le removió. Ese agujerito tenía antes ganas de venganza, de hacer daño. Ahora solo molestaba. Intentaba decirle déjalo estar, pero ya no le salía. Se sentía fatal de verdad, tanto que ni Carmen quiso bromear más. Ahí estaba, comiéndose empanadas como si le fuera la vida, y ni siquiera abrió la boca.
Lo lógico hubiera sido ofenderse, pegar un portazo y largarse. Lucía lo pensó, pero ese cosquilleo ya no la dejaba
¿Os acordáis de que yo no tengo madre, verdad? Vivo con eso ya quince años. Lo peor es marcar su número y saber que nadie contestará jamás. Sigo recargando el móvil viejo de mi madre. A veces lo pongo en una habitación, marco desde el mío y veo: Mamá. Sale también su foto. Cojo y hablo con el silencio. Me tapo con su manta y pienso que es ella quien me abraza. Me quemo de dolor por dentro, Lucía contaba Inés, y todas estábamos calladas, que nos lo tragábamos. Tienes madre y suegra, y tú, ¿qué haces? Lucía, ¿por qué te crees mejor que ella? ¿Recuerdas cuando tú la llamabas paleta? Y dime otra cosa, tú que nos peinas y nos dejas preciosas, ¿cuándo fue la última vez que le hiciste un corte o le retocaste las canas a tu suegra?
El bicho interior de Lucía se encogió tanto que casi desaparece, y solo acertó a murmurar, como si de pronto no fuera ella misma la que hablaba:
Nunca.
¿En serio? Qué fuerte, tía. Yo siempre he cuidado a la mía, que en el fondo, no es mala. Olvida lo que acabo de decir. Qué menos que invitarle a algo, hacerle un bizcocho, unas monas en Pascua Se le iluminan los ojos cuando se lo llevo todo. Esas manitas blanditas, una ricura, parece un ángel decía Carmen, sonriendo.
El gusanillo de Lucía dejó de moverse, desapareció. Ella entendió que podía irse y pasar página. Se le pasó por la cabeza la mañana de hoy Esas manos… Las de su suegra son otras, grandes y fuertes, llenas de venas; ella, con sorna, las llamaba pinzas. La carita arrugada, hasta le puso el apodo patata pocha. ¿Y qué sabía de la vida de Araceli Ruiz? Nada, en realidad.
Pero su suegra siempre estuvo cuando se la necesitaba. Alberto alguna vez le contó que tuvo dos hermanas; ambas murieron jóvenes tras estar muy enfermas, y Araceli perdió también a su marido. Trabajó como una mula, y su mayor orgullo era su hijo Alberto, el marido de Lucía. Lucía siempre lo había querido muchísimo, igual que el primer día: guapo, listo, trabajador Y así salió porque su madre le enseñó a serlo. Bastantes hombres pegan a sus mujeres, o no llevan dinero a casa, o se buscan otra. No todas tienen la suerte que tú, Lucía. ¿Por qué nunca le dijiste una cosa bonita? ¿Quién te impedía pararle un buen gesto? Bastante valiente eres para peinarnos a todas y luego a ella, nada de nada. ¿Por qué siempre de malas, por qué esa rabia constante? ¡Menuda tonta! le chillaba ya la conciencia.
Tan fuerte pensó aquello, que pegó hasta un brinco del susto.
¿Estás bien, Lucía? le preguntó Inés, acercándose preocupada.
Lucía negó con la cabeza, intentando no echarse a llorar. Todo le cayó de golpe, como una tromba de agua rompiendo un dique, a punto de desbordarse.
Quiso cambiar de tema:
¿Y tú, Inés? ¿Qué tal en el hospicio?
Sus ojos, chicas, nunca los olvidaré. A veces duele solo mirarlos. Pero en el fondo tienen luz, buen corazón, esperanza. Oigo hablar mucho de lo importante, de la vida y la muerte, de lo que a uno se le quedó por hacer. Veo a familias rotas de dolor Hace poco vino un hombre joven, exitoso, un hacha trabajando, todo el día ocupado. Su madre estaba ingresada. Ni le faltaba el dinero, ni nada, pero la madre solo quería volver al pueblo. Él nunca tenía tiempo. Cuando ella murió, el chaval lloró con desesperación: Mamá, vuelve. Vámonos al pueblo, como querías. Yo te compro lo que sea, haremos lo que tú quieras, pero no me dejes. O ese hombre mayor, militar, que venía a ver a su hija calva por la quimioterapia. Le llevaba horquillas preciosas y peines, aunque ella ya no tuviera ni un pelo. Y la hija se iluminaba de alegría. El padre decía: cuando tengas tu melena otra vez, yo mismo te hago la trenza. Y se reía con ella, aunque por dentro ya sabía que era cuestión de días. Cuando la hija murió, repartió las horquillas entre las enfermeras y me dijo: Ahora ya está con su madre, mi guapa. Ella la peinará; pronto me reuniré con mis chicas. Chicas, al final, la vida hay que vivirla con humildad y agradecimiento. Unos nos quedamos llorando sobre una tumba y otros, a pesar de tanto dolor y enfermedad, aún encuentran luz. Y luego estamos quienes nos perdemos en tonterías, rencores y orgullos y solo podemos dar las gracias que aún estamos a tiempo de enmendarlo suspiró Inés.
Carmen, abanicándose con la revista, miró sus empanadas: ni una quedaba. Pensó en llegar a casa, liar una merienda y pasar la tarde con la familia, suegros incluidos. Sin pensarlo más, mandó mensaje a su marido: Esta noche todos en casa, que se vengan tus padres. Hacemos plan de sábado.
¡Me voy volando, que tengo que organizar lo de casa! ¡Hasta luego! dijo Carmenaprovechando la ocasión y salió corriendo.
Lucía recogió sus cosas, pero con las manos temblorosas, se le cayó el bolso y salió todo rodando por el suelo. Inés le ayudaba en silencio. Se despidieron sin decir palabra.
Lucía tenía trabajo por hacer, la agenda llena Pero, no sé, algo le ardía dentro. Sabía que, en ese momento, en una casita de las afueras, su suegra miraba el regalo. Ese regalo que pensó que le haría daño, como diciéndole toma, que te acuerdes de mí y te amargues tu día. Si a ella le hicieran lo mismo, claro que le dolería y le estropearía el cumpleaños.
Así que Lucía canceló sus citas, pidió disculpas a sus clientas y se fue a casa de Araceli.
No podía localizar a Alberto, siempre con el móvil apagado. Le sudaban las manos pensando en qué pensaría él, porque al fin y al cabo, es su madre.
Ya era de noche. En la ventanita de la casa brillaba la luz. Y esa cortina de flores y la maceta de geranios en la ventana, que siempre le molestaban a Lucía, ¡de repente le parecieron tan familiares y entrañables!
Iba pensando: ¿Cómo le pido perdón? ¿Qué le digo? A lo mejor debería haber traído otro regalo Bueno, le prometo que le compraré algo bonito. Seguro que está triste. ¡Madre mía, qué desastre soy!
La puerta estaba abierta. En la mesa del salón, todo decorado y limpio, había una fuente de croquetas, una olla de cocido, sus canelones favoritos. Lucía se quedó en el marco de la puerta mirando la escena, sin atreverse a entrar. Alberto hablaba con Nacho, el pequeño le daba un abrazo mientras se inflaba a albóndigas de la abuela. Y Araceli, vestida con un vestido azul de flores y su moño de siempre, estaba junto a dos vecinas y un abuelo que supongo era otro invitado.
Mirad, qué preciosidad decía Araceli enseñando el regalo.
Prosiguió:
Esta es Lucía, la mujer de mi hijo. Nuestra nuera es como una princesa. Es guapa, tan delicada, y cuando la miro me dan ganas de cantar, de lo que me emociona. ¡Cómo le da Dios tanta belleza! Ahora la voy a tener siempre conmigo. El pintor le ha hecho un retrato Cuando lo he visto he llorado de felicidad. Es el mejor regalo que podían darme en la vida.
Lucía sintió la cara arderle de vergüenza, más roja que cuando en el cole rompió el jarrón de la abuela y le echó la bronca a su hermano menor.
El regalo estrella de cumpleaños fue un retrato. De ella misma. Porque como su suegra nunca le decía nada bueno, Lucía pensó que no la quería, que incluso la odiaba. Y por eso le regaló el cuadro: para fastidiarla. Pero nada salió como planeó.
Lucía es tan guapa que hasta me da corte hablarle. Como una muñequita de ojos grandes, con esa cara de ángel. Yo, que no sirvo ni para hablar decoroso No he sabido, ni sé. A veces, cuando la tengo en casa y se queda dormida, le arreglaba la mantita en silencio. Dios me llevó a mis hijas pequeñas, pero al final me ha dado otra, la mujer de mi Alberto, mi Lucía querida. Siempre le digo a Alberto que tiene una joya de mujer.
¡A ver cómo lo arreglas ahora, Lucía! le gritaba ya ese gusanillo interior, pero ahora con sorna y sin rencor.
No le dio tiempo a prometerle al bicho que cambiaría, que ya había aprendido. Porque en ese momento todos se percataron de su presencia. Nacho corrió a por ella, Alberto se puso en pie.
¿Tú aquí? Si no terminabas de trabajar, mamá ha dicho que viniste por la mañana a felicitarla le susurró Alberto.
He cancelado. Araceli Digo, ¿puedo empezar a llamarte mamá? ¡Felicidades! le temblaba la voz.
Lucía hubiera querido arrodillarse, como aquel hombre del que hablaba Inés, a pedir perdón por tanto rencor. Ante Araceli, esa mujer valiente, buena y fuerte.
¡Ay, hija, Lucía! Gracias por venir, con lo liada que estás. ¡Eso es quererme, sí señora! Esta es mi niña decía Araceli con esa sonrisa tan sincera.
El abuelo de la mesa le lanzó una mirada de aprobación al retrato y luego a Lucía.
Y entonces, todas empezaron a reír, a hablar, a compartir de verdad. Y Lucía se sintió la persona más rica del mundo: tenía padres, suegra, marido, hijo y un trabajo que le gustaba.
¡A la mesa, todo el mundo! iba diciendo Araceli, apurada y feliz.
Y luego, chicas, ¿queréis que os peine y os deje monísimas? ¡Lo que necesitéis, os lo hago! dijo Lucía.
Ese también era su regalo. Para todas.





