Una compañera intentó endosarme sus informes. Reenvié su petición al jefe con un “Echad una mano a María, que no logra sacarlos adelante”

Una compañera intentaba endosarme sus informes. Reenvié su petición al jefe: «Echad una mano a Carmen, no está pudiendo con todo».
Carmen llegó a nuestro departamento hace año y medio. Es una mujer agradable, pulcra, trabajadora y madre de dos hijos. Al principio, sus peticiones parecían inocentes: «Oye, me he retrasado en el ambulatorio, ¿puedes coger mi llamada?», «Tengo que recoger antes al niño de la guardería, ayúdame a subir el informe al sistema, que es darle a un par de botones». En nuestro equipo estamos muy acostumbrados a ayudar, y para mí era natural echar una mano a una compañera.
Pero hay una línea fina entre el compañerismo y que sistemáticamente te cuelen el trabajo de otro. Al cabo de unos meses, esos «dos botones» pasaron a ser bloques enteros de tareas. Carmen empezaba a escribirme a las cinco de la tarde: «Tú, como te quedas hasta las seis, podrías terminar esto que el pequeño está malo». Era una estrategia psicológica clásica: el manipulador tira de tu empatía y del sentimiento de culpa. En nuestra sociedad, la figura de la madre se respeta mucho, y durante un tiempo le funcionó, hasta que noté que mis energías se agotaban.
Carmen fue creando a su alrededor una imagen de mujer siempre con prisas, luchadora, que se enfrenta sola a todo, trabajo y familia. La realidad era sencilla: cobramos lo mismo, solo que yo tenía mis tardes libres y ella había conseguido que parte de su trabajo acabara siempre en mi mesa. La primera vez que, con suavidad, le dije que estaba ocupada y no podía ayudarla, me topé con pasiva agresividad: «Como tú no tienes hijos, no sabes lo que es que te falte el tiempo para todo». Era la típica trampa: negarte el derecho a cansarte, dando a entender que tus motivos valen menos.
El colmo llegó al cierre del trimestre. Teníamos que entregar unas tablas de ventas complicadas, que exigían máxima concentración. A las 16:45 Carmen me envió los datos en bruto, con este mensaje: «El festival del cole lo han cambiado de hora y me tengo que ir. ¿Puedes terminarlo tú? Que eres una crack y no te lleva ni un cuarto de hora. A mí me es imposible, que el niño no sé con quién dejarle. Mañana te lo agradezco». Ahí tuve claro que, si accedía, aceptaría que mi tiempo libre ya no era mío, y que la situación se eternizaría. Pero tampoco quería iniciar una guerra de indirectas, así que opté por alejarlo de lo personal y llevarlo al terreno profesional.
No escribí ningún reproche. Simplemente reenvié el correo a nuestro jefe, Alejandro Martín, sin una pizca de nerviosismo: «Hola, Alejandro, te reenvío esto de Carmen. Por motivos familiares tiene que irse antes habitualmente y está dejando parte de su carga de trabajo a otros compañeros. Quizás convendría revisar sus tareas o plantearle reducir la jornada temporalmente para que pueda encargarse de su familia sin comprometer la gestión del departamento. Hoy no puedo asumir más carga sin que se resienta mi propio trabajo».
Me costó mucho darle al botón de «enviar»: el temor al qué dirán, si pensarán que soy una chivata. Pero estaba harta de hacer el trabajo de otra persona.
La reacción fue inmediata. Alejandro no tenía ni idea de que parte del trabajo de Carmen lo asumía yo, y le sorprendió. Al día siguiente Carmen fue llamada al despacho. No sé de qué hablaron, pero salió pálida y en silencio. No volvió a pedirme que terminara sus cosas ni que supliera sus ausencias.
Muchos dirán: «Hay que ser comprensiva, los niños son lo primero». Y es cierto, pero ser buena persona dándole tu esfuerzo a quien lo exige no es solidaridad, es explotación. Quien realmente pasa apuros lo habla con el jefe y busca soluciones: teletrabajo, adaptación horaria o reducción de jornada. No sobrecarga a los compañeros a escondidas.
No lo hice por venganza; simplemente establecí mis límites. En cualquier oficina, si asumes en silencio el trabajo de otro, das a entender que lo aceptas y que puede seguir haciéndolo. Desde entonces, Carmen ya no insiste, nuestras relaciones son corteses y al departamento le va igual de bien. Resulta que, cuando quiere, Carmen se apaña sola perfectamente, sin necesidad de pasar su tarea a los demás.

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¿No quieres vivir bajo mis normas? ¡Pues lárgate!” – exigió mi suegra durante la cena familiar