Hace ya muchos años, cuando pienso en aquellos días, vuelvo a verme cruzando el umbral de un edificio señorial de la calle Alcalá, en Madrid. Había pasado veinte largos años en la misma empresa, llevando el control de los documentos, respondiendo llamadas, sonriendo a visitantes poco merecedores de mi amabilidad y preparando café para los jefes con tanta destreza, que en una ocasión casi me ascendieron a encargada de la cafetería. A pesar de todo, fui una de las primeras en ser despedida por el último ajuste de plantilla. Así es la vida, ¿quién iba a decirlo?
Así me encontré, por primera vez en dos décadas, en camino a una entrevista de trabajo.
Recuerdo mi reflejo en el espejo del recibidor la mañana de aquel día: el traje bien planchado, el peinado correcto, el rostro no se pueden esconder cuarenta y seis años aún mostraba entereza. Me repetí una y otra vez: “No te pongas nerviosa. Solo es un trabajo. Una mesa nueva, otro teléfono, otro jefe.”
Mi amiga Carmen quiso acompañarme. En el ascensor de su edificio, antes de separarnos, me animó como sólo una amiga sabe hacerlo:
Sé valiente, Elena me decía. Veinte años de experiencia no son poca cosa.
Veinte años, y aún así me han echado respondía yo, y no lograba encontrar consuelo.
Pues todo eso es experiencia que nadie te quita.
Carmen, anda, vete a trabajar tú ya le dije, intentando sonreír.
El edificio al que iba estaba en una pequeña travesía escondida detrás de la Gran Vía: cuatro plantas, columnas, puertas de cristal y un vigilante trajeado. Inspiré hondo, cuadré los hombros y entré, tratando de parecer más segura de lo que me sentía.
La recepcionista, rubia y atenta, me indicó el despacho al que debía ir:
El director le espera en el despacho doscientos dos, en la tercera planta.
El pasillo era silencioso. Recuerdo que mi corazón latía con fuerza mientras veía la placa dorada sobre la puerta. Llamé y entré.
Y de pronto el tiempo se detuvo: sentado tras la mesa, con el rostro apenas envejecido y el pelo ya salpicado de canas, estaba Alberto.
Mi exmarido. Ese mismo al que un día le quité una astilla del dedo, alimenté con empanadillas en época de exámenes y a quien llegué a perdonar algo que ninguna mujer debería perdonar. El mismo por quien no dormí bien tres años.
Nos miramos. Ni un saludo, ni una sonrisa, solo el peso de los recuerdos. Aquello duró unos segundos interminables; ese tipo de pausa tras la que solo hay dos opciones: o te marchas, o te quedas. No hay término medio.
“Pues sí que tiene sentido del humor el destino”, pensé para mis adentros, algo atónita y, a la vez, serena.
Lo que de verdad dolía era ver lo bien que estaba Alberto. En mis pensamientos de los últimos años, cuando imaginaba este encuentro, lo veía desaliñado, encorvado, con barriga y aspecto cansado. Algo tendría que haberle pasado, después de cómo logró herirme.
Pero no: allí estaba, traje impecable, sonrisa tranquila, como alguien que hace tiempo cerró un trato con su conciencia. En la mesa, su portátil, una agenda y, curioso detalle, un pequeño cactus. Como símbolo, pensaba yo. Qué ironía.
Elena dijo, así, sin el formalismo de la educación española, ni un “señora Gutiérrez”, ni tan siquiera un “buenos días”. Como si nos hubiéramos despedido anoche tras cenar.
Hola, Alberto contesté yo.
Me indicó la silla de enfrente y me senté, sujetando el bolso en las rodillas, como si necesitara aferrarme a algo concreto.
Tengo aquí tu currículum comentó, señalando la mesa. Ya lo he revisado.
Perfecto.
Veinte años en la secretaría. Es una trayectoria importante.
Sí.
Mantenía un tono profesional. Miraba de lado, ligeramente apartado, ni siquiera a los ojos, como hacen aquellos que lo comprenden todo, pero prefieren fingir que no.
“Bien, vamos a fingir todos que esto es solo trabajo. Que comience el teatro”, pensé.
Cuéntame, por favor, sobre tu último puesto pidió él.
Y ahí empezó el baile.
Le expliqué todo con calma y precisión: funciones, tareas, volumen de trabajo, programas que manejaba, personal a mi cargo. Pero dentro de mí resonaba otra conversación muy distinta.
Ahí estaba, el hombre que me había dicho: “no me entiendes”, y se marchó con Marisa, la contable.
¿Qué aplicaciones utilizabas?
Respondí. Y mientras, pensaba: este mismo hombre fue por quien estuve meses sin poder comer ni dormir con normalidad.
¿Llevabas la organización de reuniones con socios?
Sí, reuniones de coordinación de contratos y encuentros de dirección.
Ahí sentado, trajeado, serio. Todo esto era la vida, con su ironía casi cruel.
Afuera, la travesía tranquila, hojas sobre el suelo, un octubre como tantos otros. Pero dentro de ese despacho estaban ocho años de divorcio, juicios por pisos, llamadas mudas de noches en las que Carmen era mi único ancla.
Y él, con un cactus.
¿Por qué dejaste tu anterior trabajo? quiso saber. Voz neutra, profesionalidad absoluta.
Recorte de personal. Disolvieron el departamento.
Entiendo. ¿Trabajabas bien con la dirección?
Sí, tenía trato directo con la gerencia y la junta de directores.
¿Sabes manejar la confidencialidad?
Por supuesto.
Finalmente, Alberto me miró. Nos sostuvimos la mirada. Aquel fue un silencio grande, pero ya sin rencor.
Bien dijo finalmente, dejando la pluma sobre la mesa. ¿Te parecería que continuáramos la conversación tomando un café? En un ambiente menos formal.
Algo en mi interior se tensó. No era miedo; era otra cosa, tal vez intuición de que ahí empezaba otro tipo de charla para la que debía estar preparada.
No tengo inconveniente dije con calma.
Alberto se levantó, fue hasta la cafetera junto a la ventana y, de espaldas, comencé a notar que iba a decir algo importante, algo quizás incómodo, algo que en realidad justificaba la invitación al café.
La máquina bufó y el café comenzó a salir.
Estás muy bien dijo de pronto, sin mirarme, usando el “tú” tan español y familiar.
Guardé silencio.
Puso ante mí una taza y volvió a sentarse.
Lo digo de verdad.
Le miré un instante. Luego al café.
Gracias respondí con neutralidad.
Hubo una pausa.
Elena, quiero decirte algo. No como director, sino como alguien que te conoce de verdad.
“Esto sí que es nuevo”, pensé. Peligroso, incluso. Es como cuando el capitán de navío sale de su camarote con una expresión de quien va a decir algo importante, pero no estrictamente necesario.
Me alegro de que hayas venido aquí dijo.
Fue casualidad respondí.
Puede ser dibujó una pequeña sonrisa. Pero me alegro, y sinceramente. Busco una profesional y eso es evidente en ti.
Está bien.
Sin embargo, quisiera hizo una pausa, eligiendo bien las palabras, como de quien cruza un estanque de hielo fino. Quiero que haya claridad. Que sepamos a qué venimos, ambos. Sin historias pasadas. Un folio en blanco, por así decirlo.
Ahí estaba.
Depositando la taza en la mesa, respiré hondo.
“¿Folio en blanco?” Ocho años y ¿folio en blanco? Un divorcio, un juicio, noches enteras sin comer… ¿Todo eso también es folio limpio?
Guardé silencio. Dos segundos medidos, mirándole con calma, como quien evalúa un objeto antes de quedárselo o dejarlo.
Alberto dije, ¿lo que me propones es que acepte el trabajo siempre y cuando haga como si aquí no hubiese pasado nada?
Una ceja suya se movió apenas.
Te propongo empezar de cero. No es lo mismo.
No, Alberto, es exactamente lo mismo.
Silencio. El cactus erguido, indiferente.
Verás, seguí, no pienso hablar de lo viejo. No me interesa recordar, ni gastarme en ello. Pero tampoco voy a fingir que nunca existió. Porque fue mi vida. No una página para pasar sin mirar.
Alberto bajó la mirada.
Yo vine aquí para una entrevista. Si lo que buscas es una responsable administrativa con veinte años de experiencia, aquí me tienes. Si buscas a quien simule que hace ocho años no sucedió nada, no soy esa persona.
Di un sorbo al café. Tenía buen sabor, y lo aprecié con el desapego de quien observa el mundo desde una distancia segura.
Él permaneció callado, mirándome como nunca antes, y ahí detecté, por fin, respeto.
Has cambiado dijo.
Ocho años, Alberto le recordé.
Se levantó, fue hasta la ventana y contempló la calle. Cuando volvió a hablar, la voz le tembló apenas.
Elena. Sé que me equivoqué. Aquello no fue un folio en blanco. Tienes razón. Pasó, y yo obré mal.
Aquello no me lo esperaba. Ni en mis sueños más extraños imaginé a Alberto reconociendo su error sin esquivas ni retórica; es más, nunca contemplé esa opción.
Alegra escucharlo musité tras unos segundos. Aunque es tarde.
Lo sé admitió, asintiendo.
En el despacho reinó una calma tranquila. Después de tanto hablar, a veces lo único que queda es el silencio.
Respecto al puesto añadió, con formalidad renovada, quiero ofrecerte la jefatura del departamento administrativo. Por encima de secretaría. Condiciones dignas. Tú decides.
Callé un momento.
Lo pensaré dije.
De acuerdo.
Me levanté y recogí el bolso. Él también se puso en pie, ahora sin la impostura de director.
Elena dijo, cuando ya estaba en la puerta.
Me giré.
Gracias por no marcharte al verme.
Reflexioné un segundo antes de responder:
Ni yo misma pensé que me quedaría admití con sinceridad.
Al salir al pasillo me detuve unos instantes frente a la placa de la puerta, respirando hondo.
Afuera, Carmen me esperaba con un vaso de café de máquina, leyó en mi cara más que en mis palabras:
¿Y bien?
Me han ofrecido un puesto le conté.
¿Bueno?
Sí. Jefatura administrativa.
Vaya hizo una pausa. ¿Quién es el director?
Alberto.
Se quedó helada, mirándome.
¿Alberto? ¿El tuyo?
El ex puntualicé.
¿Y qué harás?
Le he dicho que lo pensaré.
Bebí un sorbo. El café de máquina era flojo, pero tenía algo familiar, algo de refugio en él.
Caminamos juntas por la travesía. Las hojas crujían bajo nuestros pies, y el sol de otoño apenas calentaba, simplemente estaba allí.
Pero ahora es mi decisión, no la suya dije al fin, con una pequeña sonrisa. Solo mía. Exactamente.







