Un lugar deshabitado

– Has llegado a ser como un vacío, Paloma. ¿Lo entiendes? Un vacío. Un lugar vacío.

Lo dice con voz plana, casi sin emociones, como si estuviera recitando la lista de la compra. Está de espaldas, mirando por la ventana al patio interior. Allí, un vecino pasea un perro, un pequeño teckel rojizo, que tira alegremente de la correa hacia un charco.

Paloma Fernández se sienta en el sofá con una taza de té entre las manos. El té lleva frío veinte minutos, pero sigue sujetando la taza porque no sabe qué hacer con las manos.

¿Qué quieres decir? pregunta, apenas susurrando.

Eso mismo responde Javier, finalmente girándose. Tiene una expresión de aburrimiento, casi de cansancio, como quien se ve obligado a explicar lo obvio. Te miro y no veo nada. Solo vacío. Todo gris. Caminas, cocinas, duermes. Eres como un mueble, Paloma. Un buen mueble, pero no dejas de ser eso, mobiliario.

Paloma deposita la taza sobre la mesa. La porcelana emite un leve tintineo sobre la superficie de madera.

Diez años dice ella.

¿Qué pasa con “diez años”?

Que llevamos diez años juntos.

¿Y qué? Él se encoge de hombros, atraviesa el salón y se sienta frente a ella, en el sillón. Diez años. Suficiente para saber que seguir así no tiene sentido. No quiero seguir viviendo así. Quiero hace una pausa, busca palabras. Quiero sentir algo. Y tú no me haces sentir. No me inspiras. Es como si no estuvieras, aunque estés aquí sentada.

Paloma nota cómo, dentro de sí, algo firme y testarudo empieza a doblarse muy despacio.

¿Y a dónde se supone que debo ir, Javi?

Eso ya no es asunto mío dice él, cruzando las piernas. El piso, ya sabes, está a nombre de mi madre. Así que legalmente, aquí tú no eres nadie. No te apures, pero… ¿con una semana tendrás suficiente? Busca algo.

Una semana, sí… responde ella casi en automático.

Pues eso Javier coge el móvil de la mesa y se pone a mirar la pantalla. Por su actitud, la conversación ha terminado.

Paloma se levanta, va al dormitorio, cierra la puerta tras de sí. Se tumba encima de la colcha y mira al techo. El techo es blanco, con una manchita en la esquina que hace dos años pensaba que iba a pintar y nunca pintó.

Al otro lado, la tele suena bajito. Javier se entretiene.

Ella no llora. Solo permanece tumbada, mirando el techo blanco con un punto. Dentro de ella todo es muy silencioso, como queda el silencio en una casa justo tras romperse un cristal.

***

La semana pasa como en una niebla espesa. Javier apenas está en casa; llega tarde, sale temprano. No hay conversación. Paloma hace su equipaje, y se asombra de lo sencillo que resulta: apenas tiene cosas propias. Algunos vestidos, un abrigo, una caja con fotos antiguas, y unas revistas de costura que guarda por inercia aunque nunca las abra.

Las revistas decide dejarlas, luego vuelve atrás y las mete en la bolsa.

Llama a su tía segunda por parte materna, tía Ramona, a la que vio por última vez en el entierro de su madre hace siete años. Tía Ramona la escucha en silencio y cuando termina dice:

Vente. Tengo un cuarto pequeño, pero algo es. Te quedas hasta que te apañes.

Tía Ramona vive en el Barrio del Pilar, en las afueras de Madrid, donde el autobús pasa cada hora y el súper “Ahorra Más” es el único en tres manzanas. Paloma nunca fue fan del barrio; bloques de cinco plantas, fachadas deslucidas, alerones desconchados, álamos llenando de pelusas el aire cada primavera.

Llega el viernes por la tarde con dos bolsas y una maleta.

Vaya, hija, ¡cómo has adelgazado! exclama tía Ramona al abrir. Anda, pasa. ¿Quieres cenar?

No, gracias, tía Ramona.

Debes comer algo responde ella tajante, dirigiéndose a la cocina.

La habitación es pequeña, con un sofá-cama estrecho, un armario antiguo y una ventana que da a un muro de ladrillo. El papel de la pared se ha desteñido hasta un color indefinible, que imagina fue azul. En el alféizar, tres macetas de geranios, vivos y rojos.

Paloma deja las bolsas, se sienta en el sofá. Los muelles chirrían levemente.

¿Quieres un té? viene la voz de Ramona desde la cocina.

Sí, por favor.

Y solo entonces, en ese cuarto pequeño de geranios y paredes desvaídas, Paloma se echa a llorar.

***

Luego viene una temporada larga y triste.

Despertarse sin ganas de levantarse porque no hay ningún motivo. Se despierta temprano, oye a tía Ramona ir y venir, el tintineo de la tetera, los frenazos de los pocos coches en la calle. Se asea, va a la cocina, bebe el té mirando al muro.

Tía Ramona, de natural serena, no hace preguntas, no da consejos, no dice ya pasará ni encontrarás algo mejor. Simplemente pone un plato de cocido delante, cede su mando de la tele y a veces, por la tarde, saca una baraja de cartas:

¿Echamos una partida?

Y juegan, casi siempre en silencio.

Paloma tiene algo de dinero, poco. Saca todo lo que tiene en la cuenta: cuatrocientos euros. Da para vivir tranquila un mes y poco, siempre y cuando no se dé lujos. No se los da.

Sigue trabajando: llevaba años siendo auxiliar contable en una empresa de reformas, y no ha perdido el puesto. Va tres días por semana a la oficina, en el centro. Cobra seiscientos cincuenta euros al mes. De eso vive y paga a su tía una pequeña cantidad por el cuarto, que Ramona no quiere aceptar; Paloma le deja un sobre en la mesa de la cocina y asunto resuelto.

Por las noches, es siempre peor. Los pensamientos dan vueltas en círculo: diez años, que no son pocos. Diez años de desayunos, cenas, enfermedades, fiestas, navidades, vacaciones, peleas y reconciliaciones. Él la miraba y solo veía vacío. Así que, tal vez, ella también lo era: un vacío. Tal vez algo murió y no se dieron cuenta. O ambos.

A veces, Paloma revisa el móvil, sube en la conversación de WhatsApp hacia mensajes de otros tiempos. Fotos en Cádiz, hace tres años: se abrazan, sonríen. No recuerda de qué se reían.

En estas noches se acuesta temprano, se tapa la cabeza.

Una vez, tía Ramona se asoma:

¿Ya duermes, Paloma?

No.

Te oigo. Hace una pausa. ¿Tienes hambre?

No.

Bueno, tú sabrás. Otra pausa. Mira, yo también eché de casa a mi marido, hace siglos. Creí morirme de pena. No me morí.

La puerta. Ramona se va.

Paloma piensa: casi cincuenta años, Paloma. Empieza de cero. Como si fuera sencillo.

***

Al comenzar el segundo mes, encuentra la máquina de coser.

Tía Ramona le ha pedido que limpie el altillo del pasillo: quince años acumulando por si acaso. Paloma acepta, necesita ocupar las manos.

Saca revistas Labores del Hogar, paraguas rotos, cajas de botones, frascos vacíos de colonia, postales de Navidad con mensajes desvaídos. Más al fondo, palpa algo pesado, envuelto en una sábana.

Desenvuelve.

Es una máquina de coser antigua, negra, con dibujos dorados y la palabra Luz grabada en el frontal.

¡Tía Ramona! llama Paloma.

Ramona aparece, aún con el paño al hombro.

¡Uy, la “Luz”! Era de la hermana de mi madre, tía Eugenia. Ni me acordaba de ella. ¿Funcionará? Hace siglos que nadie la toca.

¿Puedo probar?

Ramona la observa con una atención especial.

¿Tú sabes?

Hace mucho, sí.

Pues adelante.

Paloma arrastra la máquina a su cuarto, la pone sobre la mesa junto a la ventana. La limpia, retira trozos de tela de un trabajo anterior atascados en la canilla quizá desde hace décadas. Entre los cachivaches de tía Ramona encuentra hilos, agujas, una cinta métrica, unas tijeras viejas.

Hay una aceitera. Compra aceite nuevo y engrasa lo que puede, limpia la cremallera, hace girar la rueda poco a poco. Al principio va dura, luego fluye.

Paloma pasa horas con la máquina. Aprende de nuevo la lanzadera. Enhebra la aguja.

Coloca un trozo de tela vieja bajo el prensatelas, pisa el pedal.

La máquina cobra vida, cose con un ritmo metálico y regular. Paloma siente algo semejante a hormigueo en el corazón: un dolor ligero, pero a la vez vida.

Levanta la tela. La costura, casi perfecta.

En un rincón en su memoria, algo se ilumina.

***

A los dieciocho años, Paloma siempre estaba cosiendo cosas: reciclaba faldas de los vestidos de su madre, fabricaba blusas con retales comprados en el mercadillo. En el taller enfrente del instituto trabajaba doña Isabel, una modista curtida de dedos callosos; Paloma iba allí a mirar cómo cortaba, cómo remataba los dobladillos. Doña Isabel le explicaba los trucos, porque veía que la chica tenía ojo.

Luego vino la universidad, luego Javier, luego la boda y la rutina, arrolladora. Vendió la máquina que compró con su primer sueldo cuando se mudó con Javier: él decía que ocupaba espacio, el piso era pequeño. Ella tampoco se opuso; pensó que ahora tenía otras prioridades.

Fueron pasando los años y casi ni recordó el coser, salvo quizá al ver un vestido bonito en un escaparate y pensar: podría hacer yo uno igual”. Pero solo pensarlo.

Ahora, sentada en la pequeña habitación, la Luz cantando recto, durante un rato deja de pensar en Javier.

Al día siguiente va al mercadillo. No al centro comercial, sino al mercadillo tradicional, entre toldos, rollos de telas, trato en metálico.

Toca las telas: lino, crepé, viscosa, lana. Se detiene ante una pieza de viscosa azul grisácea.

¿Cuánto hay de esto? pregunta.

Cuatro metros y medio.

Me la llevo.

La dependienta corta el trozo y lo entrega.

¿Para qué es?

Un vestido.

Nota que lo dice segura, sin dudar.

***

En casa, Paloma extiende la tela en el suelo, dibuja su propio patrón, se apoya en una vieja revista encontrada entre los trastos de Ramona. El modelo es sencillo: silueta recta, cinturón, cuello Mao, manga francesa. Nada ostentoso, simplemente bonito.

Tía Ramona observa y calla, solo una vez acerca una taza de té.

Gracias murmura Paloma.

Has elegido un color precioso dice Ramona.

Paloma agarra unas tijeras nuevas; se lanza, y al primer corte el miedo desaparece.

Cose durante tres días, por las tardes. Se lo toma con calma: primero los laterales, luego la cremallera trasera, el cuello, las mangas que costaron un poco más.

Cuando encuentra un problema, para y piensa. Descose si hace falta. La Luz cose sin protestar. Durante esas horas deja de pensar en Javier, solo existe la tela.

La última noche, termina la costura, remata hilos, plancha las costuras. Cuelga el vestido de una percha, da un paso atrás.

Buen vestido.

Sencillo, azul grisáceo, de líneas suaves. El cinturón resalta la cintura, el cuello es discreto y elegante.

Lo prueba.

En el único espejo grande, el del pasillo de Ramona, se mira largo rato.

En el espejo ve a una mujer. No “nada”, no “mueble”, sino una mujer de casi cincuenta años, morena, recogido sencillo, espalda recta, una mirada donde, poco a poco, parece prender algo nuevo.

Le sienta bien, muy bien.

¡Paloma! llama Ramona. Ven a enseñar qué tal.

Paloma va a la cocina.

Ramona se vuelve desde los fogones, la mira en silencio unos segundos.

Ahora sí dice. Eso ya es otra cosa.

Se da la vuelta al puchero, pero Paloma ve cómo sonríe.

Vuelve a su cuarto, sentado en el sofá, acaricia la tela. Siente cómo, dentro, lo que se dobló aquella primera noche, se endereza un poco.

***

Sale a la calle con el vestido el sábado siguiente.

Solo da un paseo. Ramona le pide que vaya a la farmacia a por la medicación del corazón. Paloma se pone el vestido, un chaquetón claro, y sale.

En la calle hace buen día. Principios de octubre, aire seco y claro. Los plátanos de sombra ya amarillean.

Camina despacio, nota que sus pasos son distintos; ya no va corriendo ni esquivando la mirada. Observa: un gato observa desde una ventana, una vecina en el banco teje algo azul, un niño arrastra a su madre a un charco.

La farmacia está a un par de manzanas. Junto a la farmacia hay una cafetería, “El Rincón”, con un cartel de “bollería recién hecha y café”.

Decide entrar. Pide un café con leche y un croissant, porque hoy puede.

Hay cinco mesas. En la mesa del fondo una señora de unos sesenta años, elegante, pelo corto y blanco, disfruta su café leyendo el móvil. Trasluce seguridad, como las personas curtidas en la vida.

Paloma se sienta cerca de la ventana.

Pasan diez minutos. Bebe el café, mira la calle. Se siente, simplemente, bien.

Perdone.

La señora de pelo blanco se le acerca.

No quiero importunar, pero me encanta su vestido. ¿Dónde lo ha comprado? pregunta.

Paloma vacila.

Lo he cosido yo misma.

La señora se interesa aún más.

¿De verdad? ¿Es costurera?

No. Solo sé coser. Antes lo hacía, ahora he vuelto.

Ese diseño la mujer examina el vestido con ojo profesional. Parece sencillo, pero bien hecho. Se nota en la caída de la tela. Yo trabajé años en un taller de arreglos. Algo sé.

Gracias dice Paloma, sin saber qué añadir.

Me llamo Margarita dice la señora. Permítame que le pregunte algo, y si le parece raro, dígame que no. Dentro de tres semanas es mi cumpleaños. Cumplo sesenta y cinco. Quiero estar bien ese día, pero no encuentro vestido a mi gusto. O van de mayor, o para jóvenes. Uno así, como el suyo, es justo lo que busco. ¿Podría hacérmelo?

Paloma nota que, dentro de sí, algo se mueve.

Sí, puedo responde.

***

Margarita vuelve dos días después, con una tela de crepé color burdeos, preciosa, que ha comprado en un buen almacén. Paloma toma medidas en el comedor, apunta en una libreta. Dibujan juntas varios bocetos, hasta que Margarita elige un modelo: de vuelo discreto, manga francesa, escote pico muy sutil.

Este, sin duda dice Margarita.

Perfecto. Dos semanas lo tendrá.

¿Cuánto le debo?

Paloma titubea; no tenía pensado cobrar.

No sé admite.

Pues yo se lo digo: eso en un taller cuesta tanto y le dice una cifra. Le pagaré eso, porque lo vale.

Es lo mismo que Paloma gana dos semanas en la gestoría.

De acuerdo.

Cuando Margarita se marcha, Ramona sale de la cocina:

Lo he oído. Buen precio.

Sí.

Tú cose, Paloma. Se te da bien.

Paloma pregunta:

Tía Ramona, ¿por qué me acogiste en tu casa? Apenas nos conocíamos.

Ramona se lo piensa.

Porque eres hija de Lucía. Y Lucía me ayudó a mí hace mucho. Hay que pagar las deudas.

Vuelve a la cocina.

Paloma se asoma a la ventana. El mismo muro de ladrillo. Pero ahora ve, donde nunca se había fijado, un grafiti azul de flores trepando hacia arriba.

***

Coser el vestido de Margarita es una experiencia nueva. Coser para otro. Eso pesa. Paloma lo nota cada vez que coge la tela.

Se toma su tiempo, piensa dos veces cada corte. La tela es buena, cara, no admite errores. Cuando tiene que recortar, lo hace sin vacilar. Cose recto, remata cada costura con esmero.

Cuando Margarita viene a probar, Paloma ve al instante en su cara la alegría.

¡Madre mía! dice Margarita mirándose al espejo del pasillo. ¡Es otra yo!

No quiere quitárselo.

Le diré algo dice, mientras Paloma ajusta un alfiler en el bajo. Mi amiga Consuelo busca vestido para su aniversario también. ¿Le puedo dar su contacto?

Por supuesto.

Y mi nuera se casa el año que viene, necesita vestido elegante, no de boda. ¿Se atreve?

Por supuesto.

Margarita asiente como si lo hubiera esperado.

***

Los dos meses siguientes son un torbellino, pero un torbellino maravilloso.

Consuelo llega pidiendo un conjunto. Luego una mujer enviada por Consuelo pide una blusa y una falda. Luego una joven, vecina de Margarita, encarga un vestido de noche. Paloma cose, la chica cuelga la foto en Instagram y llegan más encargos.

La habitación de Ramona queda pequeña. Hay telas por todas partes, la máquina Luz funciona a todas horas.

Ramona nunca se queja. Una mañana, viendo una tela enorme extendida por el suelo, sólo dice:

Necesitas un lugar más grande.

Lo sé contesta Paloma. Aquí no puedo.

Ya lo venía pensando. Ahora tiene dinero: más, incluso, que en seis meses en la gestoría. Y los pedidos siguen.

Busca local en el centro: ve dos que no convencen, el tercero sí: en un antiguo edificio restaurado, gran ventana orientada al sur, techos altos, suelo de madera. Pero cuesta dinero.

Hace cálculos: alquiler, máquina profesional, remalladora, mesa de corte… todo lo que ganó y algo más.

Llama a Margarita.

Margarita, necesito consejo.

Cuenta la situación. Margarita escucha y responde:

Cógelo. Yo te adelanto lo que te falte, sin intereses. Me lo devuelves cuando puedas.

No puedo aceptar eso…

Paloma, tú me has hecho el mejor vestido de mi vida. Déjame devolver el favor. Esto no es caridad, es ayuda entre gente.

Paloma calla.

Y además, ya tengo cuatro amigas esperando cita, así que me interesa tu taller ¡Que no se diga!

***

Paloma abre el taller a inicios de diciembre.

Transporta la Luz, aunque ya apenas la usa: la profesional es más rápida y precisa. Pero deja la antigua junto a la ventana, casi como un talismán.

El taller es luminoso y tranquilo: mesa de corte, dos puestos de trabajo, estanterías con telas y botones, gran espejo. Cuelga algunos bocetos enmarcados. Ramona pasa a verlo y tras recorrer la sala dice:

Sí, esto está muy bien.

Tía Ramona le toma la mano, voy a pagarte lo del cuarto.

Saca el sobre. Ramona intenta negarse.

No hace falta, hija…

Hace falta. Yo he hecho cuentas.

Ramona acepta y se encoge de hombros.

Pues con eso me compro un frigorífico nuevo, que el viejo suena como una lavadora.

Vamos a por uno dice Paloma.

Van a una tienda, escogen un buen frigorífico plateado. Ramona está tan feliz que Paloma sabe que todo se ha hecho como debía.

***

Diciembre trae muchos pedidos. Todos quieren vestidos para Nochevieja, blusas, conjuntos. Paloma trabaja mucho, a veces hasta las nueve, con una taza de té y el ronroneo de la máquina.

En enero hay menos movimiento. Contrata una ayudanta, Alba, joven, que cose bien pero aún no sabe cortar patrones. Paloma se los enseña; le gusta transmitir el oficio.

Deja la gestoría. Se lo comunica al jefe, que le pide quedarse hasta abril; acepta.

En marzo una desconocida le llama: quiere clases de costura.

Pero yo no soy profesora responde Paloma.

Pero sabe hacerlo, y me han hablado bien de usted.

Venga, probamos.

Empieza una clase, luego otra, luego un grupito. Se adapta; tiene su sitio en la agenda.

En primavera se muda: alquila un piso modesto cerca del taller, una habitación, cocina luminosa. Las paredes blancas, sin manchas. Lleva sus cosas, pone cortinas hechas por ella.

La primera noche, con el té en mano, mira al parque desde la ventana. Es su piso. Aún no se siente suyo del todo, pero lo será.

***

El reencuentro con Javier llega a finales de mayo.

Vuelve del taller, pasea despacio por el parque, huele a lilas y los árboles brillan al atardecer. Lleva la bolsa con muestras de telas para revisar en casa.

Le ve venir de frente, lo reconoce al instante. Delgadez, chaqueta holgada, el andar ya no es el que recordaba.

Él también la ve. Se detiene.

Paloma sigue caminando. A unos pasos, él dice:

Paloma.

Ella se detiene.

Hola, Javi.

Él la mira, la expresión es otra, como desorientada.

Estás muy bien.

Gracias.

Silencio. Manos en los bolsillos, la mirada baja.

¿A dónde vas?

A casa.

¿Vives cerca?

Sí.

Otra pausa. Una madre pasa con carrito, rompe el momento.

Paloma, yo… titubea. ¿Podemos hablar un rato? Solo hablar.

Ella le mira fijamente. Tiene el rostro cansado, no de trabajar, sino de no tener suerte.

Vamos a ese banco dice ella.

Se sientan. Javier mira sus propias manos.

No sé cómo empezar.

Tal cual venga dice ella. Sin dureza.

Ella me dejó dice tras un rato. Aquella por la que… en fin, se fue. Hace medio año. Que soy aburrido, que no aspiro a nada. Su risa es amarga. ¿Entiendes la ironía?

Sí.

Ahora vivo en casa de mi madre. El trabajo, mal, la empresa cerró. Todo se ha desmoronado. Pienso mucho que me equivoqué. Que hice una gran tontería, Paloma.

Ella escucha. No interrumpe.

Contigo no supe valorarlo. Tú siempre estabas. Lo hacías todo. Y yo buscaba algo, ni sabía qué. Te llamé vacío. Frunce el gesto. No lo puedo justificar. Pero quiero que sepas que lo pienso mucho.

Paloma mira los árboles. Huele a césped cortado y algo a barbacoa.

Javi, no tienes culpa de dejar de querer. Eso sucede. Se deja de querer.

Él calla.

La culpa fue en cómo lo dijiste. Vacío, mueble, vete. Eso fue cruel. No porque seas mala persona, simplemente cruel, y tardé mucho en olvidarlo.

Lo sé musita.

Pero también me hiciste un favor con eso.

Él la observa.

Me empujaste lo dice serena. Me dio miedo. Salí con dos bolsas y cuatrocientos euros, sin saber qué hacer. Viví con mi tía como una huérfana, lloré cada noche. Fue terrible.

Paloma…

Déjame terminar. No para herirte, solo para decir la verdad. Allí encontré la máquina de coser y recordé que me gustaba. Empecé a coser, primero para mí, luego para otras. Ahora tengo taller propio en el centro, Javi. Desde hace medio año. La gente viene, me gusta lo que hago.

Él la mira con una expresión muy nueva.

Si no me hubieras echado, quizá seguiría igual. Sin conocerme. No digo que hiciste bien, solo que las cosas fueron así.

¿Y tú… no me guardas rencor?

Paloma piensa.

No tengo rencor. Que no es lo mismo que volver atrás. No quiero volver, no por venganza, sino porque ahora vivo mi vida. La mía, ¿entiendes? Quizá por primera vez.

Él mira al suelo.

Podríamos…

No interrumpe, suave pero firme. No, Javi.

El silencio se alarga. Ligeramente, no pesado.

¿Cómo está Ramona? pregunta él. Sabe de ella, en otro tiempo.

Bien. Le compré un frigorífico. Voy a verla los domingos, jugamos a las cartas.

Javier sonríe, y la sonrisa sí es pura.

Siempre fuiste buena persona, Paloma.

Tú tampoco eres malo dice ella. Solo que ya no coincidíamos. Quizá llevábamos tiempo sin coincidir.

Se levanta, recoge la bolsa.

¿Tienes prisa?

Mañana tengo que abrir temprano. Llega una clienta a las ocho.

Vale él se pone también en pie. Me alegro de que te vaya bien. De verdad.

Y yo de corazón te lo deseo a ti.

Es la pura verdad. Sin resentimiento, sin orgullo. De sinceridad. No hay nada pendiente; ya no queda amargura.

Camina por el parque hacia casa. Nota durante unos pasos la mirada de él, luego ya no. Seguramente sigue su camino.

Las sombras de los robles se alargan en el suelo. La bolsa pesa en el hombro: dentro, una pieza de lana verde oscuro y un catálogo de fornituras con una página marcada. Mañana a las ocho viene doña Matilde, maestra jubilada, que sueña con una falda de invierno “recta, elegante, para el teatro y para el médico”.

Piensa cómo adaptar el patrón para Matilde, bajita y ancha de caderas. La falda recta exige sutilezas, buscar el corte para equilibrar proporciones.

Mientras lo piensa, repara en el fuerte aroma de lilas. Un niño pasa volando en patinete, cantando algo de los dibujos animados. Por la ventana abierta, alguien en el primero fríe patatas; huele a casa.

***

Esa tarde ya no cose: se prohíbe encender la máquina después de las siete. Sube solo a buscar la libreta de medidas. La “Luz” descansa junto al ventanal, negra, dorada, tranquila.

Paloma recorre el perfil de la máquina con el dedo.

Gracias susurra.

Hace gracia, dar las gracias a una máquina. ¿Pero a quién agradecer, si no, el giro que dio la vida? ¿A tía Ramona, a Margarita, a Alba, la joven aprendiza? A todos, quizá, o a este encadenar de azares que empezó en una gran injusticia.

Coge la libreta, apaga la luz, cierra el taller.

El barrio vive su noche. Gente, coches, risas de niños. Un anochecer de mayo como tantos.

De camino a casa entra en Pan y Miel, compra un pan de semillas y un tarro de miel artesana que vende una señora mayor.

Buenas tardes saluda Paloma.

Buenas la mujer sonriendo. Le entrega el cambio. Pruebe la miel en el desayuno, verá qué rica.

Gracias, lo haré.

Sale a la calle. Lleva miel, pan, la libreta, el catálogo. Lleva puesto un vestido de lino marfil que cosió hace una semana; cómodo, de manga ancha y cinturón suave.

Camina los diez minutos a casa, pensando en la falda de doña Matilde y que tiene que pedir hilos nuevos, y que Alba ya casi sabe cortar modelos sencillos.

Después, deja de pensar en trabajo. Simplemente camina.

El cielo sigue claro, el oeste tiñéndose de rosa. Las golondrinas vuelan. La vida, con toda su mezcla y su futuro incierto, sigue.

La felicidad después del divorcio, dirían en las revistas. Como si fuese un género de felicidad. Paloma no piensa en eso: piensa “estoy volviendo a casa; mañana trabajo temprano en algo que me gusta; tengo a tía Ramona; clientas contentas; la máquina “Luz” en la mesa; este cielo con golondrinas”.

Eso, piensa, basta.

Ni mucho ni poco. Simplemente, lo suficiente. Tal vez sea eso lo que las personas buscan cuando hablan de segunda vida: no algo inmediato, sino vestido a vestido, luego el taller, luego un piso, después una tarde de mayo con pan y miel.

Llama a tía Ramona.

¿Tía Ramona, está en casa?

¿Dónde voy a estar? Viendo la tele, hija ¿por?

Por nada, solo eso.

Breve silencio.

¿Vienes el domingo?

Sí, claro. ¿Le hago empanada?

De manzana, si no es molestia.

De manzana, hecho.

Guarda el móvil, sube al tercero, abre su piso.

Huele a lino: ayer cortó unas piezas en la cocina mientras llovía. Los restos ya no están, pero el aroma queda.

Pone agua en el hervidor, saca pan, abre la miel. Es dorada y limpia.

Las golondrinas siguen fuera, menos ahora que oscurece.

Paloma unta pan con miel, da un bocado y piensa que la vendedora tenía razón: ¡qué buena miel!

***

Amanece claro.

Doña Matilde llega a las ocho exactas. Es una mujer menuda, activa, con pelo blanco recién peinado y mirada decidida.

Paloma Fernández saluda enérgica. He traído una foto, algo así quiero, pero menos vuelo.

Saca una hoja impresa.

Paloma examina. Buena falda, sobria. Interesante adaptar a su figura.

Siéntese, le explico cómo lo haremos.

Doña Matilde se acomoda, manos juntas en el regazo.

Usted sabe dice con nostalgia, mirando el taller, llevaba años queriendo una falda así. En las tiendas, imposible. Pero una vecina me recomendó; dice que después de su vestido, volvió a sentirse mujer. Ríe. Buena recomendación.

La mejor sonríe Paloma.

Abre su libreta, toma la cinta métrica.

Póngase de pie, por favor.

Matilde se levanta. Endereza los hombros. Se mira en el espejo grande.

¿Sabe? Llevo cuatro años jubilada y pensé que ya no importaba cómo iba vestida. Pero luego pienso: ¿por qué no? Me quedan muchos años de vida, si Dios quiere. No hay que ir de cualquier manera.

Así es responde Paloma.

Toma medidas, apunta, piensa en el patrón. El taller se llena de luz; los rayos entran por la ventana y dibujan cuadrados en el suelo. La Luz descansa en la esquina. Alba llegará a las diez. A las once, otra clienta…

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